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Portada

Los Quipocamayos

El antiguo arte del khipu en una comunidad campesina moderna

Frank Salomon
Traductor: Adriana Soldi
  • Editor: Institut français d’études andines, Instituto de Estudios Peruanos
  • Año de edición: 2006
  • Publicación en OpenEdition Books: 4 junio 2015
  • Colección: Travaux de l’IFÉA
  • ISBN electrónico: 9782821844445

OpenEdition Books

http://books.openedition.org

Edición impresa
  • ISBN: 9789972511516
  • Número de páginas: 380
 
Referencia electrónica

SALOMON, Frank. Los Quipocamayos: El antiguo arte del khipu en una comunidad campesina moderna. Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2006 (generado el 09 noviembre 2015). Disponible en Internet: <http://books.openedition.org/ifea/5355>. ISBN: 9782821844445.

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© Institut français d’études andines, 2006

Condiciones de uso:
http://www.openedition.org/6540

Entre las "escrituras perdidas" del mundo antiguo ninguna resulta más desconcertante que la de los viejos khipus. Pero ¿en realidad ésta se ha perdido definitivamente? Este libro demuestra que los khipus tuvieron una larga y sorprendente trayectoria en coexistencia con lo que ha venido llamándose la "ciudad letrada" colonial y republicana. Nos encontramos, sin duda alguna, ante un brillante estudio etnográfico de su sobrevivencia. Partiendo de datos recogidos en Tupicocha (un pueblo de Huarochirí cuyas tradiciones están recogidas en el manuscrito quechua de 1608), Salomón consigue responder preguntas fundamentales: ¿Qué hechos se registraron en los cordeles? ¿En cuál código? ¿Para que- sirvieron los khipus dentro del régimen social de los ayllus? lisia investigación ofrece sugerentes respuestas, muy relevantes para los estudios arqueológicos y etnográficos. Pero mucho más que esto, el problema de los khipus plantea un reto a toda la teoría contemporánea sobre los orígenes cicla escritura y la literacidad. Al inscribir ¿la humanidad mimetiza inevitablemente el habla? liste sorprendente estudio sugiere que los pueblos originarios tle los Andes exploraron vías semióticas diferentes de las que produjeron escrituras prístinas en el viejo mundo y en las tierras mayas.

Frank Salomon

FRANK LOEWEN SALOMON es el John V Murra Professor of Anthropology en la Universidad de Wisconsin (EEUU). Natio en New York en 1946. Obtuvo los grados de MA y Ph.D. en la Universidad Cornell (1974, 1978). Desde 1982 es profesor en el Departamento tle Antropología en Madison, Wisconsin. Como etnógrafo histórico, ha descubierto y analizado nuevas fuentes sobre los confínes septentrionales del Tawantinsuyu, sintetizadas en Native Lords of Quito (1986).
En 1991, publicó con George Urioste la primera versión en inglés tlel manuscrito quechua de I luarochirí. Conjuntamente ton Stuart Schwartz, editó los dos tomos suramericanistas de la Cambridge History ofthe Native Peoples ofthe Americas (1999).
Además de ocupar la cátedra nombrada en honor de su asesor doctoral, Salomon es miembro del Instituto para Investigaciones en las Humanidades tle Wisconsin, lin 2005, fue elegido Presidente tle la American Society for Ethnohistory. in 2005, The Cord Keepers (versión en inglés del libro que ahora presentamos) gano el premio "Hermine Wheeler-Voegelin" como el mejor libro etnohistórico del año. Actualmente, investiga en el pueblo tle Rapaz, famoso por su repositorio de khipus patrimoniales.

