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Viaje a la América Meridional. Tomo II

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416 pages

Enviado por el Museo de Historia Natural de París, a la edad de 23 años, el joven naturalista francés Alcide d'Orbigny recorrió durante ocho años la América meridonal (Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay, Chile, Perú y Bolivia) y a su regreso a Francia compuso una monumental obra publicada entre 1835 y 1847 con el título de Voyage dans l'Amérique Méridionale en nueve , tomos y 11 volúmenes con más de 5 mil páginas y 500 ilustraciones. A pedido del presidente boliviano José Ballivián, en 1845 se editó un fragmento de la obra de d'Orbigny y no fue sino hasta un siglo después que la editorial Futuro de Buenos Aires publicó el diaria de viaje en cuatro tomos, cuya versión revisada se ofrece hoy a los lectores de habla castellana, al cumplir el bicentenario del hacimiento de su insigne autor. A su vasto conocimiento de las ciencias naturales, d'Orbigny anadió la fina obsérváción del etnólogo y el historiador y combinó la descripción científica con propuestas de desarrollo para los países que visitó. Las ilustraciones y su elegante prosa dan cuenta de sus extraordinarias cualidades como artista, con las que nos lego una visión fascinante y siempre actual de Sudamérica.


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Viaje a la América Meridional. Tomo II
Alcide d' Orbigny
DOI: 10.4000/books.ifea.6781 Editor: Institut français d’études andines, Plural editores Año de edición: 2002 Publicación en OpenEdition Books: 1 junio 2015 Colección: Travaux de l'IFEA ISBN electrónico: 9782821845251
http://books.openedition.org
Edición impresa ISBN: 9789990564501 Número de páginas: 416
Referencia electrónica ORBIGNY, Alcide d'.Viaje a la América Meridional. Tomo II.Nueva edición [en línea]. Lima: Institut français d’études andines, 2002 (generado el 01 febrero 2018). Disponible en Internet: . ISBN: 9782821845251. DOI: 10.4000/books.ifea.6781.
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© Institut français d’études andines, 2002 Condiciones de uso: http://www.openedition.org/6540
Enviado por el Museo de Historia Natural de París, a la edad de 23 años, el joven naturalista francés Alcide d'Orbig ny recorrió durante ocho años la Am érica m eridonal (Brasil, Arg entina, Parag uay, Urug uay, Chile, Perú y Bolivia) y a su reg reso a Francia com puso una m onum ental obra publicada entre 1835 y 1847 con el título deVoyage dans l'Amérique Méridionaleil pág inas y 500 ilustraciones.enes con m ás de 5 m en nueve , tom os y 11 volúm A pedido del presidente boliviano José Ballivián, e n 1845 se editó un frag m ento de la obra de d'Orbig ny y no fue sino hasta un sig lo después q ue la editorial Futuro de Buenos Aires publicó eldiaria de viajeoy a los lectoresos, cuya versión revisada se ofrece h en cuatro tom de habla castellana, al cum plir el bicentenario del hacim iento de su insig ne autor. A su vasto conocim iento de las ciencias naturales, d'Orbig ny anadió la fina obsérváción del etnólog o y el historiador y com binó la descripción científica con propuestas de desarrollo para los países que visitó. Las ilustraciones y su eleg ante prosa dan cuenta de sus extraordinarias cualidades com o artista, con las qu e nos leg o una visión fascinante y siem pre actual de Sudam érica.
