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Thierry Crouzet
Un Gesto Salvador (extracto)
Traducido del francés por Elisa Reyes Pomares, con el apoyo de B. Braun
El sitio web del libro
ISBN : 978-2-9193-5834-2 (versión 1.0) (cc-by-nc-nd) L'Âge d'homme, Thierry Crouzet y Elisa Reyes Pomares, 2014.
Tenga un gesto
El autor cede sus derechos al Fondo deClean Hands Save Lives, lanzado por Didier Pittet y respaldado por la Fundación Philanthropia –CleanHandsSaveLives.org. Por cada libro vendido se donará un frasco de solución hidroalcohólica para la desinfección de manos[1] al médico, a la enfermera, a los trabajadores de la salud o al personal sanitario de los países desfavorecidos, contribuyendo así a salvar vidas. La editorialL’Âge d’Hommetambién apoya esta iniciativa.
Página legal
Un gesto salvador, versión 1.0 o versiones posteriores, publicada con la licencia deCreative Commons BY-NC-NDversión 4.0 o posteriores (se atribuye aThierry Crouzettcrouzet.com– la autoría de la obra, sin que pueda modificarse o utilizarse para fines comerciales). El copyright de la traducción al español pertenece a Elisa Reyes Pomares, estando sujeto a las mismas restricciones. Se permite la reproducción y distribución gratuita de la obra. Si Usted ha obtenido el texto de forma gratuita y quiere agradecérselo aThierry Crouzet y a su equipo editorial, financiando así aCleanHandsSaveLives.org,tiene que solo comprar la obra en una librería. El copyright de la fotografía de la cubierta pertenece a Jean Baptiste Huynh – eanbaptistehuynh.com. Las ilustraciones han sido realizadas porPécub-pecub.ch y están bajo la licencia deCreative Commons BY-NC-ND.
Prefacio
En el s. XIX, Semmelweis, Nightingale y Lister, los pioneros de la higiene hospitalaria, revolucionaron la seguridad de la atención sanitaria. Estos tres visionarios nunca habrían imaginado que los pacientes seguirían muriendo de infecciones hospitalarias en el s. XXI. Les habría llamado mucho la atención que la falta de higiene continuara siendo la fuente de infecciones en los hospitales modernos. Y, sin embargo, en todas las partes del mundo, a todas horas, las personas mueren o se ponen enfermas en los hospitales, debido a bacterias transmitidas a través de las manos de los que los atienden. Clean Care is Safer Care –una atención limpia es una atención más segura– fue el primer desafío global para la seguridad del paciente lanzado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) tras celebrarse la asamblea general de 2002, adoptando la resolución 55.18. La voluntad de mejorar la higiene de las manos era uno de los elementos clave de este desafío. « Unas manos limpias » se convirtió en el objetivo más visible: una idea que ha logrado sensibilizar a los pacientes y a las familias, a los clínicos y a los gestores, a los ministros de Sanidad y a los periodistas. Expertos y científicos de todo el mundo han establecido un conjunto de recomendaciones basadas en la evidencia para la higiene de manos y el reto ha sido aceptado en todas las regiones de la OMS de forma comprometida y entusiasta. Esta aventura ha implicado también una innovación: la introducción de la solución hidroalcohólica para friccionar las manos, mucho más eficaz que el agua y el jabón. De manera crítica, esta innovación ha permitido superar la falta de lavabos y de agua corriente en los países más pobres. El éxito de un programa global requiere un gran liderazgo. Este libro resalta los valores y las virtudes de la higiene tan firmemente demostradas por Florence Nightingale, hace ya mucho tiempo. Ello pone de manifiesto cómo es posible una movilización mundial que puede generar un progreso concreto: salvar vidas mejorando la calidad en la atención. Y muestra, sobre todo, cómo un gran líder puede inspirar, movilizar las energías y permitir un avance significativo y perenne. Este libro nos cuenta la historia de ese líder, Didier Pittet, capaz, con la ayuda de la OMS, de llevar a cabo su sueño de salvar vidas gracias a la higiene de manos. Nos cuenta cómo Didier Pittet ha puesto sus habilidades, su experiencia, su rigor científico y su generosidad, cultivadas y desarrolladas en los Hospitales Universitarios de Ginebra, al servicio de los pacientes y de sus familias en todo el mundo. Pocas personas lo conocen o han oído su nombre, pero muchas le deben la salud y la vida. La OMS ha tenido la suerte de que Didier Pittet responda de inmediato, cuando lo necesitamos. Reconocemos su entrega ejemplar y las relaciones que él nos ha ayudado a establecer con los sistemas de salud y las instituciones académicas, con el fin de ofrecer, de forma universal, las atenciones más seguras. Se podrán sacar muchas conclusiones de una historia maravillosamente bien contada en este libro, un libro que bien merece encontrar muchísimos lectores.
