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La disciplina de la imaginación

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Colecciones : Educación y biblioteca. Año 10, n. 95
Fecha de publicación : 1998
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OT VOES
La disciplina de la
. . . ,
Imaglnaclon
Conferecia pronunciada por Antonio Muñoz Molina en el Prme
Ciclo de Conferencias "L educación que queremos" organizad
pr el Grpo Editorial Santillana
En la edición E País Digítal en debates está "l eución qu
queremos" e el que s publican las conferencias (hasta ahora Atoni
Muñoz Molina y Caros García Gual "El viae sobre e tiemp o la letura
de los clásics") y colaboraciones de los letores.
Para participar en el debate hay que hacerlo d e w d Ps
Diital <J Jw.p
No creo que pueda avanzarse mucho en la refe­ cativa. Cuando un asunto relacionado con la ense- Antonio
xión sobre el lugar de la literatura y de la palabra ñanza provoca titulares es infaliblemente porque Muñoz
escrita en la enseñanza si no se revisa la absurda y está siendo usado como pretexto para alguna reyera Malina
rígida distancia que ha venido estableciéndose en partidista. Se oculta así, por una mezcla de intereses
España entre lo que se llama educación y lo que se y de falta de interés, lo que cualquier profesor y cual­
1Iama cultura. Los escritores mueros o momifcados quier padre saben y sufen, que la educación, sobre
por la gloria perene cerían, para entendemos, al todo la pública, está sometida a una degradación y
reino de la educación, y los vivos al de la cultura, lo un descrédito cada vez mayores, padecidos en la
cual no debe de estar muy lejos de aquel siniestro misma medida por quienes la imparen y por quienes
refrán del muero al hoyo y el vivo al bollo. El muer­ deberían ser sus benefciarios.
to al hoyo de los manuales, de los apuntes y de los La cultura es un escaparate y ua coarada, en
comentarios de texto, y el vivo al bollo precario, ocasiones de lujo, sobre todo para los gerifaltes de
pero en ocasiones sustancioso, de las conferencias las satrapías autonómicas y municipales que gastan
de postín y de los premios y los convites ofciales. sin el menor escrúpulo de responsabilidad presu­
¿No hubo, hasta hace un par de años, un Ministerio puestaria. La educación es un ofcio que ha sido des­
de Educación y otro de Cultura? Y aun cuando ahora pojado en los últimos años de toda su dignidad
están juntos, ¿alguien se ha parado a pensar si hay pública y de gran parte de su legitimidad moral. Par
alguna relación entre lo que hace la parte educativa alcanzar la categoría de lo culto no es necesario
del ministerio bífdo y lo que hace su lado cultural, saber, sino estar al día. Más que el maestro ilustrado
o lo que queda de cualquiera de los dos después de y perseverante importa el nebuloso gestor de actos
los traspasos a las autonomías? culturales, el interediario que seguramente no sabe
Para ahondar más las diferencias, debe anotarse hacer de verdad nada, pero que se las sabe todas, y
que la Cultura es el campo del prestigio, mientras por lo tanto puede ofecer al político lo que éste más
que la Educación apenas ocupa páginas de verdade­ aprecia y exige, un brillo de moderidad inatacable,
ra relevancia en los periódicos, ni es motivo, en u titular de periódico o unos segundos en la televi­
general, de la atención sincera y preocupada de los sión.
