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NÁUFRAGOS EN
UN FREGADERO
CARME CARLES FÈLIX
Náufragos en un fregadero
Carme Carles Fèlix
1ª edición, diciembre 2014
Presentación de Juan José Colomer Grau
Este obra está bajo una licencia
Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0
Identificador Safe Creative: 1412182798917
ÍNDICE
Presentación
Todos estamos en una red, solo que cada uno se ahoga a diferente tiempo.
“Náufragos en un fregadero”. Carme Carles Félix.
¿Qué cosas pueden colarse por un fregadero? Desde la perspectiva cotidiana cabría decir que molestos restos de comida que hay que desatascar de vez en cuando. También se cuela el agua que forma un remolino antes de desaparecer. Nada especial.
Pero si entendemos la literatura como un derivación de la perspectiva cotidiana, en el libro de Carme el fregadero se nos aparece como la gran boca que es la vida, un fregadero que habla y que traga, y que también se deja besar.
Estamos ante una colección de relatos y microrrelatos por los que desfilan personajes y situaciones que desde la perspectiva del lector pudieran parecer extrañas, perturbadoras, inquietantes, divertidas. No obstante, esta extrañeza se troca en cotidianidad, en algo normal, en la perspectiva de los personajes que Carme construye. Y al hablar de personajes no debemos solo comprender al género humano. En el mundo posible de Carme cualquier cosa es susceptible de poseer una personalidad, un destino, un fin. Así, podemos encontrarnos un traje azul que ve amenazado su ser azul por una herida detrás de la oreja o
titiriteros que se calzan una soga y piden al público que tiren del hilo. Y esto lo hace posible Carme con un estilo desenfadado, a veces jovial, con claros, oscuros y grises. Un estilo que emana naturalidad y que te sumerge, te conduce y al final te golpea. Y te golpea porque el mundo posible de Carme no está exento de la provocación al pensamiento y permanentemente nos veremos desnudos, retratados, agitados. Permanentemente nuestra perspectiva cotidiana naufragará en este torrente, en esta riqueza de naufragios que desfilan letra a letra hacia el fregadero, y en el que nos veremos impelidos a reflexionar. Naufragios que se plasman en crímenes, soledades, manías, teorías del génesis y del tiempo muy particulares.
Pero sobre todas las cosas resalta la poderosa riqueza para crear cualidades y costumbres a los personajes. Poderosa imaginación en la que también nos podemos encontrar con que son los propios personajes los que hacen emerger cualidades a los objetos y se aferran a esa percepción. Y es en este punto en el que cabe poner en valor “Náufragos en un fregadero”, pues los microrrelatos y relatos que lo forman, amplían nuestro campo perceptivo. Pero ojo, esto no significa que haya desvarío, pues hablamos de mundo, y en el mundo cada cosa es conforme a su naturaleza y a sus relaciones. Lo que ocurre es que Carme tiene una lógica muy particular, diría que inclasificable, que descubre nuevas naturalezas y relaciones y que enhebra magistralmente las historias en este festín de buena literatura.
Pasen, lean y disfruten.
Juan José Colomer Grau. Diciembre 2014.
PRÓLOGO
El desagüe tragó el agua con deleite. Sus agujeros engullían ansiosos el líquido que corría alegre, deteniéndose solo un instante para realizar un ensortijado remolino. Tras el giro, los agujeros tuvieron su parte y susurraron un agradecimiento en forma de ruido húmedo.
Pero algo no iba bien, el líquido se negó a seguir discurriendo por los agujeros que ahítos, vomitaban lo tragado. El agua permanecía allí como un tozudo y húmedo empacho. Gracias a que el grifo dejó de manar se pudo subsanar el desastre.
La aparición de un desatascador negro y engomado, trajo la solución. Por unos besos, se encargó de los personajes rebeldes que habían anidado en la cañería y devolvió la alegría a los pequeños y eficaces agujeros de un desagüe.
Aunque no todos los personajes se escurrieron por la cañería. Estos son los que quedaron.
PERSISTENTES
Ahí está otra vez el charquito que aparece ante mi puerta cada mañana. No es nada, una simple acumulación de gotas de agua sin más. Apenas si mide un palmo de ancho, pero cada día aparece ante mi puerta, fiel como un dolor de muelas.
Lo curioso es que todo el espacio a su alrededor está seco, lo que le convierte en una isla pequeña de agua, rodeada por un mar de tierra. Y no crece, se mantiene firme y hace valer su derecho a vivir en un mundo hostil para las islas de agua. El suelo duro, el sol ardiente, algún papel despistado que lo cubre con sus letras, no son alicientes que le inviten a volver. Pero sorpresivamente, vuelve. No sé la razón, pero cada noche algo ocurre para que el charquito esté ahí al día siguiente.