    1. Las fronteras del estudio de los khipus
    2. El argumento en perspectiva
    3. Métodos y cobertura
  1. 1. Universos de lo legible y teorías de la escritura

    1. “Una cierta clase de escritura”: La gramatología y el problema de la “escritura sin palabras”
    2. Algunos conceptos no-filológicos de lo gráfico
    3. Una heurística y una metodología para Tupicocha
  2. 2. Una escritura florida: el orden social y documental del pueblo moderno de Tupicocha

    1. Un símbolo del gobierno del pueblo
    2. Tierra, “naturaleza” y espacio geográfico
    3. La agricultura y los fundamentos de la organización laboral
    4. La irrigación y sus registros
    5. El catolicismo sin clero
    6. La memoria, el orden político inscrito y la historia reciente
  3. 3. Vivir según el “libro del millar”: la comunidad, el ayllu y el gobierno tradicional

  4. 4. El código de la vara tupicochana

    1. “Del madero torcido...” Las varas de autoridad en la cultura material andina
    2. La investidura de la vara y el arranque del año cívico
    3. La jerarquía ambigua de los varayos
    4. ¿Qué se inscribió en las varas de 1995?
    5. El código de las varas, ¿posee su propio metalenguaje?
    6. Orden variable: significado contextual y productividad del código de varas
    7. El código de varas, en la práctica, es su propia reinvención
    8. ¿Por qué “escribir” sin palabras?
  5. 5. El arte de los khipus después de los incas

    1. El problema de los khipus y el contexto colonial
    2. Los incas y el arte de los khipus en Huarochirí
    3. Un khipukamayuq huarochirano durante la invasión española
    4. El juicio del padre Ávila, los khipus y las fuentes del manuscrito quechua de Huarochirí
    5. Un tardío episodio de rebelión colonial, etnicidad y pluralismo de los medios de comunicación
    6. Las implicancias de una campaña de cartas encordeladas
    7. El problema cronológico de los quipocamayos de Tupicocha
    8. Los quipocamayos de Tupicocha ¿podrían ser “reinvenciones”?
  6. 6. Los quipocamayos patrimoniales de Tupicocha

    1. La Huayrona y la exhibición moderna de los quipocamayos
    2. Características físicas y terminología local de los quipocamayos de Tupicocha
    3. Agrupación de cordeles colgantes
    4. ¿El quipucamayo es un texto?
    5. Semasiografía operativa y articulación social
    6. ¿La vida vivida como un khipu?
    7. Un quipocamayo es, de alguna manera, un “marco emblemático”
    8. Notación, diagrama y modelo
  1. 7. Cordeles y libros de ayllu

    1. Los escritos internos del ayllu como claves para los contenidos de los quipocamayos de Tupicocha
    2. Los contenidos de los quipocamayos probablemente son internos al ayllu
    3. La documentación consistió de actas de planificación y constancias de cumplimiento
    4. La unidad de cuenta en libros y probablemente en cordeles es la unidad doméstica
    5. La seriación de las unidades domésticas puede ser relevante para los quipocamayos
    6. La estructura de autoridad interna de los ayllus dirigió el uso de los quipocamayos
    7. Los principales temas de los que tratan los libros de ayllus probablemente son la prolongación de los temas tratados por los quipocamayos
    8. La contabilidad tradicional puede reflejar métodos de los khipus en el registro de datos
    9. La revisión de cuentas tradicional puede reflejar los usos sociales de los khipus
    10. Inferencias sobre el quipocamayo a partir de observaciones en las auditorías
  2. 8. La vida media y la otra vida de una tecnología andina: cómo los comuneros modernos interpretan los quipocampos

  3. 9. Hacia una interpretación sintética

    1. Quipocamayos de franjas: ¿artefactos historiográficos?
    2. ¿Un antecedente de los sacerdotes Huacsa circa 1608?
    3. Formas y funciones de quipocamayos de franjas
    4. Posibles funciones de los cantitos o hilos suplementarios
    5. El quipocamayo M-01 del ayllu Mujica ¿es un mecanismo de planificación?
    6. Una lectura hipotética del quipocamayo M-01
    7. La colección de quipocamayos
  4. Conclusiones

    1. Los quipocamayos en el contexto de su comunidad
    2. Los quipocamayos tupicochanos ¿son relevantes para los estudios del pasado inca?
    3. Los khipus en el contexto de una etnografía de la inscripción
  5. Glosario

  1. Bibliografía

Prefacio

1Quienes por primera vez se inician en los estudios de la sociedad inca siempre preguntan: “¿Podían escribir?”. Con la tiza en la mano titubeo por un instante. Las respuestas no suenan muy razonables: “Sí, pero no manera que se pueda explicar”. O, “no, pero de todas formas, se comportaban como una sociedad que supiera leer y escribir”.

