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Las peras, el olmo

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Análisis sobre la figura de los candidatos a la elección presidencial mexicana de este 2012. Qué dice su discurso? Qué ofrecen de nuevo? Qué hay que esperar? Como siempre explica el analista Trejo Delarbre: "Con esos candidatos no hay mucho que esperar. El olmo, ya se sabe, no es peral. Habrá pocas ideas pero abundante murmuración, demasiados spots y escasa miga. Y un tedio sordo, enfadoso, estéril."
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Las peras, el olmo
Publicado enemeequis Sería injusto, pero además iluso, esperar campañas atractivas con un elenco tan escaso. Una mujer formada en la ignorancia práctica de los libros de autoayuda,
con un desempeño anodino cuando fue secretaria de Estado lo mismo que como legisladora y que tiene tan escasa destreza política que no manifiesta sonrisa, ni frase, ni ofrecimiento que parezcan auténticos.
Un personaje estancado en el fundamentalismo acerca de sí mismo, que después de arruinar parte de su propio capital político quiere parecer distinto; con un discurso tan demagógico como el anterior pero que no se aparta un ápice del caudillismo (valga la redundancia) autoritario que algunos despistados siguen considerando de izquierda.
Un candidato sin relevantes méritos propios pero arropado en el oropel mediático que sin embargo no disfraza las formas (y el fondo) de la vieja política priísta; su oferta de eficacia se contradice con una gestión harto controvertible en el Estado de México: tráficos de influencias, inseguridad creciente, justicia estancada, atonía en la vida parlamentaria, desdén por los ciudadanos.
Josefina Vázquez Mota padece el dilema de todos los candidatos de un partido en el gobierno. No puede deslindarse de la jactancia y los deslices del presidente Calderón pero tampoco puede avalarlos. Sin embargo sus problemas cardinales los sobrelleva ella misma. Carente de proyecto político digno de ese nombre, se desenvuelve al vaivén de la coyuntura. Quisiera estar a la caza de pifias de su contendiente priísta para enfrentarlo en los medios pero la tienen entretenida sus propios errores. Y no son pocos, porque padece una curiosa propensión a decir antes de pensar. La debilidad en el discurso la atempera mimetizándose con sus audiencias. A fuerza de asumir perfiles de otros, carece del suyo propio.
Andrés Manuel López Obrador es demostración palmaria de aquella máxima acerca de la tragedia y la comedia. El mismo que, derrotado ya, alegó un fraude que jamás pudo demostrar y amenazó incendiar al país, ahora prodiga melaza y mimos. No se trata de un discurso nuevo sino únicamente de otras formas de retórica autocomplaciente: el bueno, el infalible, el preclaro, el iluminado soy yo. Personaje y discurso, reeditan modos del Siglo XIX sin que nadie le haga el servicio de avisarle que ya estamos en el XXI. También es atávico el paternalismo con el que trata lo mismo a feligreses en los mítines que a secuaces de las tribus en las que se fragmenta el PRD.
Enrique Peña Nieto tiene la ventaja de una mayoría irrefutable, cultivada lo mismo en las ganas de ilusionarse aunque sea en la comodinería del malo por conocido, que en el desencanto de la sociedad fastidiada con las torpezas de los gobiernos panistas. Pero lo que ofrece por sí mismo es exiguo. No tiene experiencia probada para tomar decisiones importantes. No ha podido acreditar habilidad para la negociación que siempre es cardinal en el quehacer político, por mucha maña que puedan tener en esos menesteres algunos de quienes le rodean. No está equipado con ideas propias aunque resulte exagerado considerar que no es mas que polichinela de Televisa.
Las campañas serán de auto defensa. En los tres meses que tienen por delante, los candidatos querrán socavar estereotipos que sus propias acciones han contribuido a erigir. La candidata de Acción Nacional buscará mostrarse como una política juiciosa, pero a cada paso le gana la frivolidad. En la conversación telefónica con uno de sus asistentes, lo más relevante nofue la acusación de espionaje contra el secretario de Seguridad Pública sino la proclividad de Vázquez Mota para burlarse como si fuera adolescente.
El candidato del PRD intentará convencer de que no es políticamente viejo aunque ni su comportamiento, ni su discurso, ni la mayoría de sus adherentes lo sean. Querrá sacudirse la etiqueta de peligroso y radical; en ese empeño comprometerá algunas de sus propuestas. Pero no hay que ser clarividente para suponer que le ganará (forma es fondo) el temperamento intolerante.
Los asesores de Peña Nieto pretenderán enfrentar la imagen de rusticidad intelectual, por decirlo de manera elegante, que predomina no en la apreciación de la sociedad pero sí en la opinión publicada. Pero les será muy difícil conseguir que prescinda del teleprompter.
Con esos candidatos no hay mucho que esperar. El olmo, ya se sabe, no es peral. Habrá pocas ideas pero abundante murmuración, demasiados spots y escasa miga. Y un tedio sordo, enfadoso, estéril.
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