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La independencia del Perú y el fantasma de la revolución

De
198 pages

La Independencìa del Perù y el Fantasma de la Revolución es un importante texto escrito por un historiador de las nuevas generaciones y que ha sido planteado desde la vía opuesta a las modas historiográ-ficas en curso. El tema, por cierto, no es nuevo y es parte de la obsesión constada por Pierre Chaunu en la década de 1960, cuando se pre­guntaba sobre el por qué del abultamiento de libros y artículos sobre un asunto que la misma historiografía calificaba como algo despro­visto de significación. Lo que sí son nuevas son la coyuntura elegida para el análisis y las preguntas que el autor abre o que el lector atento puede formularse a partir de su texto.


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La independencia del Perú y el fantasma de la revolución

Gustavo Montoya
  • Editor: Institut français d’études andines, Instituto de Estudios Peruanos
  • Año de edición: 2002
  • Publicación en OpenEdition Books: 2 junio 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821844681

OpenEdition Books

http://books.openedition.org

Edición impresa
  • ISBN: 9789972510717
  • Número de páginas: 198
 
Referencia electrónica

MONTOYA, Gustavo. La independencia del Perú y el fantasma de la revolución. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2002 (generado el 16 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/4176>. ISBN: 9782821844681.

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© Institut français d’études andines, 2002

Condiciones de uso:
http://www.openedition.org/6540

Gustavo Montoya

GUSTAVO MONTOYA es historiador formado en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde ha ejercido actividad docente y se desempeña actualmente en el área de Relaciones Públicas. En la misma universidad viene trabajando en un pro­yecto sobre la historia de las elecciones en el Perú.

Índice
  1. Presentación

    Heraclio Bonilla
  2. Introducción

  3. I. Narrativas históricas en conflicto

    1. MONTONERAS Y GUERRILLAS INDÍGENAS
    2. ABASCAL Y LA CONTRARREVOLUCIÓN
    3. LA INDEPENDENCIA EN EL SUR ANDINO
    4. NACIÓN Y NACIONALISMOS
  4. II. La Defensa Del Virreinato

    “... el americano hoy, es el español mismo...”

    1. NACIONALISMOS EN CONFLICTO
    2. LAS VÍCTIMAS ESPAÑOLAS Y LOS BIENES ESPAÑOLES ¿QUIÉN LOS RECUPERA?
    3. PONER A CUBIERTO ESTOS DOMINIOS DE LOS INSULTOS DEL ENEMIGO
    4. ENTRE SAN MARTÍN INVADIÉNDONOS O EL SR. PEZUELA GOBERNÁNDONOS
    5. NO TENGO ENEMIGOS QUE COMBATIR, SINO AMIGOS CON QUIENES PUEDO CONTAR
    6. VOLVER A LA ESCLAVITUD A UNOS HOMBRES QUE HAN GUSTADO YA DE SU LIBERTAD
    7. INTRIGAS DE INGLESES, GUERRA, COMERCIO Y REPÚBLICA
    8. LAS QUEJAS DE ESTA CAPITAL
    9. VIDAURRE: LOS CASTIGOS OBSTINAN LAS RAZONES CONVENCEN
    10. EPÍLOGO
  5. III. Protectorado y dictadura: 1821-1822

    La participación de las clases populares en la independencia del Perú y el fantasma de la revolución

    1. TEMORES E INCERTIDUMBRES
    1. “[...] INFLAMAR EL ODIO CONTRA LOS ESPAÑOLES [...]”
    2. CUERPOS CÍVICOS Y MOVILIZACIÓN DE MASAS
    3. LA EXPEDICIÓN LIBERTADORA: EXCESOS Y ATROPELLOS
    4. EPÍLOGO
  1. IV. Pensamiento político de Bernardo Monteagudo

    Entre el autoritarismo y la democracia

    1. EL FRENÉTICO REPUBLICANO
    2. EL CENSOR DE LA REVOLUCIÓN
    3. CONCLUSIONES
  2. Periódicos, manuscritos, informes y revistas de la época

