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La dictadura minada

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284 pages

En diciembre de 1977, cuatro mujeres mineras se declararon en huelga de hambre exigiendo al gobierno del general Banzer la amnistía general para los perseguidos políticos. Tres semanas después, alrededor de 1200 huelguistas se habían sumado al movimiento y crecían las huelgas mineras y fabriles, las manifestaciones de apoyo, la participación de la Iglesia. Finalmente, el gobierno tuvo que decretar la amnistía exigida: los exiliados podían retornar al país, los prisioneros políticos fueron liberados, los mineros injustamente despedidos podían volver a sus fuentes de trabajo. La dictadura minada intenta explicar el surgimiento, desarrollo y excepcional desenlace de la resistencia impulsada por las cuatro mujeres mineras. Fue excepcional por la respuesta nacional que motivó y por los resultados que obtuvo: logró minar la férrea dictadura instalada en el país desde 1971. Este libro no sólo es un aporte a la historiografía boliviana sobre ese acontecimiento, sino también contribuye a comprender el papel de las resistencias civiles en los procesos de retorno a la democracia en América Latina.


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La dictadura minada

La huelga de hambre de las mujeres mineras. Bolivia 1977-1978

Jean-Pierre Lavaud
  • Editor: Institut français d’études andines, Plural editores
  • Año de edición: 2003
  • Publicación en OpenEdition Books: 2 junio 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821844643

OpenEdition Books

http://books.openedition.org

Edición impresa
  • ISBN: 9789990575132
  • Número de páginas: 284
 
Referencia electrónica

LAVAUD, Jean-Pierre. La dictadura minada: La huelga de hambre de las mujeres mineras. Bolivia 1977-1978. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2003 (generado el 16 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/4348>. ISBN: 9782821844643.

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© Institut français d’études andines, 2003

Condiciones de uso:
http://www.openedition.org/6540

En diciembre de 1977, cuatro mujeres mineras se declararon en huelga de hambre exigiendo al gobierno del general Banzer la amnistía general para los perseguidos políticos.

Tres semanas después, alrededor de 1200 huelguistas se habían sumado al movimiento y crecían las huelgas mineras y fabriles, las manifestaciones de apoyo, la participación de la Iglesia. Finalmente, el gobierno tuvo que decretar la amnistía exigida: los exiliados podían retornar al país, los prisioneros políticos fueron liberados, los mineros injustamente despedidos podían volver a sus fuentes de trabajo.

La dictadura minada intenta explicar el surgimiento, desarrollo y excepcional desenlace de la resistencia impulsada por las cuatro mujeres mineras. Fue excepcional por la respuesta nacional que motivó y por los resultados que obtuvo: logró minar la férrea dictadura instalada en el país desde 1971.

Este libro no sólo es un aporte a la historiografía boliviana sobre ese acontecimiento, sino también contribuye a comprender el papel de las resistencias civiles en los procesos de retorno a la democracia en América Latina.

Jean-Pierre Lavaud

Jean-Pierre Lavaud es profesor en la Universidad de Ciencias y Técnicas de Lille, Francia; investigador en el Centro de Estudios e Investigaciones Sociológicas y Econó­micas de Lille. También coordina investigaciones entre Francia y Argentina. En 1999, IFEA, HISBOL y el CESU publicaron su libro El embrollo boliviano. Turbulencias socia­les y desplazamientos políticos, Bolivia 1978-1982.

Índice
  1. Huelga

    Gioconda Belli
  2. Huelga de hambre

    Pedro Shimose
  3. Agradecimientos

    J.-P. Lavaud
  4. Introducción

    1. Para una sociología del acontecimiento
    2. El arma del ayuno
  5. Capitulo I. La ocasión política

    1. La segmentación social
    2. El contexto internacional y las presiones democratizantes
    1. La estructura de las ocasiones políticas
    2. La dictadura
    3. La huelga de hambre en el repertorio protestatario boliviano
  1. Capítulo II. ¿Espontaneidad u Organización?