2Esta interrogante tiene casi la misma antigüedad que el primer contacto. Cuando los soldados españoles apenas habían tocado las costas de lo que hoy es el norte del Perú, el mismo Hernando Pizarra (1920[1533]: 175) se sorprendió al ver a los “indios” registrando en nudos lo que parecía ser una cuenta de las cosas que los invasores se llevaban. Sin embargo, la técnica para conservar registros en cuerdas anudadas, conocida como khipu, es un aspecto cultural de América jamás descubierto por Europa. Más tarde, luego de medio siglo colonial, los españoles parecían casi resignados a simplemente no captar la técnica gráfica andina. No se conoce ningún colono español temprano que haya hecho un esfuerzo concertado por aprenderla, a pesar de que los jueces españoles habían aprendido por experiencia a respetar la exactitud de los registros al estilo inca.

3¿Podían escribir? Este también fue un tema interesante para los nativos andinos que crecieron durante la época de la conquista. Tiempo después que Pizarra viera su primer khipu, un quechua-hablante desconocido del Perú central escribió el único libro que retrata un sistema religioso precristiano en lengua andina: el renombrado manuscrito quechua de Huarochirí. Empieza con estas palabras:

Si en los tiempos antiguos los antepasados de los hombres llamados indios hubieran conocido la escritura, no se habrían ido perdiendo todas sus tradiciones como ha ocurrido hasta ahora.
Más bien se habrían conservado, como se conservan las tradiciones y ([el recuerdo de]) la antigua valentía de los huiracochas que aún hoy son visibles. Pero como es así, y hasta ahora no se las ha puesto por escrito, voy a relatar aquí las tradiciones de los antiguos hombres de Huarochirí, todos protegidos por el mismo padre, la fe que observan y las costumbres que siguen hasta nuestros días.
Además, en cada comunidad se transcribirán las tradiciones que conservan desde sus orígenes. (Taylor 1999:3).

4Este escritor anónimo conocía los khipus, tanto que los menciona dos veces (Taylor 2002:285, 427). Sin embargo, lo que no reveló fue si tuvo entre sus fuentes algunos khipus. Después de todo, él escribía en una época —c.1608— en la que los sacerdotes debían destruir los khipus, o por lo menos destruir todo khipu que no se hubiese confeccionado para fines de rito católico. Sin embargo, da la casualidad que pobladores de su propia localidad conservan hasta el día de hoy una colección de khipus que ofrece una pista relevante al desconocido sistema. Esta colección es el tema del presente libro.

5Para los tupicochanos modernos la pregunta ¿podían escribir? sigue provocando interés permanente. Preocupados por su relación con un legado que para ellos es sagrado, pero que hoy les resulta oscuro, ven el enigma del khipu como elemento crucial de su autoimagen. Con la esperanza de aclararlo, tuvieron la generosidad de permitirme el estudio de su patrimonio.

6Pero, ¿por qué la pregunta “¿Podían escribir?” resulta tan irresistible? ¿Qué es lo que hace que esta pregunta sea tan importante? ¿Qué queremos decir cuando preguntamos sobre “la escritura”? ¿Podemos formular mejor nuestra inquietud? Estas dudas de carácter más teórico también figuraron entre los motivos del presente estudio.

7Por años me dediqué al estudio de las palabras de huarochiranos anónimos que crearon el libro quechua, con el fin de traducirlo al inglés (Salomon y Urioste 1991). Al principio, en los años setenta cuando asistía a las clases de John V. Murra en Comell, los nombres de los ayllus (grupos corporativos de descendencia) tales como Sat Pasca o Caca Sica sonaban a mis oídos tan fabulosos como los de Gilgamesh y Utnapishtim en la mitología sumeria. Mucho después, en 1989, empecé a viajar por Huarochirí para conocer la ecología, la política y la tenencia de tierras que figuran de forma alegórica en las historias de las antiguas divinidades (huacas). Para mi gran sorpresa resultó entonces que Sat Pasca, Caca Sica y los demás todavía se encontraban vigentes. Grupos con estos nombres seguían llevando a cabo la antigua y heroica tarea de arrancarle una subsistencia agrícola y pastoril a las alturas semiáridas. Satafasca, Cacasica y Allauca eran nombres que se leían en las camisetas de fútbol.

