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El mosaico indígena

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605 pages

Estudiar el mundo indígena en América española, entre los siglos XVI y XVIII, consiste en encarar el tema de la "república de los indios", uno de los estamentos que componía la sociedad colonial, dentro de la cual los individuos se definían por sus obligaciones fiscales hacia la Corona. Gracias a la documentación notarial, especialmente los testamentos, la historia del corregimiento de Cuenca (Audiencia de Quito) revela la heterogeneidad de la sociedad indígena, que no se reduce a la sola oposición entre los miembros del común y los caciques. Las diversas formas de adaptación al sistema colonial dieron lugar al florecimiento de nuevos grupos sociales, bajo el efecto de los mecanismos de diferenciación interna y de los procesos de mestizaje, especialmente en la ciudad. El análisis de las redes sociales confirma que los indios han sido actores de las mutaciones observadas, mientras que las dinámicas socio-económicas ponen de manifiesto la maleabilidad de las estructuras colectivas. Estudio monográfico, El mosaico indígena propone así un modelo sobre las recomposiciones de las identidades sociales indígenas, en la larga duración del período colonial.


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Portada

El mosaico indígena

Movilidad, estratificación social y mestizaje en el Corregimiento de Cuenca (Ecuador) del siglo XVI al XVIII

Jacques Poloni-Simard
  • Editor: Institut français d’études andines, Abya Yala
  • Año de edición: 2006
  • Publicación en OpenEdition Books: 2 junio 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821845534

OpenEdition Books

http://books.openedition.org

Edición impresa
  • ISBN: 9789978225912
  • Número de páginas: 605
 
Referencia electrónica

POLONI-SIMARD, Jacques. El mosaico indígena: Movilidad, estratificación social y mestizaje en el Corregimiento de Cuenca (Ecuador) del siglo XVI al XVIII. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2006 (generado el 13 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/4638>. ISBN: 9782821845534.

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© Institut français d’études andines, 2006

Condiciones de uso:
http://www.openedition.org/6540

Estudiar el mundo indígena en América española, entre los siglos XVI y XVIII, consiste en encarar el tema de la "república de los indios", uno de los estamentos que componía la sociedad colonial, dentro de la cual los individuos se definían por sus obligaciones fiscales hacia la Corona.
Gracias a la documentación notarial, especialmente los testamentos, la historia del corregimiento de Cuenca (Audiencia de Quito) revela la heterogeneidad de la sociedad indígena, que no se reduce a la sola oposición entre los miembros del común y los caciques. Las diversas formas de adaptación al sistema colonial dieron lugar al florecimiento de nuevos grupos sociales, bajo el efecto de los mecanismos de diferenciación interna y de los procesos de mestizaje, especialmente en la ciudad. El análisis de las redes sociales confirma que los indios han sido actores de las mutaciones observadas, mientras que las dinámicas socio-económicas ponen de manifiesto la maleabilidad de las estructuras colectivas.
Estudio monográfico, El mosaico indígena propone así un modelo sobre las recomposiciones de las identidades sociales indígenas, en la larga duración del período colonial.

Jacques Poloni-Simard

Jacques Poloni-Simard, doctor en historia, ha sido investigador del IFEA y de la Casa de Velázquez. Docente en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (París), actualmente se desempeña también como director de la revista Annales. Histoire, sciences sociales.

Índice
  1. Abreviaturas

  2. Agradecimientos

  3. Introducción general

  4. Primera parte. Génesis (1533-1620)

    1. Introducción a la primera parte

    2. La dominación española

      1. I. Los marcos institucionales
      2. II. La economía regional
    1. La recomposición de la sociedad indígena

      1. I. La depresión demográfica
      2. II. El porvenir de los caciques y de las comunidades
      3. III. Las vías del mestizaje social
  1. Segunda parte. El estallido (1620-1680)

    1. Introducción a la segunda parte

    2. La sociedad indígena a través del prisma de las escrituras notariales

      1. I. Corpus para una historia de la sociedad indígena
      2. II. Estadística de los protocolos y retrato de los indígenas
      3. III. Medidas de la diferenciación social interna
    3. La fragmentación de las condiciones sociales indígenas