que se dedican al periodismo, y casi tampoco de los Los planes de estudio y las temibles reformas
que se a la política, incluso a la política edu- educativas, que tienen la infatigable virtud de
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empeorar todo desaste, por defnitivo que éste pare­ sitios, dirán, porque no entienden de música, porque
ni les intersa ni tienen curiosidad. Invadido por los ciera, marginan cada vez más no ya a los saberes
humanísticos, como piensan algunos inocentes, sino bárbaros el reino de la cultura, sin más remedio hay
a todos los saberes por igual: pero al mismo tiempo que devolverlos al gueto de la educación. Y con una
estupidez muchas veces aliada al cinismo, al repudio que el poder político perpeta lo que alguna vez he
llamado la exaltación de la ignorancia, se inviste de le sucede el lamento: la gente no tiene oído, la tele­
cualquier manera y a cualquier precio de los oropeles visión y los deportes los han embrutecido, se organi­
z exposiciones que permanecen desiertas y con­más lujosos de la cultura. Pondré un ejemplo que me
parece de una claridad aleccionadora. Hace unos ciertos a los que no acude casi nadie, se publican
años se celebró en Madrid una magnífca exposición libros y casi no se venden ni se leen más que los éxi­
de Velázquez, con motivo del tercer centenario de su tos más zafos, nuestros índices de lectura son, y aquí
viene la repulsiva y extendida palabra, tercermundis­muerte, a la que acudieron no sé cuántos cientos de
miles de alumnos de enseñanza primaria y de institu­ t. y aceptado este hecho sin molestarse en indagar
tos de bachillerato. En apariencia era una oportuni­ las razones, se acentúa sin embargo el caraval de la
dad de encuentro entre esos dos ámbitos ajenos ent alta cultura y se abandona a su suerte a quienes viven
sí de la educación y la cultura'. Pero, dejando a un extramuros de ella, los que nunca amarán la ópera ni
lado que la mayor pare de los cuadros pueden verse leerán a Joyce n merecern comprender la pintura
modera. a diario en el Prado, y que las colas y las multitudes
difcilmente permitían la contemplación de tantas Los escritores se lamentan de la falta de lectores,
obras maestras, cabe preguntarse con tranquilidad en los concejales de cultura comprueban con resigna­
qué medida estaban adiestrados la mayor parte de los ción que sus salas de conferencias tienden a pera­
necer vacías, a no ser que exhiban en ellas a algún alumnos para mirar y entender la pintura. Si desde
los primeros años de la escuela no se han desarrolla­ fgurón del espectáculo de la cultura, o de la cultura
do en ellos sus habilidades casi innatas para el dibu­ del espectáculo. Pero nadie parece darse cuenta de
jo y la valoración del color; si en los planes de estu­ que la razón principal para que no exista esa asidua
multitud que llamamos el público está en el g foso dio la Historia de España, por no decir la Historia
abierto entre la educación y la cultura, ente el saber Universal, ha sido resumida en un vago híbrido que
y el estar al día, entre el trabajo lento, disciplinado, y antes de la última reforma se llamaba ciencias socia­
les, cuando no en la historia (falsifcada) de su comu­ féril sólo a largo plazo, y la pirueta instantánea con­
nidad autónoma o su comarca; si apenas han tenido cebida para recibir al día siguiente el halago de un
titular y condenada a extinguirse sin dejar ni un ras­oasión de saber cuál es el pasado real del país donde
t de ceniza. viven y de conocer y gozr la literatura del tiempo en
que vivió Velázquez; si es posible que muchos de Con alguna fecuencia, por un impulso rsidual de
ellos, por no saber, no sepan escribir corectamente militancia que me queda de los tiempos en que esta­
ba convencido de que la voluntad libre y la solidari­ese nombre ni ponerle el acento, ¿cómo podrian juz­
gar y disftar esa pintura y mirar esos rostros que dad de los hombres podían hacer más habitable el
para ellos proceden de un mundo tan remoto como el mundo, voy a d conferencias a institutos de bachi­
llerato, y siempre compruebo, con tanto entusiasmo planeta Saturo? Pero ya dije que no se trata de
saber, sino de estar al día, y par estar al día no hay como melancolía, una doble verdad. Primero, que en
que estudiar ni entender a Velázquez, o a Goya, o a esas aulas está el mejor público que puede desear un
los pintores y arquitectos del tiempo de Felipe 11 escritor, el más receptivo, el más limpio de vanidad
cuyas obras se están recordando ahora en El Escorial: y de prejuicios; segundo, que hay muy pocas cosas
basta con haber estado en una exposición, con haber tan hirientes como el contraste entre el dispendio ili­
participado siquiera como fgurantes en el espectácu­ mitado de las ceremonias culturales organizadas por
cualquier ayuntamiento, diputación o comunidad lo de la cultura.
Añadiré un segundo ejemplo, que se repite con autónoma, y la penuria absoluta en la que casi siem­
mucha fecuencia. A un concierto de música clásica pre se desenvuelven los centros públicos de enseñan­
asiste un grupo de alumnos de ESO o Bachillerato, za. Pero ya saben que el nuestro es un país en el que
generalmente inducidos por un profesor voluntarioso al mismo tiempo que se celebran concieros de las
y heroico que los acompaña fera de su horario de mejores orquestas del mundo, muchos de sus conser­
tabajo sin recibir compensación alguna. Empieza el vatorios de música se encuentan en condiciones
conciero y al cabo de unos minutos los chicos se nigerianas, y donde las administraciones públicas se
impacientan, tosen, se aburren, aplauden a destiem­ gastan en canales de televisión consagrados a emitir
po, provocan miradas de disgusto de los acomodado­ basura comercial e ideológica el dinero que luego
rs y de los entendidos. Es inútil llevarlos a esos escatiman en bibliotecas o en plazas de profesores.
