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Las inquietudes de Shanti Andia

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The Project Gutenberg EBook of Las inquietudes de Shanti Andia, by P o Baroja �This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and withalmost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away orre-use it under the terms of the Project Gutenberg License includedwith this eBook or online at www.gutenberg.netTitle: Las inquietudes de Shanti AndiaAuthor: P o Baroja�Release Date: July 8, 2004 [EBook #12848]Language: SpanishCharacter set encoding: ISO-8859-1*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDIA ***Produced by Stan Goodman, Miranda van de Heijning and PG DistributedProofreadersP�O BAROJAEL MAR#Las inquietudes de Shanti And a# �NOVELA(#Ilustraciones de R. Zubiaurre y R. Baroja#)[Ilustraci n] �1920INDICELIBRO PRIMEROINFANCIAI.--Shanti se disculpa II.--El mar antiguo III.--Tengo que hablar de m �mismo IV.--La casa de mi abuela V.--La t a rsula VI.--Lope de Aguirre, � �el traidor VII.--El funeral de mi t o Juan VIII.--Correr as de chico � �IX.--Yurrumendi, el fant stico X.--Las indignaciones de Shacu XI.--El �naufragio del Stella Maris XII.--Nuestra gran aventura XIII.--La gruta� �del IzarraLIBRO SEGUNDOJUVENTUDI.--Mis primeros viajes II.--Historia de la Bella Vizca na � � �III.--Dolores de vanidad IV.--La palmera y el pino V.--Nuevas fatigas deamor VI.--Grandeza y miseria VII.--El paradero de Juan de AguirreLIBRO TERCEROLA VUELTA AL HOGAROI.--La herida II.--L zaro y su formaci� n III.--La ...
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The Project Gutenberg EBook of Las inquietudes de Shanti Andia, by P o Baroja � This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: Las inquietudes de Shanti Andia Author: P o Baroja� Release Date: July 8, 2004 [EBook #12848] Language: Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDIA *** Produced by Stan Goodman, Miranda van de Heijning and PG Distributed Proofreaders P�O BAROJA EL MAR #Las inquietudes de Shanti And a# � NOVELA (#Ilustraciones de R. Zubiaurre y R. Baroja#) [Ilustraci n] � 1920 INDICE LIBRO PRIMERO INFANCIA I.--Shanti se disculpa II.--El mar antiguo III.--Tengo que hablar de m � mismo IV.--La casa de mi abuela V.--La t a rsula VI.--Lope de Aguirre, � � el traidor VII.--El funeral de mi t o Juan VIII.--Correr as de chico � � IX.--Yurrumendi, el fant stico X.--Las indignaciones de Shacu XI.--El � naufragio del Stella Maris XII.--Nuestra gran aventura XIII.--La gruta� � del Izarra LIBRO SEGUNDO JUVENTUD I.--Mis primeros viajes II.--Historia de la Bella Vizca na � � � III.--Dolores de vanidad IV.--La palmera y el pino V.--Nuevas fatigas de amor VI.--Grandeza y miseria VII.--El paradero de Juan de Aguirre LIBRO TERCERO LA VUELTA AL HOGARO I.--La herida II.--L zaro y su formaci� n III.--La tertulia de la � relojer�a IV.--La playa de las nimas V.--Frayburu VI.--Bisusalde� VII.--El recado VIII.--Urbistondo y su familia IX.--El devocionario de Allen X.--La cueva de la serpiente LIBRO CUARTO LA URCA HOLANDESA, �EL DRAG �N � I.--El capit n de la �Dama Zuri II.--NARRACI� � N DE ITCHASO.--Los dos � caminos del marino III.--El capit n Zaldumbide IV.--De otras personas � distinguidas que formaban la tripulaci n de El Drag n V.--Los dos � � � � Tristanes VI.--La sublevaci n VII.--Por el Pac fico � � LIBRO QUINTO JUAN MACH �N, EL MINERO I.--Mala noticia II.--D as felices III.--Una noche en Frayburu � IV.--Ardides de guerra V.--La tempestad VI.--Una canci n pesada � VII.--Mach n desaparece� LIBRO SEXTO LA SHELE I.--Habla el m dico viejo II.--La confesi� n III.--La venta de la ternera � IV.--El final de la Shele LIBRO S�PTIMO EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE I.--Resoluci n desesperada II.--De negrero III.--El pont� n IV.--La � evasi�n V.--A la deriva VI.--La casa hospitalaria VII.--El odio estalla VIII.--Patricio Allen y el tesoro de Zaldumbide EP�LOGO LIBRO PRIMERO INFANCIA I SHANTI SE DISCULPA Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayor a de � la gente opaca y sin inter s. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de � ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el oc ano de la � vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante inter s para ser comunicados a los dem s, a � � no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos. Yo, en cierta poca de mi existencia, he pasado por algunos momentos� dif�ciles, y el recordarlos, sin duda, despert en m la gana de � � escribir. El ver mis recuerdos fijados en el papel me daba la impresi n � de hallarse escritos por otro, y este desdoblamiento de mi persona en narrador y lector me indujo a continuar. No ten a la menor intenci� n de dar mis cuartillas a la imprenta; pero, � cuando sali _El Correo de L �zaro_, todos los amigos me instaron para � que publicase mis memorias en el peri dico. � Deb a� colaborar en la cultura de la ciudad. Yo era uno de los puntales de la civilizaci n luzarense. Nos re mos en casa un poco de estos� � elogios y comenc a publicar mi diario en _El Correo de L�zaro_ y a � pagar peri dicamente � las facturas de la imprenta. Estuve ausente de L zaro una semana para llevar mi segundo hijo al� colegio, y al volver de mi viaje me encontr con que _El Correo_ hab a � � pasado a mejor vida, y mis memorias quedaban colgadas en lo que yo consideraba m s interesante. A pesar del inter s� supuesto por m , nadie � � se ocup de saber su continuaci�n, lo cual sirvi para mortificar � � bastante mi amor propio de literato. Ahora, mi amigo Cincunegui se ha empe ado en que publique mi diario � �ntegro. L�zaro necesita un grande hombre; le es preciso tener una figura presentable ante los ojos del mundo. Desde la muerte de don Blas de Artola, el teniente de nav o retirado, la plaza de hombre ilustre � est� vacante en nuestro pueblo. Cincunegui excita mis sentimientos ambiciosos, quiere mi encumbramiento, mi exaltaci n; seg n l, no puedo � � � dejar a mis paisanos en la orfandad en que se hallan; debo llegar al pin�culo de la gloria. [Ilustraci n] � A m �, la verdad, la gloria no me entusiasma. La gloria no es para los pa�ses lluviosos; tener una estatua a orillas del Mediterr neo, en una � ciudad de Andaluc a, de Valencia o de Italia, est bien; � pero qu voy a � � � hacer yo si en premio de este libro me levantan una estatua en L zaro? � �Estar recibiendo constantemente la lluvia en la espalda? No, no; soy muy reum tico, y ni aun en efigie me gustar�a estar asi a la � intemperie. �Habr� que decir a mis lectores que no tengo pretensi n literaria � alguna? Ellos lo ver n si hojean, aunque sea distra damente, las p� ginas � � de mi libro. Estas cuartillas est n escritas en distintas pocas de mi � � vida y con diferentes estados de nimo. El sentimiento ha sido sincero; � la forma, seguramente, poco h bil. Mi p blico creo que no me reprochar � � � mi falta de atildamiento. M s que para los j venes cr ticos del casino� � � de L z�aro, escribo para mis amigos del Guezurrechape de Cay luce (El mentidero del Muelle largo). Soy un marino poco culto, un rudo marino, como dicen en los folletines y melodramas, y de m no hay que esperar los perfiles literarios de un � profesor de ret rica. � II EL MAR ANTIGUO He tenido fama de indolente y optimista, de indiferente y ap tico. Basta � poseer una reputaci n cualquiera, buena o mala, para que las personas � conocidas por uno vayan poniendo su piedra en el monumento de valor o de cobard�a, de ingenio o de brutalidad, asignado a cada uno. Esta colaboraci n espont nea adorna los grandes hechos y los grandes � � caracteres. El uno insin a: Podr a ser ; el otro a� ade:� Se dice� ; un � � � � tercero agrega: Ocurri asi , y el � ltim�o asegura: �Lo he visto....