      1. I. Los caciques
      2. II. Los indios forasteros
      3. III. Los artesanos
      4. IV. Los arrieros
      5. V. Los indios de iglesia y de servicio
    4. Espacios, límites y modalidades de la movilidad social

      1. I. La población indígena
      2. II. La presión del sistema colonial
      3. III. El contexto económico regional
      4. IV. La participación indígena en la economía colonial
    5. La configuración de las relaciones sociales

      1. I. La dinámica de las comunidades
      2. II. Los espacios relacionales de la indianidad y del mestizaje
      3. III. Las redes sociales
  2. Tercera parte. Líneas de fractura (1680-1780)

    1. Introducción a la tercera parte

    2. El nuevo contexto económico

      1. I. El desarrollo económico regional
      2. II. El crecimiento agrícola
    3. Población y poblamiento

      1. I. El crecimiento demográfico
      2. II. La expansión de la ciudad y de los pueblos
      3. III. Cacigazgos, cabildos y cofradías
    4. La segmentación de la sociedad indígena

      1. I. La integración: el mestizaje urbano
      2. II. La plebe: los oficios
      3. 3. Los pequeños comerciantes
      4. III. La servidumbre: el concertaje
      5. IV. La marginación: el pueblo
  1. Conclusión

  2. Anexos

  3. Bibliografía

Abreviaturas

I. Archivos

1ACA/C: Archivo de la Curia Arzobispal, Cuenca

2AGI/S: Archivo General de Indias, Sevilla

3AH-BCE/Q: Archivo Histórico del Banco Central de Reserva, Quito

4AHM/C: Archivo Histórico Municipal, Cuenca

5AHM/Q: Archivo Histórico Municipal, Quito

6AHMC/C: Archivo Histórico del Monasterio de las Conceptas, Cuenca

7AHN/M: Archivo Histórico Nacional, Madrid

8ANE/Q: Archivo Nacional del Ecuador, Quito

9ANC/B: Archivo Nacional de Colombia, Bogotá

10ANH/C: Archivo Nacional de Historia, Cuenca

11ANot/A: Notaría primera, Alausí

12BN/B: Biblioteca Nacional, Bogotá

13BRAH/M: Biblioteca de la Real Academia de la Historia, Madrid

II. Revistas

14Annales ESC: Annales. Économies, Sociétés, Civilisations

15Annales HSS: Annales. Histoire, Sciences Sociales

16AEA: Anuario de Estudios Americanos

17BANH: Boletín de la Academia Nacional de Historia (Quito)

18CLAHR: Colonial Latin American Historical Review

19HAHR: Hispanic American Historical Review

20IAA: Ibero Amerikanisches Archiv

21JGLA: Jahrbuch für Geschichte von Staat, Wirtschaft und Gesellschaft Lateinamerikas

22JLAS: Journal of Latin American Studies

23JSA: Journal de la Société des Américanistes

24LARR: Latin American Research Review

25MCV: Mélanges de la Casa de Velázquez

26RAHG: Revista del Archivo Histórico del Guayas (Guayaquil)

27RANH/A: Revista del Archivo Nacional de Historia, sección Azuay (Cuenca)

28REHE: Revista Ecuatoriana de Historia Económica (Quito)

Agradecimientos

1Al concretarse la publicación de la versión castellana de La mosaïque indienne, quiero agradecer a los sucesivos directores de las instituciones que me manifestaron su confianza y renovaron su compromiso de acoger ese trabajo en sus colecciones; me refiero al IFEA y la Casa de Velázquez. Valoro cuanta paciencia tuvieron Georges Pratlong, Jean Vacher y ahora Henry Godard, Jean Canavaggio y Gérard Chastagnaret, siendo tan grande la satisfacción que me procuran, al haber hecho posible la traducción integral del libro y su actual edición por la Editorial Abya-Yala, autorizada por Jean-Yves Grenier, director de las Ediciones de la EHESS. Es, por supuesto, una gran satisfacción ofrecer en castellano los resultados de una investigación desarrollada en el marco de la Universidad francesa, y de sus institutos en el extranjero, en aquel entonces dirigidos por Christian de Muizon, en Lima, y Joseph Pérez, en Madrid. De esta manera la obra queda el alcance de los que tienen interés en conocer el pasado colonial del corregimiento de Cuenca y en compararlo con otros espacios, andinos o no.

