EL pastor de los pirineos
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Description

El pastor de los Pirineos posee el carácter rudo que da la montaña y un temperamento enérgico. Es un perro fantástico, que posee una belleza serena y está dotado de un olfato excepcional y una inteligencia aguda.
Desde hace unos años, la difusión del pastor de los Pirineos va en constante aumento. Poco a poco su fama atraviesa las fronteras de su país de origen, Francia, y actualmente se encuentran ejemplares de esta especie en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Alemania, Noruega...
El autor, gran especialista canino, nos presenta una obra completa en la que el aficionado encontrará todo lo que desee saber sobre el pastor de los Pirineos: historia, estándar completo, carácter y comportamiento, educación, cuidados, alimentación...
Asimismo, se facilita información sobre las exposiciones de belleza, el trabajo con el rebaño, las actividades y los deportes caninos.
El pastor de los Pirineos ha sabido ganarse la reputación de perro poco común, y es un animal que instaura unos fuertes lazos de afecto con su dueño.

Sujets

Informations

Publié par
Date de parution 22 octobre 2018
Nombre de lectures 0
EAN13 9781644615683
Langue Español
Poids de l'ouvrage 6 Mo

Informations légales : prix de location à la page 0,0015€. Cette information est donnée uniquement à titre indicatif conformément à la législation en vigueur.

Exrait

Joël Herreros



EL PASTOR
DE LOS PIRINEOS





EDITORIAL DE VECCHI
A pesar de haber puesto el máximo cuidado en la redacción de esta obra, el autor o el editor no pueden en modo alguno responsabilizarse por las informaciones (fórmulas, recetas, técnicas, etc.) vertidas en el texto. Se aconseja, en el caso de problemas específicos —a menudo únicos— de cada lector en particular, que se consulte con una persona cualificada para obtener las informaciones más completas, más exactas y lo más actualizadas posible. EDITORIAL DE VECCHI, S. A. U.
ADVERTENCIA
Este libro es sólo una guía introductoria de la raza. Para criar un perro es necesario conocer a fondo su temperamento y tener nociones generales de psicología y comportamiento animal, que no están contenidas en la presente obra. Se advierte que si se orienta mal a un perro, este puede ser peligroso.
Por otra parte se recuerda que, lógicamente, sólo un profesional acreditado puede adiestrar a un perro y que cualquier intento de hacerlo por cuenta propia constituye un grave error. Es obvio que bajo ningún concepto debe permitirse que los niños jueguen con un perro si el propietario no está presente.
Sirvan estas líneas para agradecer a Guy Mansencal, presidente de la Réunion des Amateurs de Chiens Pyrénéens (Asociación de Aficionados a los Perros Pirenaicos), la ayuda que me ha prestado en la elaboración de esta obra.
Quiero hacer extensivo mi agradecimiento a los miembros de la Réunion des Amateurs de Chiens Pyrénéens que me han cedido fotografías y aportado información.
Por último, deseo dar las gracias a mis amigos Michèle y Étienne Serclérat, Catherine de Néckère y Pierre Legatte, por su inestimable colaboración.
Traducción de Gustau Raluy Bruguera.
Colección dirigida por Florence Desachy.
Fotografías del autor, salvo donde se indica otra procedencia.
Fotografías de la cubierta del autor.
© Editorial De Vecchi, S. A. 2018
© [2018] Confidential Concepts International Ltd., Ireland
Subsidiary company of Confidential Concepts Inc, USA
ISBN: 978-1-64461-568-3
El Código Penal vigente dispone: «Será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años o de multa de seis a veinticuatro meses quien, con ánimo de lucro y en perjuicio de tercero, reproduzca, plagie, distribuya o comunique públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la autorización de los titulares de los correspondientes derechos de propiedad intelectual o de sus cesionarios. La misma pena se impondrá a quien intencionadamente importe, exporte o almacene ejemplares de dichas obras o producciones o ejecuciones sin la referida autorización». (Artículo 270)
Índice
Prólogo
Perros De Pastor En La Montaña
Del Lobo Al Perro De Pastor
Historia Moderna Del Pastor De Los Pirineos
Estándar Del Pastor De Los Pirineos
La Elección Del Pastor De Los Pirineos
Carácter Y Comportamiento
Educación Del Pastor De Los Pirineos
Reproducción
Alimentación
Salud
Cuidados, Higiene Y Mantenimiento
Exposiciones De Belleza
El Trabajo Con Rebaño
Un Perro Al Servicio Del Hombre
Deportes Y Actividades Caninas
Anexos
Notas
Pastor de los Pirineos posando... (Cría y propiedad de C. de Néckère; fotografía de Serclérat)
PRÓLOGO
Han transcurrido ya casi sesenta años entre la aparición del Anuario de los perros pirenaicos escrito por el cinólogo Sénac-Lagrange y esta obra de Joël Herreros. Se trata de un libro de carácter divulgativo que a buen seguro influirá positivamente en la vida de los propietarios de perros de pastor de los Pirineos.
El texto relata fielmente la historia de nuestro perro favorito y, gracias sobre todo a los consejos sobre educación, se puede considerar un verdadero «manual práctico». Este último aspecto se echaba a faltar en las obras anteriores, publicadas en 1989 y 1995. Felicito a Joël Herreros por haberse dado cuenta de ello. Este libro tendrá mucho éxito, porque aporta toda la información necesaria sobre este pequeño perro de pastor, al cual deseo que conserve por mucho tiempo esa personalidad única entre los de su especie.
G UY M ANSENCAL
Presidente de la Réunion des Amateurs de Chiens Pyrénéens (RACP)
PERROS DE PASTOR EN LA MONTAÑA
El día en que el pastor de los Pirineos deje de ser un perro de trabajo, perderá la parte más importante de su personalidad.
B. S ÉNAC -L AGRANGE
Son las diez de la noche. Como todos los años, un día de la primera quincena de julio, Eugène reúne sus ovejas y sale de Bilhère para ir a los pastos municipales de Bious-Artigues. En realidad, se trata de una segunda salida: antes de llegar a su mountagno, ya ha ido a los prados del Marie-Blanque, a 1.400 m de altitud. Todavía recuerda la época en la que los rebaños podían subir de día porque había mucha menos circulación. Hoy es impensable hacerlo porque los coches han invadido el valle de Ossau, de manera que el trayecto entre Bielle y Gabas tienen que hacerlo de noche.
La larga marcha acaba de empezar.
Instintivamente, los animales se han podido dar cuenta del acontecimiento; han olido la apetitosa perspectiva de la hierba tierna y abundante. Este año, Eugène no ha encontrado ningún color de su gusto; no ha marcado su ganado. Pero, ¡qué más da! Él ha visto nacer a sus ouélhos . [1] Las conoce de la primera a la última. ¡Las reconocería entre millares de animales! En cambio, lo que no ha olvidado son los cencerros: es la tradición, y, además, crean un ambiente especial. Su música alegra el trabajo y anima a los animales. ¿Acaso para ellos no son la señal de que van a cambiar de pastos?
Como si de una larga bufanda de lana se tratara, el rebaño recorre las primeras curvas de la carretera. De repente, la noche se llena con la música de la trashumancia, en la que se funden el sonido grave de los toupis y el tintineo más agudo de los trucous y los esquiros , [2] en una emocionante partitura.
«¡Say! ¡Say!». Eugène no se gira. Los animales tienen prisa. Los perros también lo han entendido. A la mínima señal, irán a buscar a la oveja obstinada en apartarse del camino, darán un «aviso» a la «glotona» que se entretiene al borde de la cuneta. Al mínimo ruido de motor, apremiarán al rebaño para que se arrime y deje pasar a los coches.