  3. Bibliografía citada

Presentación

Heraclio Bonilla

1LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ Y EL FANTASMA DE LA REVOLUCIÓN es un importante texto escrito por un historiador de las nuevas generaciones y que ha sido planteado desde la vía opuesta a las modas historiograficas en curso. El tema, por cierto, no es nuevo y es parte de la obsesión constada por Pierre Chaunu en la década de 1960, cuando se preguntaba sobre el por qué del abultamiento de libros y artículos sobre un asunto que la misma historiografía calificaba como algo desprovisto de significación. Lo que sí son nuevas son la coyuntura elegida para el análisis y las preguntas que el autor abre o que el lector atento puede formularse a partir de su texto.

2El período elegido es la coyuntura que va desde la declaración de la independencia del Perú, aquel lejano 28 de julio de 1821, y el inicio de la dictadura de Bolívar en setiembre de 1823. Coyuntura brevísima, para el gusto de historiadores que prefieren centurias y milenios, pero que condensa el pasado colonial y que anuncia los avatares del presente. En efecto, esos fueron los años en que llegaron los ejércitos liderados tanto por San Martín como por Bolívar, en circunstancias que el ejército español se encontraba todavía en Lima. También fue ése el período de ascenso y caída del Protectorado, bajo la clara dirección del argentino Bernardo Monteagudo como ministro de Estado y de Relaciones Exteriores. Luego, la instalación del primer Congreso Constituyente el 20 de setiembre de 1822, así como el primer golpe de Estado realizado por Riva Agüero el 28 de febrero de 1823 y la disolución de ese congreso cinco meses más tarde, con su consiguiente fraccionamiento y las traiciones sucesivas de Riva Agüero y Torre Tagle, quien declaraba que prefería morir como más español que el propio Fernando VII. Cierra este ciclo el inicio de la dictadura de Bolívar en setiembre de 1823, bajo cuyo liderazgo se emprendieron las decisivas batallas de Junín y de Ayacucho, así como la liberación del Alto Perú.

3Hasta ahora el abigarramiento de estos hechos no había sido tratado sino bajo la forma de crónicas muy puntuales, porque el tratamiento del proceso de la independencia en el Perú giró en torno a los temas clásicos si los “peruanos” de esos tiempos quisieron o no separarse de la madre patria y, de manera más reciente, el papel de los sectores populares en el desenlace de ese proceso. En términos cronológicos, por otra parte, estas indagaciones terminaban con el análisis de la derrota de Túpac Amaru II, y sólo excepcionalmente incluían las revueltas de Huánuco y del Cusco, en 1812 y en 1814. Después de esta fecha, los fulgores de Junín y Ayacucho terminaban nublando la mente de estos nuevos cronistas. Era muy claro que una agenda de este tipo, por mucho que inflamase los corazones de sus historiadores, no era apropiada para un avance real en el conocimiento de la crisis del sistema colonial, tanto por sus limitaciones temáticas como cronológicas. Es aquí donde radica la importancia y el interés de los cuatro trabajos reunidos en este libro inaugural de Gustavo Montoya.