    1. El arranque
    2. Los activistas
    3. Los apoyos organizados
    4. El polo sindical
    5. La Iglesia y las organizaciones de defensa de los derechos humanos
    6. Conclusión
  2. Capítulo III. Desafíos y defensas

    1. Los contraataques gubernamentales
    2. Los desafíos de los huelguistas
    3. Manifestaciones de Apoyo Mineros, fabriles, campesinos (Fuentes: Presencia, La huelga de hambre)
    4. Estudiantes, universidades. (Fuentes: Presencia, La huelga de Hambre)
    5. Apoyos religiosos y de organizaciones religiosas. (Fuentes: Presencia, La huelga de hambre)
  3. Capítulo IV. Negociaciones

    1. El juego de la jerarquía eclesiástica
    2. La intervención del presidente de la Corte Electoral
    3. La mediación final
  4. Conclusión

    1. El triunfo de la protesta
    2. El fracaso del gobierno
    3. La dialéctica del enfrentamiento
  5. Bibliografía

  6. Anexo. Angélica R. de Flores

    La huelga de hambre del 28 de diciembre de 1977-1978

Huelga

Gioconda Belli

1Quiero una huelga donde vayamos todos.
Una huelga de brazos, de piernas, de cabellos
Una huelga, naciendo en cada cuerpo.

2Quiero una huelga
de obrero
de choferes
de técnicos
de médicos

3de palomas
de flores
de niños
de mujeres

4Quiero una huelga grande,
que hasta el amor alcance.
Una huelga donde todo se detenga,

5El reloj
el plantel
el bus
la carretera

6las fábricas
los colegios
los hospitales
los puertos

7Una huelga de ojos, de manos y de besos
Una huelga donde respirar no sea permitido,
una huelga donde nazca el silencio

8Para oír los pasos
Del tirano que se marcha.

Huelga de hambre

Pedro Shimose

1Mi palabra es de estaño, pero no vale nada.
Nadie me hace caso.
Mi palabra es pobre y no se escucha.

2Mi hombre no está contra el gobierno,
pero tenemos hambre,”
diciendo una mujer con su güagüita en brazos.

3La ciudad no sabe lo que pasa más allá de
la ciudad.
Usted, por ejemplo, huiracocha,
vive preocupado si su mujercita le pone cuernos,
si su gastritis, si su reuma.
así es la ciudad nomás ps' con su bulla y sus prisas:
así es usted huiracocha,
así es el mundo lleno de problemas,

4Pero nosotros también tenemos problemas
y estamos cansados de verla la cara del hambre
todos los días hasta en sueños,
de toparnos con fusiles
apuntándonos más de cuatro siglos.

5Pero ya no tenemos miedo, huiracocha.
Por eso hemos venido a denunciar con hambre nuestra hambre.
Y si el gobierno se digna a escuchar nuestra palabra,
créame, patroncito, que nuestros días
seguirán siendo largos como un día de hambre
y tristes

6como muchos días de hambre:

7nuestra vida
nuestra historia...

Agradecimientos

J.-P. Lavaud

1Si este libro es un intento de análisis de una protesta colectiva triunfante, también es un homenaje a los huelguistas de hambre bolivianos, hombres y mujeres, quienes, sin otras fuerzas que su abnegación y tenacidad, supieron abrir en su país un camino hacia las libertades. Que ellos encuentren aquí la expresión de mi estima y de mi admiración.

2Este trabajo no hubiera sido posible sin la confianza y la comprensión de algunos de ellos, que me confiaron su testimonio, ya en 1978 o en la víspera de escribir este trabajo, en 1995 y 1996. Por ello, quiero aquí expresar mi más profundo agradecimiento a Nelly de Paniagua, Julieta Montaño, Silvana Lenz, Javier Albó, Miguel Bustos, Cirilo Nina y, en particular, a Angélica de Flores quien, luego de haberme recibido varias veces, me confió un versión escrita del relato de su ayuno protestatario.

3También les estoy muy agradecido a los padres Gregorio Iriarte y Nino Marzolli, a Hugo Fernández, y a los doctores Jorge Rojas Tardío y Luis Adolfo Siles Salinas, quienes me aclararon varios detalles relativos a la logística de la huelga y a las largas tratativas y negociaciones que marcaron su desarrollo.