� De � � este modo se va formando la historia, que es el follet n de las personas � serias. Seg n� la gente de mi pueblo, la indolencia m a ha sido de esas � extraordinarias: borrascas, tempestades, rayos, truenos, nada ha logrado sacarme de mi pasividad habitual. Se han inventado an cdotas acerca de mi frialdad y de mi indiferencia. � Una vez, un juramentado de Filipinas vino a m , con el yatag n � � levantado, a cortarme la cabeza; yo le mir y bostec de fastidio. � � Es indudable que el fondo m o de pereza, de indolencia, ha dado p bulo a � � estas historias, no lo niego; lo inaudito para mis panegiristas o para mis detractores ser a si oyeran que con frecuencia me lamento de mi � manera de ser. De no tener mayor actividad? �De no tener m s esp ritu � � � de empresa? No, de todo lo contrario. Ciertamente es una demostraci n de mi � naturaleza c nica e inmoral; pero la verdad ante todo. � La mayor a de los hombres se sienten muy orgullosos de su constancia, de� la permanencia de sus prop sitos. Son consecuentes como el acero de una � br�jula rota o enmohecida, y esto les parece una gran virtud. Saben ad nde van, de d� nde vienen. Cada paso en el camino de la vida lo � llevan contado y calculado. Si les escuchamos, nos dir n: No nos detengamos a contemplar el mar o � � las estrellas; no hay que distraerse. El camino espera. Corremos el peligro de no llegar al fin . � �El fin! Qu� ilusi�n! No hay fin en la vida. El fin es un punto en el� espacio y en el tiempo, no m s trascendental que el punto precedente o � el s gui�ente. Debe ser grande el asombro de esos hombres discretos, previsores y sensatos, al ver a muchos que, sin preocuparse gran cosa por las revueltas del camino, van llevados en alas de la suerte por iguales derroteros que ellos, y que tienen, los insensatos!, adem s de la � � satisfacci�n de conseguir un fin, cuando lo consiguen, el placer de mirar a un lado y a otro de su ruta y de ver c mo sale el sol y se pone � el sol, y c mo brotan las estrellas en el cielo de las noches serenas.� [Ilustraci n] � La preocupaci n por conseguir un fin nos intranquiliza a todos los� hombres, aun a los m s desaprensivos, aun a los m s indolentes, y yo,� � por mi parte, hubiera deseado vivir todavia m s en cada hora, en cada � minuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad por el porvenir. Este deseo es consecuencia de mi fondo de epicurismo y de la decantada indolencia que tanto me han reprochado, y que, sin duda, desarrolla y exagera la vida del marino. Realmente, el mar nos aniquila y nos consume, agota nuestra fantas a y � nuestra voluntad. Su infinita monoton a, sus infinitos cambios, su � soledad inmensa nos arrastran a la contemplaci n. � Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mece nuestra pupila, van como rozando nuestra alma, desgastando nuestra personalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta ident ficarla � con la Naturaleza. Queremos comprender al mar, y no le comprendemos; queremos hallarle una raz�n, y no se la hallamos. Es un monstruo, una esfinge incomprensible; muerto es el laboratorio de la vida, inerte es la representaci n de la � constante inquietud. Muchas veces sospechamos si habr en l escondido � � algo como una lecci n; en momentos se figura uno haber descifrado su � misterio; en otros, se nos escapa su ense anza y se pierde en el reflejo � de las olas y en el silbido del viento. Todos, sin saber por qu , suponemos al mar mujer, todos le dotamos de � una personalidad instintiva y cambiante, enigm tica y p rfida. � � En la Naturaleza, en los rboles y en las plantas hay una vaga sombra de� justicia y de bondad; en el mar, no: el mar nos sonr e, nos acaricia, � nos amenaza, nos aplasta caprichosamente. Si a uno le coge mozo como a m , le moldea de una manera definitiva, le � hace marino para siempre; al que de ni o se entrega a su poder con el � alma c ndida�, con la inteligencia virgen, le convierte en su esclavo. Para el pescador, para el hombre ignorante y sencillo que no puede apoyar sus ideas en las bases de la ciencia, el mar es un tirano, le enga�a, le adula, le seduce, le ahoga. Para el pobre marinero, el mar es el _summum_ del inter s, del encanto, de la variedad. Esos trabajadores � m�seros cuya vida es una continua lucha y un esfuerzo tit nico y � desproporcionado, son muchas veces felices, y el mar, su enemigo, el mar, el monstruo incomprensible, llena su existencia y hace su felicidad. Para nosotros los marinos de altura, el mar es principalmente una ruta, es casi exclusivamente un camino. Pero qu camino! � � Yo no olvidar nunca la primera vez que atraves el Oc� ano. Todav a el � � � barco de vela dominaba el mundo. �Qu� �poca aqu ll�a! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor, no; pero s� m �s po ti�co, m s misterioso, m� s desconocido. � Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco de hierro, sabe cu nto anda, cu ndo� va a parar; tiene los d as, las horas� � contadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena suerte, el viento favorable. En aquel tiempo, todav a el mundo estaba mal conocido, todav a hab a � � � derroteros tradicionales y una inmensidad de Oc ano en blanco jam s � � visitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue las huellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguos nautas. As , los que se dirig�an al Cabo de Buena Esperanza, al llegar a � las islas de Cabo Verde marchaban al Brasil, obedientes a la rutina y al viento, y atravesaban el Atl ntico de nuevo. � Entonces, en la mayor a de los buques se deduc an la situaci n m� s por � � � conjeturas que par c lculos; los instrumentos de navegaci n empleados � � por la generalidad de los marinos ten an errores de grados enteros. � Claro que en Londres y en Liverpool hab a ya admirables sextantes y � c�rculos de reflexi n; pero muchos capitanes no sab�an usarlos y � navegaban a la antigua. La variedad de formas y de aparejos era extraordinar a. Todav a se ve an � � � en los puertos, alternando con los bergantines y las fragatas vulgares, las carabelas turcas, las saicas greco-romanas, las polacras venecianas, las urcas de Holanda, los s ndalos tunecinos y las galeotas toscanas. � Todav�a en el mundo hab a piratas, todav a hab a negreros, males todos� � � �qui�n lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante los hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la imaginaci�n, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra el mal y de vencerlo. A la gran barbarie del mar correspond a la barbarie de su servidor el � marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En aquella poca, un marino volv� a a su rinc n con un anillo en la oreja, � � una pulsera en la mucheca y una cacat a o una mona en el hombro. � Un marino, entonces, era algo extrasocial, cas extrahumano; un marino � era un ser para quien la moral ofrec a otros aspectos que para los dem s � � mortales. --Te preguntar n cu nto has hecho--dec� an los padres a sus hijos, que se� � lanzaban a la aventura--, no c mo lo has hecho. � Y los hijos se hund an en los abismos de la vida intensa, sin � preocupaciones ni escr pulos. La madre casualidad los llevaba por sus � ignorados derroteros; el Destino, en su misterioso molde, vaciaba esta humanidad y sacaba intr pidos mareantes o feroces negreros, exploradores � audaces o vendedores de chinos. Para aquellos hombres, la moral era una cuesti n de paralelo. El mar era � el m s grande escenario de los cr� menes y violencias de los hombres. � Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado tambi n � el marino. De aquellas airosas arboladuras que tanto nos entusiasmaban, no quedan mas que esos palos cortos para sostener los v stagos de las � poleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva. Antes, el barco de vela era una creaci n divina, como una religi n o � � como un poema; hoy, el barco de vapor es algo continuamente cambiante como la ciencia ... una maquinaria en eterna transformaci n. � Antes, el capit n era un personaje sabio, un tirano de un poder � inaudito, un hombre que ten a que bastarse a si mismo; hoy es un � especialista injerto en un bur crata. � Hoy, es la m quina la impulsadora del barco, algo exacto, matem� tico, � medido; antes, era el viento, algo caprichoso, impalpable, fuera de nosotros. Llevamos� el Angel de la Guarda en la lona de nuestras velas , � me dec a don Ciriaco, un viejo capit� n de fragata muy inteligente y muy � rom�ntico; �llevamos la fuerza en nuestra carbonera , puede decir el � capit�n de hoy. El carb n, ese dios modesto, pero � til, ha reemplazado las alas del � po�tico �ngel de la Guarda que llev bamos en nuestras velas, y ha � cambiado las condiciones del mar. Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada y caprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer a quien hemos hecho nuestra esclava. Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebr bamos de reina y � no la admiramos de esclava. Seguramente, no; el mar entonces no era tan bueno como hoy, ni tan pac�fico; pero s m s hermoso, m� �s pintoresco, un poco m s joven. La � � belleza del mundo y del mar depend a en gran parte de su rutina y de su � inmovilidad. El mapa espiritual del universo de aquella poca era como un plano de � diferentes colores, en donde se apreciaban no s lo las entonaciones � fuertes, sino los m s ligeros matices. � Hoy, estos matices se pierden; el mundo lleva el camino de confundir y borrar sus colores. Hoy, un japon s es un se or civilizado vestido a la � � europea; un polinesio va como turista a la Meca, en un magn fico � paquebot de quince mil toneladas. La musa del progreso es la rapidez: lo que no es r pido est � condenado a morir. � Todo ello es mejor, qui n lo duda? Indica m s� civilizaci n;� pero para � � el que todav a conserva en la retina el recuerdo del mar antiguo, pare � �se, la confusi n moderna es un espect c�ulo lamentable. � * * * * * �Oh, gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proa levantada y su mascar n en el tajamar! Redondas urcas, veleros� � bergantines! Qu pena me da el pensar que vais a desaparecer! � � Amable � sirena, que te levantabas sobre las olas azules para mirarnos con tus ojos verdes, ya no te ver n m s! � � �Oh, d �as de calma! Oh, momentos de indolencia!� �Cu�ntas horas no habr pasado en la hamaca contemplando el mar, claro o� tempestuoso, verde o azul, rojo en el crep sculo, plateado a luz de la � luna y lleno de misterio bajo el cielo cuajado de estrellas! III TENGO QUE HABLAR DE M MISMO� Tengo que hablar de m mismo: en unas memorias es inevitable. Adem s de � � mi apat a e indolencia, exagerada un tanto por mis convecinos los� luzarenses para presentarme como un tipo estramb tico, soy un � sentimental y un contemplativo. Me gusta mirar, tengo la avidez en los ojos; me quedar a contemplando � horas y horas el pasar una nube o el correr una fuente. Quiz viviendo � en tierra se hubiera desarrollado en m el sentido musical, como en � muchos de mis paisanos; en el mar se ha ampliado, se ha alargado mi sentido ptico.� Muchas veces me he figurado ser nicamente dos pupilas, algo como un � espejo o una c mara obscura para reflejar la Naturaleza. � Soy, adem s, al decir de mi familia, un tanto novelero, un tanto curioso� y amigo de novedades. Pero, qu es la curiosidad--digo yo para � � defenderme--sino el deseo de saber, de comprender lo que se ignora? A m � me gusta ver; y si hay una molestia o un peligro para satisfacer mi curiosidad, no tengo inconveniente en afrontarlo. Soy tambi n patriota a mi modo, sin sentido tradicional alguno. No� conozco la historia de Espa a, y realmente no me preocupa gran cosa. Si � me preguntaran qui n fu Wamba o Atanagildo, me ver a en un gran� � � aprieto; pero, a pesar de no conocer nada o casi nada la historia de mi pa�s, cuando despu s de un largo viaje he visto desde lejos la costa de � Espa a,� he sentido siempre una gran impresi n. � El recuerdo de la patria, y sobre todo de L zaro, de este rinc n de la � � costa vasca donde he nacido y donde vivo, ha estado siempre presente en mi esp ritu.� No lo considero como un m rito; no tengo esa tendencia � exclusivista de las gende mi pueblo. La tierra para el labrador, el mar para el marino. Discutir si esto es mejor que aquello, me parece una tonter�a. L�zaro me gusta; pero el haber nacido en l, y el que mi familia haya � vivido aqu muchos a os, no creo constituya ninguna superioridad.