2Han transcurrido diez años desde la conclusión de la tesis que sustenta ese estudio, y seis desde su edición francesa; pero permanecen vigentes los agradecimientos expresados en ésta (p. 7-8) a los profesores, los colegas, los amigos que, de una u otra manera, habían tenido un papel especial en la realización de esa obra, así como en la etapa de la investigación previa. Se los quiero renovar aquí, especialmente a mi maestro Nathan Wachtel y recordar de una manera especial a Thierry Saignes (†) e Yves Saint-Geours. Las conclusiones de la investigación han sido presentadas, discutidas en diversos ámbitos y ocasiones con Zacarías Moutoukias, Michel Bertrand, Jean-Pierre De-dieu, Carmen Bernand, François-Xavier Guerra (+), Tamar Herzog, Javier Ortiz de la Tabla Ducasse, Jaime Rodriguez, Bernard Lavallé, Thomas Calvo, Scarlett O'Phelan, Louise Bénat-Tachot, Serge Gruzinski, Guillaume Boccara, Heraclio Bonilla, Maurizio Gribaudi, Marcin Kula, Gyula Benda (†), Enrique Tandeter (†), Paul-André Rosental, siempre con el afán de entender mejor al mundo hispano-americano colonial. ¡Qué sepan cuán ricos han sido esos intercambios y cuán agradables son los lazos de amistad entablados con ellos!

3Por supuesto, El mosaico indígena no se hubiera pensado, enfocado, ni tampoco escrito, hoy día como ayer -y aquí mi reconocimiento al traductor Edgardo Rivera Martínez. Corresponde, pués, a un momento de una trayectoria intelectual y a una etapa personal. Asumo las opciones escogidas, y sólo espero que aporten algo para el conocimiento de la sociedad indígena colonial.

4En todo caso, la actualidad de esta publicación ecuatoriana hace brotar los recuerdos de los años pasados en Quito y Cuenca, y no puedo terminar esas pocas líneas sin evocar a las personas que me brindaron su conocimiento de los archivos que tenían a su cargo, ofreciéndome todo tipo de facilidades con suma gentileza, y que aún participaron en la investigación. Quiero mencionar a Grecia Vasco de Escudero, Juan Freile Granizo, Juan Chacón Zhapán, Luz María Guapizaca Vargas, Diego Mora, Marta Maldonado, Madre Leonor del Rosario, Patricia Robalino Robalino; a Silvio Durán Alemán, Jaime Terreros Gárate, Ximena Carrasco Aguilar, Lucia y Cumanda Villavicen-cio; a muchos colegas quiteños y cuencanos, entre los cuales Cristóbal Landá-zuri, Christiana Borchart de Moreno, Carlos Marchán Romero, Carlos Landá-zuri Camacho, Fernando Moncayo, Lucas Achig, Marta Moscoso, Alexandra Kennedy Troya, Rose Mary Terán. Qué encuentren todos aquí, ante el lector castellano, la expresión de mi gratitud y un testimonio de amistad.