4Quedo en deuda con Jean-René Tréanton, Frangois Chazel y Gilíes Bataillon por haber aceptado leer el manuscrito de este libro. Sus consejos me han sido preciosos, aunque no siempre los haya podido incorporar.

5Gracias, por último, a Claude Pautrat y Félicien Lavaud por su apoyo afectuoso y por su paciencia durante los largos meses de la redacción.

Introducción

1El 28 de diciembre de 1977, cuatro mujeres del más grande complejo minero de Bolivia, Siglo xx-Catavi, cuyos maridos habían sido apresados o despedidos, acompañadas de catorce de sus hijos, inician una huelga de hambre indefinida en un local del Arzobispado de La Paz. Exigen al gobierno del general Bánzer una amnistía general para todos los prisioneros o exilados por razones sindicales o políticas, el reintegro al trabajo de todos los asalariados despedidos por las mismas razones, la autorización del funcionamiento de las organizaciones sindicales, la abrogación del decreto que declaraba zonas militares a los campamentos mineros y el retiro de las tropas acantonadas en los distritos mineros. El 31 de diciembre, un segundo grupo de once personas se instala en los locales del diario Presencia; en este grupo se encuentran parientes de detenidos políticos, pero, también, representantes estudiantiles de la Universidad de San Andrés de La Paz, representantes de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos (APDH), de la Unión de Mujeres Bolivianas (UMBO) y, también, del Teatro Popular. Entre ellos, se encuentran tres sacerdotes y una religiosa. El lo. de enero, un tercer grupo, compuesto, sobre todo, por mineros originarios de Potosí se instala en la Iglesia María Auxiliadora de La Paz. A partir del 2 de enero, la huelga se extiende en otras ciudades del país: el 3 en Cochabamba, el 5 en Potosí y Oruro, el 11 en Tarija, el 12 en Sucre, el 13 en Santa Cruz. También llega a las minas de Llallagua y Caracoles, y a la localidad de Quillacollo.

2Luego de una semana, 61 personas se encuentran en huelga; dos semanas después, hay 500; al cabo de 20 días, son aproximadamente 1200, repartidas en 28 grupos instalados, sobre todo, en las iglesias. Si al principio fueron los familiares de los mineros quienes iniciaron el movimiento e incrementaron el número de participantes, más adelante, son los estudiantes quienes conforman el grueso de los piquetes de huelga.

3En el extranjero, se organizan huelgas de hambre de apoyo, y telegramas de apoyo fluyen desde todas partes del mundo occidental. Representantes de las organizaciones internacionales por la defensa de los derechos humanos llegan a La Paz. Mientras tanto, en el país, donde la emoción es ya considerable, las manifestaciones callejeras no cesan, así como tampoco las huelgas que se declaran en las minas y los principales centros de producción.

4Después de diversas maniobras de intimidación para que los huelguistas retiren sus demandas, el gobierno decide emplear la fuerza y, en la noche del 16 al 17 de enero, desaloja a los principales grupos. Luego, súbitamente, el 17 en la noche, cuando la tensión llega a sus extremos -los huelguistas arrestados amenazan con morir, dejando su huelga de hambre y entrando a una de sed; los grupos que no han sido dispersados continúan su ayuno y hay otros listos para reemplazarlos; el arzobispo de La Paz advierte que el clero de la sede de gobierno suspenderá toda ceremonia religiosa si el gobierno no soluciona los problemas causados por los huelguistas; el país está prácticamente paralizado por las huelgas y la opinión pública es cada vez más y más favorable a los huelguistas-, el presidente de la República anuncia que acepta otorgar una amnistía sin restricciones. Después de un día de negociaciones, se logra la reincorporación de los mineros despedidos y también se asegura la garantía para que los huelguistas no sean, luego, perseguidos. Finalmente, el libre ejercicio sindical se restablece el 24 de enero.