Dra. Margaret Chan, Directora General, Organización Mundial de la Salud
Sir Liam Donaldson, Embajador para la seguridad del paciente, Organización Mundial de la Salud
A hospital bed is a parked taxi with the meter running[2].
Groucho Marx
Por haber anunciado un café que « el vino puro mata al microbio », la idea ya natural en e público de que el alcohol preserva de las enfermedades infecciosas se afirmó en la opinión d todos.
Albert Camus,La Peste, 1947
Prólogo
Una medida simple, un gran efecto
1
Amediados de marzo de 2012 recibo una llamada inesperada desde Ginebra: « He conocido a un médico extraordinario », me grita mi amiga Geneviève. Ella me habla en voz alta, el entusiasmo la desborda y la emoción ahoga su voz habitualmente ronca. « Es increíble. Tienes que escribir sobre su vida. La reina de Inglaterra lo ha pedido, pero nadie le conoce, ni siquiera aquí en Suiza. Está en la lista de nominados para el Nobel de la Paz. Este profesor de medicina salva cada año millones de vidas. » Un mes más tarde me encuentro sentado frente a Didier Pittet, un hombre de unos 50 años, de aspecto deportivo y con cierto parecido a Indiana Jones. Con sus ojos color ámbar que siguen salpicados por el sol, acaba de llegar de Afganistán, donde ha pasado diez días visitando los hospitales del país como delegado de laOMS[3]. Didier me tiene que enseñar sus trabajos, pero su cabeza está todavía bajo la penetrante luz de Asia central. Con una voz un tanto grave y otro tanto alegre, me relata su viaje. Con vaqueros, calzado de senderismo y mochila, arrastra tras él una imponente maleta con ruedas. A través de un estrecho laberinto de hormigón, camina junto a su amigo, el profesor Kurt-Wilhelm Stahl, médico y bioquímico retirado que emplea su energía en curar los brotes de leishmaniosis[4], una enfermedad de la piel frecuente en Afganistán. El sol está a punto de alcanzar su cenit. Bajo un calor sofocante, Didier y Kurt abandonan la puerta 1 de la base militar de la OTAN en el aeropuerto de Mazar-e Sarif, no lejos de la frontera uzbeka. Dos murallas grises de más de cuatro metros de altura los envuelven, formando un paseo entre alambres de espinos. Arriba en el aire, flota un globo aerostático provisto de radares. Se divisan los aviones y helicópteros surcando el cielo. De vez en cuando, una alambrada reemplaza al hormigón y deja intuir la puerta 2 que se encuentra a tres kilómetros. Las mochilas y la maleta pesan, pero aún más las miradas de los soldados desde las torres de observación. Ni hablar de quejarse. Afganistán está en guerra desde hace treinta años. Didier piensa en sus hijos, en su familia. Otra vez más los ha abandonado, tomándose sus vacaciones para recorrer voluntariamente el mundo. « Entonces, no pasarás la Semana Santa con nosotros », le reprochó Séverine, su compañera. Él contestó que los afganos necesitan ayuda. Aunque sus repetidas ausencias le costaron su primer matrimonio, no se siente culpable. El día anterior, cuando el transporte de las tropas de la Luftwaffe hizo escala durante la noche en la base militar de Termez, en Uzbekistán, Didier se encontró de frente con un poster de la OMS, una especie de lámina con viñetas en blanco y negro. Claramente definida. Dos manos que se frotan, se entrelazan y se superponen. Los diseñadores gráficos de la OTAN han sustituido el logo oficial por el suyo propio, como queriendo decir que se apropiaban del mensaje: « Para salvar vidas, lávense las manos. » De esta forma, poco a poco, esta idea se está asentando por todo el mundo. Didier ha demostrado científicamente esta verdad casi ancestral. Ahora le falta explicar, formar y convencer. Como mínimo, medio millón de personas se infectan a diario en hospitales, de entre los cuales entre 20.000 y 50.000 fallecen[5]. « Es una pandemia silenciosa », resume Didier. Con un gesto tan simple como lavarse las manos sería posible dividir estos números por dos. En resumidas cuentas, reducir la mortalidad a la mitad e incluso a una cuarta parte en las regiones en vías de desarrollo. Afganistán es el 130º país que se une a la iniciativa por la higiene de manos de la OMS[6]. Didier y Kurt se acercan a la puerta 2, que está defendida por militares macedonios y croatas con uniforme de combate. Meten a Didier en un compartimento y a Kurt en otro. Los registran. Tras vaciar las mochilas, vacían la maleta abarrotada de posters, folletos y, sobre todo, de frascos con solución hidroalcohólica. El gel milagroso concebido por Didier y el equipo de los HUG, los Hospitales Universitarios de Ginebra. Un producto que todos descubrimos en 2009,
