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En el principio era el conflicto:

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CULTURA & POLÍTICA @ CIBERESPACIO. 1er Congreso ONLINE del Observatorio para la. CiberSociedad. Comunicaciones – Grupo 24. Transformaciones e ...

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Ajouté le : 16 avril 2012
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CULTURA & POLÍTICA @ CIBERESPACIO 1er Congreso ONLINE del Observatorio para la CiberSociedad Comunicaciones – Grupo 24 Transformaciones e innovaciones en las estrategias, protocolos y perfiles de los profesionales de la comunicación en los nuevos entornos tecnológicosCoordinación: Juan Miguel Aguado Terrón (jmaguado@ucam.edu)http://cibersociedad.rediris.es/congresoTejedores de redes: Las nuevas tecnologías, los comunicadores y la construcción del tiempo social Dr. Juan Miguel Aguado Terrón Universidad Católica San Antonio de Murcia jmaguado@ucam.edu«A diferencia de Newton y Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades» Jorge Luis Borges El Jardín de los Senderos que se Bifurcan Cuando se aborda la cuestión de las nuevas tecnologías desde el ámbito de la sociología de la profesión suele adoptarse de forma unánime una perspectiva instrumental, de acuerdo con la cual se consideran invariantes los caracteres esenciales del imaginario profesional y su enclave sociocultural y se abordan las nuevas tecnologías como herramientas o soportes con/en los que desarrollar ese imaginario compuesto de valores, procedimientos, objetivos y funciones, esto es, como meros instrumentos de realización. Semejante planteamiento presupone una más que discutible asepsia de las tecnologías que separa radicalmente su origen, naturaleza y uso del contexto sociocultural en el que emergen. Así, el resultado de la perspectiva instrumental es sintomáticamente paradójico: por un lado se generan enormes expectativas de cambio, habitualmente asociadas a los logros procedimentales que hacen posibles las tecnologías-herramientas (como la superación de las distancias, la instantaneidad, la accesibilidad, la interactividad, etc); por otro lado, se presupone una resistencia al cambio intrínseca por cuanto respecta a la naturaleza del ejercicio profesional: un comunicador con unas
herramientas eficaces es –al menos potencialmente– ‘más o mejor comunicador’. La esencia instrumental de la tecnología en el ámbito profesional se presenta así, frecuentemente, como un ‘más de lo mismo, pero mejor’, más rápido, más accesible, más lejos... Con todo, cuando se tiene en cuenta el impacto sociocultural de las nuevas tecnologías y su imbricación con los usos e imaginarios sociales –aspecto considerablemente esencial en el caso de los medios de comunicación por razones que consideraremos más adelante–, se abre el interrogante de una transformación paralela del imaginario profesional y, en consecuencia, se orienta necesariamente la reflexión a propósito de las nuevas tecnologías hacia su esencial cultural. En definitiva, el imaginario profesional (las actitudes, perfiles-tipo, valores, objetivos, funciones y mitologías) se inscribe necesariamente en el imaginario sociocultural del que se alimenta y al que contribuye a mantener o transformar. Así, es posible trazar una línea de continuidad entre la evolución del imaginario profesional de los comunicadores en las sociedades occidentales y el propio imaginario de estas sociedades. La tecnología, precisamente, se prefigura como eje de articulación de esa relación entre imaginario sociocultural e imaginario profesional. Si es posible afirmar esto respecto de los imaginarios profesionales en general, en el caso de la comunicación esta relación es si cabe tanto más crucial, por cuanto la comunicación social se ha convertido en un rasgo funcional e identitario esencial para comprender las sociedades desarrolladas contemporáneas (Thompson, 1998). Siguiendo las tesis de Luhmann (2000), los medios de comunicación social ha acabado por constituir un subsistema social específico especializado en la confección de un cuadro general del entorno social que proporciona una imagen global para el resto de subsistemas sociales, posibilitando así la interacción entre estos en un contexto altamente complejo. En palabras de Gonzalo Abril, «Los medios proporcionan la posibilidad de una imagen coherente y de una comprensión global de latotalidad social, más allá de la fuerte fragmentación de la sociedad contemporánea» (Abril, 1997:110). En este sentido, el imaginario profesional del comunicador incluye como procedimientos definitorios la clasificación, interpretación y difusión del imaginario sociocultural en lo que respecta a la producción de identidades individuales y colectivas en las sociedades contemporáneas. No extraña, así, que el imaginario profesional del comunicador comparta con el imaginario sociocultural las premisas básicas de la estructura temporal y espacial que enmarcan los procesos de construcción de sentido, tanto como comparten la visión instrumental de la tecnología en el marco