ALCIDE D' ORBIGNY
Alcide Dessalines d'Orbig ny, nació el 6 de septiem bre de, 1802 en Couëron, cerca de Nantes. Desde m uy joven, cuando vivía aj borde del m ar en la ciudad de La Rochelle, d'Orbig ny com ienza a interesarse en los m oluscos y los cefalópodos m icroscópicos. Publica entonces sus prim eros estudios, los cuales llam an la atención del Museo de Historia Natural de París, institución prestig iosa a la que ing resa en 1824. A los 23 años, poco antes desem barcarse hacia Am érica, crea una nueva disciplina: la m icropaleontolog ía. Consciente de las acusaciones de im postura que se hacían a cierta literatura científica, d'Orbig ny se propuso escribir un texto de g ran rig or cientifico sustentado en una com pleta y rica colección de m uestras. Este objetivo está anunciado desde las prim eras pág inas de su obra, la que será, seg ún advierte, "lectura para el hom bre g rave que busca distraerse de sus estudios y para el sabio, siem pre ávido de aum entar el conjunto de sus conocim ientos". Im pulsado por una energ ía y una pasión inag otables, Alcide d'Orbig ny, joven y apasionado com o era, no escatim ó esfuerzos y log ró reunir, en cerca de ocho años, una im presionante serie de ilustraciones, de m apas, de apuntes científicos y una extraordinaria colección, en la que están com prendidos ejemde pájaros, de reptiles, de peces,de m am íferos, plares de g eolog ía, de m oluscos, de foram i-níferos, de crustáceos, de insectos, así com o de criptog am as y de palm eras que perm itirán dar un verdadero salto a las ciencias naturales de la época. Todo ello lo confirm a, por cierto, com o un naturalista fuera de serie, que nos ha dejado una herencia científica excepcional. Si bien su form ación fue esencialm ente en ciencias naturales, Alcide d'Orbig ny m ostró durante su aventura am ericana, una capacidad sorprendente para la etnolog ía. Sus obser‐ vaciones sobre las costum bres, los trajes, la m úsica, las leng uas nativas, son de una rara riqueza. Este rasg o profundam ente hum anista queda m anifiesto en la actitud que asum frente a las injusticias com etidas en suelo am ericano. De vuelta a Francia, Alcide d'Orbig ny, naturalista excepcional, precursor de la etnoecólog o que antecedió a la disciplina,log ía, hum anista determ inado nos ofrece a través de las pág inas de suVoyage dans l'Amérique Méridionaleento científico, cultural y hum , un docum enso valor que alcanzóano de un inm una g ran resonancia en Europa y Am érica. Paradójicam ente, su difusión ha sido desg racia‐ dam ente restring ida, en particular en los países que visitó com o estudioso.
En el m arco de la celebración del bícen-tenario del nacim iento de Alcide Dessalines d'Orbig ny, la Em bajada de Francia en Bolivia y el Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA) decidieron reeditar el diario de viaje y dar a conocer, al m enos en parte, las m ag ní‐ ficas y sabias ilustraciones de d'Orbig ny, de las que ofrecem os un centenar de ellas. Esta edición no habría sido posible sin la valiosa colaboración de TotalFinaElf, del IRD, (Instituto de Investig ación para el Desarrollo) y de Plural Editores.
ÍNDICE
Capítulo XIII. Vistazo histórico a Buenos Aires y estadía en esa ciudad Vistazo a la historia de Buenos Aires Estadía en Buenos Aires
Capítulo XIV. Viaje del Sr. Parchappe a la Cruz de Guerra
Capítulo XV. Estadía en la Cruz de Guerra Excursión a los alrededores y reg reso a Buenos Aires Estadía en la Cruz de Guerra Excursión a los alrededores Reg reso a Buenos Aires
Capítulo XVI. Viaje a bahía blanca
Capítulo XVII. Partida y viaje de Buenos Aires al Río Negro de Patagonia Primera estadía en Carmen. Viaje y estadía en la Bahía de San Blas Partida y viaje de Buenos Aires al Río Neg ro de Patag onia Primera estadía en Carmen Viaje y estadía en la Bahía de San Blas
Capítulo XVIII. Primera visita a los Patagones, seguida de su descripción. Viaje y estadía en la desembocadura del Río Negro Excursión, remontando el río, a la salina natural Primera visita a los Patag ones, seg uida de su descripción Viaje y estadía en la desembocadura del Río Neg ro Excursión, remontando el río, a la Salina natural de Andrés Paz