Silueta del pastor en medio de su rebaño
La devette
Farou y Soumise , que se habían percatado de los preparativos de la salida, estaban impacientes desde el alba. Pero al ver a Eugène enalbardar al asno, guardar la hogaza de pan, el jamón y todo su equipaje en sacos, ya no tuvieron la menor duda: todo indicaba que empezaba la devette . [3]
Les invade un estado febril. Son incapaces de permanecer quietos, van y vienen del cercado a su amo, excitados como niños en un día de fiesta. Con los pastores de los Pirineos pegados a sus talones, Eugène se acerca por fin al baguèro [4] para echar un vistazo a los animales. De todo el rebaño, una oveja le llama la atención. Cómplice de la situación, Soumise interpreta su mirada e inmediatamente «aprieta» el rebaño para que su amo pueda atrapar la oveja y observarla. Nada grave. No tiene despeadura, ni inflamación de las pezuñas, ni del pie. El animal está sano.
Por fin llega el momento. Eugène abre una valla y libera el río de ovejas ávidas de aire fresco y de hierba abundante. Farou les pisa los talones, mientras ladra para acelerar la maniobra.
A pesar de la hora tardía, la oscuridad todavía no es total. El valle ha sido engullido por las tinieblas, pero, al oeste, las cimas se enmarcan en el horizonte como sombras chinescas.


Médaa de la Vie Pastorale de Vap, fiel a su dueño. (Cría de Serclérat; propiedad de J. Herreros; fotografía de Berges)
Eugène camina en silencio. El cielo es totalmente transparente. Miles de puntitos brillan en la Vía Láctea, indicando con insistencia el camino hacia Santiago. El dulce olor de la paja recién cortada perfuma el aire y se mezcla con el olor más penetrante del rebaño.
Mientras Soumise camina apaciblemente al lado de su amo, Farou corre arriba y abajo constantemente, bordeando el rebaño: va delante, vuelve atrás, sube, baja, vigila la parte delantera del rebaño, los flancos... Como perfecto «perro de distancia» que es, siempre está en movimiento, atento, dispuesto a tomar la iniciativa, y no se cansa nunca. Lo que más le gusta es trabajar en solitario y con independencia, sin que le den órdenes. Va y viene, por delante y por detrás, lejos del amo. Siguiendo su instinto, realiza auténticas proezas. Al caer la noche, es él quien se encarga de reagrupar a los animales diseminados por la montaña; es él quien acorrala a las ovejas extraviadas para devolverlas al baguèro , en plena niebla, de noche e incluso con nieve. Farou no hace ascos a las caricias, pero lo que realmente le gusta es la libertad.
Eugène no ha tenido necesidad de adiestrarlo. Siendo muy joven, ya le atraía el rebaño. Por atavismo, describía amplios movimientos circulares alrededor suyo, señal de que no engañaba. Farou ha aprendido su trabajo observando a los perros de más edad. Eugène se ha limitado a dejar que la naturaleza que hierve en su interior se exprese, limitándose a corregir los excesos y a canalizar la fuerza.
Soumise , como su nombre indica, es menos emprendedora, más dependiente, tranquila y obediente. Sin embargo, en las maniobras delicadas, su precisión, su capacidad de escucha y su fiabilidad hacen maravillas. Como auténtica «perra de pie» que es, Soumise obedece fielmente. No conoce rivales a la hora de maniobrar el rebaño, de orientarlo correctamente con un movimiento vivo, de frenarlo o, al contrario, de hacerlo avanzar más rápido.
Es evidente que Eugène hubiera podido escoger otra raza, como los border collie, que tan de moda están últimamente entre los pastores. Pero para enfrentarse a estas «malditas» ovejas del Bearn y hacerlas entrar en razón cuando están bien decididas a no dejarse convencer, se necesita toda la determinación, la combatividad y la tenacidad de los pastores de los Pirineos. Y esto es precisamente lo que a Eugène más le gusta de estos pequeños montañeses: su dichoso carácter, su tenacidad, su tozudez. En el fondo, ¿no será que se parecen un poco a él?


