Cette publication ne fait pas partie de la bibliothèque YouScribe
Elle est disponible uniquement à l'achat (la librairie de YouScribe)
Achetez pour : 19,50 € Lire un extrait

Téléchargement

Format(s) : PDF

avec DRM

Partagez cette publication

Du même publieur

Introducción
.   :        
En California, un juez ordena a un hombre condenado por robo a usar una camisa con la leyenda “Ladrón en libertad condicional”. En Florida, a los conductores condenados por manejar en estado de ebriedad se les exige pegar calcomanías en sus paragolpes que dicen “Condenado por condu-cir bajo la influencia del alcohol” (“Convicted” [Driving under the influence]). Se ha autorizado el uso de calcomanías similares en otros esta-dos, como Texas y Iowa. Penalidades como éstas, que consisten en aver-gonzar en público al que delinque, son cada vez más comunes como alter-nativa a las multas y al encarcelamiento. Jamie Bérubé nació con síndrome de Down. Como resultado de los cam-bios impuestos por la Ley de Educación de Personas con Discapacidades, tiene un Programa de Educación Personalizada que le permite asistir a un aula común de una escuela pública, aunque bajo la tutela de un encar-gado. El docente y el encargado trabajan juntos para asegurarse de que Jamie no tenga que vivir como una persona avergonzada y estigmatizada, y para que su enfermedad ya no tenga por qué ser objeto de humillación. Stephen Carr, un vagabundo que merodeaba por el bosque cerca de la Senda de los Appalaches, vio a dos mujeres lesbianas haciendo el amor en su cam-pamento. Les disparó con un arma de fuego, mató a una e hirió severa-mente a la otra. En el juicio, acusado de asesinato en primer grado, utilizó como argumento atenuante para que se caratulara la causa como homici-dio culposo que la relación amorosa lesbiana le había producido una
Estos ejemplos están tomados de Kahan (:). Véase Bérubé () y el análisis en Nussbaum (b).
 | E L O C U L T A M I E N T O D E L O H U M A N O
repugnancia abrumadora y una revulsión que lo habían llevado a come-ter el crimen. En un dictamen de, que además define la ley de obscenidad, el presidente de la Corte Suprema, Warren Burger, escribió que lo obsceno debe definirse de modo tal que incluya alguna referencia a la repugnancia y a la revulsión que los asuntos en cuestión inspirarían en “la persona media, de acuerdo con los estándares comunitarios actuales”. Para hacer aun más clara la relación con la repugnancia, el juez Burger agregó una erudita nota al pie acerca de la etimología del término [del latíncaenum,* “suciedad”], y citó algunas acepciones de distintos diccionarios que definen la obsce-nidad en términos de repugnancia (véase el capítulo). La vergüenza y la repugnancia ocupan un lugar destacado en el dere-cho, tal como sucede en nuestra vida diaria. ¿Cómo figuran y cómo debe-rían hacerlo en la formulación y la administración de la ley? Incluso en esta pequeña muestra de casos, el rol de las dos emociones parece complicado y difícil de precisar. Los castigos humillantes alientan la estigmatización de los delincuentes, y nos demandan que los veamos como personas poco res-petables. Al mismo tiempo, las tendencias actuales en el trato a los disca-pacitados, tipificadas por el caso de Jamie Bérubé, desalientan los hábitos persistentes de estigmatización y humillación en nombre de la dignidad y la individualidad humanas. Otros grupos que ya sufrían la exclusión, como los gays y las lesbianas, también han luchado contra la estigmatización social con cierto éxito. Por supuesto, no existe contradicción evidente entre estas dos tenden-cias, porque es coherente sostener que los discapacitados no tienen culpa y que, por lo tanto, no deberían ser humillados, mientras que los crimi-nales sí. También es coherente que quienes realizan actos sexuales con-sensuados, aun cuando éstos sean controvertidos, no deberían ser estig-matizados, mientras que sí deberían serlo quienes causan daños a terceros. Sin embargo, puede haber una tensión más profunda entre el apoyo a los castigos vergonzantes y la preocupación general por la dignidad humana que permitió liberar del estigma a los grupos antiguamente marginados y, en general, entre el punto de vista de que la justicia debería humillar a