5Esta huelga es, pues, un éxito innegable, tanto en lo que a la capacidad de movilización de sus promotores se refiere como en lo que concierne a sus resultados;1 los fines que se propusieron sus promotores fueron logrados; se trata de un logro sorprendente porque las concesiones del gobierno detienen una movilización ascendente que amenazaba su propia existencia y, finalmente, lo dejó totalmente aislado.

6Parafraseando a Alexis de Tocqueville (1986), diría que aquí no intento hacer la historia de esta acción relámpago, sino, solamente, proponer algunas hipótesis acerca del porqué de su éxito.

7Y, aunque quisiera reconstruir esa historia, los documentos que dispongo no lo permitirían: en efecto, la mayor parte de este trabajo se apoya en un examen de la prensa de la época -principalmente los diarios Presencia y Los Tiempos-, en algunas obras o artículos que han tratado el tema -sobre todo, en el libro La huelga de hambre elaborado por la Asociación para la Defensa de los Derechos Humanos (APDH)-, y, además, en un conjunto de entrevistas. Testigo sorprendido y fascinado de esta audaz conmoción, pensaba, en 1978, realizar un breve relato escrito a la manera del libro que Hans Magnus Enzensberger consagró a Durruti, El corto verano de la anarquía (1972), en el que los comentarios sobre la situación alternan con documentos: testimonios, fragmentos de obras o de discursos, cartas... Un proyecto que fue abandonado y desplazado hacia trabajos que, en esa época, me parecían más "académicos" o, si se prefiere, más netamente inscritos dentro de una lógica de investigación sociológica. Y así, la documentación inicial se quedó dormida en el fondo de un cajón hasta que, en 1993, Jacques Semelin me invitó a participar en una sesión del seminario dedicado al tema de "La resistencia civil contra los regímenes autoritarios," que él dirigía en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales.2

8Teniendo en cuenta los desarrollos recientes de la sociología de la acción colectiva y, más precisamente, de la protesta colectiva, me ha parecido interesante proseguir y profundizar una reflexión cambiado de perspectiva: estudiar esta huelga en sí misma y no simplemente como una etapa más en el proceso de democratización del país.

9Para realizar esta tarea me he visto forzado a completar mi documentación, sobre todo, recogiendo algunos testimonios suplementarios, en 1995 y 1996. En suma, dispongo, pues, de datos parciales y de valor desigual. Es evidente, por ejemplo, que los relatos recogidos con casi veinte años de distancia son algo relativamente borrosos, parciales y han sido objeto de diversas recomposiciones. Además, casi todas las entrevistas han sido realizadas con protagonistas del conflicto, huelguistas o no, más o menos solidarios con la causa defendida. Debemos reconocer que habría que completar este conjunto de entrevistas con otras, provenientes de la parte gubernamental del conflicto o, también, de la jerarquía eclesiástica -cuyo papel, veremos más adelante, fue central en la evolución de la huelga. Finalmente, aun si el peso de los huelguistas paceños es determinante para captar apropiadamente tanto el desarrollo como el resultado de la movilización, es evidente que cada grupo tiene su propia historia en un contexto urbano particular. Ahora bien, si se exceptúan algunas breves alusiones a lo sucedido en Cochabamba, mi análisis no incluye esas otras historias.

10Este estudio no intenta, pues, contar una historia en la que cada una de sus aserciones habría sido verificada, confirmada y garantizada exacta -se verá, por ejemplo, lo difícil que es lograr una idea exacta de la manera en la que se decidió emprender la huelga, pese a que es uno de los momentos de la protesta acerca del cual cuento con el mayor número de información relativa-, aunque, ciertamente, lo esencial o, mejor dicho, la trama de los hechos resulta lo suficientemente pertinente como para ser organizada en una intriga. Aquí, se tratará de responder a preguntas de alcance más general acerca de la explicación del surgimiento y, sobre todo, del éxito de la huelga; los materiales disponibles ofrecen, más que pruebas incontrovertibles, direcciones o esquemas de interpretación.