del axioma que vincula progreso científico, progreso tecnológico, progreso económico y progreso social (González García et al., 1996). Así, tanto la importancia de las nociones deactualidad einmediatez en el acta fundacional de la moderna comunicación social, como la omnipresencia de la instantaneidadla o velocidadinevitables enseñas de los nuevos entornos como tecnológicos, fundamentan la relevancia de una reflexión sistemática acerca de la construcción social de las estructuras temporales sobre las que se asienta nuestro conocimiento compartido y del papel que los relatos de lo social juegan en esa construcción. Si la función de los medios de comunicación se ha descrito en ocasiones apelando a la metáfora del mapa, la estructura temporal de los acontecimientos y sus interpretaciones juega entonces el papel de la escala en esa peculiar cartografía. La actualidad de la cuestión de las estructuras temporales, que de forma inmediata nos remite a temas como la memoria social, la historia, la continuidad, o el hiperrealismo, deviene si cabe más relevante a partir de la introducción de las nuevas tecnologías en el ámbito de la comunicación social. El desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación constituye un paso singular en la conquista del espacio-tiempo que ha caracterizado a nuestras
sociedades desde sus comienzos. Un paso que presupone la ruptura entre esos dos polos, a medio camino entre la Naturaleza y la Cultura, que Kant elevó al rango de categorías de la experiencia sobre las que fundar una idea universalmente compartida del sujeto. «La transformación del tiempo bajo el paradigma de la tecnología de la información, moldeado por las prácticas sociales, es uno de los cimientos de la nueva sociedad, conectado de forma inextricable con el surgimiento del espacio de los flujos» (Castells, 1997:463) En términos generales, esta evolución se dibuja en un círculo aparentemente paradójico: si la sociedad moderna se funda sobre una conquista del espacio basada en el tiempo (lastecnologías de la instantaneidaduna presuponen contracción ilimitada del tiempo), la sociedad de las tecnologías de la comunicación se caracteriza por una conquista del tiempo basada en la supresión del espacio (la contracción del tiempo requiere en última instancia una desterritorialización de la vivencia algunos de cuyos aspectos han sido ilustrados por conceptos como el espacio de flujos (Castells, 1997), el desanclaje espacio-temporal de la vivencia (Giddens, 1993) o los no-lugares de Augé (1998)). En esta transformación, los medios de comunicación social constituyen acaso no sólo la expresión procedimental sino, en cierto modo, el lugar privilegiado para la observación de las relaciones entre el uso y las implicaciones de la herramienta: «La compresión del tiempo, que ha abolido las distancias entre los continentes, modifica nuestra relación con la cultura y con el consumo de los objetos de conocimiento» (Debray, 1991:242) El tiempo se prefigura en las sociedades modernas como uno de los ejes del horizonte de reducción de la complejidad (Luhmann, 1996), precisamente en un contexto dinámico crecientemente vertiginoso, caracterizado por una hipercomplejidad (Luhmann,1996; Morin, 1995) en la que la función de selección asume protagonismo en los procesos de diversificación y especialización funcional. Si en términos organizacionales la información (o el sentido) puede definirse como una selección que permite ulteriores selecciones (esto es, en definitiva, como un proceso de reducción de la complejidad), el incremento en la cantidad y variedad de instancias sociales organizacionalmente diferenciadas conlleva aparejado un incremento en la cantidad y variedad de procesos de selección de eventos (atribución de sentido) organizacionalmente relevantes. En otras palabras, una sociedad hipercompleja se caracteriza por un estallido en la cantidad y variedad de descripciones de lo social que contribuyen a la complejidad de la autodescripción social. En esta dinámica de fragmentación y diversificación de la especialización selectiva se hace necesaria una disponibilidad del contexto general de selección que permita coordinar las selecciones y los contextos de selección entre sí. En términos habermasianos: el diálogo exige una explicitación del consenso (como condición de posibilidad y como selección posibilitadora de ulteriores selecciones); la acción comunicativa determina una formalización del entendimiento como substrato. En términos bajtinianos: la polifonía presupone (y se presupone sobre) una coordinación de escalas. Esta función selectiva y clasificadora de ambición universalizante responde a una doble dimensión: por un lado, la dimensión pragmática de la reducción de la incertidumbre que hace posible la construcción y coordinación de expectativas; por otro, la dimensión mediológica (Debray, 2001) que hace posible la acumulación, sedimentación y redistribución de un capital de sentido en esa lógica del almacenaje característica de nuestra cultura y que constituye lo que podríamos denominar nuestra mnemoteca social.
