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Liberalismo antiguo y moderno

De
390 pages
Leo Strauss ha dedicado gran parte de su trabajo intelectual a arrojar luz sobre las diferencias fundamentales y las coincidencias posibles entre la filosofía política clásica y la filosofía política moderna. En esta obra, esa reflexión se despliega a partir de una cuestión inicial: en qué sentido la filosofía política clásica puede considerarse liberal. En la primera parte, el autor desarrolla y discute el concepto de educación liberal, a la que, lejos de calificar como mero adoctrinamiento, define como "el antídoto [...] para los efectos corrosivos de la cultura de masas, para su tendencia inherente a producir sólo 'especialistas sin espíritu o visión, o sensualistas sin corazón'". La segunda parte se ocupa de rastrear el liberalismo de los pensadores premodernos, examinando no sólo sus temáticas sino también sus estilos de escritura, su "arte de escribir". En un trabajo casi arqueológico, Strauss se concentra en el análisis del poema de Lucrecio y allí encuentra el terreno en que el pensamiento premoderno parece acercarse más que en ninguna otra ocasión al pensamiento moderno. En el ensayo titulado "Un epílogo", la reflexión acerca del liberalismo -antiguo y moderno- adopta una perspectiva crítica que lo lleva a cuestionar el relativismo de los valores, presente en las ciencias sociales modernas y que a menudo ha sido vinculado con el liberalismo, el cual -aclara- no carece de valores. Aun cuando hoy suele asimilarse liberalismo y liberalismo económico, la exploración de Strauss acerca de las raíces filosóficas de la democracia liberal permite rescatar el principio de una sociedad fundada sobre los valores y la educación, rechazando el enfoque de un "liberalismo pervertido", que sólo procura una vida "segura y feliz" y que "olvida la calidad, la excelencia o la virtud".
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Prefacio
El liberalismo se entiende actualmente en oposición al conserva-durismo. Esta distinción es suficiente para la mayoría de los fines prácticos presentes. Admitir esto equivale a admitir que la distin-ción no está libre de dificultades teóricas, lo que no significa que carezca de consecuencias prácticas. De una dificultad podemos deshacernos con facilidad. La mayoría de las personas son libera-les en algún sentido y conservadoras en otro; es posible que no se pueda distinguir a un liberal muy moderado de un conservador muy moderado. Esta observación misma implica, en efecto, al menos la existencia del liberal y del conservador como tipos idea-les. Aunque en este caso, de todos modos, los tipos ideales sean bastante reales. Por lo general, hoy en día un partidario de la lucha contra la pobreza que se opone a la guerra en Vietnam sin duda es visto como un liberal, y un partidario de la guerra en Vietnam que se opone a la lucha contra la pobreza sin duda es visto como un conservador. Una dificultad algo más seria se presenta cuando se considera el hecho de que actualmente el liberalismo y el conservadurismo tienen un fundamento común, ya que para ambos su fundamento es la democracia liberal, y por lo tanto ambos son hostiles al comu-nismo. De ahí que la oposición no parezca fundamental. Aun así, tienen diferencias profundas en esa oposición. A primera vista, el liberalismo parece coincidir con el comunismo respecto del fin último, mientras que discrepa radicalmente en relación con los medios para alcanzar dicho fin. Se puede decir que el fin es una sociedad universal y sin clases, o, para servirnos de la corrección
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propuesta por Kojève, el Estado universal y homogéneo del que todo ser humano adulto es un miembro pleno; más precisamente, aquel en el que la condición necesaria y suficiente para la pertenen-cia plena la proporciona el hecho de ser un humano adulto no inca-pacitado mentalmente y que no está encerrado en un manicomio o en una prisión. La vía para alcanzar dicho fin, según el libera-lismo en oposición al comunismo, es de preferencia democrática o pacífica, sin duda no es la guerra, esto es, la guerra exterior; ya que las revoluciones respaldadas por la simpatía –o al menos por los intereses– de la mayoría de los involucrados no son necesaria-mente rechazadas por los liberales. Queda, no obstante, una dife-rencia importante entre el liberalismo y el comunismo en relación con su fin en sí mismo. Los liberales consideran sagrado el dere-cho que todos tienen –por humildes, raros o balbucientes que sean– a criticar al gobierno, lo que incluye a la persona que ocupe el más alto cargo. Alguien podría decir que muchos liberales son demasiado prag-máticos para aspirar a un Estado universal y homogéneo: queda-rían satisfechos con una federación de todos los estados hoy existentes o próximos a surgir, con una organización de las Naciones Unidas muy fortalecida y realmente universal –una organización que incluyera a la China comunista, a la República Federal de Alemania, y a la Alemania oriental comunista, aunque no necesa-riamente a la China nacionalista–. Aun así, esto significaría que los liberales aspiran a acercarse lo más posible al Estado universal y homogéneo, o que los guía el ideal del Estado universal y homogé-neo. Algunos de ellos objetarán el término “ideal” alegando que el Estado universal y homogéneo (o la máxima aproximación posi-ble) es un requisito de la política práctica: ese Estado se ha vuelto necesario debido al progreso económico y tecnológico –que incluye la necesidad de imposibilitar la guerra termonuclear en el futuro– y al aumento creciente de la riqueza de los países avanzados, que son impulsados, por su propio y puro interés, a fomentar el desa-rrollo de los subdesarrollados. En cuanto a la tensión aún exis-tente entre los países liberal-democráticos y los comunistas, los liberales creen que se debilitará y finalmente desaparecerá como consecuencia del crecimiento del Estado de bienestar de los pri-