Para una sociología del acontecimiento

11Antes de entrar al cuerpo mismo de la investigación, me parece útil precisar, brevemente, el marco teórico en el que inscribo este estudio y, también presentar algunas reflexiones en torno a la huelga de hambre, en tanto que medio específico de protesta social, insistiendo especialmente en los aspectos estratégicos de un tal combate. ¿Se presta un acontecimiento al análisis sociológico? Y, ¿a cuál análisis o a cuál tipo de análisis sociológico? Es para responder a estas interrogantes que he intentado este ejercicio -y, también, por supuesto, porque, en su momento, el acontecimiento, una protesta social en este caso, me sorprendió y, a la vez, me fascinó mientras seguía, día a día, sus peripecias. Es, pues, una suerte de desafío el que he asumido, con el temor, siempre presente, que la distancia y la disección que intentaba iluminen poco -o mal- la acción tratada. ¿No habría un simple relato logrado una mejor visión?

12Con todo, el ejercicio vale la pena, justamente porque pone en entredicho una visión algo marchita y pretenciosa de la sociología. En primer lugar, al tratar una protesta, su surgimiento, su éxito o su fracaso, tal o cual de sus características, uno se da cuenta, muy rápidamente, que para explicarla es necesario tener en cuenta una pluralidad de factores. Dicho de otra manera, la explicación -o las explicaciones- que se ofrecen aparecen, desde el principio, tal como son: como una simplificación imperfecta. En segundo lugar, algo que es fascinante en el análisis de la protesta es que uno percibe a cada instante la presencia de vacilaciones, balbuceos, intentos, que son parte de la libertad y, por lo tanto, de la indeterminación que existe en toda confrontación humana. Dicho de otra manera, este tipo de sociología, si se la practica seriamente, posee la virtud de volver modesto y colocar en su justo lugar al saber sociológico. Un saber que, por otra parte, ya no se distingue fundamentalmente del histórico. Sobre todo, debido al hecho que la absolutamente necesaria atención a la duración obliga a ordenar los datos en términos de una intriga.

13Consecuentemente, es vano tratar de construir una teoría de la protesta social o de los movimientos sociales, concebida como una suma de hipótesis verificables, mutuamente articuladas. En efecto, resulta evidente que lo que se verifica en un lado puede que no se verifique en otro, y que la combinación de las proposiciones verificables, que constituyen la especificidad de esta movilización, no se reproducirá necesariamente más allá. El catálogo de las condiciones de surgimiento o del éxito es, pues, imposible de elaborar. Y no sólo, por otra parte, porque no podemos conocer de partida todas las rúbricas en juego, sino, más aún, porque, en contextos diferentes, las rúbricas pertinentes para explicar la protesta no son las mismas. Y eso, sin tener en cuenta que, a cada instante del proceso, la intervención de actores de los diversos campos presentes modifica el curso del movimiento, en un sentido u otro -salvo si trata de un suceso o un accidente totalmente ajeno a la escena de los enfrentamientos.

14Lo no quiere decir que no se encontrarán jamás situaciones análogas, tanto a nivel de los contextos de aparición como de las formas de manifestación, y que, por lo tanto, no se podrán explicitar las condiciones, unas más favorables que otras, y, así mismo, las tácticas más apropiadas. No se trata de eso; pero, hay que abandonar la idea de que es posible lograr un examen completo de este tipo de hechos y que serán idénticos o, dicho de otra manera, que se manifestarán de manera idéntica de una protesta a otra.

15Con Raymond Boudon, diría, pues, que la investigación de las -"leyes condicionales" se revela, en este campo, "desesperante" y que conviene interrogar lo real para así lograr "enunciados de posibilidades" o, mejor, "conjeturas," "es decir, respuestas cuya validez es incierta, pero útil y plausible" (1984: 202).