Médaa de la Vie Pastorale de Vap trabajando con el rebaño. (Cría de Serclérat; propiedad de J. Herreros; fotografía de Serclérat)
Al hacerse mayor, Eugène ha llegado a la conclusión de que en esta vida nada es perfecto. A su edad ha aprendido que toda moneda tiene un reverso y acepta que sus ayudantes, debido a su fuerte carácter, a veces cometan algunos excesos. Sabe hasta qué punto la vida late en su interior y cuánta energía tienen acumulada. Ha entendido mejor que nadie que a veces es difícil controlar un impulso nervioso tan intenso, ese deseo de entregarse y de hacer las cosas bien. En un perro tan generoso, los puntos débiles son sus propias cualidades llevadas al extremo del paroxismo. Esto justifica que cuando se les escapa alguna que otra dentellada, haya que saber tener paciencia.
Ahora bien, cuando se trata de desplazarse entre los pedruscos, los guijarros y las fuertes pendientes, el pastor de los Pirineos, gracias a sus pequeños corvejones y al centro de gravedad muy bajo, a su poco peso, sus extremidades musculosas, su agilidad y su entusiasmo, es simplemente irremplazable. Y no hay que olvidar la mirada: intensa, luminosa, centelleante, chispeante, de una vivacidad indescriptible, de una profundidad que a veces da vértigo... Como suele decir Eugène, «¡estos perros han visto a Dios!».
«¡Say! ¡Say!». El rebaño atraviesa apaciblemente un pueblo, se cruza con el coche de un turista rezagado. Farou bordea el rebaño y, como no hay tráfico, lo arrima sin problemas a la cuneta. En Bielle, las ovejas bajan por la carretera del Pourtalet, como un arroyo que aporta su caudal de la devette. Es el momento del encuentro entre pastores, del intercambio de noticias. En otras circunstancias, los perros se hubieran peleado, pero durante la devette , como durante el trabajo, las cosas son distintas. Todo transcurre como en una tregua. Absortos por su trabajo, cada uno está pendiente exclusivamente de sus animales.
El rebaño avanza lentamente, sin problemas, hasta el sendero que lleva al lago de Ayous y a los pastos de Bious. Eugène se despide de sus compañeros, que siguen hasta Anéou. Al llegar al pedregal, la pendiente se hace más abrupta. Empuja al asno a golpes de bastón. Soumise y Farou imitan a su amo y persiguen a las ovejas que quieren separarse o se quedan rezagadas.
De vez en cuando, se paran a beber en un torrente, jadeantes, dando chasquidos. Beben con avidez, chapotean un poco, a veces se tumban en el agua, donde se quiebra el reflejo de la luna. Una vez refrescados y revitalizados por el agua pura, se sacuden y vuelven a su tarea, dispuestos a ir hasta el fin del mundo si fuera necesario.
El cujala
Son las cinco de la mañana. El alba se levanta como por encanto. El desfile de turistas todavía no ha empezado. Es la hora preferida de Eugène: la frescura de la mañana en las orillas del lago cuando se levanta la bruma y desvela la majestuosa silueta del pico de Midi d’Ossau.
Desde que empezó a salir a la montaña, Eugène ha disfrutado mil veces de este espectáculo. Pero cada vez siente la misma atracción y se maravilla igual que un niño.
Cuando tenía nueve años, ya acompañaba a su primo. Esa primera devette le quedó marcada para siempre en la memoria: el gigante Midi d’Ossau, prodigioso, inmenso, imperial, inaccesible; Midi d’Ossau emergiendo del lago Ayous, reflejándose en él con una simetría absoluta, como los reyes de los naipes, jugando en el casi imperceptible oleaje con su doble perfecto.
El cujala [5] estaba constituido por paredes de piedras, más o menos bien apiladas, sobre las que descansaban el tronco del árbol y la cubierta que servían de techo. Nada más llegar, tuvo que recoger unas ramas de pino y de haya con las que construyó, entrecruzándolas, una especie de somier. Las pieles de cordero hacían las veces de colchón y las mantas completaban esta cama rudimentaria. En una misma cabaña dormían cuatro pastores. Las paredes eran tan bajas que resultaba imposible colgar ningún estante: los vestidos se apilaban directamente en el suelo. No faltaban provisiones: pan, patatas, jamón o tocino, conservas de la granja, harina para hacer galletas con agua y sal... Pendían de la viga dentro del hato que había servido para transportarlas. Para cuajar la leche, los pastores colgaban un pequeño caldero de una estaca de madera clavada en la pared. Cuando llovía, Eugène ponía a secar la ropa. Y, por la noche, los mayores contaban historias.
Eugène no olvidará jamás su primera mountagno . No tenía ni siquiera un buen par de zapatos, y le quedaba todo por aprender, empezando por la vida de pastor. «Estamos a principios de agosto y ya has comido pan blanco. Ahora sabrás lo que es el pan negro», le había anticipado el viejo Ferdinand.
El quince de agosto Eugène supo a qué se refería. El tiempo había cambiado; hubo tormentas, niebla, hizo frío, llovió y empezó a anochecer temprano. El encantamiento inicial ya se había desvanecido y fue entonces cuando erigió su filosofía: la filosofía de las alturas. Porque abajo, en el valle, las personas se olvidan de ponerse en el lugar que les corresponde. La montaña la sufren los pastores. Viven en ella y tienen que respetarla. Y todos los años ella se lo cobra: caídas, rayos... En la montaña uno se siente muy pequeño y las cosas recuperan su justo valor, su verdadera dimensión, su verdad.