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meros, y del liberalismo en los segundos, producto de la gran demanda de bienes de consumo de todo tipo. Los conservadores consideran que el Estado universal y homo-géneo es o bien indeseable aunque posible, o bien tanto indesea-ble como imposible. No niegan que sean necesarias o deseables unidades políticas más grandes que el propio Estado-nación. Para bien o para mal, ya no pueden ser imperialistas. Pero no hay motivo por el cual deban oponerse a una Europa Unida Libre, por ejem-plo, aunque es probable que conciban estas unidades de una forma distinta que los liberales. Un conservador europeo sobresaliente se ha referido al’Europe des patries. Los conservadores ven con mayor simpatía que los liberales lo particular, o lo particularista, y lo heterogéneo; al menos, están más dispuestos que los liberales a respetar y perpetuar una diversidad más fundamental que la que generalmente respetan o dan por sentada los liberales o, incluso, los comunistas; esto es, la diversidad en relación con la lengua, la canción popular, la alfarería, etc. Puesto que el universalismo en política se basa en el universalismo procedente de la razón, el con-servadurismo a menudo se caracteriza por la desconfianza hacia la razón o por la confianza en una tradición que, como tal, es nece-sariamente una u otra y, por lo tanto, es particular. El conservadu-rismo, por consiguiente, está expuesto a la crítica de guiarse por la noción de unidad de la verdad. Los liberales, en cambio, en espe-cial aquellos que saben que sus aspiraciones están arraigadas en la tradición occidental, no atienden lo suficiente al hecho de que esa tradición es socavada cada vez más por los mismos cambios que apuntan al Mundo Único que exigen o aplauden. Permanecemos más cerca de la superficie al afirmar que la des-confianza de los conservadores hacia el Estado universal y homogé-neo está enraizada en su desconfianza hacia el cambio, en tanto que los liberales se inclinan más que los conservadores a ver el cambio con optimismo. Los liberales se inclinan a creer que, a fin de cuentas, el cambio es un cambio para bien, o un progreso. De hecho, los liberales a menudo se denominan a sí mismos progre-sistas. Progresismo, en efecto, es un mejor término que liberalismo para referirse a lo opuesto al conservadurismo. Ya que si el conser-vadurismo, tal como lo indica su nombre, siente aversión o des-
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confianza hacia el cambio, su opuesto debería identificarse con la postura inversa, que se inclina hacia el cambio, y no con algo sus-tancial como la libertad o la liberalidad. La dificultad para definir la diferencia entre liberalismo y con-servadurismo con la universalidad necesaria es particularmente seria en los Estados Unidos, dado que este país surgió de una revolución, un cambio o ruptura violenta con el pasado. Uno de los grupos más conservadores de este país se hace llamar Hijas de la Revolución Americana [Daughters of the American Revolution]. La contraposi-ción entre conservadurismo y liberalismo tuvo un significado claro en la época y en los lugares en que surgió en estos términos: allí y entonces, los conservadores defendían “el trono y el altar”, y los liberales defendían la soberanía popular y el carácter estrictamente no público (privado) de la religión. Sin embargo, el conservadurismo en este sentido ya no es relevante en términos políticos. El conser-vadurismo de nuestra época es idéntico al liberalismo originario, más o menos modificado por cambios en la dirección del liberalismo actual. Se podría ir más allá y decir que gran parte de lo que hoy se entiende por conservadurismo en última instancia comparte una raíz común con el liberalismo actual e incluso con el comunismo. Que esto es así resultaría muy claro si uno volviera al origen de la modernidad, a la ruptura con la tradición premoderna ocurrida en el sigloXVII, o a la querella entre los antiguos y los modernos. El hecho de que el término “liberal” se utilice aún hoy en su sen-tido premoderno, en especial en la expresión “educación liberal”, nos hace pensar en esa querella. La educación liberal no es lo con-trario de la educación conservadora, sino de la educación iliberal. Ser liberal en el sentido originario significa practicar la virtud de la liberalidad. Si es cierto que todas las virtudes en su perfección son inseparables entre sí, el hombre liberal genuino es idéntico al hom-bre virtuoso genuino. Según el uso dominante en la actualidad, sin embargo, ser un liberal significa no ser conservador. De ahí que ya no se espere que ser liberal sea idéntico a ser virtuoso o siquiera que ser liberal guarde algún tipo de relación con el hecho de ser virtuoso. Ser liberal en el sentido originario es tan poco incompa-tible con ser conservador que, en términos generales, incluso coin-cide con una postura conservadora actual.