Commonwealth v. Carr,A.d,-(Pa. Super. Ct.,). Véanse, en general, Brenner () y el análisis de Kahan y Nussbaum (). * La autora utiliza en el original en inglés el término “disgust”, que puede traducirse al español como “aversión”, “hastío”, “asco” o “repugnancia”. Esta última acepción es la más adecuada en el contexto de la presente obra. [N. del T.] Miller v. California,U.S.,S. Ct.().
 I N T R O D U C C I Ó N |
los malhechores y el de que tendría que proteger a los ciudadanos de las afrentas contra su dignidad. La repugnancia también funciona de maneras complicadas. A veces, sirve como el motivo principal, o incluso el único, para ilegalizar ciertos actos. Así, la repugnancia del lector o del espectador es un aspecto pri-mario de la definición de materiales obscenos bajo las actuales leyes de obscenidad. Se han utilizado argumentos similares para sostener la ile-galidad de relaciones homosexuales entre adultos por consentimiento mutuo: deberían ser ilegales, se sostiene, porque el “hombre medio” siente repugnancia cuando piensa en ellas. Se utiliza para justificar la crimina-lización de la necrofilia y se ha propuesto como motivo para prohibir la clonación humana. Asimismo, la repugnancia también se ha conside-rado como un factor agravante en actos ilegales por otros motivos: la repugnancia del juez o el jurado por un asesinato puede ubicar al acusado en una clase de criminales particularmente horrendos. Por otro lado, esta emoción también cumple el rol de atenuar la culpabilidad. Si bien Stephen Carr fracasó en su intento por lograr una atenuación basada en su repugnancia y fue hallado culpable de asesinato en primer grado, otros delincuentes han logrado atenuar sus culpas con una defensa similar (Mison,). Tampoco en este caso parece haber una contradicción real, dado que la repugnancia de un observador obviamente es diferente de la de un per-petrador. Parece coherente sostener que la ley debe proteger a los ciuda-danos de lo que les repugna y, al mismo tiempo, que la repugnancia abru-madora puede servir como factor atenuante en el caso de un acto violento. De todos modos, los casos aún nos dejan confundidos en alguna medida respecto de cuál es realmente el papel de la repugnancia y por qué debe cumplir el rol que cumple. Si recurrimos a la lit eratura teórica, nuestra perplejidad no hace más que aumentar, ya que existe un gran debate respecto de si la vergüenza y la repugnancia deben cumplir los papeles que cumplen actualmente. Ade-más, tanto quienes están a favor como quienes están en contra de que así sea recurren a una variedad de argumentos diferentes que no siempre son coherentes entre sí. Así, teóricos políticos cuya postura general puede describirse como comunitaria, en el sentido de que son partidarios de que ciertas normas sociales fuertes y relativamente homogéneas cumplan un papel relevante en las políticas públicas, suelen defender los castigos vergonzantes como expresiones valiosas de normas sociales. Tanto Dan M.
Véase el análisis del capítulo.
 | E L O C U L T A M I E N T O D E L O H U M A N O
Kahan, el principal partidario de tales castigos, como algunos críticos socia-les como Christopher Lasch y Amitai Etzioni, han defendido que se reviva la práctica de avergonzar con el argumento de que la sociedad ha perdido sus amarras comunitarias al desaparecer la sensación compartida de ver-güenza por malas prácticas. Los castigos que causan vergüenza, sostienen, promoverían el renacimiento del sentido moral común de nuestras comu-nidades. Etzioni (:) sugiere memorablemente que la sociedad mejo-raría si a los jóvenes traficantes de drogas se los “enviara a casa con la cabeza rapada y sin pantalones”, cuando se los atrapa en una primera falta. En sen-tido similar, aunque sin siquiera requerir una falta, William F. Buckley Jr. sugirió enque a los hombres homosexuales que padecen dese les debería hacer un tatuaje en tal sentido en las nalgas. Otro influyente defensor de la deshonra pública, John Braithwaite, insiste en que el obje-tivo de tales castigos no tendría que ser la estigmatización o la humilla-ción, sino el de reintegrar a los delincuentes a la comunidad. ¿Braithwaite observa la misma cuestión desde un ángulo diferente, o habla de un con-junto