El cujala , la cabaña del pastor en la montaña
Los perros
En las mountagno , Eugène descubrió la soledad y, con ella, a sus perros. Era agosto. Le había pillado una tormenta de granizo, y no le llegaba la camisa al cuerpo. Pero al darse cuenta de que su perra no le abandonaba y continuaba trabajando, se tranquilizó. Eugène no es ningún miedoso, pero cuando la soledad se hace demasiado acuciante, cuando el oso merodea por los parajes, cuando el cielo se cubre de tempestad, cuando las nubes barren las cimas, cuando estalla la tormenta y suelta sus trombas de granizo, cuando el morueco negro de Satán emerge de las brumas del lago para sembrar el pánico entre los corderos, los perros están ahí, siempre presentes, dando tranquilidad. Los perros aportan calor y alivio.
En la actualidad casi no quedan osos. Los pastores que viven en el lindero del bosque quizá ven alguno, pero ya no se acercan a los cujalas . Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que Eugène vio uno. Fue en los años cincuenta, cerca de aquí, en el valle de Ass. El oso había atacado un rebaño próximo al bosque. El pastor, que no era cazador, le había pedido que subiera. Por la mañana, al salir el sol, vio rodar cuesta abajo una masa negra, y la mató. Eugène nunca más ha visto ningún oso, aunque a veces los oye por la noche, y algún día encuentra a faltar alguna oveja en el recuento de la mañana.
Actualmente, el principal peligro son los perros de los turistas, que asustan al ganado. Las ovejas, despavoridas, se hacen daño entre las rocas, se precipitan por los barrancos. De la defensa del rebaño se ocupa el pastou . [6] El de Eugène murió el año pasado. ¡Vaya uno, aquel pastou ! Vivía en medio de las ovejas, les había cogido cariño. Desde lejos se distinguía una gran mancha blanca tumbada en la hierba, un poco al margen del rebaño: ¡había que cuidar las apariencias! Como buen perro de guarda, el pastou dormía con un solo ojo. No había forma de acercarse, sobre todo por la noche. El pastou vigilaba como un hombre con su bastón. Si hubiera hecho falta, habría peleado con el oso para ahuyentarlo.
Eugène no tuvo otro pastou . Al fin y al cabo, los pequeños perros de pastor son guardianes excelentes. No les cuesta nada detectar la presencia de un extraño en las proximidades del cujala . Incluso estando adormecidos, el más mínimo ruido los despierta; se levantan, dan la alerta y se plantan delante de quien pretenda violar el suelo de su territorio. Como buenos perros guardianes, han de tener siempre este fondo de desconfianza hacia los extraños. Y desconfianza significa siempre vigilancia.
Eugène no tardó en aprender que en la montaña, sin los perros, el pastor no puede trabajar. Sin sus valiosos compañeros, el rebaño haría lo que quisiera, iría a donde quisiera. Y Eugène tendría que pasarse el día corriendo detrás de las ovejas. De ahí la necesidad de elegir bien a los perros.
A lo largo de toda su vida, Eugène ha tenido por lo menos diez. Han sido perros con una extraordinaria resistencia a la intemperie y al dolor; trabajadores infatigables capaces de entregarse en cuerpo y alma a su dueño. ¡Cuántas veces los habrá visto acorralar a las ovejas en los pedregales, con las patas ensangrentadas y las almohadillas maltrechas por la hierba de la alta montaña! A ese ritmo, los perros de pastor duran poco: doce años, a veces menos. Y como se necesitan tres años para adiestrarlos, Eugène no quiere correr el riesgo de quedarse con un perro cualquiera.
Los perros de pastor han de ser de raza, es decir, han de tener padres dotados para el trabajo. En los otros no se puede confiar. Los pastores se intercambian los mejores perros. Se los quedan cuando son muy pequeños y los adiestran ellos mismos. Si no logran despertarles el instinto, o si se muestran demasiado ariscos, o muerden demasiado las patas del ganado, los pastores no se quedan con ellos. No merece la pena perder una oveja. Y, además, ¡para qué alimentar bocas inútiles! Cuando se deja que actúe la ley de la montaña con toda su dureza, no se hacen concesiones. Para sobrevivir, el perro tiene que encontrar su lugar y desempeñar su función. La selección llevada a cabo por los pastores es implacable. Y si no se ocupan ellos, ya se encarga la montaña de hacerlo.
Cuando vio a Soumise , Eugène consideró que sería buena. Era un perra siempre despierta, alegre, dispuesta a trabajar. Sólo debió enseñarle a tener en cuenta las órdenes para mover el rebaño. Era una perra que ya sabía trabajar, por lo que empezó por señalarle la dirección con el brazo. «¡Pasa a la derecha!», y Soumise iba a la derecha. «¡Quieta!», y Soumise se paraba. Luego llegó un periodo en el que la perra no quería hacer nada; Eugène esperó a que pasara. La experiencia le había enseñado que muchos perros empiezan muy bien a los tres meses, son formidables hasta los seis y luego no hacen nada hasta el año.
En cuanto al adiestramiento, Eugène no es contrario a la corrección, sobre todo con perros tan cabezotas como los pastores de los Pirineos. Pero rápidamente pasa página. A los cachorros jóvenes los acaricia con un poco de saliva en la mano, para que conserven el olor del hombre.