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La filosofía política premoderna, y en particular la filosofía polí-tica clásica, es liberal en el sentido originario del término. No puede ser simplemente conservadora dado que está guiada por la concien-cia de que todos los hombres buscan, por naturaleza, no lo ances-tral o lo tradicional, sino lo bueno. Por otro lado, la filosofía política clásica opone al Estado universal y homogéneo un principio sus-tancial. Afirma que la sociedad natural del hombre es la ciudad, esto es, una sociedad cerrada que puede ser captada de un vistazo o que se corresponde con la capacidad de percepción natural del hombre (macroscópica, no microscópica ni telescópica). En términos menos literales y más importantes, afirma que toda sociedad política que haya existido o vaya a existir se basa en una opinión fundamental particular que no puede ser reemplazada por el conocimiento y, por lo tanto, es por fuerza una sociedad particular o particularista. Este estado de cosas impone deberes al discurso o a la escritura pública del filósofo que no serían deberes si una sociedad racional fuera real o posible; por lo tanto, da lugar a un arte de escribir específico. En publicaciones anteriores he intentado poner al descubierto las diferencias fundamentales entre la filosofía política clásica y la moderna. En este volumen esbozo esa diferencia del siguiente modo: primero me ocupo de la educación liberal y luego de la pregunta por el sentido de denominar liberal a la filosofía política clásica. A continuación ilustro el liberalismo de los pensadores premodernos dilucidando algunos ejemplos de su arte de escribir. El análisis más detallado está consagrado al poema de Lucrecio. En dicho poema, por no decir en el epicureísmo en general, el pensamiento premo-derno parece acercarse más que en ninguna otra parte al pensamien-to moderno. Ningún escritor premoderno parece haber recibido como Lucrecio tal conmoción ante la idea de que nada considerado digno de amar es eterno o sempiterno o inmortal, o que lo eterno no es digno de amar. Por otra parte, será suficiente aquí con mencionar la presentación que hace Kant del epicureísmo como idéntico al espí-ritu de la ciencia natural moderna, antes de someter dicha ciencia a la crítica de la razón pura. Todo observador del liberalismo actual debería sorprenderse ante la muy frecuente unión que muchas personas hacen entre el libe-ralismo y la ciencia social libre de valores. Uno es llevado a pre-
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guntarse si esta unión es meramente fortuita o si no hay un víncu-lo necesario entre la ciencia social libre de valores y el liberalismo, aunque éste –no es necesario aclararlo– no carece de valores. En todo caso, el estudio crítico de la ciencia social actual no es una parte menor del estudio crítico del liberalismo. El ensayo que lleva por título “Un epílogo” se ocupa de este tema. No es necesario estar muy familiarizado con la vida política para entender que es particularmente difícil para un judío no ortodoxo adoptar una postura crítica sobre el liberalismo. Se puede observar que incluso judíos políticamente conservadores se someten a la auto-ridad de “líderes de opinión” judíos contemporáneos a los que de ningún modo se puede describir como políticamente conservado-res. Este estado de cosas induce a plantear preguntas como las siguien-tes. ¿En qué sentido o en qué medida el judaísmo es una de las raíces del liberalismo? ¿Están compelidos los judíos por herencia o inte-rés propio a ser liberales? ¿El liberalismo está necesariamente bien dispuesto hacia los judíos y hacia el judaísmo? ¿Puede afirmar el Estado liberal haber resuelto el problema judío? ¿Puede algún Estado afirmar haberlo resuelto? De estos interrogantes me ocupo en las dos exposiciones que cierran este volumen.
Leo Strauss Claremont, California
Un pour Un
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