� � Pienso lo mismo que un mas n a quien conoc en Liverpool. Este mas n � � � hab�a llegado al grado treinta y tres, o cuarenta y tres, no s a cu l; � � pero al m s alto de todos. Los d � as de fiesta, el hombre se pon a el � � frac, un mandil y una porci n de placas y tri ngulos, se marchaba a la � � logia y volv a perfectamente borracho. En la casa todo el mundo le � admiraba, y el buen se or, que era muy ingenuo, me dec a: � � --Mi padre me hizo ingresar en la logia a los catorce a os; tengo � sesenta y cinco y he llegado al ltimo grado. La gente le encuentra a � esto mucho m rito, pero yo, la verdad, no le encuentro ninguno.� Era un hombre sencillo el honrado mas n. � Lo mismo que aquel alba il de la alba iler a celeste, me sucede a mi con� � � el m rit�o de mi familia de haber vivido mucho tiempo en L zaro. Esto no � es obst culo para que me encuentre en mi pueblo como en ning� n otro. � Muchas veces, en mi camarote, navegando por el Atl ntico o por el mar de � las Indias, al pensar en L zaro sent a el recuerdo intenso de un monte, � � de una pe a, de un hayal. Ve � a con la imaginaci n levantarse L zaro � � � sobre el mar, con el r o que penetra por su flanco, y ve a los montes a� � un lado y a otro llenos de maizales y de robles. Entonces me gustaba cantar, en voz baja, zortzicos y sones de tamboril, y, al o rme�los a m mismo, cre �a andar por las callejuelas de mi pueblo, � oler el olor del heno, contemplar las rocas del Izarra azotadas por el mar, y el cielo azul p lido surcado por nubes blancas. � Se comprende mi entusiasmo por L zaro; soy de aqu , y de aqu es toda mi � � � familia. Adem s, mi vida se puede clasificar en dos per � odos: uno el � pasado en L zaro, en el cual me han ocurrido los hechos m� s � trascendentales y m s agradables de mi existencia; otro, el del mar, en � que no me ha sucedido nada, por lo menos nada bueno, y en que he vivido con el coraz n fr o y la retina impresionada.� � Mi familia ha sido de L zaro, y ha sido de marinos. Sobre todo, por� parte de mi madre, por los Aguirres, la genealog a mar tima es abundante � � e inacabable. Mi padre, Dami n de And a,� fu tambi n capit n� de barco. Muri � en el � � � mar, en el Canal de la Mancha. Una noche, cerca del Finisterre ingl s, � naufrag� la corbeta que mandaba, la _Mary-Rose_; s lo un marino pudo � salvarse. [Ilustraci n] � A pesar de que yo era muy ni o, recuerdo bastante bien a mi padre. Era � un tipo indiferente y algo burl n; ten a la cara expresiva, los ojos � � grises, la nariz aguile a, la barba recortada; por mis informes deb a � � ser un tipo parecido a m , con el mismo fondo de pereza y de tedio � marineros; ahora, que no era triste; por el contrario, ten a una fuerte � tendencia a la s tira. Sent a una gran estimaci�n por las gentes del � � Norte, noruegos y dinamarqueses, con quienes hab a convivido; hablaba � bien el ingl s, era muy liberal y se re�a de las mujeres. � Parec a haber nacido para burlarse de todo y para encogerse de hombros;� pero su s tira no encerraba veneno; se re� a sin amargura y sin pena. � Era de estos vascos que dejan todo su lastre de intolerancia y de fanatismo al pisar el primer barco. Hab a echado la sonda en la sima de � la estupidez y de la maldad humanas y sab a a qu atenerse. � � Mi abuela no se entend a bien con l y arrastraba a su hija, a mi madre,� � a ponerse en contra de su marido. Sin duda el instinto de suegra le cegaba. l ced a�, riendo, y mi abuela rabiaba. � Cuando mi padre llegaba a L zaro se reun a con otros pilotos, marineros � � y pescadores, y charlaba con ellos, y algunas veces cantaba y alborotaba, en su compa a, por las calles. �� Todos los que le conocieron me han asegurado que era un hombre de gran coraz�n. He sentido siempre una gran pena por no haberle llegado a conocer. Hubi ramos sido buenos amigos.