Escena típica de la vida del rebaño en la montaña
Los trabajos y los días
El asno no tiene prisa. ¿Quizás ha olido la cuadra? Los primeros rayos de sol sacan a Eugène de su ensimismamiento. En un recodo del camino, las orillas del lago Ayous brillan bajo los últimos bancos de bruma que acaban de desgarrarse. Eugène también se pone en marcha, espolea con la voz a los animales y a los perros. Aunque se aloja allí desde 1969, está impaciente por ver su cujala . La primavera pasada renovaron la vieja cabaña cubierta de chapa ondulada y construyeron una nueva con cemento que transportaron en helicóptero. A la vuelta del camino, el flamante cujala nuevo se levanta sobre el verde de los prados. Eugène no se lo acaba de creer. Es un verdadero palacio de pastor con una vista incomparable al Ossau, al Peyreget, a las aguas azules del lago, a las ovejas y a los perros.
Eugène examina la nueva morada y abre la puerta de entrada. No reconoce nada: todo ha sido renovado. Sin embargo, tendrá que esperar antes de instalarse. Ahora lo más urgente es ordeñar. El pastor se sienta en un taburete improvisado en la entrada de la caja de ordeño. [7] Atrapa a los animales que Farou y Soumise le mandan. Les coge las mamas hinchadas con dos dedos y recoge la leche en la chancho . [8] Sin la ayuda de sus perros, después de ordeñar a cada animal, Eugène tendría que levantarse e ir a buscar él mismo la siguiente oveja para conducirla hasta allí con el bastón. En cambio, gracias a los pastores de los Pirineos, sólo tiene que ordenar: ¡Say! ¡Say! ¡Pasa derré! ¡Pasa derré! . Los perros van por detrás de la oveja y la llevan al pasillo, en donde el pastor no tiene más que ordeñarla.
Cuando las ovejas salen del cercado, los perros les marcan la dirección cortándoles el camino. Algunas veces no hay que dejar que avancen rápido o se tiene que parar a las que tienen demasiada prisa por encontrar la hierba tierna. En las maniobras que requieren precisión, los perros tienen que trabajar acatando las órdenes. En cambio, una vez en los pastizales, ya pueden trabajar solos. Cuando los acompaña, Eugène sólo tiene que dejar su hato y sentarse. Sus compañeros interpretan este signo: permanecerán junto a él, vigilarán de reojo el rebaño e intervendrán instintivamente en el momento en que una oveja se salga de los límites. No hay que correr el riesgo de que el rebaño se aventure en un lugar peligroso, en las proximidades de un precipicio o en las rocas.


En la montaña, el pastor de los Pirineos hace gala de una gran resistencia


El pastor de los Pirineos es un perro de acción: rápido, vivaz, decidido
Por el momento, Eugène deja las ovejas en manos de Farou y Soumise . Él tiene otras cosas que hacer, como por ejemplo preparar el queso, el primero de la temporada. La leche, con el cuajo y calentada a 32°, tarda una hora en cuajar. Seguidamente hay que batirla con una rama de acebo y subir la temperatura hasta 40°. Ahora ya puede pastar la bola de queso y colocar las agujas para que gotee el suero. Luego lo enviará a las bodegas de Cabas para finalizar el proceso de elaboración.
La noche ha sido larga, y el día, por el contrario, parece corto. Las ovejas regresan solas. Eugène oye los cencerros en la cuesta. Farou y Soumise se limitan a vigilar a las ovejas lactantes, que siempre se quedan rezagadas porque nunca comen lo suficiente. Los perros son especialmente útiles para agrupar el rebaño en los lugares en los que el pastor no puede acceder, como allí arriba, en los despeñaderos de Ayous. Después de ordeñar las ovejas al final de la tarde, la jornada de trabajo ha llegado a su fin.
En el cujala de Roumassot, la couchée [9] es buena. Los perros pueden dormir junto a su dueño porque las ovejas no se moverán. Sin darse cuenta, Eugène recupera sus viejas costumbres y se sienta en la pared baja del cujala . Soumise se da cuenta, se instala junto a su amo y apoya la cabeza en su muslo buscando una caricia. Farou , en cambio, ya corre a lo lejos. Eugène apenas distingue su fina silueta bajo la luz de la luna llena, en la orilla del lago, con la nariz pegada al suelo, quizá persiguiendo a algún animal o siguiendo el rastro del morueco negro de Satán , al que perseguiría hasta el infierno, si fuera necesario. Pero, incluso desde el infierno, Farou regresará por la mañana temprano, con las patas sucias, cansado, rendido, extenuado, a veces con marcas bajo el pelo de sus peleas nocturnas. Eugène le verá empujar la puerta, vencido por la fatiga, pero dispuesto a trabajar, a olvidar a las hembras de los pastores de Anéou que viven abajo, por Le Pourtalet. Cada año, la historia se repite. Farou sale a explorar su territorio, a marcar los límites. Farou se crea un mundo nuevo. Farou inventa su América...
En el fondo, a Eugène le gusta su nuevo cujala . Es más funcional y confortable que el anterior. Y, además, Midi d’Ossau no ha cambiado. Midi d’Ossau sigue siendo el mismo, con sus dos dientes apuntando al cielo. Sólo Dios sabe cómo echará en falta el Ossau en octubre, cuando haya regresado a la granja, después de unos días de estancia en Marie-Blanque. Las jornadas serán menos duras, eso sí. Después del esquileo, casi no habrá trabajo. Habrá que vigilar el rebaño, cuidar a los animales... Será el descanso del pastor. Eugène trabajará en la granja. Por fin, su mujer irá a verle, pero sus ilusiones no tardarán en desvanecerse: en el valle o en la montaña, Eugène siempre está corriendo. En invierno el rebaño no saldrá. Vendrá el esquileo, por Navidad darán a luz las hembras preñadas, luego llegará el engorde, la venta, la matanza y el descuartizamiento durante la Pascua.
Los perros también tendrán que volver a empezar. Cuando bajen a la planicie, Farou y Soumise pondrán mala cara, sobre todo Soumise , que parecerá enferma y abatida. El final de la trashumancia es un drama para los perros de pastor. No sólo se quedan en el «paro» de la noche a la mañana, sino que, además, ven menos a su dueño. Soumise se pasará el día comiendo, deprimida, esperando alguna señal que le indique la llegada de la primavera.
Con la venta de los corderos, aumentará la producción de leche y se reiniciarán las largas sesiones de ordeño. Un buen día, su amo preparará el equipaje y volverá a coger el bastón. Por fin, Soumise podrá salir de su letargo. Ella y Farou observarán todas estas idas y venidas, presentidas ya unos días antes. Con los primeros rayos de sol, cuando la nieve empiece a fundir, Eugène escapará hacia el Marie-Blanque.
Así se suceden los trabajos y los días...
El futuro
Eugène, pensativo, saca el paquete de tabaco del morral y lía un cigarrillo con mano torpe. Con el alma adormecida, sumido en una profunda nostalgia, observa un buen rato las volutas de humo azulado que parecen escaparse hacia las cimas. Y los recuerdos se amontonan. En la montaña, cuando las noches son demasiado claras para conciliar el sueño, Eugène levanta la cabeza y mira las estrellas para dejarse invadir por la melancolía de los tiempos pasados, por la nostalgia de la gran trashumancia de invierno. Entonces, los pastores atravesaban las Landas e iban hasta Gironde buscando los pastos para la estación del mal tiempo. En las explotaciones agrícolas los alojaban y les daban de comer, a cambio de estiércol. No había engorde, como hoy en día. Eugène nunca pasaba todo el invierno en la misma explotación, pero acababa siendo uno más de la familia. En el camino de vuelta, vendía el queso para pagar el alojamiento. A la gente de la llanura les encantaba. Pero lo que más les gustaba era el gruilh [10] con azúcar. Eugène se iba en octubre y volvía en mayo. La vida en familia se reducía a un velo de tristeza. Siempre estaba de camino.