8Por casualidad, mi encuentro con los “quipocamayos” del poblado de Tupicocha (1994) coincidió con el comienzo de un período de renovado interés por los khipus incaicos. El encuentro etnográfico con Tupicocha comenzó antes de la publicación de los varios estudios sobre khipus por Gary Urton, y es independiente de ellos. Como resultado de las labores etnográficas se pretende mucho menos que un desciframiento cabal. Pero se pretende más que otra especulación sobre el funcionamiento de este código, aparentemente diferente a todas las otras “escrituras perdidas”.

9También espero poder de alguna manera justificar la generosidad de las muchas personas que apoyaron este estudio.

10Las instituciones que respaldaron esta investigación fueron el Instituto de Estudios Peruanos en Lima, la John Simon Guggenheim Memorial Foundation, la National Science Foundation de EEUU con la bolsa de estudios 144-FW88, la School of American Research mediante su National Endowment for the Humanities Resident Fellowship, el Comité de Investigaciones de la Escuela de Graduados de la Universidad de Wisconsin, y la Wenner Gren Foundation for Anthropological Research. Agradezco profundamente el apoyo de estas instituciones. La presente traducción se pudo realizar gracias al Fondo Nave de la Universidad de Wisconsin, y se preparó en su Institute for Research in the Humanities.

11Igualmente decisivo fue el apoyo de instituciones en Huarochirí: las parcialidades o ayllus de Tupicocha, que poseen los quipocamayos, la Comunidad Campesina de San Andrés de Tupicocha y la Municipalidad del mismo pueblo. La parcialidad de Segunda Satafasca y la comunidad campesina merecen mi especial gratitud por haberme otorgado una membresía honoraria.

12Muchos museos amablemente permitieron ver sus khipus prehispánicos: el American Museum of Natural History de Nueva York, el Musée de l'Homme en París, el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia de Lima, y el Etnologisches Museum del Preussische Kulturbesitz en Berlín. El personal del Archivo Nacional de Historia en Lima, y especialmente la Directora del Archivo Arzobispal de Lima, Laura Gutiérrez Arbulú, junto con su catalogador, Melecio Tineo Morón, fueron de gran ayuda. El padre Thomas Huckemann de la Prelatura de Cañete, Yauyos y Huarochirí me ayudó con el problema de los archivos parroquiales perdidos. Le agradezco a Susan Lee Bruce del Peabody Museum de Harvard por sus aclaraciones con respecto a la colección Tello-Hrdlicka.

13Gary Urton, el antropólogo que más ha estimulado los estudios sobre khipus en años recientes, ha sido en todo momento colega perspicaz y generoso. Contribuyó mucho al convocar a la comunidad de entusiastas de los khipus, la que incluye a William Conklin, Regina Harrison, Tristan Platt y muchos otros. Entre etnógrafos que comparten un terreno existe una conexión especial; por eso recuerdo con aprecio a Hilda Araujo, por entonces perteneciente a la Universidad Nacional Agraria La Molina en Lima, quien demostraba la excelencia en investigación de campo cuando laboraba con sus alumnos en Tupicocha. Me alegra haber tenido la oportunidad, aunque tardía, de aprender de Marcia Ascher y Robert Ascher, cuyos cursos sobre khipus pusieron las bases para el estudio moderno de los khipus; despreocupadamente los perdí en Ithaca. A lo largo de la investigación, los especialistas que me ayudaron con diálogos, críticas, hospitalidad o que me dieron una mano en los asuntos prácticos son innumerables. Agradezco especialmente a Tom Abercrombie, Francisco Boluarte junto con Teresa Guillen de B., Duccio Bonavia, Robert Bryson junto con Luz Ramírez de Bryson, Tom Cummins, John Earls, Marie Gaida, Patricia Hilts, Kitty Julien, Daniel