5Saint-Denis, 15 de Enero de 2006

Introducción general

1El camino, derecho, rectilíneo, atraviesa un vasto y llano paisaje: la meseta de Guamote, la misma que, a una escala más pequeña (se halla a una altura promedio de 3,000 metros), recuerda el altiplano peruano-boliviano, donde uno creería tocar el azul profundo del cielo. Después viene el descenso, rápido, empinado. Y a la vuelta de una curva, se domina Tixán, primer pueblo del antiguo corregimiento de Cuenca. Unos kilómetros más lejos, a plomo sobre un valle encajonado, la pequeña ciudad de Alausí se aferra al flanco de la ladera, ayer capital de un tenientazgo, que hoy pertenece a la provincia de Chimborazo (capital Riobamba), como ahogado por los cerros que lo dominan. La sociedad local, prisionera de sus tradiciones a pesar de la revolución producida por la llegada del ferrocarril –hoy casi abandonado-, que hizo del lugar un nudo de comunicación entre Quito y Guayaquil, parece sobrevivirse a sí misma; la ciudad sería sólo un anticuado testimonio de tiempos pasados si no fuera por la animación diurna de la avenida principal de dimensiones desproporcionadas. De los invisibles pueblos de altura, hombres y mujeres de ponchos rojos bajan para sus negocios, y se les adelantan hileras de camionetas, las que no dejarán pasar en 1990, en un intento de lograr que se dé solución a sus reclamos, que la sociedad y el Estado se niegan a escuchar1. Más allá, el camino va de pueblo en pueblo: Guasuntos, Chunchi, que son presas de una especie de fiebre en los días de corridas de toros que se realizan en la plaza central, convertida en ruedo. Y después, por encima de la capa de nubes resplandecientes de blancura que suben desde los valles como otras tantas aberturas en la sierra, o en la neblina húmeda y fría, el viajero atraviesa las solitarias y majestuosas extensiones de Yoyagshi.

2Lentamente el camino vuelve a bajar serpenteando hacia la hoya de Cañar, dejando al oeste una de las principales vías de acceso a la costa, y atravesando, indiferente, el antiguo territorio del cacicazgo de los indios juncales. En medio de los gritos y risas de los mestizos, hombres y mujeres vestidos todos de negro, con la cabeza cubierta por sombreros chatos y blancos, realzados por una cinta negra, atraviesan la plaza cuadrada, furtiva, silenciosamente, como extranjeros a la ciudad. Quizás vienen de las alturas donde se levantan las ruinas del castillo de Ingapirca2. Aun si su construcción se remonta a la época inca, y por más que sea una señal del control que ejercían sobre la región los antiguos peruanos, simboliza, encarna los tiempos prehispánicos. Más allá de los siglos, es allí donde la historia de la región se enraiza con la herencia cañari, de un pasado autóctono valorizado, elevado al rango de identidad por el nombre que se dio a la provincia, y propuesto como sitio fundador por toda la población, como para borrar mejor las diferencias que la dividen, y las tensiones que la desgarran de manera ahogada. Exaltación de la grandeza de los indios de antaño, que rima demasiado a menudo con la negación de los indígenas de hogaño.

3La capital de la provincia se encuentra más al sur, en Azogues, más allá de la barrera montañosa que sobrepasa los 3,500 metros, húmeda con frecuencia, fría siempre, tétrica bajo la lluvia y casi inquietante en la neblina cuando se pasa por el abra. El color oscuro de los tejidos parece responder al de la tierra, y las casuchas de adobe con techo de paja apenas si se divisan en medio de los campos de tubérculos bajo el gris del cielo. Hombres y mujeres van encorvados bajo el peso de las cargas que transportan, o sufren en el trabajo de pobres chacras. Viene luego el rico valle de Azogues, que prolonga el de Cuenca, más allá de esa saliente rocosa antropomorfa, la Nariz del Diablo, donde se hallaron restos de la antigua cultura cañari3. La ciudad se estira, sin alma, a lo largo de varios kilómetros. Pero a un lado y otro de la carretera se extienden los campos de cereales, cuya fertilidad constituía, ayer, la fama del valle. Y Azogues, hoy capital provincial, es también un polo comercial para todos los habitantes de los numerosos y dispersos caseríos4.

4Bordeando el río Burgay, y luego el Tomebamba, se llega a la ciudad de Cuenca, situada a 2,500 metros de altura. La expansión de los barrios periféricos, las infraestructuras de transporte que la rodean, no han transformado en lo fundamental la antigua capital del corregimiento. Posee el anticuado encanto de las ciudades de provincia andinas, y si bien la población del conjunto urbano cuenta hoy con más de 200,000 habitantes, ha sabido preservarlo y lo mantiene, lo cual le da el particular sello que exhibe. Sus habitantes, de acento cantante, irradian una cierta languidez. Sin embargo, la multitud se aglutina el día de la fiesta de los Santos Inocentes, con ocasión de los desfiles de disfrazados prontos a las ocurrencias atrevidas y satíricas; se entusiasma cuando se prenden los castillos, precarias armazones de madera llenas de cohetes que estallan y se queman en las noches festivas cuando la municipalidad celebra la fundación o la independencia de la ciudad; o se conmueve con el Paseo del Niño, en que los niños-reyes disfrazados de indios o de sevillanos se pavonean sobre sus monturas cargadas de golosinas o en carros que representan escenas bíblicas. La ciudad explosiona de ruido en el festival de las bandas, llegadas de toda la provincia para concurrir y tocar todo el día dando vueltas a la plaza central, o bien se ve desierta durante el carnaval, manifestación juvenil demasiado acuática. “Atenas” del Ecuador, en razón del número de poetas a los que ha inspirado, cuna de varios políticos de destino nacional, sede de una bienal de arte contemporáneo a nivel latinoamericano, centro universitario con dedicación al derecho y las letras, Cuenca se halla en el centro de una rica región agrícola, sociedad rural con raíces campesinas más bien que indígenas. Pero no se tarda en percibir las desigualdades y la pobreza, así como en los confines de su territorio la atrapa la historia de la exclusión. La industrialización, que apenas si la ha tocado, no ha transformado en lo fundamental la sociedad cuencana, y aún es patente el control que ejercen las viejas familias, pues los mismos apellidos figuran en los puestos directivos de las diversas instituciones políticas o universitarias5. Sin embargo, los que han dejado las carreras tradicionales para dedicarse a la exportación-importación, ahora miran y se proyectan más hacia Miami que hacia Quito. A pesar del crecimiento demográfico, que hace de ella la tercera ciudad del país, Cuenca no tiene tugurios ni barriadas. El excedente poblacional se dirigió hacia Guayaquil más que hacia Quito, mostrando así la capacidad de los centros secundarios para atraer y fijar el éxodo rural sin verse sumergidos por las oleadas de migrantes6.

5Del mirador de Turi, que domina el sur de la ciudad, o de la colina de Cullca, al norte, acondicionada como zona recreacional para todos los que no disponen de casa de campo, se puede admirar Cuenca y leer su estructura urbana: el plano en damero con la plaza cuadrada en el medio, donde aún se apiñan los edificios públicos; el predominio eclesiástico en el centro, escolar y universitario en los suburbios; los campanarios de los conventos que marcan las horas del día y de la noche; las plazas secundarias que constituyen otros tantos mercados especializados; el eje que une San Blas al este con San Sebastián al oeste; la urbanización en pabellones de la periferie. En la rivera del río, con sus casas casi suspendidas como en Cuenca de Castilla encima del Huécar, la sombreada alameda sigue el curso de las tumultuosas aguas del Tome-bamba, dominado por el perímetro arqueológico de la antigua ciudad epónima asentada sobre esa terraza por los incas. En el centro, las viejas y encaladas casas de Todos Santos, cuyos pilares de madera sostienen un balcón, o las antiguas moradas patricias con sus salones y su patio interior, los muros de los conventos y las plazuelas, adornan el espacio urbano.

6En torno a la ciudad, caminos estrechos y sinuosos comunican, en medio de eucaliptos que suenan con el viento, los pueblos que constituyen un verdadero cinturón agrícola, con sus huertas, y más lejos los campos. Al poniente se levantan los montes del Cajas, que culmina a más de 4,600 metros, salpicado de lagos, cubierto de ichu y árboles de quinoa que parecen descamarse y sangrar. Más allá, la pista se dirige a Molleturo, una vez franqueada la línea que separa las aguas entre el Pacífico y el Atlántico. Al oriente, por el contrario, el paisaje se abre ampliamente sobre el campo, sus tierras agrícolas y sus prados naturales.

7Al descender el valle del rio Tomebamba, que se estrecha progresivamente hacia la confluencia con el Burgay –regiones que se inundaron en 1993–, donde el río toma el nombre de Paute, se ingresa, después de pasar por sus majestuosas pero ahora aciagas quebradas por la catástrofe de la Josefina, a valles sonrientes, de clima más agradable, justamente los de Paute y de Gualaceo. La primera localidad es aún rural, la otra ya urbana. Más allá, la carretera, que se convierte en pista, emprenderá, después del paso de altura, el descenso del pedemonte oriental de los Andes en dirección a Macas, donde la montaña se cubre progresivamente de una vegetación exuberante de reflejos azulados en el horizonte, donde las corrientes de agua se cargan de limos oscuros, donde la humedad satura el aire cada vez más cálido. Remontando el valle de Gualaceo se llega a pueblos cada vez más alejados: Chordeleg, animado todavía por el turismo, Sigsig, ya un poco al margen, y más allá Gima o Ludo, definitivamente abandonados a su suerte.

8Al sur de Cuenca, el camino serpentea por el valle antes de “caer” literalmente en el del Portete, que baña Girón. Aquí el maíz reemplaza al trigo en los terrenos que se alinean a lo largo del río. Aguas abajo, Santa Isabel es una pequeña ciudad de fundación tardía en el sitio de un antiguo caserío. Llegó a ser capital de la parroquia a comienzos del siglo xix, a expensas del antiguo pueblo de reducción, Cañaribamba, lo cual le da un aspecto incongruente en estas latitudes, ya que el trazado de las calles sigue las curvas de nivel en lugar de dibujar un damero regular. Se adivina ya el valle de Yunguilla, nexo entre sierra y costa, de un calor sofocante, donde la deslumbrante luz del mediodía se refleja en las rocas desnudas, o, al contrario, se irisa a la hora del crepúsculo en diáfanos matices de rosas, de anaranjados y de oros antes de tomar un tinte oscuro. Unos kilómetros más, y el calor húmedo de la costa reemplaza la sequedad de Cañaribamba, aumentado por los remolinos de aire, y las plantaciones de plátanos a las de caña de azúcar. El paisaje, de verdes brillantes por la intensidad de la vegetación que se hace más densa, sucede al panorama mineral, ocre y amarillo, violento y contrastado, en el cual se destacan los cultivos de riego del fondo del valle como una estrecha cinta de verdor.

9Mucho antes de llegar a Girón, la carretera toma la dirección del sur, continuando la vía de los Andes hasta la lejana Loja7, muy meridional, y perjudicada por su posición periférica en el espacio nacional. Siguiendo un antiguo camino de cresta, atraviesa extensiones solitarias en las que la monotonía del paisaje da la impresión de un recorrido hacia un más allá prometido, y la lentitud de los kilómetros que se eslabonan deja tiempo para que el pensamiento vagabundee a sus anchas. Apenas si la meseta que se estira encuentra una capilla dedicada a Nuestra Señora de las Nieves, o cruza algunos caminos que van a injertarse en la austera vía, haciendo sospechar la existencia de pueblos invisibles, tales como Nabón o Cochapata. Al final de este recorrido, surge la localidad de Oña como un espejismo aplastado por un sol cegador y batido por el viento que levanta polvareda. Alto un poco irreal, y sin embargo centro de producción importante, término al sur del corregimiento de Cuenca. Más allá, el paisaje se torna más amable, en que se suceden las abras rocosas por las que la carretera sube y los verdes valles sonrientes. El primero, el de Saraguro, se encuentra ya en la colonial y actual provincia de Loja.