Hizarra de l’Oustaou de Padel junto a una joven vestida con el traje folclórico. (Cría de Audibert; propiedad y fotografía de Garoute)
Al principio cubría el trayecto a pie. Pero en el asfalto los animales se cansan antes. A continuación, llegó el tren, luego el camión. Eugène lo dejó cuando los abonos industriales sustituyeron al estiércol. Tuvo que empezar nuevamente desde cero.
¿Cómo es posible no ver un nuevo signo del destino en ese cujala completamente nuevo? El signo de que han llegado nuevos tiempos: los tiempos del helicóptero y de las normas europeas. Corriendo detrás de las ovejas y de los perros, Eugène había acabado por olvidar la vejez, el peso de los años que lo retendría en el valle con sus sueños de pastor y sus recuerdos. Esta noche, por vez primera, está esperando el relevo. La satisfacción de ver a su hijo subir con el rebaño para perpetuar la tradición y no dejar que la montaña muera, pero... ¿subirá su hijo?
Muchos jóvenes no quieren llevar la misma vida que sus padres. Los hay que se organizan de otra manera: se las arreglan para que las hembras den a luz en otoño y en primavera, dejan las ovejas en junio y contratan un mozo para vigilarlas en la montaña. La leche, la producen en invierno. ¡Tiempos nuevos!
Eugène ha tenido más suerte. Su hijo mayor trabaja en una cooperativa y el pequeño ha tomado las riendas de la explotación y no le desagradaría ser pastor. Sin embargo, tendrá que esperar a que su propio hijo tenga edad para sustituirlo en los trabajos de la granja. De todos modos, Eugène sabe que tarde o temprano se quedará en la explotación. Eugène está seguro de que su hijo conoce a los animales tan bien como él. Un día subirá con Soumise y Farou . Y cuando lo haga, él finalmente podrá vivir en su maysou [11] de Bilhère. Un día su hijo subirá, pero ¿cuánto tiempo y cuántas generaciones más durará la trashumancia?
El pastor de los Pirineos está de moda. Un signo de nuestra época, los pastores, los hombres que modelaron al perro a su conveniencia para llevar rebaños, viven el destino inverso. Aunque algunos toman el testigo, aunque la llamada de la montaña está siempre presente, pronto harán como el oso y pasarán a engrosar la lista de especies en vías de desaparición. ¡Esperemos que sus compañeros logren no convertirse en vestigios de los tiempos en que todavía ardía el fuego en los cujalas !
DEL LOBO AL PERRO DE PASTOR
Aunque no se conoce con toda seguridad la especie de la que proviene, muchos especialistas estiman que el perro nunca ha sido un animal salvaje, sino un lobo domesticado. Los restos hallados en yacimientos arqueológicos nos permiten pensar que cuatro tipos de lobo dieron origen a cuatro grandes tipos de perro: los molosoides, los lupoides, los bracoides y los lebreloides. Estas razas primarias se dividieron en subespecies, que a su vez se diversificaron por la influencia de los diferentes medios naturales.
La domesticación
No es fácil determinar con exactitud la época exacta en que el hombre empezó a dominar al lobo. Sin embargo, parece ser que la domesticación del perro, en el sentido del animal que vive en la casa (domus) del hombre, fue obra de los cazadores nómadas del Neolítico (hace unos 10.000 años). El lobo fue domesticado por sus cualidades como cazador, aunque pronto se le descubrieron otras utilidades: guardián de bienes, defensa de personas, arrastre de objetos...
Cuando aparecieron los primeros criadores, ya se había dado un gran paso: el lobo amansado había dejado de constituir una amenaza para los animales domésticos. Entonces, el hombre pudo utilizar su instinto depredador para proteger a los rebaños de los lobos salvajes.
Mediante un extraordinario vuelco de la situación, el perro empezó a luchar contra el lobo para defender a los animales que antes cazaba.
Con el perro de pastor, la domesticación alcanzó su máxima expresión. Y todavía hoy representa su producto mejor realizado y más noble.
Los perros de pastor de la Antigüedad y la Edad Media
Según Columelle (De re rustica), en la Antigüedad un buen perro de pastor tenía las siguientes características: «Es robusto y rápido, porque se le exige que se pelee y que corra, ya que se utiliza para repeler los ataques de los lobos, perseguirlos cuando huyen con la presa y obligarlos a soltarla para que pueda ser recuperada. Tiene las orejas erguidas y siempre que es posible se eligen de color blanco, [12] para distinguirlo bien del lobo».
En la Edad Media, e incluso bastante después, la nobleza se preocupaba exclusivamente de la caza. Las descripciones de perros de pastor son escasas. En los pocos documentos en los que aparecen, se les describe como protectores del rebaño y se les cataloga como mastines. Este es precisamente el término utilizado por Gaston Phébus en el siglo XIV , en su Livre de chasse (Libro de caza), para referirse al perro destinado a la guarda del ganado: «Es un tipo de perro que todo el mundo ha visto alguna vez. La misión de los mastines es guardar el ganado y vigilar las casas de sus dueños. Son animales peligrosos con una estatura importante».
En el siglo XVI , Charles Estienne y Jean Tiebault insisten, igual que sus predecesores, en el hecho de que «el perro de pastor tiene que ser blanco para que el pastor pueda distinguirlo fácilmente entre los lobos». Un poco antes de la Revolución francesa, Buffon, describiendo el perro de pastor, da una descripción igual y también habla del tipo mastín .
Todo parece indicar que desde la Antigüedad hasta la Revolución francesa los perros de pastor se destinaban principalmente a tareas de defensa de los rebaños. Siendo así, podemos suponer que no era como el perro de pastor que se conoce hoy en día, sino que se trataba de un perro cuya función principal era acompañar al rebaño para defenderlo, más que para vigilarlo, llevarlo o facilitar el trabajo del pastor. De lo que se deduce que debía ser un perro fuerte, alto y corpulento, capaz de disuadir al hipotético agresor y, en caso de que se terciara la pelea, con una fuerza y carácter suficientes para dejar fuera de combate al atacante. Este perro, seleccionado para dar respuesta a las peores amenazas y enfrentarse a los mayores peligros, tenía que ser rápido, ágil y astuto para desbaratar las trampas del lobo y repeler sus ataques.