16Se puede argüir, sin embargo, y con razón, que las respuestas propuestas dependerán del ángulo de aproximación al problema y de la metodología empleada. Pero, en esos casos, se trata más de paradigmas (Kuhn 1970) o de esquemas de inteligibilidad (Berthelot 1990), es decir, de grandes orientaciones o interpretaciones del mundo social, que proveen desde una misma perspectiva, en efecto, tanto una visión de mundo como una panoplia de útiles (conceptos y métodos). Es evidente que, por ejemplo, los funcionalistas, estructuralistas, marxistas e interaccionistas no enfocan de la misma manera los problemas relativos a la protesta o los sucesos contestatarios -si es que los tratan- y, por lo tanto, no producen los mismos resultados, de acuerdo a sus técnicas o métodos de aproximación. Por cosas así, es importante empezar con algunas consideraciones generales sobre este trabajo.

17Sea el que sea el punto de partida en una investigación sobre la protesta colectiva, pienso que debe tener en cuenta los datos relativos al contexto social en el que ésta sucede, por un lado, y, por otro, los relativos a los actores implicados en la misma o, más precisamente, al sistema de interacción de los adversarios presentes. Dicho de otra manera, la explicación debe permitir vincular el nivel macrosociológico con el nivel microsociológico, y ésta es una de las dificultades mayores de la tarea.

18Se trata, sin duda, de algo evidente. Pero, el hecho de explicitarlo significa que no me limitaré a subordinar el comportamiento de los actores a los ordenamientos sociales o a las estructuras sociales. Intentaré explicar porqué, dado un contexto social, los actores se ven obligados a protestar colectivamente, e intentaré, entonces, formular algunas hipótesis acerca de sus intenciones. Todo esto me inserta, de entrada, en la corriente inspirada por el paradigma accionista3 o, si se prefiere, por el esquema de inteligibilidad actancial (Berthelot 1990), que se puede reconocer en algunos enunciados previos.

19Una otra dificultad en la explicación es la relativa al carácter temporal de la protesta. Esta puede ser fijada en fechas precisas, si se trata de un acontecimiento concreto y único -"un acto público, inusual y colectivo, de revindicación en nombre de la colectividad" (Olzak 1989: 119-141)-, las jornadas de junio de 1848, la Comuna de París, las jornadas de abril de 1952 en Bolivia, o, también, puede ser inscrita en un tiempo largo, no tan circunscrito: el movimiento negro para la obtención de los derechos civiles en los Estados Unidos, por ejemplo. En este caso, el movimiento social, " una iniciativa colectiva de protesta y contestación, que intenta imponer cambios -de importancia variable- en la estructura social y / o política recurriendo frecuente pero no exclusivamente a medios no institucionales" (Chazel 1992: 263-312), aparece marcado por eventos más o menos destacables.

20Pero no sólo conviene realizar una elección en lo que a la duración del fenómeno protestatario estudiado se refiere, sino, más aún, también es necesario elegir el grado de profundidad histórica de los datos por medio de los cuales uno intenta explicar el acontecimiento. Este estudio, como ya lo he dicho pero conviene reiterarlo, se ocupa de un acontecimiento, la huelga de hambre de las mujeres mineras y no pretende estudiar el movimiento por la defensa de los derechos humanos en Bolivia, ni tampoco versa sobre el de los mineros -tan importante en la historia del país- o el de las mujeres. ¿Es posible, entonces, explicarlo por simples factores coyunturales o limitándose sólo al corto plazo? Poco o nada probable. Este problema de la elección de datos históricos que se deben tener en cuenta en la explicación de los acontecimientos no es nuevo. En sus Souvenirs, Alexis de Tocqueville hacía derivar las jornadas de febrero de 1848 de "causas generales fecundadas, si se puede decir, por accidentes" (1986: 782). La revolución industrial "que, en 30 años, había convertido a París en la primera ciudad industrial de Francia y atraído dentro de sus muros a todo un pueblo de obreros" es una de las causas generales inscrita en el tiempo largo. Mientras que la represión excesiva de una revuelta fomentada por la oposición dinástica, el 22 de febrero a fines de la campaña de los banquetes -represión inmediatamente suspendida- es parte de los accidentes recientes y del tiempo corto. Este modo de presentación, diseñado en los Souvenirs, para explicar febrero de 1848, será retomado por el autor para explicar el desencadenamiento revolucionario de 1789 en L'Ancien Régime et la Révolution. Los Libros II y III están dedicados a los cambios profundos y antiguos que operan en el Ancien Régime, en tanto que el Libro IV se concentra en los accidentales: por ejemplo, el célebre capítulo sobre "Comment on soulève le peuple voulant le soulager."