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Se preguntarán por qué todavía casi no he hablado rzonable de nuestra posición e él. Quermos sabr
de literatura. Pero lo ciero es que desde el principio lo que nos resulta necesario, y buscamos fera de
no he dejado de hacerlo, pues no es posible refexio­ nosotros lo que existe como un esbozo o una intui­
nar sobre el sentido de la literatura sin establecer las ción dentro de nosotros mismos. Por eso sólo amare­
condiciones precisas en las que se produce y las rela­ mos los libros si nos damos cuenta de que nos son
ciones entre el acto de escribir y el acto de leer, ente útiles y de que pertenecen al reino de nuestra propia
la solitaria invención de un libro y la reinvención vida. Leer no es hacer méritos para aprobar un exa­
simétrica que a su vez lleva a cabo el lector, ese per­ men ni para demostrar que se está al día. Un libro no
sonaje desconocido, imprevisible y con mucha fe­ s debería adquirir por las mismas razones por las
cuencia inexistente. Si la literatura, como tiende a que se compra el temario de una oposición o una
creerse ahora, es u adoro, un fetiche de prestigio camisa de moda. Un libro verdadero -porque tam­
para pavonearse ante los ojos embobados de la tribu, bién hay libros impostores es algo t material y
si es una materia fósil y apartada de la vida que sólo necesario como una barra de pan o un vaso de agua.
puede interesar a los eruditos universitarios, entonces Como el agua y el pan, como la amistad y el amor, la
tienen razón quienes la desdeñan y quienes la elimi­ literatura es un atributo de la vida y un instrumento
nan poco a poco de los planes de estudio, y también de la inteligencia, de la razón y de la felicidad. Pero
tiene razón esa mayoría abrumadora del público que no hay que culpar a la mayor parte de los posibles
jamás se interesa ni se interesará por ella. lectores de que no lo sepan. Tampoco parecen saber­
Si la literatura es superfua, es decir, si no es útil lo muchos escritores, o si lo saben guardan el secre­
para vivir y no alude a honduras fndamentales de la t.
experiencia humana, 10 mismo los escritores que los Un amigo mío que se dedica a enseñarla dice que
profesores, que nos ganamos la vida gracias a ella, la litertura no es cultura, sino algo más serio y más
tendremos razón si nos sentimos impostores, y si en elemental. La literatura, su médula, es una conse­
rchas de desaliento pensamos que carece de sentido cuencia del instinto de la imaginación, que opera con
dedicarse a un ofcio que no le importa a nadie más plenitud en la infancia y que poco a poco suele ir
que a nosotros. Recuerdo que cuando yo estudiaba lo atofándose, como todo órgano que se deja de usar.
que hace cerca de treinta años er sexto de bachille­ De mayores nuestr imaginación se mueve con tanta
rato, la clase de literatura consistía en una ceremonia torpeza como nuestra mano izquierda, y ya no sabe­
entre tediosa y macabra. Un profesor de cara avina­ mos recordar que hubo un tiempo en que el juego y
gada subía cansinamente a la tarima con una carpe­ la fábula eran en nosotros no una manera desmañada
t bajo el brazo, tomaba asiento con lentitud y desga­ de huir de la realidad cuando tenemos tiempo o ganas
na, abría la carpeta y comenzaba a dictamos una reta­ o cuando nos dejan, sino la forma soberana del cono­
híla de fechas de nacimientos y muertes, títulos de cimiento. Mediante el juego aprendíamos las normas
obras, y características de diversa índole que era pre­ y las leyes del mundo, igual que los griegos del tiem­
ciso copiar al pie de la letra, porque en el caso de que po de Hesíodo se familiarizaban con ellas mediante
no supiéramos el año de la muerte de Calderón de la la poesía. Nuestra imaginación se apoderaba de las
Barca o las cinco o seis características del Romanti­ cosas, transmutando su realidad ostensible en una
cismo corríamos el peligro de suspender el examen. apariencia maleable que obedecía a nuestros deseos.