Los mastines a los que acabamos de referirnos tendrían un gran parecido con los perros de pastor que se utilizan actualmente en los países en donde depredadores como el lobo y el oso todavía causan estragos: el perro de pastor yugoslavo (charplaninatz), el cao da Serra da Estrella en Portugal, el mastín español y el montaña de los Pirineos. Es evidente que ninguno de ellos figura entre los antepasados del pastor de los Pirineos.
La Revolución francesa: hacia los perros de pastor modernos
La Revolución francesa marca una etapa importante en la selección y el futuro de los perros de pastor franceses. La división de las propiedades y posteriormente el retorno de los emigrantes, que habían conocido los nuevos métodos de cría practicados en Escocia y en Inglaterra, tienen una importancia fundamental.
Con el fraccionamiento de las tierras, la explotación de los barbechos, de las landas y de muchos de los campos que hasta entonces estaban destinados a pastos, los perros de pastor tienen que especializarse en unas tareas nuevas: llevar y conducir a los animales, proteger las parcelas cultivadas e impedirles el acceso a las cosechas. Por otro lado, hay que tener en cuenta otro elemento determinante: la desaparición progresiva de los lobos a lo largo del siglo XIX .
Todo esto explica que los pastores seleccionaran un tipo de perro siguiendo unos criterios nuevos de cría y ajustándose a las nuevas exigencias y necesidades, que no eran demasiado diferentes de las actuales.
En 1809, el abad Rosier, en su Cours d’Agriculture (Curso de Agricultura) , distingue dos tipos de perros de pastor. Al primero lo denomina chien de Brie , apelativo que se emplea para todos los perros de las planicies. «Su función», explica, «es hacer obedecer a los animales de lana, con la combinación de la voz y los movimientos». Se trata, sin duda, de un perro de pastor moderno dedicado a la conducción y a la vigilancia de los rebaños. Este perro difiere sensiblemente de los mastines, con los que los compara el abad Rosier: «En las regiones llanas y abiertas, en donde no hay motivo alguno para temer a los lobos, el perro de pastor, más conocido con el nombre de pastor de Brie, es más conductor que defensor de los rebaños; por otro lado, esta raza es más pequeña que los mastines ».
Esto nos autoriza a pensar que tanto en los países en los que se han extinguido los temibles carnívoros (Gran Bretaña), como en los que se hacen cada vez más raros (llanuras de Francia y Bélgica), se han seleccionado para el trabajo con rebaños unos tipos de perro con una morfología que evoluciona hacia la que conocemos hoy en día: un perro ágil, vivaz, atento y rápido, que trabaja con precisión, obediente y con una talla que en las llanuras le permita correr por grandes extensiones e imponerse ante rebaños de varios centenares de cabezas. En los otros países, en cambio, sigue desempeñando una función de protector, y, por consiguiente, conserva una estatura más imponente.
Un perro de pastor atípico
El abad Rosier añade algunas precisiones referentes a las regiones boscosas y las montañas: «En los lugares y en los momentos que favorecen la voracidad de los lobos, los pastores tienen que acompañar el pastor de Brie con defensores más robustos, mastines de raza fuerte [...] capaces de atacar y derribar a un lobo».
El perro de montaña de los Pirineos, introducido en la corte francesa en 1675, cosechó un gran éxito entre la nobleza. El abad Rosier tuvo referencias de la colaboración de este perro con el pequeño pirenaico que aparece de forma poco explícita en las descripciones referidas al patou . Así, en 1867, Gayot precisa que, al igual que el perro de pastor, el montaña «vive en compañía de los rebaños, pero se encarga de protegerlos más que de llevarlos. Conviene dar un apoyo al perro de pastor, un compañero que aporte seguridad y actúe como un guardián más poderoso».
En resumidas cuentas, todo parece indicar que en Francia se seleccionaron dos grandes tipos de perro:
—   los perros de las llanuras, de pelo largo o corto, son capaces, no sólo de defender el rebaño del feroz ataque de los últimos lobos, sino también de imponerse a un gran número de ovejas gracias a una talla entre mediana y grande;
—   unos perros con una morfología adaptada al trabajo en la montaña o en las faldas, de talla más pequeña (igual o inferior a los 50 cm en la cruz), que cuentan con la colaboración de un defensor para luchar contra los depredadores.
Tal como destaca Sénac-Lagrange en 1927, las razas de perros de pastor adaptadas a las llanuras serían poco eficaces en la montaña: «Los pastores de nuestras montañas lo saben perfectamente, y por esta razón eligen siempre los perros de talla pequeña, en los que ven, además, otra ventaja: el cordero es un animal pacífico, y no hay ninguna necesidad de que lo conduzca un dogo. Su peso le permite soportar la embestida de un perro de talla pequeña, aunque vigoroso, pero no aguanta el choque con un perro de talla grande. Cuando un perro grande impacta contra un cordero en el pecho, es probable que lo derribe, y esta circunstancia siempre debe ser temida en la montaña [...]». Tanto es así que los pastores de los Pirineos han seleccionado dos tipos de perros: uno para defender los rebaños y otro para llevarlos durante la trashumancia y para reunirlos en la montaña.
Con toda probabilidad, los perros de pastor franceses son el resultado de una selección relativamente reciente. En cambio, el pastor de los Pirineos —el último representante de los perros de montaña en el panorama de las razas caninas actuales— ha debido conservar la misma morfología desde tiempos muy remotos.
Y Sénac-Lagrange prosigue: «Es prácticamente seguro que este perro, que vive en los Pirineos desde hace más de un siglo y medio, [13] sea el tipo realmente autóctono. [...] Este perro presenta un tipo perfecto de adaptación al medio: el centro de gravedad bajo, consecuencia de su pequeña talla, le proporciona estabilidad en pendientes pronunciadas. [...] Talla pequeña, esqueleto ligero, calidad muscular, tipo de pelo..., el pastor de los Pirineos necesita todo esto para llevar a cabo su trabajo en la montaña».