4El tratamiento de esa coyuntura extremadamente fluida le permite reconocer el papel central que ésta tuvo en la configuración del naciente Estado republicano, por lo mismo, se trata de una suerte de aceleración de la historia que si bien emerge de todas las premisas propuestas por la gran rebelión de 1780 y de la gran crisis que atravesara la Metrópoli española a raíz del descoyuntamiento de Fernando VII, termina sin embargo encerrando en sí misma las claves para entender el sentido del proceso posterior que 1821 inaugura. Un elemento nodal de ese proceso fue la actuación ambivalente de Bernardo Monteagudo y sus “cuerpos cívicos”, es decir las milicias urbanas y de negros pero bajo el encuadramiento de la clase propietaria, que constituyera en ese año clave de 1821-1822 como el principal alter ego de San Martín. El análisis de su acción y de su pensamiento que nos propone Montoya me parece ejemplar: un cesarismo aparentemente democrático, nacido, al igual que en el caso de Bolívar, de la simple constatación de la ingobernabilidad de su población, pero cuya instalación, por paradójico que parezca, requería de la combinación de una movilización controlada de la plebe en el marco de una coartada de terror contra la clase propietaria y, en particular, contra los españoles. Que no se trataba de una estrategia ni nueva ni última, los anales de la historia del Perú se han encargado ampliamente de demostrarlo. Fue ese terror también el que explica las acciones controladas de los ejércitos realistas y de los patriotas, cuyos ideales de combate y el sentido de sus acciones estuvieron en la práctica supeditados al temor de no alentar la acción independiente de estos grupos populares, como el no dejar desprotegido los intereses de la clase propietaria. Es decir, exactamente aquello mismo que inspiró el ruego bochornoso del alcalde Rufino Torrico para que las tropas chilenas de ocupación no demorasen la ocupación de Lima en el marco de la guerra contra Chile en 1879.

5Me parece no menos significativo la insistencia del autor en enlazar lo ocurrido en esta coyuntura con las vicisitudes de la historia política de la metrópoli, desde el retorno de Fernando VII al trono, la abrogación de la constitución liberal en 1814 y su restablecimiento en 1820 bajo la imposición de las armas del coronel Riego. Y en ese sentido preciso, la comprensión de la ruptura frente a España supone el reconocimiento del carácter determinante de las fuerzas externas, expresada en la presencia de las tropas “extranjeras” en el territorio peruano y en el significado profundo de la crisis de la Metrópoli abierta por la invasión de las tropas de Bonaparte a la península. No se trata, en este caso, de practicar un “dependentismo” de un nuevo tipo, sino el simple reconocimiento de lo obvio. Como también, el señalamiento de que esa clase propietaria, cuyas bases materiales insiste el autor habrían sido destruidas en el curso de estos acontecimientos, era lejos de ser una clase homogénea. Los comerciantes, por ejemplo, más proclives a la defensa del estatus colonial, estaban opuestos a una clase terrateniente más inclinada al compromiso ofrecido por el ejército libertador. Con todo, la afirmación de Montoya que “con la Independencia se liquidó a la clase propietaria” (p. 46) y que “las elites coloniales fueron efectivamente las grandes derrotadas”, debiera ser tomada con beneficio de inventario. Su comprobación, en efecto, supone un cuidadoso escrutinio de los costos y beneficios de la independencia para esta colonia, así como la comparación exhaustiva de la estructura de la propiedad antes y después de 1821. Las anécdotas que a este respecto se recitan de cuando en cuando son claramente inconvincentes.

6Las banderas del Rey y de la independencia fueron asumidas por vastos sectores populares. Por la fuerza y por el engaño, cuando eran reclutadas en las filas de ambos ejércitos en contienda. o de manera más autónoma y a favor del Rey como en el caso de Pasto (Colombia) o Iquicha (Ayacucho), o a favor de la causa patriota como en las guerrillas estudiadas de manera pionera por Raúl Rivera Serna y Gustavo Vergara. Pero esas investigaciones primigenias contienen un claro sesgo reinvidicatorio que impide utilizar sus resultados para una mejor comprensión de la crisis colonial. Y en ese sentido, la sugerencia de Montoya de analizar su liderazgo, las características del entorno de su movilización, así como su programa, me parecen nuevamente pertinentes. Después de todo, las investigaciones de Nelson Manrique y de Florencia Mallon sobre las “montoneras” del “Brujo de los Andes” (Andrés A. Cáceres) de la sierra central en el marco de la guerra del Pacífico han mostrado la utilidad de esos esfuerzos.