Capítulo XIX. Viaje al Sur, a la ensenada de Ros Descripción de los Leones Marinos. Estadía a la orilla sur del Río Neg ro y detalle sobre un saladero. Viaje al árbol sag rado del Gualichu. Deleg ados oradores de los indios Aucas y excursión a la salina de piedra y a la de Andrés Paz Viaje al Sur, a la ensenada de Ros. Descripción de los Leones Marinos. Estadía a la orilla sur del Río Neg ro y detalle sobre un saladero Viaje al árbol sag rado del Gualichu. Deleg ados oradores de los indios Aucas y excursión a la salina de piedra y a la de Andrés Paz
Capítulo XX. Viaje y estadía en San Javier y continuación de la descripción de los usos y costumbres de los patagones. Cacería de avestruces. Primera invasión de los indios. Estado crítico de Carmen. Complot de los Gauchos. Segundo Viaje al Sur. Nuevo ataque de las hordas salvajes Viaje y estadía en San Javier y continuación de la descripción de los usos y costumbres de los patag ones Cacería de avestruces. Primera invasión de los indios. Estado crítico de Carmen. Complot de los Gauchos Seg undo Viaje al Sur. Nuevo ataque de las hordas salvajes
Capítulo XIII. Vistazo histórico a Buenos Aires y estadía en esa ciudad
Vistazo a la historia de Buenos Aires
Antes de referirm e a los acontecim ientos políticos que desfilaron ante m is ojos durante m i estadía en Buenos Aires, creo necesario hacer conocer esa ciudad desde el punto de vista histórico, lo que podrá aclarar a m is lectores las causas de los m ovim ientos políticos que suelen producirse diariam ente en el seno de esta de sdichada República Arg entina, que, en 1824, parecía rivalizar con nuestras antig uas ciuda des por los establecim ientos de todo g énero destinados a form ar una g eneración culta, y que ha caído, de g olpe, del despotism o en la anarquía.
1828 Buenos Aires
Alg unos años después del descubrim iento de la costa del Brasil por los herm anos Pinzón, uno de ellos, don Vicente Yáñez Pinzón1, descubrió el Plata, en 1509, acom pañado de Juan Díaz de Solís2, es decir, sig uiendo las costas, hasta el 40° sur, reconoció una ancha interrupción que, siete años después, Solís volvió a ver solo y llam ó Río de Solís, nom bre que reem plazó al deParaná Guazú,uaraníes, y que fue, después de una expedicióndado por los g m andada por Gaboto, cam biado por el deRío de la Plata. La prim era expedición al Plata no dejó ning una colonia. La seg unda, la de Gaboto, en 15263dejó varias, entre otras el fuerte de Sancti-Spiritu, del que he tenido ocasión de hablar. El escaso m etal que Gaboto obtuvo de los indios del norte del Parag uay, le hizo perdonar no haber alcanzado el objetivo de su viaje, porque debía haber doblado el cabo de Hornos ; e hizo tanto ruido con sus descubrim ientos que se envió otra expedición a las órdenes de Mendoza, a quien se le dio el título deAdelantado del Río de la Plata,extendiendo su jurisdicción hasta las concesiones acordadas a Alm ag ro en Chile y Pizarra en el Perú4ás. Esta expedición, tal vez la m im portante que se haya dirig ido a Am érica, se com po nía de 3.000 hom bres de arm as5, con sus m ujeres e hijos, sin contar la tripulación de once navios; Mendoza puso los prim eros cim ientos de Buenos Aires el 2 de febrero de 15356ó la. La llam Santissima Trinidady su puerto fue denom inadoPuerto de Buenos-Ayres7.Los naturales que encontraron eran los querandíes8,ibieron prim ero a losnación habituada a la vida errante y a la caza. Rec españoles am ablem ente, atraídos por los reg alos que les dieron; pero pronto, cansados de proveer a la subsistencia de tantos hom bres, se retiraron a cuatro leg uas de allí. Mendoza les pidió, con palabras am istosas, que volvieran y sig uieran a su servicio, pero el enviado creyó que convenía m ás a la dig nidad española m anda r que suplicar9. Exig im periosam ente. Los indios m altrataron a los deleg a dos y las hostilidades com enzaron m atando alg unos soldados; Mendoza se propuso veng ar esa afrenta. Marchó con sus tropas y encontró a los indios a tres leg uas de la ciudad. Estos rechazaron las palabras de paz, se
