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Conflicto social y violencia

78 pages

EI análisis del conflicto social realizado en las décadas pasadas por la antropología, abrió paso a una concepción de los sistemas sociales más acorde con su complejidad, mostró el carácter precario y aproximativo de todo orden social y rompió la identifica­ción del conflicto con anomia o desintegración de la sociedad. Los estudios se han orientado hacia la observación de conflictos de amplia extensión -como la lucha de clases o los movimientos sociales- sin descuidar los menos visibles, cotidianos y no por ello menos importantes, que afectan a los sistemas sociales. Los procesos de modernización efectuados en muchas de las sociedades estudiadas por los antropólogos, impusieron la ampliación del campo de análisis e introdujeron la consideración del factor internacional. La interpretación de los procesos y fenómenos relacionados con el conflicto ha sido marcada por dos grandes énfasis. Uno subraya su función en el ajuste, adaptación y mantenimiento de las relaciones y las estructuras sociales, como válvula de escape, factor de equilibrio, o ritualizado, como "reparador" de la cohesión perdida. Otro enfoque acentúa su papel como productor de fisuras y rupturas y por consiguiente, como agente del cambio social.


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Conflicto social y violencia Notas para una discusión
Miriam Jimeno Santoyo (dir.)
Editor: Institut français d’études andines Año de edición: 1993 Publicación en OpenEdition Books: 4 junio 2015 Colección: Travaux de l’IFÉA ISBN electrónico: 9782821844940
http://books.openedition.org
Edición impresa Número de páginas: 78
Referencia electrónica JIMENO SANTOYO, Miriam (dir.).Conflicto social y violencia: Notas para una discusión.Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 1993 (generado el 12 noviembre 2015). Disponible en Internet: . ISBN: 9782821844940.
Este documento fue generado automáticamente el 12 noviembre 2015. Está derivado de une digitalización por un reconocimiento óptico de caracteres.
© Institut français d’études andines, 1993 Condiciones de uso: http://www.openedition.org/6540
ÍNDICE
Presentación Myriam Jimeno Santoyo y Gloria Isabel Ocampo
Prólogo Alfredo Molano
Agradecimientos
Algunos elementos para desactivar conflictos étnicos Peter Waldmann Introducción Observaciones generales sobre la solución a los problemas de minorías étnicas Minorías arraigadas regionalmente Colonias huéspedes úe trabajadores migrantes
Qué difícil es ser Dios Ideología y violencia política en Sendero Luminoso Carlos Iván Degregori Introducción Jóvenes: los hijos de los engañados en busca de la espada de la verdad pana vengar el engaño Intelectuales: el hermano perdido de los Aragón de Peralta quiere modernizar a sus indios por la vía socialista
Espacio público y violencias privadas Fernán E. González Introducción El trasfondo de las violencias El ámbito íntimo: construcción incompleta del Estado y declinación de lo público Cohesión social y fragmentación del poder El papel histórico del bipartidismo y de la Iglesia Católica La crisis actual
Notas apresuradas pana discutir algunas relaciones entre narcotráfico y cultura en Colombia Alvaro Camacho Guizado Narcotráfico: ¿Intolerancia o indiferencia social? Sobre algunos impactos del narcotráfico en la sociedad y la cultura Las personalidades proyectadas por los narcotraficantes
Región, conflicto y movimiento social Una región de reciente colonización Clara Inés García Actores sociales, territorialidades y región Región y Nación La política pública El movimiento social
Urabá: De región de frontera a región de conflicto Claudia Steiner
Introducción Construcción de la frontera Antioquia: Indios, Negros y Carreteras El Rey Negro tie Turbo Orden versus desorden
Pormenores acerca de la guerra en el occidente de Boyacá María Victoria Uribe Algunas características de la región La organización del poder local Algunas consideraciones sobre los “rasos” La guerra: enfrentamiento de facciones familiares enemigas Posibilidades de expansión del conflicto
Presentación
Myriam Jimeno Santoyo y Gloria Isabel Ocampo
1El análisis del conflicto social realizado en las décadas pasadas por la antropología, abrió paso a una concepción de los sistemas sociales más acorde con su complejidad, mostró el carácter precario y aproximativo de todo orden social y rompió la identificación del conflicto con anomia o desintegración de la sociedad. 2Los estudios se han orientado hacia la observación de conflictos de amplia extensión -como la lucha de clases o los movimientos sociales-sin descuidar los menos visibles, cotidianos y no por ello menos importantes, que afectan a los sistemas sociales. Los procesos de modernización efectuados en muchas de las sociedades estudiadas por los antropólogos, impusieron la ampliación del campo de análisis e introdujeron la consideración del factor internacional. 