TEORÍAS SOBRE LOS ORÍGENES DEL PASTOR DE LOS PIRINEOS
Según algunos expertos, el pastor de los Pirineos podría ser descendiente del terrier tibetano, que habría acompañado las invasiones bárbaras. Otros sostienen que derivaría, al igual que todas las demás razas de perros de pastor, de un ascendente común: el perro de pastor de Crimea o del Cáucaso, es decir, del amphycyon, medio perro, medio oso, de la era terciaria. Para otros, sería una raza indígena seleccionada para guardar las ovejas.
A falta de pruebas —dado que la historia de la raza no está escrita y que los pastores transmitían por vía oral las tradiciones—, todas las hipótesis son posibles.
HISTORIA MODERNA DEL PASTOR DE LOS PIRINEOS
A partir de la segunda mitad del siglo XIX , las razas de perros de pastor empiezan a suscitar interés. La derrota de Sedán y la pérdida de Alsacia y Lorena suponen un fuerte golpe para Francia, y el nacionalismo exacerbado resultante tiene consecuencias inevitables, que se manifiestan en muchos ámbitos, incluida la cinofilia. Los mejores zootécnicos definen con más precisión el concepto de raza. Todos los países se esfuerzan en demostrar que sus razas son las mejores. Los alemanes (quizá por efecto de su reciente unidad) se orientan hacia la creación de un perro de pastor único que reúna las cualidades de las diferentes variedades regionales. Los franceses, por el contrario, respetan las diferencias regionales —aunque no todas— y, al igual que los belgas, seleccionan diferentes tipos. Esta selección es posible gracias a la redacción de estándares, que definen las características morfológicas exactas, y a la implantación de los árboles genealógicos.
A partir de la reflexión del abad Rosier, se pone en marcha el proceso de selección de las razas de perros de pastor. A partir de entonces, y hasta la Gran Guerra, se suceden los intentos por parte de los cinólogos modernos de establecer una clasificación de los perros de pastor franceses. En dicha clasificación se reconoce, aunque un poco más tarde que los otros, el pastor de los Pirineos.
Primeras tentativas de diferenciación de las razas de perro de pastor (1889-1919)
El principal responsable de la clasificación de las razas de pastor francesas fue Pierre Mégnin. En 1889, este veterinario militar, fundador y director de la revista L’Éleveur (El criador), describe dos variedades de perros de pastor franceses: de pelo corto (pastor de Beauce) y de pelo largo (pastor de Brie). [14] Es entonces cuando se crea el Club francés del perro de pastor, con el objetivo de fomentar la cría y el adiestramiento de los perros de pastor franceses. En 1896, el club organiza en Chartres el primer concurso de trabajo con rebaño. Durante este tiempo, Pierre Mégnin prosigue su labor, concretando los datos referentes a los perros de pastor. Constata, entre otras cosas, los errores en las tentativas de clasificación anteriores. En 1893, en una conferencia sobre los perros de pastor pronunciada en la Sociedad botánica, incluyó al pastor de los Pirineos en su nomenclatura de las razas de pastor. El conde de Bylandt, por su parte, redactó en 1897 un primer estándar en donde describía de forma aproximativa la raza: pelo enmarañado y semilargo, cráneo un poco abombado, hocico largo, orejas pequeñas, ojos a veces impares y el cuerpo bastante largo.
Joubert y Brehm lo describen también con un acierto relativo. Según palabras del segundo, «es un perro de pelo casi duro, rizado cuando el animal es joven, blanco con amplias manchas negras. Es de talla alta, corto y musculoso; tiene los dedos palmeados, la cabeza ancha, desarrollada, las orejas son bastante puntiagudas y caídas, el hocico largo, cuadrado, y sus grandes ojos azules saltones denotan inteligencia, bondad y audacia».
Pese al nada desdeñable grado de fantasía, estas primeras descripciones tuvieron el mérito de llamar la atención sobre este tipo de perro. Poco después, Mégnin afirmaría que «en el resto del país hay otros tipos de perro que acuden raramente a las exposiciones que se celebran en París». Además del pastor de Beauce y del pastor de Brie, también menciona al perro de Languedoc y al perro de los Pirineos.
Veamos a continuación cómo describe al pastor de los Pirineos en el libro Les Races de chiens (Las razas de perros): «El perro de pastor de los

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