dispusieron a com batir y atacaron a los españoles con esa furia que conservan hasta hoy: la batalla fue sang rienta y perecieron los m ejores ofi ciales de Mendoza10. Para colm o, la discordia cundió entre ellos, y Medrano fue asesina do a puñaladas en su lecho. Poco después, Mendoza envió dos destacam entos, uno con Ayolas, para descubrir; y otro, bajo un seg undo jefe, en procura de víveres. Cuarenta días pasaron sin tener noticias, y Mendoza estaba a punto de reg resar a España, cuando Ayolas le hizo lleg ar víveres desdeCorpus Christi11.ero de veintitréspas, reunidos en núm Por otra parte, todos los indios de las pam m il12, pusieron sitio a la ciudad naciente. Fueron recha zados por la artillería, pero arrojaron flechas con m aterias com bustibles, que pronto encendieron los techos de paja de la ciudad, y al m ism o tiem po incendiaron los barcos estacionados en la Boca. Los indios fueron finalm ente rechazados. Mendoza, llevando con sig o cuatrocientos hom bres, abandonó Buenos Aires, para rem ontar el Paraná. En esa época tuvo lug ar la fam osa aventura de aquella Maldonada, repetida, sin la m en or expresión de duda, por todos los prim eros historiadores: había salido de Buenos Aire s en busca de un alim ento que no conseg uía y buscó refug io, a la entrada de la noche , en una g ruta, donde encontró una terrible leona13por, próxim a a parir; ella la ayudó a alum brar y ese a nim al, ag radecim iento, la nutrió durante alg ún tiem po. Maldonada fue a vivir con los indios y casó con uno de ellos. Posteriorm ente fue raptada, y el feroz Ruiz de Galán, habituado a los crím enes, la hizo atar a un árbol, fuera de la ciud ad, para que m uriera de ham bre o devorada por las bestias feroces; pero, dos días después, los españoles, al ir a ver si vivía aún, encontraron a la leona y sus cachorros que la cuida ban, y la dejaron desatar sin hacer ning ún daño a los visitantes.
En 1539, los indios atacaron de nuevo; estaban a punto de apoderarse de la ciudad, cuando la aparición de dos navios posterg ó la últim a derrota, que tuvo lug ar poco después, porque, en el m ism o año14uas que allí había;o los caballos y yeg , la colonia fue abandonada, así com y los desdichados sobrevivientes fueron a aum entar la población naciente de Asunción del Parag uay. Esta provincia, am bicionada sucesivam ente por los diversos partidos, perm aneció, a pesar de los reveses, floreciente hasta el m om ento que se pensó en levantar Buenos Aires. Juan de Garay, después de haber fundado San Salvador, sobre la costa oriental del Plata, supo que la discordia reinaba entre las naciones salvajes del sur del m ism o río y quiso aprovechar esa situación. Se dirig ió al puerto de Buenos Aires, con sesenta hom bres, y se dedicó a reconstruir la ciudad; tarea que inició el 11 de junio de 1580. Ese g eneral supo conquistar el afecto de alg unas tribus vecinas y despleg ó tal actividad que, dos años después, estaba en condiciones de hacer frente a los ataques de los indios, m ás de lo que habían estado los tres m il hom bres de la prim era tentativa, que no disponían de tanta experiencia y no pudieron despleg ar tanta prudencia. Ello no im pidió a los indios querandíes unirse a las naciones vecinas y atacar, en 1582, en g ran núm ero a los españoles; pero Garay todo lo había previsto; y, aunque deseaba m ás que nada la paz, se preparó a com batir. Pudo incluso realizar tal carnicería de indios que el nom bre deMatanzaha quedado, hasta el presente, a ese cam po de batalla, situado cerca de Barracas, so bre el Riachuelo. Esta prim era victoria afirm ó la colonia naciente, y el g eneral Garay creyó poder ir al Parag uay, g ozar de lo que acababa de hacer y volver a visitar su ciudad de Sa nta Fe; pero, m ientras reg resaba, durm iendo en tierra a la orilla oriental del Paraná , en la provincia hoy llam ada de Entre Ríos, fue sorprendido y m atado por los indios m inua nes. El coraje de que había dado ejem plo a los otros colonos fue pronto puesto a prueba. Los reinos de Europa, celosos de las extensas posesiones de los españoles, quisieron rea lizar tam bién conquistas. El corsario