Afortunadamente para mí, a esa edad yo ya era un Lo que para los mayores era siempre un desván o un
adicto irremediable a la literatura y había tenido oca­ jardín también era desván y jardín para nosotros,
siones espléndidas de disfutarla, pero comprendo pero teníamos la potestad de convertirlos en gruta y
que para la mayor parte de mis compañeros de clase, en selva. Nuestro padre, que según luego descubri­
cuyas únicas noticias sobre la materia eran las que les mos con ciera decepción es un hombre común,
daba aquel lúgubre profesor, la literatura sería ya entonces era un héroe o un gigante bondadoso o
para siempre ajena y odiosa. Y del mismo modo que temible. El tiempo, ahora tan fgitivo, tan cuadricu­
la educación religiosa del franquismo fe una esplén­ lado en horas y minutos, era tan vasto entonces como
dida cantera de librepensadores precoces, la educa­ el tamaño que tienen en el recuerdo las habitaciones
ción literaria era, y en ocasiones sigue siendo, una del pasado. Para los griegos, los versos de Hesíodo y
manera rápida y barata de lograr que los adolescen­ de Homero eran la expresión más detallada y fde­
tes se mantuvieran obstinadamente alejados de los digna de las leyes de la naturaleza y de la memoria
libros. antigua de los héroes y los dioses. Del mismo modo,
A nadie le interesa aprender cosas inútiles. Desde en esa edad de oro de nuestra primera infancia, pla­
que nacemos nuestros aprendizajes están ligados a cer y aprendizaje, juego y verdad, imaginación y des­
nuestro instinto de supervivencia y a nuestra necesi­ cubrimiento, eran sinónimos. Como para los pueblos
dad de comprender el mundo y hacemos una idea primitivos, nuestra forma de conocimiento era la
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mitología. El papel que ésta ocupa en la memoria y nos distinguir entre los fantasmas y los sers reales,
en la vida cotidiana de una tribu amazónica lo ocu­ entre las voces y los ecos. Los juegos y los cuentos
nos enseñaban a vivir, igual que los mejores libros. paban los cuentos en nuestra infancia. A medida que
crecemos y que se nos empieza a adiestrar para el tra­ Esa literatur farisea conta la que yo quisiera estar
bajo, para la mansedumbre y la desdicha, el hábito de siempre en guardia a lo único que nos enseña es a
la imaginación se vuelve incómodo o peligroso, y permanecer encerrados, a desconfar de la vida,
desde luego inútil, y sin damos cuenta lo vamos per­ incluso a desdeñarla. La literatura que importa, ya lo
diendo, no porque éste sea un proceso tan natural dije, es como el agua y el pan, y su lectura nos con­
como el del cambio de voz, sino porque hay una tgia el vigor t necesario de la lucidez y el vitalis­
deterinada presión soial par que nos conviramos mo. La literatura de simulacros es como un narcótico
no en individuos sanos, felices y autónomos, sino en que nos induce a la pasividad de los fmadores de
súbditos dóciles, en empleados productivos, en lo opio. Comprenderán que ésta sea la más celebrada.
que antes se Ilamaba hombres de provecho. Se rompe también que desde mi punto de vista
entonces lo que al principio estuvo unido, se t la tarea del que se dedica a introducir a los niños y a
fonteras rigurosas que seguramente ya no sabremos los jóvenes en el reino de los libros es la de enseñar­
romper, y el juego, la fábula, la imaginación, quedan les que éstos no son monumentos intocables o resi­
despojados de su soberanía y convertidos en proscri­ duos sagrados, sino testimonios cálidos de la vida de
tos, o lo que es peor, en bufones, como esos jefes los seres humanos, palabras que nos hablan con
indios que después de la rendición de sus tribus lan­ nuestra propia voz y que pueden damos aliento en la
zban sus gritos de guerra y se pintaban la cara no adversidad y entusiasmo o fortaleza en la desgracia.
par cabalgar con libertad y orgullo por praderas sin Decía Orega y Gasset que los grandes escritores nos
límite, sino par actuar de comparsas en el circo de plagian, porque al leerlos descubrimos que están
Bufalo Bill. contándonos nuestos propios sentimientos, pensan­
Pero la imaginación es muy ferte y ta en ser do ideas que nosotros mismos estábamos a punto de
vencida. Yo creo que el período de nuestras vidas en pensar. En este sentido, yo no creo que el escritor sea
que se libra la batalla más difcil, que resulta también alguien aislado de los ots y singularizado por el
sr la defnitiva, transcure al fnal de la infancia y en genio o el talento. El escritor, más bien, sería el que
la adolescencia, y no es casual que sea en ese tiempo más se parece a cualquiera, porque es aquél que sabe
cuando nos afcionamos a la literatura y a la rebeldía introducirse en la vida de cualquier hombre y contar­
y cuando se decide inapelablemente nuesto porve­ la como si la viviera t intensamente como vive su
nir. Es entonces cuando los libros, si nos hemos edu­ vida misma.