7Todo este recuento, finalmente, permite plantearse de una manera nueva, no la intonsa pregunta de si los “peruanos” querían o no ser libres, sino el significado concreto de los conceptos de “nación” y “nacionalismo”, en un contexto colonial mezclado por la articulación heterogénea de identidades de diverso tipo, y no sólo las de “clase” sino las propiamente raciales. La revisión bibliográfica que realiza el autor en el primer capítulo sobre los resultados de la historiografía reciente es en ese sentido necesaria y esclarecedora por las críticas que formula. Pero dar una respuesta convincente a estas cuestiones centrales supone analizar las yuxtaposiciones de todo tipo que se dieron en el marco de esta contienda. No sólo la disputa frente a un ejército español, desprotegido por su metrópoli y atravesado a su vez por profundas fisuras ideológicas, sino también las reivindicaciones enarboladas por los distintas y heterogéneas clases populares frente a una tambaleante burocracia colonial que desde Abascal había establecido claras distancias frente a los imperativos de la Metrópoli, para no mencionar los intereses específicos y los temores frente a las tropas de ocupación integradas por argentinos, chilenos y colombianos, en el contexto, por si todo esto no fuera poco, de la mirada atenta de Inglaterra y sus agentes, los nuevos garantes del orden internacional emergente.

8No estoy seguro de compartir la convicción de Montoya sobre la pertinencia de estos análisis para comprender el caos del Perú contemporáneo, por las reticencias que tengo frente a los historicismos extremos. Pero estoy seguro, en cambio, que este libro sustenta la esperanza en un pensamiento que puede abrirse camino en medio de las frivolidades y de la irracionalidad.

9Bogotá, marzo 26 del 2002

Autor
Heraclio Bonilla

Universidad Nacional de Colombia

Introducción

1EL PRESENTE TEXTO forma parte de la primera etapa de un proyecto de investigación sobre la independencia. Mi interés por este período se remonta a mi permanencia como alumno de los últimos años del pre grado en la Escuela de Historia de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Durante esa época y bajo la orientación de Manuel Burga, fue la figura y obra de José Faustino Sánchez Carrión lo que me permitió conocer el apasionante mundo de las ideas y los debates ideológicos de la época. Aunque obviamente no es responsable de mis conclusiones, a él le debo mi “iniciación” en el tema general de la independencia. De modo que era imposible no “descubrir” la perturbadora presencia de Bernardo Monteagudo. Pronto advertí no sólo la importancia de este personaje, sino la sospechosa manera en que había sido registrado por diferentes narrativas históricas. Mi participación como asistente de investigación de Alberto Flores-Galindo y la generosa amistad intelectual de Carlos Araníbar me animaron a continuar y profundizar algunas de las iniciales intuiciones que entonces rondaban mi pensamiento. Tiempo después (1991-1992), una compleja combinación de tensión ideológica y desinterés por la historia precipitó mi alejamiento de todo tipo de actividad académica.

2En 1999 retomé el interés por la historia, diseñé un proyecto de investigación y comencé el acopio de fuentes documentales de la época de la independencia. Un circunstancial encuentro con Pablo Macera y su entusiasmo por la investigación que iniciaba, me permitió obtener un financiamiento del Seminario de Historia Rural Andina (UNMSM) para continuar con mis indagaciones. Cuando consideré que ya contaba con la información suficiente para elaborar el índice e iniciar la redacción de los capítulos respectivos, tuve que definir hacia qué aspectos del proceso general de la independencia debía dirigir mi atención.

3Opté por presentar la radiografía del proceso político y al mismo tiempo ensayar la identificación de los grupos sociales que lo conformaban. Pero además, creí que debía prestar una atención cuidadosa al modo en que la propia guerra se impregnaba de los discursos. En este punto, era evidente que los contenidos de toda forma de representación que los diferentes actores políticos realizaban sobre los acontecimientos, llevaban la impronta de expresar los hechos desde sus particulares puntos de vista. Estaba pues frente a discursos altamente ideologizados y en donde un mismo hecho era presentado de manera contradictoria.