14Levine, Carmen Beatriz Loza, Pat Lyon, Carol Mackey, Bruce Mannheim, Regis Miller, Patricia Oliart, Juan Ossio, Elena Phipps, Jeffrey Quilter, Joanne Rappaport, María Rostworowski, Vera Roussakis, John Rowe, Gerald Taylor, Luis Eduardo Vergara Lipinsky, Nathan Wachtel y Tom Zuidema. Fue un placer y un honor trabajar con Karen Spalding quien hizo de Huarochirí un nombre indispensable entre los historiadores latinoamericanistas. (Las secciones quinta y sexta del capitulo 5 contienen el trabajo que Karen y yo hicimos juntos). Y si volvemos aún más atrás, todo esto empezó en la Universidad de Cornell con el seminario de George Urioste sobre el manuscrito quechua de Huarochirí.

15En la Universidad de Wisconsin en Madison, los estupendos estudiantes Melania Álvarez-Adem, Kildo Choi, Mark Goodale, Jason K. Mclntire y Steve Wernke me ayudaron en varias partes del proyecto, entre ellos la creación de un website del proyecto (http://www.anthropology.wisc.edu/chaysimire/). Maggie Brandenburg, administradora del departamento, adelantó el proyecto con su don para resolver todo tipo de problemas. David McJunkin proporcionó su experiencia en fechado radiocarbónico, Richard Bisbing del Laboratorio Mc Crone Associates su experiencia en fibras, y Onno y Marika Brouwer hicieron la cartografía.

16Agradezco de manera especial a la traductora Adriana Soldi por su trabajo esmerado y paciente. Se han corregido algunas erratas existentes en la edición en inglés de 2004.

17Este libro creció bajo los álamos relucientes de Santa Fe, Nuevo México, en el School of American Research (SAR). Allí Nancy Owen-Lewis, Doug Schwartz y el personal técnico brindaron la ayuda indispensable. Gracias especialmente a Sally Wagner por su donación de una casa ideal. Gracias a Ana Celia Zentella por enseñarme qué tipo de ser humano debería ser un antropólogo. Por los buenos tiempos y las buenas ideas les agradezco a los demás “compañeros de clase” del SAR, especialmente a Dave Edwards. Edith Salomon L. Rosenblatt y Wilhelm Rosenblatt que fueron mis tíos, residentes en Albuquerque, me ayudaron a destilar gota a gota la antigua sustancia erudita, herencia de otros tiempos y lugares.

18En el Perú, la gente que apoyó este trabajo es innumerable. Entre los residentes de Huarochirí (capital provincial), Abelardo Santisteban Tello compartió su visión de la herencia regional. En Tupicocha le debo un agradecimiento especial a Celso Alberco y su familia, inclusive los miembros de la colonia que su hermana Maritza fundó en Elmhurst, Queens, New York —a la vuelta de la esquina del lugar donde mi madre, Matilde Loewen, por entonces inmigrante joven, fue al colegio medio siglo antes. León Modesto Rojas Alberco y su familia me enseñaron un mundo de historia del pueblo. Margareto Romero generosamente me abrió el archivo de Mujica. Don Alberto Vilcayauri y su hija Elba Vilcayauri fueron para mí guías y colaboradores fieles, tal como lo son para todos los “tutecos”. Estoy especialmente agradecido al joven Nery Javier y a su familia. Alejandro Martínez Chuquizana y Tueda A. Villaruel, profesores de colegio y amigos de la cultura local, ayudaron a encontrar algunos lazos vitales a la tradición. Con Wilfredo Urquiza de Tuna, Roberto Sacramento de Concha y Martín Camilo de Tupicocha, todos hombres filosóficos, pasé agradables horas de conversación en los caminitos de las alturas o en los patios. El alcalde Roy A. Vilcayauri ofreció ayuda en la forma de un espacio de trabajo en la Municipalidad en el año 2000. Aurelio Ramos, quien introdujo la revolución informática a Tupicocha, proporcionó ayuda cartográfica. Las personas consultadas sobre asuntos culturales son mencionadas por sus nombres reales en los capítulos correspondientes. Estoy muy agradecido a cada uno de ellos. El personal de la ONG Instituto de Desarrollo y Medio Ambiente, así como el de la posta médica y la tendera Lidia Ramos me ayudaron a que la vida siguiera siendo placentera, incluso durante los lóbregos meses de neblina.