� Mi abuela, do a Celestina de Aguirre, no quer � a a mi padre; despu s de � � pasados muchos a os la he o do hablar en contra de � l. Es muy triste que � � el rencor de las personas alcance hasta los muertos; pero, qui n no � � tiene algo de podrido en el alma? Los motivos de mi abuela para no querer a mi padre eran un tanto lejanos. Mi padre hab a nacido en Elguea, pueblo rival de L zar�o. Para � mi abuela, las tres millas y media de costa que hay entre L zaro y � Elguea separan dos mundos aparte: la seriedad de los de L zaro, de la � petulancia, volubilidad y fatuidad de los de Elguea. Otra causa de enemistad de do a Celestina para su yerno, proven a de ser � � mi abuela paterna hija de un quincallero suizo, establecido en Elguea. Do �a Celestina hab a conocido a la hija del quincallero, en su juventud, � cuando las dos eran solteras, y parece que se desarroll entre ellas una � gran antipat a. � Para do a Celestina, la sangre del quincallero suizo me ha perdido; el� bazar, con sus aros y sus pelotas de goma, ha perturbado la marcha del severo barco con sus velas y sus anclas. Mi abuela me dijo muchas veces, de chico, que yo sal a a mi padre. Entonces no pod a comprender bien la� � terrible acusaci n encerrada en esta semejanza. � Mi abuela tuvo siempre grandes ambiciones escondidas, el orgullo del nombre, y un amor extraordinario por su abolengo. Para ella, la familia de los Aguirres constitu a lo m s selecto de la raza, y la profesi n de � � � marino, por ser la m s frecuente entre los de su estirpe, era � aristocr�tica y distinguida por excelencia. Do �a Celestina, en su fuero interno, deb a suponer que las dem s � � familias de L zaro, exceptuando dos o tres, hab � an nacido, como los � hongos, entre la hierba, o que quiz sus individuos estaban modelados � con el fango del r o. � No era f cil convencer a mi orgullosa abuela de que no ten� a � precisamente una gran trascendencia para el mundo el que un Aguirre apareciera o no apareciera en L zaro en el siglo xv. A do a Celestina le � � parec�a todo cuanto se refiriese a los Aguirres de una capital importancia, y no sent a ning n escr pulo en mentir, si era para mayor � � � gloria de su familia. De vivir hoy, c mo se hubiera indignado la buena se� � ora con las ideas � del m dic�o joven que tenemos en L zaro! Este m dico es hijo de un � � camarada de mi infancia, del piloto Jos Mari Recalde. � Nuestro joven doctor se entretiene ahora en medir cr neos; se ha metido � en el osario del Camposanto, y all anda, ayudado por el enterrador, � llenando de perdigones las venerables calaveras de nuestros antepasados, pes�ndolas y haciendo con ellas una porci n de diabluras. � Recalde tiene talento, ha estado en Alemania y sabe mucho; pero yo, la verdad, no creo gran cosa en sus afirmaciones. Seg n� l�, en la raza blanca no hay mas que dos tipos: el cabeza redonda y el cabeza larga: Ca n y Abel. � El cabeza redonda, Ca n, es violento, orgulloso, inquieto, sombr o,� � minero, aficionado a la m sica; el cabeza larga, Abel, es tranquilo, � pl�cido, inteligente, agricultor, matem tico, hombre de ciencia. Ca n es � � salvaje, Abel, civilizado; Ca n es religioso, fan tico, reaccionario, � � adorador de dioses; Abel es observador, progresivo, no le gusta adorar y estudia y contempla. Para Recalde, yo soy todo lo contrario de lo que era para mi abuela. Seg n� el doctor, la sangre de los Aguirres me ha estropeado; sin la nefasta influencia de esa raza violenta de Caines de cabeza redonda, yo hubiera sido un hombre de un tipo admirable; pero esa sangre inquieta se ha cruzado en mi camino. --Usted--me suele decir Recalde--es uno de los tipos verdaderamente europeos que tenemos en L zaro. Su abuelo, el suizo, deb a ser un � � dolicoc�falo rubio, un germano puro sin mezcla de celta ni de hombre alpino. Los And as son de lo mejor de Elguea, del tipo ib � rico m s � � selecto. L sti�ma que se cruzaran con esos Aguirres de cabeza redonda!� --No te preocupes por eso--le suelo decir yo, riendo. --�No me he de preocupar!--replica l--. Si usted fuera uno de esos � b�rbaros de cabeza redonda como mi padre, por ejemplo, yo no le dir a a �
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