4Fue esta comprobación empírica la que finalmente me inclinó a intentar exponer la manera en que cada uno de los actores colectivos experimentaban el desarrollo del propio proceso político y el efecto que la guerra ejercía sobre sus percepciones. Por esta razón es posible que el lector encuentre un “exceso” de testimonios sobre un mismo acontecimiento.

5Sin dejar de reconocer la extraordinaria complejidad que supone “reconstruir” el proceso político que siguió a la llegada del Ejército Unido de los Andes al Perú en el verano de 1820, ocurre que la exposición del mismo se hace relativamente fácil, cuando se logra identificar a los actores políticos que marcan el paso en el desenvolvimiento de los acontecimientos. Y ésa es precisamente una de las peculiaridades que caracterizó el arribo de fuerzas militares no “peruanas”, y con ellas, los efectos de una guerra que terminó por convertirse en el principio activo de la conducta política de los diferentes grupos sociales entonces existentes.

6En ese contexto, resulta claro la razón por la cual mi interés se concentró en intentar construir un fresco social atravesado por una vanada y múltiple cantidad de discursos. Los discursos a los que hago referencia, son en realidad el afloramiento de la conciencia social, las ideas políticas, el sentido común, las ideologías, las tradiciones, los temores y esperanzas que de pronto salieron con una belicosidad prístina, precisamente por el efecto de las guerras y sus secuelas de destrucción, hambre, desolación y barbarie. Una ciudad como Lima, centro neurálgico del dominio colonial español en América, ciudad prestigiosa, cortesana, cuya situación privilegiada se fue levantando a lo largo de tres siglos, fue un escenario radicalmente diferente al resto de ciudades de América contaminadas por la guerra.

7Otra de mis preocupaciones consistió en ensayar una historia militar desde una perspectiva social y política, que no se limite a la simple reconstrucción de los hechos de “armas”. De hecho, la coyuntura de la independencia presenta la imagen de una sociedad profundamente militarizada. Sin embargo, esta perspectiva tiene que contemplar el elemental principio de analizar y explicar la conducta de cuerpos armados no profesionales, y por lo mismo, incorporar los elementos de la cultura política, las filiaciones étnicas, la ambigüedad ideológica, los temores y esperanzas de los diferentes grupos sociales.

8Además, el tiempo de la independencia es un terreno privilegiado para conocer los orígenes sociales de un tipo particular de cultura política, la opinión pública, sus matices específicos, los contornos del lenguaje, la subjetividad colectiva; en una palabra, la inauguración de una esfera pública a la que ingresaban actores políticos recientemente constituidos. En todo esto subyace la idea de que los hombres y mujeres de carne y hueso no pueden, no podrían haber permanecido inmutables y en “silencio” frente a un proceso en el cual estaba en juego sus propias vidas. De ahí que me pareció insostenible afirmar que las clases populares habían permanecido impasibles y en silencio durante la guerra. Había que intentar conocer la manera en que los diferentes grupos sociales habían experimentado un proceso de repercusiones continentales. Tratar de conocer las estrategias que usaron para trasponer una coyuntura de guerra civil, de invasión y de desestructuración de un orden social largamente conservado. En suma, intentar trazar la trayectoria de una época de tránsito, de profundas mutaciones ideológicas, de la caída y la difícil construcción de un orden diferente.

9De ahí se deriva la atención que presté fundamentalmente a la clase dominante de la época, a los sectores populares, y el modo en que la guerra fue configurando sus respectivas percepciones, induciéndolas hacia determinadas posturas ideológicas y conductas políticas; el modo en que el poder ejercitado largamente por los primeros, era lentamente corroído por efecto de una lucha enconada, y en la que el árbitro de la misma fue un ejército de ocupación como fue el Ejército Unido de los Andes. Ésta fue la razón para no detenerme demasiado en los discursos de los forjadores del primer republicanismo peruano, pues estos últimos sólo adquirieron plena capacidad de ejercer influencia social y política cuando se liquidó al régimen protectoral.

