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Las Fenicias

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“Las Fenicias” datada hacia el año 410 a.C. es la tragedia de Eurípides basada en una parte del Ciclo Tebano. Yocasta, madre de Edipo, se había casado con él sin saber su parentesco y fue por ello madre de Eteocles, Polinices, Ismene y Antígona. Al conocer el parentesco, Edipo, que se había convertido en rey de Tebas, se había cegado a sí mismo y sus hijos lo habían encerrado, motivo por el que lanzó contra ellos la maldición de que se repartirían el reino mediante afilado hierro.


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LAS FENICIAS
Personajes
YOCASTA / EL PEDAGOGO / ANTÍFONA / POLINICES / ETEOCLES / CREÓN / MENECEO / TIRESIAS / EL CORO / EDIPO / UN MENSAJERO / OTRO MENSAJERO YOCASTA ¡Oh Helios, que trazas tu camino entre los astros d el Urano y te asientas en un carro de oro! Tú, que haces girar la llama con tus caballos rápidos, ¿qué funesto rayo enviaste a Tebas el día en que Cadmo vino a este pa ís, dejando la tierra fenicia? El, que, tras de casarse en otro tiempo con Harmonía, l a hija de Cipris, engendró en ella a Polidoro, de quien dicen que nació Lábdaco, y de és te, Layo. En cuanto a mí, me llaman hija de Meneceo, y Creón es hermano mío, nac ido de la misma madre. Me nombran Yocasta. En efecto, mi padre me ha dado est e nombre, y Layo se casó conmigo. Como hacía tiempo que me poseía en su mora da y no tenía hijos, fue a interrogar a Febo y le pidió que tuviésemos hijos v arones en nuestras moradas, y éste le contestó: «¡Oh tú que mandas en los buenos jinet es tebanos, no siembres de hijos el surco a despecho de los Dioses, porque, si engen dras un hijo, ese hijo te matara, y a toda la familia arrastrará la sangre!» Pero él, c ediendo a la voluptuosidad é impulsado por el exceso de vino, engendró a nuestro hijo; y después de engendrarle, reconociendo su error, y acordándose del oráculo de l Dios, entregó el niño a los pastores, con objeto de que lo expusiesen en la pra dera de Hera, en la cima del Citerón, después de atravesarle los talones con hie rros agudos, a lo cual obedece que la Hélade le llame Edipo. Y recogiéndole los pastor es de Polibo, le llevaron a la morada y le pusieron en manos de su señora, que con fió el fruto de mi parto a pechos de nodriza, y persuadió a su marido de que le había parido ella. Y ya era mi hijo un hombre de mejillas florecientes, y bien porque lo c omprendiese todo por sí mismo, bien porque le hubiese advertido alguien, se presen tó en la morada de Febo para descubrir a sus padres, al mismo tiempo que Layo, m i marido, se presentaba allí también con objeto de saber si su hijo expósito est aba vivo todavía. Y se reunieron en el lugar donde se parte en tres la ruta de la Focis . Y el conductor de Layo ordenó a Edipo: «¡Oh extranjero, cede el camino al rey!» Per o él caminaba en silencio y con orgullo. Y los cascos de los caballos le enrojecier on de sangre los pies... Mas ¿qué necesidad hay de contar lo que cae por fuera de nue stros malee? El caso es que el hijo mató al padre, y apoderándose del carro, se lo dio a Polibo, que le había criado. Pero como la Esfinge oprimía a la ciudad y ya no ex istía mi marido, mi hermano Creón hizo proclamar que me casaría con el que comprendie ra el enigma de la virgen astuta. Y acaeció que mi hijo Edipo comprendió el enigma de la Esfinge, y quedó convertido así en señor de este país, y en recompensa recibió el cetro de esta tierra. Y el
desgraciado, sin saberlo, se casó con su madre, qui en, sin saberlo, se acostó con su hijo. Y he concebido de mi hijo dos niños varones, Eteocles y la ilustre Fuerza de Polinices, y dos hijas. A una la llamó Ismena su pa dre, y a la otra, que era la mayor, la llamé yo Antígona. Pero cuando supo que mi lecho er a a la vez el de su madre y el de su mujer, abrumado por todos estos males, Edipo alz ó contra sus ojos una mano exterminadora y se los agujereó con broches de oro. En cuanto estuvo sombreada la mejilla de mis hijos, encerraron a su padre con el fin de que se olvidase esta calamidad; mas fueron vanas todas las astucias enca minadas a ello. Vivo está en las moradas; pero, irritado por su destino, profiere im precaciones muy impías contra sus hijos y anhela que desgarren esta familia con el hi erro agudo. Y