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Quinta Columna / Política
Publicado en AméricaEconomía
11 de noviembre de 2005
Lo bueno de los escándalos
Acostumbrados a estar en posiciones antagónicas, los presidentes Inácio Lula
da Silva y George W. Bush ahora coinciden en algo: ambos están envueltos
en escándalos políticos, lo que ha hecho que sus alguna vez altos niveles de
aprobación hayan caído significativamente, llegando a cerca del 40%.
Los escándalos que afectan a ambos presidentes tienen orígenes distintos. La
administración brasileña ha sido acusada de sobornar a congresistas para que
votaran a favor de leyes apoyadas por el gobierno. Diversos miembros del
oficialista Partido de los Trabajadores (PT) han renunciado para evitar así ser condenados por un
crimen que les impediría presentar sus candidaturas por ocho años más. Un amigo cercano y
confidente del presidente, Jose Dirceu, ha sido procesado y probablemente perderá su asiento
en el Congreso. Además, varios miembros del PT cambiaron de partido. Hasta que las
acusaciones que la campaña de Lula recibió US$ 3 millones del gobierno cubano aparecieron en
la
revista Veja, la oposición no había tratado de implicar al presidente en el escándalo. Ahora,
los opositores están hablando de juicio político, aunque el gobierno ha negado los cargos y ha
dicho que demandará a Veja por publicar la historia.
En el caso de EE.UU. un funcionario de alto nivel, cercano al vicepresidente Cheney, ha sido
acusado de mentir a un gran jurado sobre si reveló la identidad de una agente secreta de la CIA.
A pesar de que los cargos son reducidos, la oposición asegura que el nombre de la agente fue
“filtrado” por ser la esposa de un funcionario de gobierno que criticó abiertamente la guerra en
Irak y cuestionado la justificación de la administración para iniciarla. La oposición también cree
que las personas clave que pretendían un castigo para el funcionario eran el vicepresidente
Cheney y Karl Rove, consejero político del presidente Bush, por lo que les gustaría ver a ambos
hombres implicados en el escándalo y finalmente forzados a renunciar.
Pero, a pesar de sus diferencias, los escándalos brasileños y estadounidenses han tenido
impactos similares. Con el apoyo interno a la baja, para los presidentes Lula y Bush será ahora
muy difícil lograr apoyo del Congreso para agendas de reformas domésticas. En el caso
brasileño, esto incluye las reformas tributarias, laborales y políticas. En el caso estadounidense,
involucra las reformas de impuestos y del seguro social. El problema para ambos presidentes no
sólo está en el partido o partidos de oposición. Los presidentes Lula y Bush también se enfrentan
a una creciente y fuerte resistencia desde sus propias bases políticas. En el caso del presidente
Lula, cuya base izquierdista esperaba que él implementara políticas económicas orientadas más
socialmente, están preocupados por su gestión conservadora de la economía y su fracaso en
hacer más para ayudar directamente a los pobres. La base conservadora del presidente Bush
está horrorizada por el gran déficit presupuestario causado por la guerra en Irak, el derroche de
implementar su agenda “conservadora compasiva” y su nominación de un candidato para la
Corte Suprema que no era suficientemente conservador.
La habilidad de ambos presidentes de liderar en el escenario global también se ha visto
severamente dañada. Antes del escándalo, Brasil había tenido éxito movilizando y liderando el
llamado Grupo de los 20, los que presionaron para conseguir cambios en las políticas agrícolas e
industriales de los países industrializados. El escándalo socavó la autoridad moral del presidente
Susan
Kaufman Purcell
Directora
del Centro de
Estudios de
Política
Hemisférica de la
Universidad de Miami
Lula para dirigir esta iniciativa. Estados Unidos ha participado en una campaña activa para
fortalecer la democracia en todo el mundo y movilizar a las otras naciones a apoyar la guerra
contra el terrorismo. El escándalo socavó la autoridad moral del presidente Bush en liderar
ambos esfuerzos.
Hay, sin embargo, un lado bueno en los problemas de Brasilia y Washington. Ambos presidentes
parecen más dispuestos a cooperar y apoyarse mutuamente en temas de comercio y seguridad.
Siguiendo la oferta del presidente Bush de reducir los aranceles agrícolas de EE.UU. en un 60%
si otros países, especialmente la Unión Europea, reducen sustantivamente los suyos, Brasil y
EE.UU. están trabajando conjuntamente para persuadir a los europeos de que efectivamente lo
hagan y mantener así vivas las negociaciones de comercio de Doha. Y ambos países están
buscando la manera de trabajar juntos para evitar una mayor desestabilización en Bolivia y el
impacto negativo que tendría en los intereses económicos y de seguridad de Brasil y Estados
Unidos en Sudamérica. Es de esperar que esta cooperación pueda ser sostenida y expandida
para incluir otros problemas en el hemisferio que necesitan atención y liderazgo.
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