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Compadre : El titiritero de Babel

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56 pages
La torre de Babel, símbolo del poder de los hombres, está siendo construida. En un pequeño pueblo alejado de la gran ciudad, José el mago y Tohea, su ayudante, asisten al nacimiento de las lenguas prestándose a los juegos de los niños del lugar. Los arquitectos de Babel creyeron que con las palabras alcanzarían la realidad divina, pero las palabras y las lenguas son valores relativos; cuando los códigos cambian, los hombres ya no pueden entenderse espontáneamente. Las palabras no son realidad. Eso lo saben intuitivamente los niños... y los magos.
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El titiritero de Babel
José era titiritero.
Era un mago que con cuatro instrumentos, una vara, un denario, una copa y una espada, podría haberos hecho creer todo lo que él deseaba.
Su magia blanca flotaba en el aire como el polvo.
Para hacer números de magia hay que conocer muchos trucos. Para que sean creíbles, hace falta perfeccionar el juego de manos para que nada, excepto la voluntad del prestidigitador, atraiga la atención. Este “pasapasa” hace que los platillos, las palomas y otros animales vayan de un sentido a otro liberados del peso de sus cuerpos, el cual los curiosos habían podido constatar ante-riormente. Ahí los tenemos, mirando absortos bajo los pliegues de una capa negra, en la manga de un saltimbanqui.
Los juegos son una ilusión que llega directamente al corazón de los hombres.
El único que nunca se deja guiar por la ilusión es el mago. José conoce sus números a la perfección. Contrajo el virus de la magia muy joven y cuando tuvo uso de razón, puso a prueba la suya. En la época en que los niños empiezan a discernir entre la realidad de los adultos y sus fantasías, José puso toda su atención en las palomas de un señor mayor que anidaban y luego desaparecían entre sus mechas blancuzcas, como si se trataran de dos alas replegadas sobre un cráneo ovalado.
Lo que colma de satisfacción a José es que los adultos, después de haber recorrido la obra de la vida, vuelven con sus hijos a ver los trucos en los que ya no creían y, en ocasiones, siguen quedan-do fascinados con algunos números que no comprenden, porque les sirven de huida del estrépito de la ciudad que arrastra en su revoltijo a los hombres en busca de Vida.
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Su amiga, Tohea, es una chica bonita con un bello nombre de tahitiana del Pacífico. Él no sabe de dónde es ella realmente; quizás sea de las Islas Bienaventuradas o de las Islas de las Manzanas de Oro. Su piel aterciopelada es del color del sol de los trópicos; su voz arrulla con el encanto de las ciudades de los estrechos; en sus ojos, los ocasos de los mares de Extremo Oriente encuentran patria y en su porte hay algo que le confiere un aire infinitamente enternecedor.
A pesar de todo, no son estos atributos los que la convierten en su amiga: Tohea es, sobre todo, una ayudante que no pestañea cuando José lanza tres puñales a los globos de goma situados debajo de sus muñecas y encima de su cabeza. No se estremece cuando la sierra divide la caja de madera que él abre de lado a lado, y que los curiosos inspeccionan petrificados porque los pies todavía se agitan y la cabeza se balancea.
La amistad se alimenta de atenciones que el tra-
bajo refuerza.
Después de uno de estos espectáculos, en un barrio de desolladores y jornaleros, José y Tohea durmieron al raso a las puertas de una casa. Los niños del pueblo se quedaron mucho tiempo alre-dedor de los dos durmientes, formando un corro armonioso que velaba su sueño.
Cuando los niños que tenían madre fueron llama-dos a sus casas, los otros cerraron los párpados a causa de la fatiga. Sólo una niña muy negra saltaba suavemente todavía sobre un pie, delan-te de ellos. El espectáculo la había emocionado, no tenía madre y no conocía la fatiga. Tenía una piernita herida, lacerada por una grave que-madura. Se quedó durante horas frente a ellos dando pasitos cortos y apresurados. Tohea oyó el ruido y se despertó; había creído oír una hiena que daba vueltas a su alrededor. Entrevió a esta
El titiritero de Babel
equilibrista que recorría la noche con el destello de sus dientes blancos y apretados. Tohea la estrechó entre sus brazos. La pequeña Aissea se durmió inmediatamente, acurrucada contra el vientre de la joven.