3La interpretación de los procesos y fenómenos relacionados con el conflicto ha sido marcada por dos grandes énfasis. Uno subraya su función en el ajuste, adaptación y mantenimiento de las relaciones y las estructuras sociales, como válvula de escape, factor de equilibrio, o ritualizado, como “reparador” de la cohesión perdida. Otro enfoque acentúa su papel como productor de fisuras y rupturas y por consiguiente, como agente del cambio social. 4En relación con el tema del conflicto, pero formando un campo separado de análisis, surgen los estudios sobre la violencia cuya aprensión etnológica no deja de presentar enormes dificultades. Entre ellas la heterogeneidad de los fenómenos abarcados por el término. No obstante -y a pesar del carácter heteróclito y desigual de sus resultados-, dichos estudios han permitido, como logros generales, afirmar el carácter cultural de la violencia, frente a las teorías meramente etológicas o biológicas de ésta, y distinguir -relacionándolas-la violencia asociada a los procedimientos de instauración y mantenimiento de todo orden social -que se afirma en la autoridad y en el poder-y la violencia surgida de la oposición a éstos. 5En el caso de Colombia, los científicos sociales han reconocido la existencia de múltiples violencias y sus análisis han acentuado el estudio de los factores estructurales. Sin embargo, es importante desarrollar estudios de tipo etnográfico que permitan explicar aspectos tales como la recurrencia del dispositivo violento en el tratamiento de los conflictos o las particularidades regionales, locales, étnicas, de clase, de dicha relación y las formas de violencia, sus representaciones, sus modos de transmisión y reproducción. En fin, la manera como estructuras sociales y esquemas culturales se hallan imbricado en el conflicto y la violencia. La exploración de la manera como son abordados estos problemas por antropólogos, sociólogos y especialistas de otras disciplinas, fue el objetivo del Simposio cuyas memorias presentamos al público interesado.
AUTORES
MYRIAM JIMENO SANTOYO Profesora Asociada Universidad Nacional de Colombia
Asociación Latinoamericana de Antropología-Región Andina
GLORIA ISABEL OCAMPO Profesora Universidad de Antioquia Presidente Sociedad Antropológica de Colombia
PróloGo
Alfredo Molano
1Uno de los méritos del trabajo de Fernán González es sin duda haber penetrado en el conjunto de trabajos sobre los que desarrolla su análisis para encontrar un hilo común que no suelta hasta rematar con una coda magistral. No es fácil encontrar en los trabajos presentados al Simposio un elemento que los atraviese a todos. Cada aporte está hecho desde una perspectiva, discurre con una lógica específica -muchas veces especial, como en el caso de Alvaro Camacho- y llega a conclusiones que se disparan hacia muchos lados. En este punto se siente con claridad que el Simposio atinó: se habla del país, de nuestra tragedia y de nuestra fuerza: la violencia. Es la preocupación que a todos los autores estremece y sobre la cual giran, muchas veces sin salida, los discursos. No hay salidas fáciles. Quizás esta sea la más firme verdad que los colombianos debemos afrontar. Nos llevamos sin sacrificar, en primer lugar, la pretensión de derrotar al adversario hiriendo y matando tan hondo que no lograremos construir la paz. Tal vez el orden. 2No hablo de la paz política. Esta solución está tocando a la puerta y antes de que la derriben se abrirá. No hay un camino distinto. La guerra que el gobierno de Gaviria declaró al movimiento guerrillero no parece conducira nada distinto que al mejoramiento de la imagen régimen y, sin duda, a llenar el hueco presupuestal que Belisario abrió. Es decir, a reparar la injusticia. Pero el país se cansó de la guerra como se cansó de la violencia, y la paz -la anhelada- se abre el camino hora a hora. Será una paz duradera porque en el fondo los dos enemigos acérrimos buscan lo mismo: el orden. Claudia Steiner lo dice con todas las palabras: La antioqueñización busca es el orden de los blancos, del Estado. El mismo que trata de imponer la guerrilla y, para sorpresa de muchos, el que también quiere un sector de la población nativa. 3Cuando uno se mete a mirar qué hay detrás del movimiento guerrillero -aún en los tiempos en que peleaba por la construcción de la “Patria Socialista”-no encuentra más que la aspiración, muy justa y muy legítima por lo demás al orden. La guerrilla impone a las buenas o a las malas un orden y la población local suele acompañarla en el empeño. Nos dirán que se trata de un orden “subversivo”, un orden basado en la fuerza, en la dictadura del proletariado, un orden stalinista, etc., etc. Pues no. Desencantémonos y aterricemos. El orden que la guerrilla impone es un orden conservador, que busca defender la vida de sus seguidores -como todo orden, como todo Estado-, la propiedad privaday la familia. Más una, una moral que muchos califican de pacata. La subversión, para llamarla de otra manera, desarrolla su actividad con la población civil basada en normas. María Victoria Uribe escribe que inclusive en algunas regiones las leyes se conocen como “normas de convivencia ciudadana”. ¿Pero qué son esas normas? No son otra cosa que un Decálogo de verdades de a puño: no matarás, no robarás, no desearás la mujer del prójimo y pondrás por encima de los demás la autoridad. En este caso de la guerrilla. Más aún, cuando hay disputas muy sutiles entre las partes, se apela al arbitraje de los códigos vigentes: de policía, el penal, el civil, en una palabra, a la Ley. Ahora bien, esa ley que se trata de imponer tiene un ámbito físico, un territorio. Es una noción a la que se refieren todos los trabajos y que es, sin duda, uno de los secretos de la guerra y por tanto de la paz. Si se vuelve a hablar de paz se hablará necesariamente de territorio. 4La paz debe comenzar y se debe sostener como una aceptación del otro, un reconocimiento del poder del otro, poder que ocupa un espacio físico. Si no se puede y no se ha podido doblegar el otro