Una mañana lo encontré cubierto por una hoja de periódico con la noticia de las inundaciones por la zona del sur. Era increíble que las lluvias torrenciales, que tanto daño habían hecho, absorbieran el agua del charquito. Quizás querían compensar la cantidad que dejó caer el cielo secando, la que yo tenía delante de la puerta.
Los días de lluvia, aunque pueda parecer lo contrario, no son del agrado del charquito que está delante de mi puerta.
Quizás porque desaparece. Le ocurre como a las personas, una se distingue en la inmensidad, pero muchas personas juntas hacen que todas se conviertan en nada. Las multitudes diluyen, simplifican y nos dejan convertidos en poco más que un palito de sombra visto desde arriba. Por esto mi charquito no debe estar muy contento los días que llueve, porque se llena hasta desbordar de gotas que bajan con prisa a estrellarse contra el suelo.
Estoy segura de que mi charquito se conforma con poca agua. Prefiere ser él mismo, en lugar de una mancha difusa que se desliza por el terraplén y se pierde por el desagüe. No creo que a mi charquito le gusten los desagües, por esto se queda quieto ante la puerta, inmóvil.
Parece ser que alguien le comentó que lograría, si se lo propusiera, llegar a ser un gran charco, albergar en su seno mosquitos y algas y con empeño, quién sabe si no se dejaría caer algún pez. Pero dijo que no. Los grandes charcos con su lujo de agua y barro no son su aspiración. ¡Qué iba él a hacer con todo ello!
A mi charquito lo que le gusta es aparecer delante de mi puerta, salir hasta que el sol la convierte en una mancha. Y sobre todo sentir la inmensidad del suelo rodeándolo e imponer la insignificancia tozuda que no da su brazo a torcer.
Y allí, bajo los rayos, mi charquito es él mismo aunque no sea grande ni tenga mucha agua y esté solo.
Mi charquito siente que su tenacidad tiene un precio. La soledad de los charcos los días de sol.
ANGELICALES
Cuando aceptó la invitación a asistir a la fiesta, lo hizo porque estaba convencido que convertiría la posible tentación en una completa derrota. Pero se dejó llevar por el ambiente. Nada le había preparado para tanto y tan variado. El paraíso le supo a poco, viendo lo que se podía gozar en la tierra.
Pero todo tiene su precio. Al regresar, sintió dolor y notó un punzante tirón en la espalda. Mientras sudaba lágrimas de sangre, le pareció que expiaba su culpa y se redimía ante sus propios ojos. Consciente de su pecado, aceptó como castigo por su mal proceder, perder las alas. Le pareció un justo reembolso para devolver lo que en la fiesta había disfrutado.
Pero no tardó en darse cuenta que el dolor no era doble, que no hubo otro tirón punzante. ¡No se lo podía creer! ¡Cómo podía aceptar que obró mal y convertirse en un ángel caído si solo le habían quitado un ala!
Ahora se debate entre la duda de, si arrancarse la otra ala y lanzarse al desenfreno, o arrepentirse y rezar para que le crezca la que ha perdido.
APRESURADOS
Cuando la manecilla de los minutos llega exactamente a las doce, sale de su casa. El reloj, que atrasa, da las seis.
Las seis y diez en realidad. Él siempre hace caso de los relojes, atrasen o adelanten.
¿Cuánto dura la hora en un reloj que atrasa? ¿Es más larga que en uno que adelanta? Se niega a dudar de la fiabilidad de un reloj. En realidad a él solo le importa que las horas tengan 60 minutos y que los minutos tengan 60 segundos. Cuándo exactamente ocurre el hecho, le da igual.
Apenas sale, al aire de la calle es consciente del error que ha cometido, la cinturilla y el dobladillo de las perneras de su pantalón estaban húmedos. No puede achacar el hecho de que el pantalón no esté seco a que el reloj atrase.
No hay ningún problema en ponerse un pantalón que aún no está seco del todo, se dice, pero es incómodo, notar la humedad. Parece que alguien te grite al oído ¿Notas la humedad, notas que le falta estar un rato más tendido? Y a menos que estés en casa, el único consuelo que te queda es que puedes contestar que sí que lo notas y que no es un impedimento para vestirlo, aunque interiormente pienses que los pantalones mojados son una lata.
Se ha vestido los pantalones demasiado de prisa. Si se hubiera tomado más tiempo, lo habría notado antes de
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