Al alba, Tohea le anunció a José que era mamá. José vio sobre el vientre de su ayudante una gran bola que se desenrollaba lentamente. Dos minúsculas coletas aparecieron sobre el pelo encrespado; dos ojos enormes recorrían, perdi-dos, el horizonte; dos manos formaban el único collar de Tohea. José se frotó de nuevo los ojos antes de expresarse, bostezó y se estiró como un gato sobre la escalinata de una casa pobre.
–¡Mejor que mejor!, dijo, ya no serás para mí simplemente una ayudante.
–Me encantaría que fueras mi amigo.
–A mí también me encantaría, pero no estoy muy disponible. El cariño es, para empezar, la disponibilidad.
–Igual que eres en el fondo de ti mismo, para mí lo eres también en el exterior. Sin embargo, los hombres piensan que eres como ellos, y artifi-ciero de profesión.
José intentaba comprender lo que le decía Tohea. Aissea se aventuró sobre las rodillas del mago y le cogió la mano. El mago la retuvo unos instan-tes, después la puso sobre las de Tohea.
–Sólo tienes mamá, Aissea. Yo no soy tu padre. No deseo acceder al mundo sino para conocerlo mejor y para sustraerme mejor.
La puerta de la casa se abrió y una mujer en bata salió de ella con una escoba.
–Buenos días, buena gente. Si hacéis el favor de levantaros, voy a barrer el umbral.
El titiritero de Babel
Llegamos desde Oriente hasta aquel valle siguiendo los pasos de Nimrod el Cazador, hijo de Cush, biznieto de Noé, y conoci-do en toda la Tierra por su poder y valentía.
El comienzo de su reino fue Babel.
El nombre de esta ciudad ha quedado para siempre unido a nuestra tarea, aunque no fue Nimrod quien la forjó en su mente y en su alma.
Me corresponde a mí, Lud, hija de Assur, conservar la memo-ria de lo que entonces ocurrió.
Una era la lengua en toda la tierra, y unas mismas las pala-bras.
Los hijos de dios necesitaron la lengua para ordenar el mundo. Así, dieron nombres a todos los animales, a los ríos y los mon-tes, a los árboles y sus frutos, a sus hijos y sus pueblos.
Las hijas de los hombres utilizaron las palabras para contarse el mundo. Así pasó de madres a hijas la historia de Lilith y la de Eva, la de Adá y Silá, todas las que se escribieron en el Libro, y muchas otras, repetidas y recordadas.
Las mujeres en la vega de Shinar sintieron el frío de los años transcurridos desde el diluvio, 101 antes de que la tierra fuera repartida y después, otros muchos, durante los cuales los hermanos se derramaron por lugares lejanos, desde Ur hasta Lasa, desde los montes de oriente a las islas de occidente.
Temieron la separación y el olvido. Fue por eso que se dijeron las unas a las otras:
–Hagámonos un nombre, para que no seamos esparcidos sobre la faz de la tierra.
Entonces intervino Pharam, hijo de Shebá, el primer hombre que sintió la pérdida de Babel, mucho antes del castigo.
Pharam supo que la confusión se escondía ya dentro de aque-lla primera lengua, la nación común de todos los descendien-tes de Noé, destinados a dominar la Tierra.
–Edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo.
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El titiritero de Babel
Llegaron a la plaza más grande de la ciudad. Era día de mercado.
–¿Qué haces con todas tus monedas sobre el banco?, preguntó Tohea.
–Les transmito valor, dijo el agente de cambio.
Todo lo que es de color oro, plata o bronce pasa entre mis manos. Con mi balanza peso los metales preciosos, elaboro baremos, establezco equivalencias entre las monedas del Norte y del Sur, facilito los intercambios entre hombres que no se conocen.
Mira, ese hombre de las llanuras acaba de comprar un carnero y el hombre de los pastos se dirige al restaurante; todo ello, gracias a la valoración exacta del peso de sus monedas. Y tú, ¿qué haces?
–Soy la ayudante del mago, ése que ves ahí delante de mí. Todos sus inventos pasan casi rozándome, a algunos centímetros. Yo no tiem-blo. ¿Qué valdría el saltimbanqui sin el riesgo que yo corro? Mi sere-nidad pone un precio a su acción. ¿Lo imaginas lanzando sus puñales contra una pared? ¿Quién daría un céntimo por el espectáculo?
Vendremos dentro de algunas horas a pedirte que nos cambies nues-tras monedas.