cado para acercamos a ellos, nos importan más, por­ La literatura, pues, no es aquel catálogo abrma­
que intuimos que ocupan un lugar estratégico en la dor y soporífero de fechas y nombres con que nos
disputa, con fecuencia desconcertada y amarga, laceraba mi profesor de sexto, sino un tesoro infnito
entre la realidad y el deseo, que por desgracia ya no de sensaciones, de experiencias y de vidas que están
son evidencias idénticas. Estoy convencido de que el a nuestra disposición igual que lo estaban a la de
escritor lo es en la medida en que al crecer ha segui­ Adán y Eva las frutas de los árboles del Paraíso. Gra­
do guardando dentro de sí el fego sagrado de la ima­ cias a los libros nuestro espíritu puede romper los
ginación, el impulso antiguo y nunca desfallecido límites del espacio y del tiempo, de manera que
por interpretr el mundo no s610 o no exclusivamen­ podemos vivir a la vez en nuestra prpia habitación
te mediante el análisis, sino mediante la narración y ye n las playas de Troya, en la calles de Nueva York
la fábula, y de suspender de vez en cuando las leyes y en las Ilanuras heladas del Polo Norte, y podemos
infexibles de la evidencia para mirar al otro lado y conocer a amigos tan feles y tan íntimos como los
descubrir lo que las apariencias aceptadas ocultan. que no siempre tenemos a nuest lado, pero que
Pero hay veces en que la literatura, fngiendo ser vivieron hace cincuenta años o cinco siglos. L
leal a la imaginación y a sus severas responsabilida­ literatura nos enseña a mirar dento de nosotros y
des -pues no hay responsabilidad mayor que la de mucho más lejos del alcance de nuestra mirada y de
conocer el mundo y averiguar qué lugar ocupa en él nuestra experiencia. Es una ventana y también es un
nuesta propia vida, y qué es el valor de nuestros espejo. Quiero decir: es necesaria. Algunos la consi­
actos- en realidad se ha convertido en criada, y dern un lujo. En todo caso, es un lujo de primer
emplea la fcción no para expresar una verdad que necesidad.
sólo a través de ella puede decirse, sino para mentir. Pero que sea necesaria, que responda a un impul­
Entonces la literatura establece un juego que es pro­ so que late en cada uno de nosotros, que se parezca
fndamente tramposo, porque para lo que sire es al juego y al sueño, no quiere decir que sea un teso­
para enajenamos de la verdadera vida, para no dejar- ro puesto al alcance de la mano, que cualquier
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pueda sin esfero escribirla y leerla. Cunde desde ca las palabras del papel, sino que ellas van por
hace ya demasiados años la superstición irresponsa­ delante señalando el camino, sólo llega, si llega, des­
ble de que el empeño, la tenacidad, la disciplina, la pués de mucho tiempo de dedicación disciplinada y
memoria, no sirven para nada, y de que cualquiera entusiasta. Esos genios de la novela que andan a
puede hacer cualquier cosa a su antojo. Eso que lla­ todas horas por los bares son genios de la botella más
man lo lúdico se ha convertido en una categoría que de la literatura. Y aprender a leer los libros y a
sagrada: del aula como lugar de suplicio que aún lle­ gozarlos también es una tarea que requiere un esfer ­
gamos a conocer los de mi edad se ha pasado a la zo largo y gradual, lleno de entrega y de paciencia, y
idea del aula como permanente guardería, lo cual es también de humildad. Pero ya decía Lezama Lima
una actitud igual de estéril, aunque mucho más enga­ que sólo lo difcil es estimulante. Ya sé que todo esto
ñosa, porque tiene la etiqueta de la renovación peda­ que digo suena a herejía en estos tiempos, y que todo
gógica. Un síntoma de esa tendencia a la pereza y a aquel que, en el ofcio de los profesores o en el de los
la falta absoluta de rigor es una mediocre película escritores, defenda tales convicciones corre un serio
que estuvo de moda hace unos años, y que ganó pelibJfo de ser califcado de extravagante, incluso de
todos los oscars posibles. Me refero a Amadeus, de reaccionario. Pero también sé que frente a la manse­
dumbre, a la vulgar idad y a la irracionalidad que Milos Forman. En ella se nos presenta a Mozart