19Quisiera agradecer a la familia Guevara-Gil, a María Benavides y su difunto marido Óscar, a la familia Bronstein y a la familia Flint-Baer, todos de Lima, por su generosidad con Laurel Mark, con mis hijos y conmigo. La familia Scurrah-Mayer y la fallecida Lisbeth Mayer, así como la familia de Liduvina Vásquez se volvieron muy queridos por nosotros durante aquellos años. Agradezco a mis hijos Mollie y Abe por su paciencia y el despertar de su simpatía por el Perú. En cuanto a esa alegría sin motivo que nos ayuda a vivir el día a día... nadie sabe verdaderamente de dónde viene, pero creo que la mía me viene de Mercedes Niño-Murcia.

Introducción. El legado no leído: una introducción a los khipus de Tupicocha, y al problema antropológico de las escrituras

Foto 1. Pobladores mirando un quipocamayo sobre la mesa de trabajo del autor. De la colección personal del autor.

1En 1994, por un golpe de suerte etnográfica, me encontré cara a cara con las autoridades del pueblo de Tupicocha (provincia Huarochirí, departamento de Lima), en el momento en que se ceñían unas madejas de cordeles anudados. Estos objetos constituyen las insignias tradicionales más sagradas de la comunidad. La gente del lugar las conoce como “quipocamayos”, un término afín a la antigua palabra quechua khipukamayuq que designaba al maestro del khipu. En quechua, la palabra khipu significa básicamente “nudo”. Los tupicochanos también se refieren a estas madejas como “equipos” o caytus (término derivado de una palabra quechua que significa “hilo de lana, carrete de lana, bola de lana, pieza de vestir, cuerda, cordel, etc.” Lira 1944: 400).

2Generalmente los khipus se asocian con la arqueología inca. Aunque se conocen algunos khipus “etnográficos” que fueron utilizados hasta mediados del siglo xx, en el pastoreo o para confesar a los pecadores, generalmente los investigadores han considerado el rol político de los khipus como un capítulo que se cerró en la época colonial temprana. Sin embargo, los cordeles de Tupi-cocha representan una insospechada continuidad y una inesperada oportunidad para ver cómo esta original tradición gráfica funcionó en un contexto político. Ese afortunado encuentro nos abre el camino hacia un problema central para la investigación andina: conocer cómo se manejaba la información compleja en una sociedad estatal que aparentemente no poseía una “escritura” en el sentido común de la palabra.

3Tupicocha no nos ofrece una piedra Rosetta, pero nos abre una ventana sobre los contextos etnográfico y etnohistórico del antiguo sistema. Así ayuda a entender cómo el código de los cordeles articulaba la vida política a nivel del llacta o pueblo andino; más exactamente, cómo mediatizaba el lazo político entre grupos corporativos de parentesco. También ofrece algunas claves sobre detalles específicos del código. Según estas claves sugeriré cómo una “etnografía de la escritura” —término de Keith Basso (1974)— se puede ampliar para incluir sistemas diferentes al de la “escritura genuina” y puede ponerlos en una perspectiva heurística comparable con los sistemas gráficos mejor estudiados.