21Karl Marx al explicar las mismas jornadas con un esquema de inteligibilidad distinto y, por lo tanto, con otras variables, encuentra las mismas dificultades y se ve obligado a combinar larga y corta duración. La oposición que se manifiesta durante las jornadas de 1848 se consolida progresivamente, en contra de la aristocracia financiera, desde 1830 (larga duración). "Dos sucesos económicos recientes ‘precipitan’ la explosión del descontento general y nutren el descontento hasta la rebelión" (Marx 1974: 43): la enfermedad de las papas y las malas cosechas de 1845 y 1846, por un lado, y, por otro, la crisis general del comercio y la industria de Inglaterra.

22La combinación de las dos dimensiones temporales y espaciales puede observarse en el siguiente cuadro, el que, por otra parte, no tiene otra intención que la de indicar los datos que hay que tener en cuenta para explicar la protesta colectiva.

23Doug Mc Adam tiene razón, pues, cuando, en sus estudios sobre el movimiento negro (1982: 61-62, 65), se distancia de todos aquellos que tratan las olas contestarias como simples reacciones a los stimuli inmediatamente previos a la acción colectiva, sea que se trate de tensiones estructurales, para los teóricos clásicos, o de un aumento significativo de los recursos, para los que comparten la corriente de la movilización de recursos. Pero, Mc Adam se equivoca, creo, cuando trata el problema de la temporalidad como una alternativa entre el tiempo largo y el tiempo corto. Como bien demuestran los análisis de Tocqueville y Marx a propósito de 1848, estas dos opciones no se excluyen mutuamente: se complementan. De hecho, no existe una buena periodización que puede ser decidida a priori -¿hasta cuándo hay que remontar el tiempo? Una periodización depende, por lo menos, de tres condiciones previas muy diferentes: el esquema de inteligibilidad o paradigma explicativo escogido; el objeto de estudio: acontecimiento o movimiento y los problemas que uno quiere resolver; finalmente, las ocasiones críticas que afectan visiblemente las oportunidades tácticas de los protestatarios.

24Dadas estas consideraciones preliminares, se comprende fácilmente porque el polity model de Charles Tilly (cf. 1978) y el political process model de Doug Mc Adams (cf. 1982) me sirven de guía para intentar comprender el éxito de esta huelga. Por un lado, ambos se incriben en la corriente accionista o actancial, y, por otro, tienden un puente entre los niveles macro y microsociológicos e intentan ligar la larga y la corta duración. Finalmente, la orientación misma es, de entrada, política: se trata de un conjunto de reclamos (amnistía, derechos sindicales...) de los challengers a los miembros de la polity, en los términos de Charles Tilly. Retomar aquí el conjunto detallado de los dos modelos sería algo molesto, teniendo en cuenta, además, que a lo largo del trabajo me ocuparé de explicitar más ampliamente algunos de estos conceptos. Recordemos, simplemente, que ambos autores insisten sobre la organización contestataria y los recursos que ésta extrae para la vitalidad del movimiento, y que, para iniciar el movimiento -y continuarlo-, esta organización debe contar con ocasiones, oportunidades, políticas. Por otra parte, Doug Mc Adam valoriza la transformación -en potencia- de la cosmovisión de los protestatarios: a sus ojos, los dominantes pierden su legitimidad; se tornan menos fatalistas y reconocen sus derechos; finalmente, consideran que podrían colaborar la transformar la situación vigente. Mc Adam denomina "liberación cognoscitiva" a este conjunto de trasformaciones. Otros hablan de modificación de los "marcos de interpretación" (Snow et al 1986) o de "movilización del consensus" (Klandermans 1988:173-196). En suma, el modelo de emergencia de los movimientos sociales de Mc Adam fue figurado de la manera siguiente por su inventor: