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Prólogo
En el añode nuestra era, nacía oficialmente en Medina una nueva religión, diametralmente opuesta a los tres dogmas cristianos fundamentales: la Trini-dad, la Encarnación y la Redención. Hoy, los adeptos de esa religión se están volviendo más numerosos que los cristianos de todas las confesiones juntas. En el últi-mo medio siglo, tres hechos han modificado el esce-nario de manera radical. Los países musulmanes, que habían caído bajo la dominación de los imperios europeos –considera-dos cristianos por los musulmanes–, a saber, los impe-rios inglés, ruso, francés y holandés, recuperaron la independencia (con la sola excepción de la Cisjorda-nia palestina). Las minorías cristianas, aún numero-sas a comienzos del sigloen Turquía, Egipto y el Medio Oriente, se convirtieron y fueron expulsadas (como los griegos de Asia menor) y a veces masacra-das (como los armenios). Por último, importantes minorías musulmanas se instalaron de manera pací-
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fica en Europa occidental. En Francia, constituyen pro-bablemente el% de la población y, según los demó-grafos, dentro de unos veinte años representarán el %. En Alemania, Inglaterra y los Estados Unidos, las cifras son menores, pero igualmente significativas. En esos países, este hecho genera cierta preocupa-ción. El problema se plantea en términos demográfi-cos, comunitarios, de asimilación, de lucha contra el “racismo”, pero muy rara vez en términos religiosos. En efecto, desde hace medio siglo, las Iglesias se incli-nan hacia el irenismo o el ecumenismo; y aunque muchas parecen estar en crisis –o, justamente, debido a dicha crisis–, no se observa en ellas ninguna inquie-tud propiamente religiosa. Su problema es acoger bien el islamismo, buscar el contacto, los puntos comunes, el diálogo. En Francia, en particular, la instalación de la reli-gión del Corán se efectuó de manera lenta y silencio-sa. Sólo recientemente, los franceses han comprendi-do de pronto que ésta planteaba un problema muy grave, pues se trata, a largo plazo, del nacimiento den-tro de su territorio de otro país, de otra civilización. Sorprendidos, reaccionan de manera desordenada, como hemos visto durante las discusiones sobre la acep-tación o la prohibición del velo musulmán en las escue-las públicas. Tienen la excusa de haber estado poco o mal informados. Temen que se los acuse de intole-
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rancia religiosa, e incluso de racismo, aunque no se tra-te en absoluto de raza, sino de religión. Aunque son cristianos, a menudo han leído una literatura escrita por clérigos preocupados por defender los valores del islamismo, por destacar los puntos en común que ellos creían percibir entre esta religión y la suya. Dichos libros podían leerse como una propaganda involuntaria a favor del Islam. Pero esto no siempre fue así. Muchos grandes auto-res clásicos han observado una incompatibilidad teo-lógica entre el islamismo y el cristianismo. Por ejem-plo, Juan Damasceno y Tomás de Aquino. Juan Mansur, llamado Damasceno, descendía de una familia de altos funcionarios bizantinos que habían intervenido en la rendición de Damasco. Primero estu-vo al servicio del Califa, en la administración fiscal. Con las primeras persecuciones, entró en el monasterio de San Sabas, donde murió en el año. Tan sólo escri-bió unas pocas páginas que resultan valiosas porque se trata de un testigo de la primera hora. Su primer tex-to está incluido dentro de su catálogoEl libro de las here-jías, donde el islamismo figura como la herejía núme-ro. Esto indica que, hasta esa fecha, particularmente en los monofisitas y los nestorianos, que detestaban la ortodoxia melkita porque representaba la opresión bizantina, no quedaba claro si el islamismo era otra reli-gión o si tan sólo era una versión más de la nebulosa
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cristiana. Hoy, a veces, sucede lo mismo. Lo cierto es que la descripción de Damasceno es puramente sarcás-tica. Mahoma es un falso profeta. Sus doctrinas son absurdas y no puede ser de otro modo, pues niegan las verdades cristianas. El segundo texto, más tardío, se presenta bajo la forma de unaControversia entre un musulmán y un cristiano. Se trata de una corta cateque-sis para impedir que los cristianos se convirtieran, cosa que ya hacían en masa. Allí, intenta defender el libre arbitrio, contra el carácter fatalista que le atribuye al islamismo, y también la consistencia de la naturaleza creada, el orden de las leyes de la naturaleza contra el puro capricho de Dios según el islamismo. Juan habla con condescendencia, un poco como un distinguido teólogo del siglohabría tratado la revelación de Joseph Smith y elLibro de los mormones. En esta tradición del puro y simple rechazo, Tomás de Aquino constituye un jalón esencial. En laSuma contra los gentiles(,), da los siguientes argumentos: Mahoma sedujo proponiendo mandamientos que satisfacen la concupiscencia de los hombres carnales; no aporta sino verdades fáciles de aprehender por un espíritu ordinario; las mezcla con fábulas y doctrinas que disminuyen la verdad natural que hay en su ense-ñanza; sus pruebas se fundan en el poder de las armas y son pruebas dignas de bandidos y de tiranos. Ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento testifican a su favor;