Un vistazo a los “equipos” y una mirada al pluralismo semiológico

4En 1994 estaba buscando manuscritos coloniales tempranos vinculados al texto quechua de 1608 llamado runa yndio ñiscap o “Manuscrito de Huarochirí” (Dedenbach Salazar-Saenz 2000). Los busqué donde se originó la fuente: en los alrededores del pueblo serrano de San Damián, en la zona central de la Provincia de Huarochirí (ver fig. 6; Salomon 1995; 1998a; 2002b). San Damián de los Checa1 es un nombre con carisma etnográfico. Este lugar fue reconocido por los incas como territorio del “Millar de Checa” (“huaranga de Checa”2 en hispano-quechua), grupo protagónico del mencionado manuscrito quechua y el único grupo que llegó a documentar su cultura ritual precristiana en idioma andino (Salomon y Urioste 1991; Taylor 1997). A pesar de que existen meritorias ediciones del manuscrito en varios idiomas, su interpretación sigue siendo un reto porque el libro presupone conocimientos detallados del espacio y de la cultura regionales, conocimientos hoy difíciles de reconstruir.

5Milton Rojas, un profesor huarochirano, tenía en San Damián una pequeña tienda donde atendía en las madrugadas y en las tardes. Solía visitarlo, para pasar el rato, porque había hecho de su tiendita un museo pequeño y divertido. Había pintado las paredes de un verde brillante y las había decorado con artículos diversos coleccionados de revistas y folletos de ONG. En la Escuela Normal donde estudió pedagogía, Milton había adquirido cierta simpatía por la investigación antropológica, de manera que comprendía mis inquietudes y me explicaba las realidades locales.

6Una noche Milton me dijo: “¿Sabes Salomon?, tú deberías visitar mi pueblo, Tupicocha. Yo creo que a ti te interesarían los equipos”.

7Para mí equipo significaba un equipo deportivo, así que le dije: “Bueno, a mí también me gusta el fútbol, pero creo que también puedo verlos jugar aquí”. Milton sonrió y me dijo: “No, yo creo que a ti te interesarían los equipos de mi pueblo”.

8El ómnibus que va a San Damián serpenteando al borde del precipicio se detiene en Tupicocha, así que había visto este pueblo muchas veces. Era más pequeño y más pobre que San Damián. Los pasajeros que se bajaban allí parecían hablar siempre de la pobreza y de sus preocupaciones por el agua: la lluvia tan escasa, los reservorios a medio llenar, las cosechas tardías o quemadas por la helada, o mencionaban pleitos sobre tierras y sobre el riego. Cada vez que parábamos allí pensaba: “Menos mal que no vivo aquí”. Sabía que el sendero mítico de uno de los héroes más importantes del libro de Huarochirí pasaba por Tupicocha, pero no le había dado prioridad etnográfica a este lugar. Finalmente, estimulado por la sensación de que Milton me ponía a prueba, y sospechando que su sonrisa satírica insinuaba algo importante, decidí ir a Tupicocha.

9Llegué una mañana justo cuando los tupicochanos emprendían su cotidiano éxodo vertical hacia los pastizales y las chacras de papas, o hacia las tierras valle abajo donde tienen sus huertas y frutales. Me sentí abatido al ver a lo lejos las parejas con sus burros que iban desapareciendo tras la cordillera. Las puntas de sus herramientas de acero centellaron y se perdieron en la lejanía. Por fortuna la suerte me favoreció: me encontré por casualidad con Sebastián Alberco, un pariente de Milton. En ese momento estaba ocupado haciendo recados relativos a su puesto como secretario de la comunidad campesina, así que tuvo que detenerse en el pueblo durante una hora más. Esto le daba tiempo para escuchar mi pregunta: “¿Por qué son importantes los equipos de Tupicocha?”.

10Sebastián comparte el conocido ingenio de su familia, de tal manera que adivinó la indirecta que Milton me había dado. “Ah, los equipos, claro, quédese por aquí que le voy a mostrar algo”.

11Mientras hacía sus encargos me dijo: “Pasaremos por la tienda de mi primo. Nuestro equipo está allí, nuestro equipocamayo”. De repente me di cuenta de que se me había presentado información importante, en la humilde forma de un juego de palabras basado en la etimología popular. La palabra equipo no tendría nada que ver con fútbol. Equipocamayo sería una pronunciación hispanizada del vocablo inca que designaba al maestro del arte de los khipu, el vocablo khipukamayuq. Pero, ¿podría este pueblito de aspecto tan común y corriente haber conservado un legado que en los lugares clásicos de la etnografía andina se había perdido?

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