durante el transcurso de la epidemia de la gripeH1N1[7]. A partir de ese momento, el producto se vende por todas partes. Un producto que ha encontrado su lugar en las mochilas, las cocinas, los colegios, los cuartos de baño y en las mochilas de los mochileros. Unas gotas, veinte segundos de fricción y adiós a los virus y a las bacterias. Es más rápido y eficaz que el agua y el jabón. Treinta minutos más tarde, Didier y Kurt se encuentran de nuevo en el laberinto abrasador, tomando rumbo hacia la puerta 3 controlada por los afganos. « —¿Nos van a cachear otra vez? —No te preocupes, le tranquiliza Kurt. —¿No vamos a tener problemas con el alcohol? —Si nuestros amigos afganos están ahí, todo saldrá bien. » Didier no quiere pensar en más contratiempos, sino recordar esa mañana. Nada más desembarcar del avión que transportaba las tropas y todavía con el zumbido en los tímpanos, le invitaron a visitar el hospital militar, una instalación dotada de las tecnologías más modernas. Habló con administrativos, enfermeras y médicos. Preguntó a los pacientes. Descubrió una equinococosis hepática[8] en una radiografía. Le pidieron consejo y prometió dar una conferencia antes de su marcha. A Didier le gustan los hospitales. Cuando era más joven y pasaba consulta, adoraba palpar a los enfermos. Como un escultor con la arcilla, los coge con las manos. Literalmente. A través de sus dedos sentía sus vidas. A partir de ahora experimenta la misma sensación con los hospitales. Ha visitado tantas instalaciones sanitarias y estudiado sus diferentes sistemas que ha acabado por adquirir un sexto sentido. Los hospitales se han convertido en sus pacientes. Pero entre el hospital de Mazar-e Sarif y él se yerguen dos afganos con turbantes negros, barbas enmarañadas, dientes desalineados y fusil ametralladora en mano. Están plantados frente a su garita. Es el último punto de control. Más allá, en la frontera de la base, se amontonaban camiones, camionetas y toda una colección de vehículos. Los conductores esperan, imperturbables bajo el sol, en medio de la polvareda del desierto. Kurt entrega la orden de la misión. Aparecen otros soldados. Didier enseña instintivamente la cruz blanca sobre fondo rojo de su pasaporte suizo, símbolo invertido de la Cruz roja, a modo de talismán. « Mira, ya llegan Ismail Faridullah e Ibrahim », se alegra Kurt cuando una camioneta se adelanta para recogerlos.
2
Didier es locuaz. Resume sus explicaciones técnicas con palabras al estilo « trasto, chisme, cosa, etcétera. » Con pasión elogia el entusiasmo de Kurt: « Fantástico, maravilloso, extraordinario, genial. » Sin duda alguna ama a las personas. Alaba la valentía de Ismail Faridullah, el dermatólogo, y la de Ibrahim, el joven cirujano que con el pretexto de que es principiante, no cobra ningún salario. Me acuerdo de Steve Jobs, cuya biografía acabo de leer. Estoy frente a un personaje igualmente excepcional. Didier Pittet no es solo un científico de primer nivel y un médico de renombre mundial, sino también un comunicador fuera de lo común. Geneviève me dijo: « Cuando en Suiza se hace una película se invierte el 100% del presupuesto en la producción y el 0% en la promoción. Resultado: Nadie ve la película. » Él, Didier, ha comprendido que probar la eficacia técnica de la higiene de manos no basta para convertirla en costumbre universal y duradera. Hay que vender la idea y dar a todos la posibilidad de apropiársela. Didier me parece una persona a la vez visionaria y política; perfeccionista y pragmática; intransigente y carismática; creativa y con liderazgo. Un cóctel de rasgos de carácte incompatibles a priori, pero que unidos crean personas fuera de lo común, sin duda agotadoras para su entorno: Didier, como Jobs, padece ortorexia: Es la obsesión por comer lo justo, vivir con lo mínimo, sin apenas levantarse y pensar solo lo necesario. Es muy « orto » en todo. Pero las similitudes con el creador de Apple se acaban ahí. Cuando Didier, junto con su equipo de los HUG, perfeccionó la solución hidroalcohólica y el protocolo asociado de uso, podría haberlo patentado, haber creado una empresa próspera y convertirse en multimillonario. Por el contrario, decidió compartir su descubrimiento, regalárselo a la humanidad. Nos muestra el camino que podría tomar la economía del siglo XXI, una economía basada en la donación y el reparto más que en la capitalización: Una economía de paz más que una economía de depredación.