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al contrario, él los ha deformado por medio de relatos legendarios y prohíbe que sus discípulos los lean. En fin, concluye, “quienes agregan fe a su palabra, creen a la ligera”. Obsérvese que estos dos autores, a la vez que repre-sentan una clara negación del Islam, han producido, tanto uno como el otro,sumas, es decir, completas expo-siciones del cristianismo. En efecto, parecería que toda discusión con el islamismo requiere un conocimiento profundo de la teología cristiana y que la mejor mane-ra de poner en guardia al fiel cristiano es instruyén-dolo sobre su propia religión, a la que en general cono-ce poco. La polémica con el islamismo sólo es eficaz si viene acompañada de una catequesis. Y eso es lo que hizo Jacques Ellul en el texto que leeremos a conti-nuación. Es importante que un célebre teólogo nos hable hoy del islamismo desde el principal punto de vista válido, el punto de vista teológico. Jacques Ellul es un teólogo protestante. Y protestan-te, también, es su catequesis. Se ubica en la tradición de Karl Barth quien, en el siglo, ha marcado mucho la teología protestante, pero también, en cierta medi-da, la católica. Recordemos que cuando fue invitado como perito al Concilio Vaticano II, Karl Barth elevó una solemne protesta contra un texto de dicho conci-lio que, según él, no afirmaba ni lo suficiente ni con la claridad necesaria que Cristo era el único media-
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dor y el único salvador. Así, pues, al mismo tiempo que una crítica del islamismo, leeremos la confesión de fe de Jacques Ellul, que constituye su revés, su indispen-sable contrapartida. Pero Jacques Ellul no tuvo tiempo de terminar. Este texto es un borrador descifrado después de su muer-te. Y posee un gran valor. Sólo quisiera, después, con-tar la misma historia de un modo un poco diferente, aunque en cuanto a la mayoría de los puntos relativos al islamismo me siento muy cercano a sus posiciones.
¿Qué estatus puede asignarle la teología cristiana al islamismo? ¿El de una religión revelada o el de una reli-gión natural? En la teología tradicional, los cristianos dividen el género humano de la siguiente manera: la primera por-ción se encuentra bajo la llamada Alianza de Noé. Bajo dicha alianza, pueden acceder al conocimiento de la ley natural, es decir, de la moral común, y formarse una idea de lo divino dentro del marco de las religio-nes que llamaremos paganas. Dentro de esa humani-dad común, Dios “eligió” a un hombre, Abraham, y su “casa”, con quien selló una alianza, retomada y des-arrollada en la alianza que Moisés recibe en nombre del pueblo que Dios se “crea” al pie del monte Sinaí. Por último, Dios, en su Verbo encarnado, venido como “Mesías” de Israel, instituye una “nueva Alianza” capaz
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de extenderse desde Israel y su Mesías a toda la huma-nidad. Ahora bien, ¿dónde situar el islamismo den-tro de esta clasificación? La dificultad y la molestia que los cristianos y los judíos experimentan a la hora de clasificarlo dentro del grupo de las religiones naturales provienen del hecho de que el islamismo profesa creer en un solo Dios, eterno, todopoderoso, creador y misericordioso. ¿No reconocemos allí la primera de las Diez Palabras dirigidas a Moisés, el primer mandamiento? Sí, pero falta un punto; el hecho de que el Dios del éxodo se presenta como el libertador de su pueblo en una situa-ción histórica particular: “Soy el Eterno, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la ser-vidumbre”. En el Dios creador del Corán, en cambio, no hay ninguna historia. ¿Reconocemos, pues, el pri-mer artículo del Credo cristiano: “Creo en un solo Dios todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra”? Sí, pero falta el detalle de que ese Dios es calificado de Padre, es decir, que tiene una relación personal y recíproca con los hombres. Hay que saber que los musulmanes proponen otra clasificación. Ésta opone a los paganos y a aquellos –judíos, cristianos, musulmanes– que han “recibido una revelación”. De este modo, el segundo grupo está vinculado por una similitud formal (haber recibido una revelación) y no por una sucesión histórica.