temiendo éstos que los Diosescumplieran las imprecaciones si vivían el los juntos, convinieron en que el más joven, Polinices, se desterraría voluntariament e de esta tierra por lo pronto, y Eteocles se quedaría, poseyendo el cetro de este pa ís y cediéndoselo al hermano a su vez al cabo de un año. Pero sentado ya en el banco del mando, Eteocles no cedió el trono, y expulsó de esta tierra a Polinices. Y éste , tras de partir para Argos y hacer alianza de familia con Adrasto, ha reunido y traído un numeroso ejército de argianos, y viene contra la propia ciudad de las siete puertas, reclamando el cetro paterno y la parte que le corresponde de esta tierra. Y yo, a fi n de solventar esta cuestión, he persuadido a mi hijo para que venga a ver a su herm ano antes de tocar la lanza, amparado en la fe jurada. El mensajero enviado dice que va a venir. Pero ¡oh tú que habitas los espléndidos retiros del Urano, Zeus, sá lvanos y haz reconciliarse a mis hijos! Porque no debes permitir, siendo tan sabio, que sea siempre desdichado el mismo mortal. EL PEDAGOGO ¡Oh tú, Antígona, que eres un noble retoño de tu pa dre en estas moradas! Ya que tu madre, conmovida por tus ruegos, te ha permitido abandonar la estancia de las vírgenes y subir a la parte más alta de la morada c on objeto de ver al ejército de los argianos, párate pata que yo examine el camino, no vaya a ser que aparezca por el sendero algún ciudadano, y para que no se nos dirij a un reproche oprobioso, a mí como esclavo y a ti como reina; y te diré cuanto de los argianos he visto y sabido cuando he ido a llevar el salvoconducto a tu herman o, y cuando, tras de dejarle, he vuelto aquí. Pero no se acerca a las moradas ningún ciudadano. Remonta, pues, los antiguos peldaños de cedro y mira la llanura, y sig uiendo el curso del Ismeno y la fuente Dirce, observa cuán numeroso es el ejército de los enemigos. ANTÍGONA Tiende, pues; tiende, pues, tu vieja mano a la jove n, desde lo alto de los peldaños, a fin de ayudarme a levantar los pies. EL PEDAGOGO He aquí mi mano; tómala, virgen. A tiempo has subid o, porque el ejército pelásgico se pone en movimiento y se divide en tropas. ANTÍGONA ¡Oh Hécata, venerable hija de Latona! El bronce res plandece por toda la llanura, EL PEDAGOGO
No viene POLINICES con timidez a esta tierra, pues suenan numerosos caballos é innumerables hoplitas. ANTÍGONA ¿Están atrancadas las puertas y las barras de bronc e están bien adaptadas a las murallas de piedra construidas por Anfión? EL PEDAGOGO Estáte tranquila. La ciudad se halla bien fortifica da por dentro; pero mira a ese primero, si quieres saber quién es. ANTÍGONA ¿Quién es ese de la cimera blanca en el casco y que lleva con desenvoltura al brazo un macizo escudo de bronce? EL PEDAGOGO Es un jefe, ¡oh señora! ANTÍGONA ¿Quién es? ¿De dónde es? Di, ¡oh anciano! ¿Cómo se llama? EL PEDAGOGO Dicen que es micense de origen, y habita en el pant ano de Lernea. Es el rey Hipomedón. ANTÍGONA ¡Oh! ¡es orgulloso y terrible de aspecto, y semejan te a un gigante nacido de la tierra! En su escudo hay pintadas estrellas. No parece de la raza de los mortales, EL PEDAGOGO ¿Ves a ese jefe que atraviesa el agua de Dirce? ANTÍGONA ¡Sus armas son extrañas, extrañas! ¿Quién es? EL PEDAGOGO Es Tideo, hijo de Eneo. En el pecho lleva la imagen de Ares etolio. ANTÍGONA ¿Es él ¡oh anciano! quien se ha casado con la herma na de la mujer de Polinices? El color de sus armas es extraño, medio bárbaro. EL PEDAGOGO En efecto, hija mía, todos los etolios llevan un la rgo escudo y son hábiles para lanzar largas picas. ANTÍGONA Pero ¿cómo sabes esas cosas, ¡oh anciano!?
EL PEDAGOGO He visto y observado los emblemas de sus escudos al llevar, el salvoconducto a tu hermano, y al mirarlos, reconozco a los que están a rmados. ANTÍGONA ¿Quién es ese que pasa junto a la tumba de Zeto, co n melena rizosa, aire orgulloso y joven de aspecto? Es un jefe, pues le sigue y le rodea una multitud armada. EL PEDAGOGO Es Partenopeo, hijo de Atalanta. ANTÍGONA ¡Ojalá Artemisa, que corre por las montañas con su madre, le domeñe y le mate con sus dardos, por venir contra mi ciudad para dev astarla! EL PEDAGOGO ¡Así sea, oh hija! Sin embargo, vienen con razón a esta tierra. Temo que los Dioses crean lo mismo. ANTÍGONA Pero ¿dónde está el que, por un destino adverso, ha nacido de la misma madre...