10El tema de la independencia aún constituye un candado simbólico no sólo para la historiografía peruana, es también una coyuntura sobre la que pesa una densa niebla ideológica que impide a los peruanos y peruanas reconocerse como miembros de un proyecto colectivo. Sin desconocer la existencia de antagonismos sociales y de diferencias ideológicas propias de toda comunidad “nacional”, ocurre que en nuestro país aún carecemos de recursos simbólicos y de imágenes históricas comunes a los diferentes grupos y clases sociales. Y la independencia es un motivo más que suficiente para reflexionar sobre esta carencia cuyos efectos se pueden advertir cotidianamente.

11La república seguirá siendo una “promesa” y una “utopía” en tanto y en cuanto nos negemos a reconocernos en el espejo real de nuestra historia política; no se trata de lamentar los desaciertos ni exorcizar los fantasmas del pasado. Por el contrario, urge crear las condiciones para experimentar una imprescindible catarsis histórica, admitiendo los hondos y terribles desencuentros con que ingresamos al período republicano, recogiendo los desafíos formulados en los albores de la república y desarrollando nuestras posibilidades contemporáneas. En una palabra, pensar el pasado desde el futuro.

***

12El conjunto de artículos que conforman este libro fueron redactados en épocas y circunstancias diferentes. El primer capítulo “Narrativas históricas en conflicto” fue elaborado por sugerencia de Carlos Contreras. Y fue por iniciativa suya y de Jean Vaché, que esta publicación pudo materializarse. Carlos Contreras me persuadió a favor de la “ponderación” de algunos excesos en que inicialmente incurrí al intentar realizar un balance sobre la historiografía de la independencia. Los libros, artículos y ensayos que comento en este capítulo fueron publicados durante la última década; la idea es presentar el estado actual de las investigaciones, las temáticas dominantes y el probable curso de los futuros estudios.

13El segundo capítulo “La defensa del virreinato. El americano hoy, es el español mismo”, es un trabajo inédito. En este ensayo, mi propósito es presentar los conflictos políticos y la mutua oposición entre los diferentes grupos sociales de la clase dominante colonial ante el arribo de la Expedición Libertadora, las estrategias que usaron para la defensa del virreinato y las fórmulas políticas que ensayaron para intentar llegar a una transición pacífica. De otro lado, se presentan imágenes del escenario social, la lucha política y del ambiente revolucionario que se vivió durante los decisivos meses anteriores a la formal proclamación de la independencia.

14El tercer capítulo “Protectorado y dictadura: 1821-1822. La participación de las clases populares en la independencia del Perú y el fantasma de la revolución”, fue inicialmente publicado por sugerencia de Carlos Franco en la revista Socialismo y participación, N.° 89. Pero además, su generosidad personal y el profundo interés que tiene por la investigación histórica, lo condujo a “inventar” una fórmula ideal de apoyo económico que me permitió redactar una parte importante de este trabajo. En este capítulo mi objetivo es proponer una imagen alternativa en torno al protagonismo político y militar de las clases populares. Aquí destaca la atención que presté a la Guardia Cívica, brazo civil armado del protectorado, sus orígenes sociales, su decisiva intervención para liquidar a la oposición civil realista y su contribución en el terreno del enfrentamiento social en favor de la independencia.

15El cuarto capítulo “Pensamiento político de Bernardo Monteagudo. Entre el autoritarismo y la democracia”, fue publicado en la revista Investigaciones sociales, año V, N.° 7, 2001, del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales (UNMSM). Este capítulo es un ensayo de historia de las ideas políticas. A pesar del protagonismo de este personaje durante el protectorado, llama la atención el poco interés que se le ha presentado; de ahí que su presencia en los dos últimos capítulos de este texto sea casi dominante. Pero además, el pensamiento político de Monteagudo resume de un modo dramático los profundos desgarramientos internos y las sorprendentes mutaciones ideológicas que experimentó la clase política pro independentista en América.