10De norte a sur, se nota la división en hoyas limitadas por sectores montañosos que estructura el espacio ecuatoriano: las de Cañar y de Azogues– Cuenca, separadas por los nudos de Alausí y de Cañar. Forman parte del callejón interandino que limitan las dos cordilleras, la occidental y la oriental8. Más al sur, la geografía se descompone en una sucesión de mesetas (como la de Oña) con estrechas barreras separadas por profundos valles transversales. De este a oeste, se va a dar con el escalonamiento de los pisos ecológicos: la zona de la montaña (entre los 600 y 1,600 metros de altura), el piso quichua (entre 1,600 y 3,200 metros), en el cual se puede distinguir las cuencas interiores propiamente dichas y los valles de clima más favorable, los sectores de altura, llamados páramo (por encima de los 3,200 metros)9. Lo esencial de la jurisdicción de Cuenca se sitúa en los dos últimos pisos. El clima ecuatorial de conjunto, refrescado por efecto de la altura (entre 12° y 20° de temperatura media anual), se descompone en varios subconjuntos. A los páramos fríos y brumosos se oponen los valles cálidos y soleados; entre unos y otros, por ejemplo en el sector de Cuenca, la variación térmica es débil, alrededor de un valor promedio de 15° C. Las precipitaciones, en cambio, son más contrastadas. Son máximas en el sector de altura (más de 2,000 mm en promedio por año) y mínimas (inferiores a 500 mm) en los valles abrigados, como el de Portete. En el centro de las hoyas, lo esencial de las lluvias, cuyo volumen se sitúa entre los dos valores indicados, se reparte en dos estaciones: de octubre a diciembre y de febrero a abril, período a lo largo del cual se incubó precisamente la catástrofe a que nos hemos referido más arriba. Esta geografía natural influyó a su vez sobre las posibilidades agrícolas: ganadería en los pastizales naturales y tubérculos en los sectores de altura; cereales europeos o americanos en las cuencas; huertas y cañaverales en los valles de clima templado. Ella no dejó de influir, asimismo, sobre las modalidades del poblamiento, favoreciendo un contacto más importante de los hombres en las zonas abiertas, o, al contrario, un relativo aislamiento en los bastiones montañosos o al margen de los ejes de circulación.

11De Tixán al norte a Oña al sur, y de Cañaribamba (Santa Isabel) al oeste a Paute al este, tales son los límites de nuestro estudio. Un espacio que constituye hoy en día las provincias de Azuay y de Cañar, y que, desbordando sobre la de Chimborazo, formaba ayer el antiguo corregimiento de Cuenca. Inscrito en el interior de la audiencia de Quito10, es el teatro de nuestro trabajo (cf. mapas 1 y 2). Inicialmente abarcaba, por el oeste, hasta la costa y las islas del Pacífico, y por el este comprendía parte de la vertiente oriental de los Andes, por donde colindaba con el gobierno de Quijos, pero se vio después reducido de hecho a la zona interandina propiamente dicha. El conjunto dependía del virreinato del Perú, y después, en la mayor parte del siglo xviii, del de Nueva Granada11. Un espacio que constituía al mismo tiempo el antiguo territorio de los cañaris; con la conquista española, se amoldó a la sociedad indígena colonial. Hay pues una unidad cultural y administrativa que justifica que abarquemos todo este vasto territorio.

12Son los herederos y sucesores de los cañaris, convertidos en indios por el proceso de la colonización, los que constituyen a su vez los protagonistas de esta historia12, incluso si el etnonímico no aparece con frecuencia, salvo en las crónicas pero nunca en los textos que dan cuenta de lo que decían los naturales13. Para referirse a la época prehispánica, éstos hablaban del “tiempo del inca”, o de la época de los “gentiles”. Esos siglos se perfilan mal, en efecto, por el velo opaco bajo el cual los deja la documentación colonial. Hay que buscar en las crónicas, en las relaciones geográficas y las informaciones contenidas en las quejas y litigios –incluso tardíos– para reunir elementos dispersos y tratar de desenredar el ovillo de los conocimientos, en los que las preguntas son mucho más numerosas que las respuestas, las hipótesis que las certidumbres.

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Mapa 1 La audiencia de Quito