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La selección de los textos con los que el lector se va a encontrar a continuación ha seguido un criterio primordialmente temá-tico. Se han escogido aquellos fragmentos o capítulos de mis libros que incidían en los temas anunciados en el título (y sub-título) del volumen, es decir, que de una u otra manera tenían que ver con la memoria, la responsabilidad y el pasado. En nin-gún momento se ha planteado –conviene dejarlo claro cuanto antes– confeccionar una especie de antología de mí mismo en la que pudiera apreciarse la evolución de mi trayectoria, la secuen-cia de asuntos en los que me he ido interesando o la particular manera en que he pasado de la preocupación por ciertas cues-tiones a la obsesión por otras. Un proyecto así sólo hubiera tenido sentido sobre la base de un supuesto que me parece del todo inve-rosímil, y es que pudiera haber lectores interesados en semejante peripecia. Como estoy convencido de que no es el caso (y si se diera la circunstancia, para mí incomprensible, de que existiera alguno, semejante rareza no justificaría en modo alguno que se le dedicara un libro), he aplicado mis esfuerzos a reunir aque-llos de entre mis materiales que abordan problemas –ellos sí– de indudable interés en este momento en nuestra sociedad.
He reflexionado bastante sobre esto último a la hora de editar los materiales que componen el presente volumen. A fin de
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cuentas, mis palabras fueron siendo escritas en contextos deter-minados, procurando dar respuesta a algunas de las incitacio-nes que aquéllos me iban planteando. Al categorizar dicha res-puesta, al intentar darle una cierta forma abstracta y general, en el fondo estaba poniendo a prueba su universalidad, el valor de verdad que pudiera contener. Por eso precisamente, retocar los enunciados, adecuarlos presuntamente a la realidad actual desde la que los nuevos lectores los interpretarán, tendría algo de profundamente deshonesto. Porque el mejor servicio que un texto puede prestar a quien lo lee es precisamente el de poner en cuestión algunos de los convencimientos básicos, indiscu-tidos,obvios, con los que éste venía funcionando. Si por prote-germe del reproche de anacronismo (o cualquier otro seme-jante) dijera aquellas cosas que supongo que mis nuevos lectores están esperando encontrar escritas, los estaría privando de la oportunidad, no ya de criticarme –eso sería manifiestamente lo de menos–, sino de beneficiarse de una mirada distinta sobre su realidad, de contemplarla, aunque sólo fuera por un segundo, bajo una luz diferente. La expectativa es legítima. Más allá de las enormes diferen-cias con las que los mismos problemas se plantean en distintas etapas, la persistencia de determinadas preocupaciones invita a sospechar que estamos ante dimensiones constituyentes de lo que bien pudiéramos llamar, utilizando la expresión arend-tiana que da título a una de sus obras mayores, la condición humana. Porque humano, insobornablemente humano, es el impulso que nos lleva a confrontarnos con nuestro pasado, a medirnos con él, a intentar extraer del relato de lo ocurrido
De ahí también que, en un plano más técnico, apenas se hayan llevado a cabo unas pocas modificaciones en las notas a pie de página, añadiendo la versión en español de textos originariamente citados en otras lenguas, o incorpo-rando, en contadísimas ocasiones, alguna nueva referencia bibliográfica.
 N O T A P R E V I A . V O L V E R S O B R E L O S P R O P I O S P A S O S |
lecciones que nos ayuden a proseguir nuestra andadura, libe-rados, en lo posible, de lo peor de nosotros mismos. Ilusiona-dos, en la medida en que nos dejen, en vivir juntos de otra manera. Aunque respeto y admiro infinitamente a Ángel González, tengo mis dudas respecto a que –como sostiene en sus “Glosas a Heráclito” – las dos únicas cosas que permanezcan sean la His-toria y la morcilla de su tierra. Quiero pensar que hay algo, relacionado con el espíritu, que también comparte esa volun-tad de permanencia, ese empeño, casi desesperado, en no dejarse arrastrar por la corriente del olvido. Podemos denominar a dicho elemento curiosidad, avidez, desazón o cualquier otro término análogo que aluda a una reacción ante el mundo que parece constituirnos, hacernos ser quienes somos. O hacernos ser alguien, por lo menos. Quiero pensar que tal registro existe, y que, además, la más contundente prueba de su existencia se está produciendo en estos mismos momentos. En el hecho de que estemos coincidiendo, a distancia ya destiempo,dos personas: quien escribió estas líneas una agradable mañana de prima-vera y quien ahora –quizá de pie ante la mesa de novedades de la librería o,demasiado tarde, ya arrellanado en el sofá de su casa– lee estas líneas, esbozando una sonrisa –como el que se siente aludido o descubierto–. Que no se preocupe este último. A fin de cuentas, se trata de un secreto a voces: pensar lo que pasa representa un requisito, no del filósofo (aunque a algunos les encante creerlo) sino de todo aquel que aspira a una existencia mínimamente intensa. Lo propio del filósofo tal vez sea otro rasgo, susceptible de expresarse al menos de dos maneras. En determinadas ocasiones el filósofo es aquél capaz de ver algo donde los demás no ven nada y, en otras, precisamente el que reconoce el vacío, el hueco perfecto, la absoluta carencia de fun-damento de lo que hay. Quien constata el generalizado absurdo
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que nos rodea y que –sarcasmos de la vida en común en este extraño mundo que nos ha correspondido en suerte– el resto de los mortales tiende a vivir como felicidad o, peor aun, como ple-nitud. Ya que pasó de largo ante nosotros –por lo visto, defini-tivamente– el tren de la lucidez, conservemos al menos la dig-nidad de no caer en el ridículo.
Barcelona,de abril de