16Quisiera expresar mi profundo agradecimiento a diversas personas, entre ellas a Eduardo Toche que fue un atento interlocutor y exigente crítico a lo largo de toda la investigación. Él siempre insistió en el sentido contemporáneo del conocimiento histórico. Las agudas observaciones de Pablo Macera me ayudaron a considerar la integralidad integral del hecho histórico. La profesora Gabriela Chiaramonti me alentó a descubrir la información encubierta que subyace en los discursos. El profesor Heraclio Bonilla me “exigió” situar el papel del individuo en su contexto histórico. Mi agradecimiento a la profesora Carmen McEvoy, a pesar de nuestras discrepancias; el diálogo con ella me permitió afianzar mis conclusiones y me alentó a concluir lo iniciado. Cristóbal Aljovín y Carlota Casalino fueron generosos al leer, comentar y sugerir algunas correcciones sumamente pertinentes. El diálogo con Agustín Haya y Aníbal Quijano me permitió acceder a una bibliografía complementaria y ampliar el esquema teórico para el análisis del pensamiento político de Bernardo Monteagudo. El intercambio de ideas con Javier Tantaleán, me permitieron desarrollar el tema de la gobernabilidad también desde un punto de vista contemporáneo.

17En la Escuela de Historia (UNMSM), el profesor Francisco Quiroz me permitió discutir mis hallazgos en los cursos que dirigía y a los que asistí como alumno “rezagado”. Héctor Maldonado tuvo la gentileza de leer los borradores y realizar observaciones pertinentes; los comentarios provocativos de César Puerta me animaron a pulir las conclusiones; César Montes fue generoso al permitirme acceder a su muy bien surtida biblioteca, los profesores Manuel Valladares y César Germaná siempre estuvieron dispuestos a brindarme el apoyo institucional en la Facultad de Ciencias Sociales. A pesar de las limitaciones materiales en las universidades nacionales, en San Marcos existe un saludable ambiente para la investigación, la reflexión crítica y el diálogo interdisciplinario; por ello, agradezco la comunicación sostenida con Héctor Flores, Julio Rojas y Víctor Coral, quienes desde la filosofía, el periodismo y la literatura me permitieron compartir mis hallazgos y frustraciones intelectuales. Mi gratitud a Manuela Montenegro y Sinesio López, pues este libro no hubiera sido posible sin el aliento y el incondicional apoyo que siempre me expresaron. Acaso debiéndolo nombrar primero, mi profundo agradecimiento a Rodolfo Cadenillas Díaz, hombre de fe, soldado de la justicia. Finalmente, agradezco en la persona de Irma López de Castilla, a los profesionales que trabajan en la sala de Investigaciones de la Biblioteca Nacional.

I. Narrativas históricas en conflicto

1PARA BIEN O PARA MAL, el tema de la independencia continuará obsesionando por un tiempo indeterminado a todos los peruanos. Y está bien que así sea. Quizá porque es una coyuntura histórica a la que se suele remitir el origen de un conjunto de símbolos y rituales sobre los cuales se ha sostenido —y se sostiene— el Perú republicano, el Estado, las ideas de “nación” y los “nacionalismos”, el problema de la gobernabilidad, el patriotismo, las demarcaciones territoriales, las fronteras, las posibilidades de la democracia y la persistencia del autoritarismo. No hay que olvidar que el 28 de julio es la efeméride por excelencia y que sirve para legitimar el sistema político contemporáneo. Entonces, también se trata del síntoma de un malestar que afecta a todos los peruanos, más que un asunto estrictamente historiográfico.

2Pero además, la independencia, al igual que la conquista española y la guerra con Chile, forma parte de un triángulo de discursos históricos que han terminado por afianzar una suerte de frustración colectiva, de ocasiones perdidas y de agravios nacionales. Entonces resulta comprensible por qué, para muchos historiadores, el tema de la independencia ha terminado por convertirse en un tema controvertido, una piedra en el zapato.