Cronos y Mnemosine, el tiempo universal y la memoria, aparecen así como los motores de la cultura moderna, en el sentido, precisamente, de una malla temporal descontextualizada por universalizable sobre la que coordinar la variación y sedimentación de las vivencias a partir de las cuales comprender lo que somos y lo que vivimos. El tiempo físico como devenir (Cronos) es el espacio de clasificación y compartimentalización de la experiencia en conjuntos de sentido que denominamos memoria (Mnemosine). El tiempo es, en suma, la urdimbre sobre la que se construye la trama del tejido con el que vestimos nuestra autocomprensión y, en última instancia, nuestra auto-vivencia. La aparición de la información periódica (y, en general, de la cultura mediática) en las sociedades occidentales constituye un hito en la organización social: se trata de la primera institución social especializada por entero en la autodescripción sistemática y actualizada de la sociedad. El medio de comunicación se convierte así entre los siglos XIX y XX en el dispositivo de autoimagen (o de autorrelato) social más exhaustivo conocido hasta ahora: disponemos de autoimágenes del mundo social con una frecuencia y una regularidad inimaginables hasta ayer. El medio asume así, como señala Abril (2000) una función cartográfica y cronométrica al mismo tiempo: distribuye los espacios y los tiempos del sentido en los que encuadramos las vivencias colectivas y, cada vez más, también las individuales. A través de los medios se construye un tiempo social de la vivencia, pero también una vivencia del tiempo social. Y esa construcción se codifica en y desde las estructuras de sentido: el mapa transforma el territorio (espacios, nexos, vías) en tanto transforma la vivencia de/en el territorio; el reloj transforma el tiempo (ritmos, frecuencias, secuencias) en tanto transforma la vivencia de/en el tiempo. El tiempo de los medios se construye, en términos generales, sobre la misma doble distinción sobre la que se ha constituido la mnemoteca social en nuestra cultura: por un lado, la distinción pasado/presente/futuro; por el otro, la distinción tiempo ficcional/tiempo real. Distinción que nos remite a la oposición clásica entre el tiempo de las cosas (cronos) y el tiempo de la vivencia (kairós); el primero, lineal, secuencial, no acumulativo; el segundo, circular, rítmico, acumulativo. La historia de las tecnologías en Occidente, esencialmente tecnologías de la instantaneidad (transporte, transmisión) y tecnologías de la memoria (almacenaje, conservación) se inscribe en la colonización del segundo por el primero. Lakoff y Johnson (1998) han expresado en la forma de esquemas metafóricos nuestra comprensión de esta distinción directriz fundada sobre la vivencia espacial del tiempo. Por un lado, el tiempo es algo a través de lo cual nos movemos: el tiempo es el espacio de la trayectoria, con un aquí (presente), un delante (futuro) y un detrás (pasado), así como con un allí fuera de la trayectoria (tiempos de la ficción, tiempos de la simultaneidad, tiempos de la contrafacticidad); por otro lado, el tiempo es algo que se mueve: el tiempo es la duración de la trayectoria, con un ritmo (aceleración-deceleración), una secuencia (duración de duraciones) y una cadencia cíclica (regularidad, repetición de los esquemas de duración, principio-fin). La peculiaridad de los medios de comunicación social reside, precisamente, en que son a la vez tecnologías de la instantaneidad y tecnologías de la memoria, y en que lo son en grado exhaustivo: nunca hasta nuestra época una tecnología de la instantaneidad había tenido consecuencias tan radicales en la mnemoteca social; y nunca hasta nuestra época una tecnología de la memoria había gozado en tal medida de la naturaleza de la instantaneidad. Si la esencia de la modernidad reside en una contracción del espacio hasta su disolución en el instante, la comprensión del tiempo (la vivencia del tiempo, el tiempo de la vivencia) se verá radicalmente transformada por la evolución tecnológica del medio: cuanto más expresamos la
vivencia del tiempo en términos de espacio (trayecto, viaje, navegación, accesibilidad, inmediatez), tanto más vivimos el espacio en términos de tiempo. No es de extrañar, pues, que la nueva economía se caracterice por una sustitución masiva del espacio (propiedad, producto, mercado como espacio de la relación comprador-vendedor) por el tiempo (conexión, acceso, servicio, mercado como duración de las relaciones proveedor-usuario). Y no es de extrañar, subsecuentemente, que los nuevos productos-servicios tengan que ver más con la comercialización de la experiencia que con la comercialización de los objetos. La propia actividad clasificatoria del sentido en el relato social sufre una radical desespacialización: si la modernidad se caracteriza por la transición de la clasificación alfabética a la temática (imponiendo, de la enciclopedia al periódico diario, un sentido lineal o ramificado, acumulable, secuenciable, descontextualizado y contextualizador), las nuevas tecnologías convierten el lugar de selección en el instante de selección. Ya no es un orden externo al lector/usuario el que fija el orden de la clasificación con pretensiones de regularidad y universalidad, sino que es la propia circunstancia interpretativa, el mismo instante de la selección, el que determina el curso y orden de los contenidos y su relación. En los nuevos medios de comunicación el código sobre el que se asientan los criterios de selección/clasificación ya no es (o no es sólo) competencia del autor, sino del usuario; no es un código consensuado, universalizante y descontextualizado, sino individual y contextual. La oferta de los nuevos medios ya no suena a “obtenga un mapa preciso del paisaje social”, sino más bien a “confeccione usted su propio mapa del paisaje social”. Los lugares del mapa mediático se constituyen en cadenas de instantes cuyo norte varía en función del usuario. «... la mezcla de tiempos en los medios , dentro del mismo canal de comunicación y a elección del espectador/interactor, crea un collage temporal, donde no sólo se mezclan los géneros, sino que sus tiempos se hacen sincrónicos en un horizonte plano, sin principio, sin final, sin secuencia. La atemporalidad del hipertexto de los multimedia es una característica decisiva de nuestra cultura [...]. La historia se organiza en primer lugar según la disponibilidad de material visual, luego se somete a la posibilidad informatizada de seleccionar segundos de estructuras para que se unan o separen según los discursos específicos. [...] Si las enciclopedias han organizado el conocimiento humano por orden alfabético, los medios electrónicos proporcionan acceso a la información, la expresión y la percepción según los impulsos del consumidor o las decisiones del productor. Al hacerlo, todo el ordenamiento de los sucesos significativos pierde su ritmo cronológico interno y queda dispuesto en secuencias temporales que dependen del contexto social de su utilización» (Castells, 1997:296-297) La consecuencia más visible es la proverbial sustitución del trayecto por el viaje como metáfora explicativa de la interpretación de sentidos: un trayecto presupone un recorrido por un espacio predeterminado por parte de un sujeto preconstituido cuyas coordenadas identitarias son, precisamente, un espacio y un tiempo transubjetivos; un viaje (como la navegación) presupone la construcción de un sujeto contextual, inestable, multiforme sobre la vivencia singular de una orografía aleatoria y caótica. En el trayecto el acontecimiento adquiere sentido por el sujeto; en el viaje, el sujeto adquiere sentido por el acontecimiento. La dificultad de la lectura, la sensación de pérdida y de desorden en el texto electrónico no son sino dificultades relativas al proceso de autoconstitución del sujeto de la interpretación: «En la era de la información el yo es dispersado, descentrado, multiplicado, conducido a una permanente inestabilidad [...]. Los artefactos de la era de la información son extensiones del yo, pero los yoes [...] son también artefactos de los procesos sociales que nos crean. Las nuevas tecnologías de la
comunicación y el conocimiento presuponen y activan un sujeto heterogéneo y conexo a un entorno múltiple: inmediato y virtual, selectivo y masivo, local y global, posicional y nómada al mismo tiempo» (Abril, 2000:43) En el universo simbólico clásico, donde los soportes todavía operan sobre el correlato espacio-tiempo, las funciones interpretativas del tiempo en el mapa de los medios de comunicación son aún nítidas: el tiempo cumple una función de punto fijo (es el ‘lugar’ de la observación), una función de profecía (es el horizonte de la observación que presupone una determinación en la concatenación de los sucesos), una función de memoria (el tiempo es un orden regular de las secuencias que se constituye en fuente de identidad) y una función de relevancia (el tiempo como filtro de duración y como criterio de incidencia). El tiempo de los medios es aún, como han señalado diversos autores (Abril, 2000; Barbosa, 2000), un tiempo del encuentro entre el relato y el rito, entre la selección lineal de novedades y el reconocimiento circular de redundancias, un híbrido, en suma, entre el tiempo del informativo y el del serial. Es un tiempo-marco que contribuye a crear una subjetividad colectiva en torno a una misma relación temporal (Barbosa, 2000): la parrilla de programación es un reloj diario (desayuno: informativo o programas infantiles, comida: informativo o programas de sobremesa, cena: informativo o programas de ocio), semanal (periodificación de los acontecimientos o programas relevantes) o anual (temporadas estacionales de programación, hitos anuales). Es, también, un tiempo-rito en el que se nos ofrecen concatenaciones típicas de personajes y eventos reconocibles precisamente por su tipicidad (aventuras, amoríos, encuentros y desencuentros que pasan a formar parte de nuestra experiencia cotidiana y conforman una experiencia común del tiempo caracterizada por el determinismo: a determinada ocurrencia le antecede o le sucede tal otra). Es, al fin, un tiempo-escala que organiza en substratos las selecciones de acontecimientos significantes y compone una red de historias de lo colectivo-global, de lo colectivo-local, y de lo individual (y que implican «la diferenciación conflictiva del tiempo, entendida como el impacto de los intereses sociales opuestos sobre la secuenciación de los fenómenos» (Castells, 1997:502)). Como ha advertido Abril (2000), la lógica de conexión entre la construcción del tiempo en las sociedades modernas y las neotecnológicas no es, sin embargo, la de una ruptura. Se trata más bien de una lógica de continuidad caracterizada por la exacerbación. No puede ser de otro modo, si tenemos en cuenta que un medio tecnológico no es sólo una herramienta sino una matriz de sentido y que a toda materia organizada el corresponde una organización materializada: así, un procedimiento técnico no sólo actualiza una virtualidad preexistente, sino que modifica sus condiciones de ejercicio y su naturaleza (Debray, 2001). Acaso la característica común a las sociedades modernas y a las neotecnológicas sea precisamente esa vivencia del tiempo como aceleración permanente, en virtud de la lógica de compresión del espacio, que convierte permanentemente el presente en un futuro accesible a la experiencia. Una experiencia que deviene producto (o servicio) comercializable: el presente es el mercado donde adquirimos futuros posibles respecto de los cuales el pasado ejerce como garantía de calidad-fiabilidad. El epíteto “nuevo”, como se anuncia en el título, no es sino la etiqueta de presentización de ese futuro. Nuestras (eternamente nuevas) tecnologías resultan así verdaderas máquinas del tiempo; en primer lugar porque producen una vivencia característica del tiempo social (fractalizado, mimetizado, moldeado, heterarquizado), y con ello dan a luz a un sujeto de las tecnologías cuya construcción coincide con la interpretación (la performatividad moderna se caracteriza por un cambio del “decir es hacer” al “leer es hacerse”); pero también porque hacen posible la comercialización de esa vivencia, abriendo a la esfera de lo económico el inmenso territorio de la
experiencia individual. La condición de posibilidad ya está dada: la disolución del espacio (el lugar o el signo en el mapa) y la referencia son también una disolución del cuerpo (de la materialidad del sentido y de la vivencia), inaugurando con ello una atemporalidad casi mesiánica (Castells, 1997; Duque, 2000). En este contexto, las funciones sociales tradicionalmente características del imaginario social de comunicador comienzan a sufrir una transformación que, a pesar de trazar una línea de continuidad con su evolución previa, se presumen radicales. En los nuevos entornos tecnológicos de la comunicación social desaparece la periodificiación (Aguinaga, 2000). Si tenemos en cuenta que no sólo la periodificación responde a requisitos experienciales (tiempo de la vivencia de los contenidos de los medios), sino que también establece requisitos experienciales (tiempo de la vivencia social), ciertamente la progresiva desaparición de la periodificación supone un cambio esencial en el consumo y la producción de contenidos comunicativos, tanto como en sus posibles consecuencias sociales. A ello contribuyen sin duda la simultaneidad y la desterritorialización (o descontextualización) que las nuevas tecnologías introducen en la actividad comunicativa: «Esta aceleración del tiempo mediatizado, ayudándose de la simultaneidad, se ve acompañada por los efectos de la virtualidad y la interactividad, que también desempeñan una enorme influencia en las visiones del mundo del público. [...] El presente pasa a ser hecho en el momento de su transformación en acontecimiento, dando al espectador la impresión de que está delante de la realidad, de la vida, y permitiéndole, al mismo tiempo, tener la sensación de participar más intensamente, al lado de un vasto auditorio, en la construcción del acontecimiento mismo» (Barbosa, 2000) En el nuevo entorno tecnológico elaquíes suplantado por elahora:ahora es aquí. Duque (2000:112) sintetiza magistralmente las consecuencias de esta suplantación en un medio que, no lo olvidemos, es a la vez una tecnología de la memoria y una tecnología de la instantaneidad: «En todos los casos, como se ve, la comunicación es asincrónica: no sólodeja tiempo, sino que lo dispersa a voluntad del destinatario, según los ritmos biológicos o de trabajo de éste y según los distintos husos horarios. ¿Dónde está aquíel tiempo, el tiempo único? Éste ha quedado diferido, diseminado por el no-tiempo instantáneo del ciberespacio. Y en verdad el llamadotiempo real es un no-tiempo: algo absurdo, porque tampoco está en ningún lugar (los griegos llamaban al absurdoátopon: lo que no ha lugar). [...] »  Simultáneamente a la caracterización del comunicador como recolector-procesador-difusor de contenidos se superpone una nueva caracterización, la de un “tejedor de redes sociales” entre sujetos colectivos y, especialmente, sujetos individuales. La individualización de los contenidos, paralela a la individualización de la comercialización de productos que caracteriza a la nueva economía (Rifkin, 2000), es sintomática en este sentido: cada vez más ya no se producen una clase contenidos con el objeto de distribuirlos entre un público masivo; sino que se produce una variedad masiva de contenidos con el objeto de distribuirlos a un usuario determinado. La comunicación en los nuevos entornos tecnológicos adquiere en un grado sin precedentes la naturaleza de servicio frente a su tradicional naturaleza de producto. Consecuentemente, el perfil del comunicador en los nuevos entornos tecnológicos superpone los rasgos de un relaciones públicas a los de un productor de contenidos. La comunicación se distingue así de la información por cuanto comporta un proceso prolongado en el tiempo (un servicio), una relación directa y casi en tiempo real (interactividad) entre el proveedor y el usuario y un conjunto de ritos sociales dirigidos hacia la fidelización. El resultado de estas transformaciones, apenas en su fase inicial de desarrollo, es el medio-portal,
que aúna los caracteres del periódico, la televisión, la gran superficie comercial, el centro de ocio, el club social y el proveedor de servicios de telecomunicaciones. La convergencia de otros soportes tecnológicos como la telefonía móvil y la televisión, apuntan asimismo en esa dirección.  El resultado de este proceso parece dirigirse hacia una difuminación de las fronteras categoriales del imaginario profesional de los comunicadores, observándose un creciente mestizaje entre los caracteres del informador, el gestor de relaciones y el diseñador de entornos y productos globales. El comunicador en los nuevos entornos tecnológicos es, pues, un tejedor de redes en un triple sentido: redes sociales (interacciones comunicativas estables entre el medio y los usuarios así como entre los propios usuarios), redes tecnológicas (interacciones productivas entre diferentes soportes tecnológicos), y redes productivas (interacciones entre diferentes formatos y clases de contenidos, esto es, entre diferentes productos y/o servicios relativos a la comunicación).  El manejo de las estructuras temporales, por tanto, no sólo cambia en relación al contexto social y de uso de los contenidos comunicativos, sino también y muy especialmente en lo relativo a la producción. Los nuevos entornos tecnológicos plantean una redefinición del contrato pragmático entre autor e intérprete cuya transformación sustancial atañe, precisamente, a las estructuras temporales. Si en los medios informativos tradicionales, la distribución de la actividad selectivo-clasificatoria entre presente y pasado permanecía claramente diferenciada, en los nuevos entornos tecnológicos esta distinción empieza a desaparecer. Por un lado la potenciación del producto obsoleto (los contenidos comunicativos pasados) hace posible el acceso en condiciones idénticas a los contenidos presentes, otorgando a aquellos una relevancia próxima a la de los últimos. Por otro lado, la pérdida de periodicidad en beneficio de la actualización permanente en tiempo real extiende el presente hasta casi anular la categoría de futuro (por otro lado típicamente adscrita a la actividad clasificatoria como categoría de fase). La absolutización del presente característica de los medios de información conlleva, en los nuevos entornos tecnológicos, una presentización del pasado y del futuro en las estructuras del tiempo social. La primera, la presentización del pasado, apunta al colapso de las tecnologías de la memoria (por hiperconservacionismo); la segunda, la presentización del futuro, apunta hacia el colapso de las tecnologías de la instantaneidad, donde el territorio de lo nuevo (el cambio, la transición, la sorpresa) es ya ayer. BIBLIOGRAFÍA ABRIL, G., 1997,Teoría General de la Información, Madrid, Cátedra.
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