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poder, la paz implica su reconocimiento y eso equivale a convalidar el territorio que ocupan. Aceptemos que existen repúblicas independientes, pero también que pueden y deben disolverse por medio de acuerdos progresivos, pacíficos, conversados. Reconocer el territorio es el principio de la paz, como lo señalan los textos de Clara Inés García, de Peter Waldmann. Que la guerrilla corno el Estado defiendan el orden social no se quiere ver ni de una parte ni de la otra, porque se vendría abajotodo el andamiaje de la lucha. Peroes así. La cosa no va más allá. No hay ni siquiera interpretaciones distintas de las mismas normas. El robo es el robo, la familia es la familia. Por lo tanto es dudable pensar que todo el andamiaje argumental, las banderas de lucha, la justificación de la guerra pueden estar expresando sólo el dolor de las heridas. Sobre todo del honor militar herido, que en el fondo es puro honor que se disuelve como la sal en una mano húmeda. ¡Qué la guerrilla tras esto sólo tiene aspiraciones económicas! ¡Qué la guerra es un oficio! ¡Qué lo que buscan es vivir bien! Pues si. Cierto. ¿Acaso se diferencian en este sentido de sus enemigos? ¿Así lo criticamos? Para bailar se necesita, como para pelear, dos ¿Acaso que quiere decir ejército profesional? ¿Acaso para qué se aumentó el presupuesto militar? Para que los soldados vivan bien. Lo que es muy justo, por lo demás. Demasiado justo dirían los colonos. Si ambos bandos, como bandos, buscan lo mismo, la diferencia radica en los medios para lograrlo. En este sentido la paz -llamémoslo, el acuerdo- está más o menos cerca. Si la reinserción lograra demostrar las virtudes que proclama, el conflicto tendría salida. Pero aquí hay un punto oscuro, por no decir muerto. Cuando se trata de sacrificar entonces se grita: que se sacrifiquen, que entreguen las armas que son las ilegales, porque lo nuestro, el sistema de empleo y salarios es legal. La guerrilla -desencantémonos- quiere entrar al sistema, quiere hacer parte de él, el problema es que no quieren dejarla entrar. Quizás, con razón, porque es un contingente de fuerza de trabajo que llega a competir, que deja de hacer parte del ejército subversivo para entrar a engrosar las filas del ejército de reserva. Si ideológicamente la subversión no representa un peligro, porque en el fondo acata la misma ley; si un soldado del ejército y un guerrillero no difieren en la aspiración a una vida mejor desde el punto de vista económico, entonces, ¿sobre qué versa la sangre que se derrama? ¿La inercia de la guerra? ¿Es ya inercia bélica por las heridas causadas? ¿O es el prurito que tenemos todos los seres humanos de necesitar un enemigo para justificar la necesidad de estigmatizar, de satanizar al otro, de señalarlo como el mal mismo. Cuando un guerrillero habla del ejército dice exactamente lo mismo que dice un saldado sobre un guerrillero: que es malo. No dice ni una palabra más. Es malo porque asesina, roba, miente, viola. Y uno se pregunta, así suene muy raro, ¿de quién hablarán o de quién hablamos cuando nos referimos al otro sino es de nosotros mismos? No hay mejor radiografía de uno que la que hago de mi enemigo. Pero entonces, ¿Qué tremenda soledad se está peleando a través de la violencia? Sé que este lenguaje no es grato a la Academia. Tampoco lo son los sueños, ni la poesía. Sin embargo, detrás de los análisis más fríos, objetivos y distantes, lo que se encuentra es una pura lloradera, una añoranza de orden, de un orden de laboratorio por lo demás. Tan ideal como el orden que se quiere encontrar cuando se haya alcanzado la paz política. La paz política, el orden, es lo de menos, porque estos son problemas que se arreglan conversando. El le dice venga conversemos, entonces todo comienza a arreglarse y todo se arregla. A pesar de nuestra violencia y de sus formas, conversar es nuestro rasgo más íntimo. Aquí todo se conversa y por eso quizás esa adoración por la palabra, por la poesía, por la gramática. Es cierto. Hay que conversar. Una vez que nos pongamos de acuerdo habrá que afrontar una violencia mucho más cruda y más sangrienta: la llamada delincuencia común. Porque ésta no nace sólo en las clases populares sino que es también una característica, y generalizada. Tan delincuentes son los Pablo Escobar como los Michelsen Uribe; tan delincuentes son los ladrones del
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