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A modo de prólogo
La revolución demarca una cesura profunda en la historia de la moder-nidad. No hubo muchas otras de la misma importancia, y menos aun con la misma irradiación de esperanza (tal vez el nuevo comienzo de, los vacilantes intentos de revolución del sigloy los exitosos de fines del siglo). El añoasistió al fin del imperio soviético y del dominio de la nomenklatura que se apoyaba en él. Súbitamente se abrió la pers-pectiva de un mundo dispuesto a lo nuevo, de la sociedad abierta. Los años siguientes estuvieron muy marcados –tanto desde el punto de vista interno como externo– por un proceso para el que ya se ha generalizado la expre-sión “globalización”. Las condiciones sociales y económicas debieron resis-tir la luz fulgurante de una dinámica que cuestionó radicalmente las expectativas, más bien estáticas, de las décadas previas a, y despertó al mismo tiempo grandes esperanzas y grandes temores, generó nuevos ricos y nuevos pobres. En el plano internacional, se perfilaron cada vez más los nuevos contornos del poder y de la debilidad. Alianzas precarias como la Unión Europea buscaron equipararse a la hegemonía de los Estados Unidos de América, y fuerzas militantes antioccidentales, sobre todo del mundo islámico, buscaron oponérsele. El mundo se puso en movimiento. Ésta es por lo menos la perspectiva del presente volumen, en el que se han recogido discursos y artículos de la década y media posterior a la revolución de. Las ocasiones que los motivaron hacen que las con-tribuciones en cierto modo vayan tras los pasos del cambio en esos años dramáticos: desde la Conferencia Orwell sobre la melancolía de la revo-lución, pasando por el ensayo sobre la “cuadratura del círculo” de bien-estar, solidaridad y libertad presentado al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, hasta los balances enciclopédicos (o al menos publi-cados en enciclopedias) del fin de siglo y luego las dos cuestiones nue-vas de principios del siglo: la actualidad de los valores sociales y los
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nuevos conflictos mundiales en torno de las instituciones de una Ilustración aplicada. El hecho de que la temática se haya ido desplazando de los aconteci-mientos posteriores ay su análisis tiene, por lo menos visto en pers-pectiva, una cierta lógica interna. Al principio estaban las cuestiones del pasaje de las sociedades comunistas a sociedades abiertas, de aquello que como transformación ya casi se ha convertido en objeto de una disciplina socioeconómica independiente. Sin embargo, a medida que los ex países comunistas fueron experimentando una normalización ansiada y temida a la vez, sus problemas coincidieron con los del resto del mundo. El núcleo de esos problemas reside en lo que he llamado la cuadratura del círculo: ¿cómo compatibilizar en las sociedades libres la prosperidad económica creciente con la necesaria cohesión social? ¿Cómo hacerlo considerando en particular los vientos frescos pero también cortantes de los mercados globales, de la globalización en general? En ese proceso se hicieron cada vez más evidentes los efectos colatera-les inesperados de la globalización. La “pompa de jabón” de las expectati-vas excesivas del añoestalló y tuvo todo tipo de consecuencias. De repente muchos se preguntaron si no habían estado venerando a falsos dio-ses. El economicismo pareció una versión del fundamentalismo, que vol-vía a despertar cuestiones antiquísimas en torno de los valores correctos. Además, se impuso el descubrimiento de que también hay una globaliza-ción destructiva, que se expresa sobre todo en el terrorismo internacio-nal. Elde septiembre depuso en marcha procesos que amenazan el orden liberal de democracia y Estado de derecho en el interior de los estados y la paz en la estructura internacional. Aparecieron las cuestiones degovernance, de la forma adecuada de gobernar, y con ellas otras rela-cionadas con el orden internacional. ¿Nos encaminamos a la sociedad de ciudadanos del mundo o más bien a un imperio americano? Todo eso es el material del que está hecha la historia. Por esta razón era sumamente curiosa la perspectiva que llevó a un autor norteamericano a concluir quemarca el “fin de la historia”. La tesis contenía simultá-neamente dos errores. El primero, más básico, consistía en seguir a Hegel en la arrogante presunción de que la historia progresa “dialécticamente” hacia una meta necesaria, que se alcanzó no con el Estado prusiano del período posnapoleónico (como en Hegel), sino con el triunfo del proyecto occidental en. En el presente volumen habla un autor de formación popperiana, no hegeliana, y para él la historia sólo tiene el sentido que le damos. Eso significa sobre todo que la historia siempre está abierta a nue-vos intentos, que pueden tener éxito pero que también pueden fracasar.
L O G O | A M O D O D E P R Ó
El otro error de la tesis del “fin de la historia” reside en su perspectiva. Mira el añoen cierto modo desde atrás, como resultado de muchas décadas de Guerra Fría, hasta como su conclusión exitosa. Ahora que todos sin excepción están comprometidos con la democracia de cuño occiden-tal –dice la tesis–, ahora que en todo caso ya no hay proyectos alternati-vos, los grandes movimientos históricos han quedado atrás. Pero también hay una perspectiva muy distinta, para la cual la Guerra Fría fue una larga fase de estancamiento. No podía haber adelantos prometedores porque el mundo bipolar estaba completamente ocupado en mirar fijo a su respec-tivo enemigo. Los dos supuestos imperios mundiales (el de la Unión Soviética resultó ser más bien una aldea Potemkin) se paralizaron en una competencia de fuerzas, no de progreso. Sólo cuando terminó la Guerra Fría, junto con los regímenes comunistas, se abrieron todas las puertas para lo nuevo. También la globalización necesitó la apertura de las viejas fron-teras para desplegar su dinámica. En este sentido,de ningún modo marca el fin de la historia sino, por el contrario, su recomienzo. Sólo ahora es posible, y también real, lo nuevo. Sea lo que fuere que traigan las pró-ximas etapas del desarrollo, son etapas de un mundo abierto a lo nuevo. Los discursos y los artículos jamás son un tratado sistemático. Por un lado, tienen una cierta informalidad que les es propia; además, no siem-pre empalman sin discontinuidades y a veces contienen repeticiones. He hecho todo lo posible por evitar esas falencias en este volumen, que tam-poco incluye todos los trabajos que escribí en la década y media posterior asino sólo los que aportan algo al tema del recomienzo de la histo-ria. La mayoría ya se publicó alguna vez en una u otra forma, muchos aparecieron primero en inglés. Si bien es posible reconocer lo que motivó cada contribución, los breves textos introductorios tienen la función de insinuar el hilo conductor que una recopilación no necesariamente tiene, pero que en este caso me interesaba. Este libro no habría sido posible sin el aliento del editor Wolfgang Beck, y luego sin la ayuda amistosa y competente de Detlef Felken, su lector jefe. Una vez más agradezco a Edith Emmenegger algo más que el apoyo técnico. El gran alivio del añofue para mí una experiencia muy personal, una experiencia de libertad, una experiencia que les debo a las personas que conocí en esa época y que se convirtieron en amigos, o por lo menos en compañeros en el camino hacia la libertad. Por eso este libro les está dedicado. Habría que mencionar a muchos más, y sólo a título de ejem-plo lo hago con Bronislaw Geremek y Adam Michnik en Varsovia, Jiri Dienstbier en Praga y Josef Jarab en Olomouc, Ellemer Hankiss y György
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Bence en Budapest, Andrei Plesu en Bucarest, Zheliu Zhelev en Sofía. Krzysztof Michalski, el inventor del Instituto de Ciencias Humanas de Viena, nos reunió y nos alentó, a nosotros y a muchos otros. Pero sobre todo le debo la experiencia personal del cambio de época dea Timothy Garton Ash, el importante observador y partícipe de aquellos aconteci-mientos, que como miembro del St. Antony’s College de Oxford (cuyo director fui durante diez años) posibilitó tantos encuentros y se convirtió en un amigo. R. D. Londres, enero de
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