quieren ahogaos, la imaginación, la libertad y el como un joven cretino al que el genio le ha sido con­
ferido por una especie de capricho de Dios. Salieri, pensamiento son las armas más nobles de las que dis­
que es estudioso, perseverante, concienzudo, resulta ponemos , y que tampoco pasa nada por predicar en el
ser un fracasado. Mozart, un idiota que no para de desierto. La mayor parte de las cosas que nos parecen
reír y de emborracharse y que lleva la peluca torcida ahora naturales -l sufragio universal, la libertad de
se sienta de pronto al clave y compone una música expresión, la jorada de ocho horas, la igualdad de
milagrosa. El genio, según esta película, y según la hombres y mujeres- feron durante siglos sueños
creencia que parece imponerse ahora, no requiere imposibles, ocurrencias disparatadas que desperta­
trabajo ni disciplina, sino nada más que espontanei­ ban el escario de los más sensatos. Parece imposi­
dd, juventud y descaro. Pero todos sabemos, aunque ble que la gente se olvide un poco de la televisión
de vez en cuando se nos olvide, que las cosas que para consagrarse a la literatura, y que en las escuelas
más instintivamente llevamos a cabo, las que nos exista de verdad la posibilidad de que profesores y
parece que nos salen sin esferzo, han requerido un alumnos compartan la experiencia del aprendizaje de
aprendizaje muy lento y muy difcil, y que la lentitud la imaginación y de la racionalidad, que son también
y la dificultad nos han templado mientras aprendía­ virtudes cívicas, pero vale la pena la temeridad de
mos. Hablamos con naturalidad nuestro idioma, y se intentarlo. Porque la literatura no está sólo en los
nos olvida los años que nos costó aprenderlo. Cami­ libros, y menos aún en los grandilocuentes actos cul­
namos sin difcultad y sin ser conscientes de nuestros turales, en las conversaciones chismosas de los lite­
pasos, pero hizo falta que nos cayéramos muchas ratos o en los suplementos literarios de los periódi­
veces y que venciéramos el miedo y el vérigo par cos. Donde está y donde impora la literatra es en
esa habitación cerrada donde alguien escribe a solas que pudiéramos andar erguidos por primera vez. Los
mayores logros del arte, de la música, de la literatu­ a altas horas de la noche, o en el dormitorio donde un
r, del deporte, tienen en común una apariencia sin­ padre le cuenta un cuento a su hio, que tal vez den­
gular de facilidad. Pero a ese atleta que en menos de to de unos años se desvelará leyendo un tebeo, y
diez segundos corre cien metros ese instante único le luego una novela. Uno de los lugares donde más
ha costado años de entrenamiento, y ese músico que intensamente sucede la literatura es un aula donde un
toca delante de nosotros sin mirar la partitura y ese profesor sin más ayuda que su entusiasmo y su cora­
afcionado que se la sabe de memoria y goza de cada je le transmite a uno solo de sus alumnos el amor por
instante de la música han pasado horas innumerables los libros, el gusto por la razón en vez de por la bru­
consagrados al estudio de aquello que más aman, talidad, la conciencia de que el mundo es más gran­
negánd ose al desaliento y a la facilidad. Se nos educa de y más valioso de todo lo que puede sugerirle la
-cuando se nos educa, cosa cada vez menos fecuen­ imaginación. La enseñanza de la literatura sirve para
te- para disciplinamos en nuestros deberes, pero no algo más que para descubrimos lo que otros han
escrito y es admirable: también para que nosotros en nuestros placeres y en nuestras mejores aptitudes,
y por eso nos cuesta tanto trabajo ser felices. mismos aprendamos a expresamos mediante ese
Aprender a escribir libros es una tarea muy larga, signo supremo de nuestra condición humana, la pala­
u placer extraordinariamente laborioso que no se le bra inteligible, la palabra que signifca y nombra y
regala a nadie. Lo que se llama la inspiración, la fui­ explica, no la que niega y oscurece, no la que siem­
dez de la escritur, la sensación de que uno no ar bra la mentira, la oscuridad y el odio. II
EN y BB - 9, 191 11
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