de prácticas legales muy distintas? Los opositores a los castigos vergonzantes tampoco coinciden en cuál sería la razón para oponerse. Algunos sostienen que las penalidades son inapropiadas porque atacan la dignidad humana (Massaro,, ; Markel,). Otros, en cambio, que el problema de esas penali-dades es que constituyen una forma de ley de la calle, motivo por el cual son inherentemente no confiables e incontrolables (Posner,; Whitman,). El debate teórico respecto de los castigos vergonzantes se vuelve tanto más difícil de seguir cuando se considera la base teórica para una amplia variedad de prácticas legales que actualmente protegen a los ciudadanos de la deshonra: leyes que protegen la privacidad personal, por ejemplo, y las nuevas leyes que promueven una educación digna para niños discapa-citados. Por lo general, se defienden estas prácticas con argumentos libe-rales, apelando a la idea típica del liberalismo clásico de que cada ciuda-dano merece una vida con tanta dignidad y autovaloración como pueda proveerse, teniendo en cuenta los justos derechos de los demás (Rawls,;
Citado por Sanders (:); hace referencia a un artículo delHartford Courant, de abril de, C. Ya sea que la intención de la propuesta haya sido estigmatizar o alertar a los eventuales compañeros sexuales, sus efectos son sin duda estigmatizantes; Buckley tampoco propone que se tatúe de modo similar a las mujeres, niños u hombres heterosexuales infectados por elo portadores de alguna otra enfermedad contagiosa.
 I N T R O D U C C I Ó N |
Bérubé,). ¿Son estas ideas incompatibles con el uso de la vergüenza en el castigo, como creen algunos teóricos? ¿O es sólo aparente la tensión entre causar vergüenza y las normas liberales clásicas? La repugnancia es igualmente poco clara en teoría. La apelación a la repugnancia en la ley tiene su defensa más famosa enThe enforcement of moralsde Lord Devlin (), un influyente trabajo del pensamiento político conservador. Devlin sostiene que la repugnancia de los miem-bros corrientes de la sociedad (el “hombre en el ómnibus de Clapham”) nos da un fuerte motivo para ilegalizar un acto, aunque no cause daño a terceros. Argumenta que esto es así porque la sociedad no puede pro-tegerse sin hacer leyes en respuesta a las reacciones de repugnancia de sus miembros, y toda sociedad tiene derecho a preservarse. (Analizaré sus puntos de vista en detalle en el capítulo.) Más recientemente, el teó-rico del derecho William Miller (), quien aparentemente no coincide con Devlin respecto de algunas cuestiones políticas concretas, apoya, no obstante, en términos generales, su línea de razonamiento al expre-sar que el odio que siente una sociedad respecto del vicio y de lo que es impropio necesariamente incluye la repugnancia y no puede sostenerse sin ella. Pero también se le ha reconocido un rol significativo a la repug-nancia desde un punto de vista que, si bien es comunitarista, se define a sí mismo como “progresista”. En su artículo “The progressive appro-priation of disgust”, Dan M. Kahan (a) sostiene que una sociedad liberal, preocupada por la erradicación de la crueldad, tiene que cons-truir el derecho sobre la base de la repugnancia. Kahan anuncia que su objetivo es “redimir la repugnancia a los ojos de quienes valoran la igual-dad, la solidaridad y otros valores progresistas”. No debemos ceder el “capital retórico poderoso de ese sentimiento a los reaccionarios políti-cos” sólo porque los defensores más destacados de la repugnancia a menudo la utilizaron para defender conclusiones que parecen reaccio-narias desde una perspectiva liberal.
Whitman (), por ejemplo, sostiene que la tradición liberal no nos da motivos para aplicar castigos vergonzantes. De un modo muy diferente, Kahan parece negar que esos castigos sean intolerantes (,,). Es probable que Miller no apoye la más famosa recomendación de Devlin, es decir, la prohibición de actos homosexuales consensuados. En general, dice oponerse a la discriminación por cuestiones relacionadas con el sexo y la orientación sexual, aunque no suele tener una opinión jurídica concreta al respecto.
Un pour Un
Permettre à tous d'accéder à la lecture
Pour chaque accès à la bibliothèque, YouScribe donne un accès à une personne dans le besoin