ing lés Edward Fontano15año de la m uerte de Garay (1582); peroatacó la ciudad el m ism o fue en vano. Lo m ism o sucedió con el proyectado ata que del fam oso pirata ing lés Thom as Cavendish, en 1587. Mientras tanto, Buenos Aires cr eció y se hizo fuerte, al m ism o tiem po; no tem ió m ás por su porvenir. La provincia fue, en 1620, separada del Parag uay, b ajo la dependencia de la cual había estado hasta entonces, porque era ridículo que un puerto dependiera de una capital distante trescientas noventa leg uas; y Buenos Aires se convirtió en la capital del Río de la Plata. Al año sig uiente, su prim er obispo tom ó posesión, de s u nueva sede. Fue, por así decirlo, al m ism o tiem po que se com enzó a reducir a los indios de las orillas del Urug uay. Buenos Aires tuvo una aduana, establecida en 1623; y desde entonces la sucursal, existente en Córdoba, sirvió al transporte de plata y oro del Pe rú a Buenos Aires. Cinco años después (1628) los holandeses de Bahía (Brasil) intentaron tam bién apoderarse de Buenos Aires; pero los preparativos de resistencia que encontraro n les im pidieron realizar tentativas directas; se lim itaron a arrojar proclam as llam ando a la libertad, las cuales no tuvieron el m enor éxito. Dos sig los debían transcurrir todavía antes de que esas ideas se presentaran y halag aran la im ag inación del am ericano del sur; per m aneció durante m ucho tiem po en tranquila posesión de la capital arg entina, sin que sucediera nada de notable. Los ing leses y los holandeses hicieron esfuerzos tendentes a ocupa r Buenos Aires. Francia perm aneció hasta 1658 com o sim ple espectadora de esos acontecim ientos. En esa época, Luis el Grande, en m edio de sus vastas em presas, hizo equipar, para atacar la ciudad, dos barcos a las órdenes de Osm at, conocido con el nom bre de Caballe ro de la Fontaine; pero, lueg o de un com bate en que se perdieron m uchas vidas de una y o tra parte, el jefe de la expedición y el navio en el que iba fueron apresados, m ientras los otros dos reg resaban a Francia en bastante m al estado. Tal victoria, así com o el desarrollo de la ciudad, la hicieron considerar un lug ar de lo m ás im portante. En 1663 se creó la A udiencia, y desde entonces adquirió rang o entre las prim eras ciudades del continente. D os años después se fundó el prim er villorrio vecino, el de Quilm es, situado a tres leg uas al sur; ese villorrio fue poblado con los restos de la nación del m ism o nom bre, que se trajer on de la provincia de Tucum án, donde vivían16pronto estuvo en. La ciudad de Buenos Aires aum entó a tal punto que condiciones de enviar tropas a la banda opuesta, pa ra expulsar a los portug ueses, que querían establecerse allí. En 1698, diez y nueve añ os después de su prim era tentativa de desem barco en Buenos Aires con tan m al resultado, l os franceses realizaron una seg unda, pero fueron vencidos de nuevo; y los daneses no fueron m ás felices en su intentona del año sig uiente. A com ienzos de 1701, se creó en Buenos Aires el prim er hospital de hom bres, y el prim ero de m ujeres en 1727, m ientras que el destinado a los niños abandonados lo fue m ucho m ás tarde. Las fronteras de Buenos Aires con las posesi ones portug uesas fueron siem pre indecisas, por así decirlo, y continuam ente tenían lug ar sang rientas g uerras. Los dos g obiernos deseaban term inar de una vez sus disputas; en consecuencia, España y Portug al enviaron, en 1755, los prim eros com isionados de lím ites, encarg ados de fijar las líneas de dem arcación; pero tales líneas nunca se establecier on antes de la caída de España, y hasta bajo la dependencia de las actuales repúblicas no están claram ente definidas. El com ercio del Plata, aunque restring ido a dos navios por año, en virtud de una ordenanza de 1618, no era por eso poco activo. El Parag uay y el Alto Perú volcaban sus artículos en Buenos Aires, la cual sacaba de ello los m ayores be neficios. Los productos del país habían estado, hasta entonces, exceptuados de derechos, pero esa peste de los g obiernos no tardó