Paracelso, médico-alquimista
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Description

Era un genio para algunos; un médico maldito y un impostor para otros. Paracelso (1493-1541) aparece ante nosotros envuelto en un halo de misterio. Incluso hoy, aunque la mayoría de sus textos han sido traducidos, todavía parece desprenderse de sus controvertidas teorías y planear sobre su personalidad una atmósfera sulfurosa. Paracelso se presenta unas veces como un filósofo espiritualista, un teólogo o un humanista que va al encuentro de las ideas de su época; otras, como un destacado médico que exalta las virtudes de la Naturaleza, o como un alquimista, un «filósofo por el fuego», que recorre los rincones de la vieja Europa en busca de conocimientos ocultos y que realiza curaciones con profusión en su peregrinaje de médico nómada. Un libro único para conocer a este apasionante personaje.

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Date de parution 23 juillet 2012
Nombre de lectures 0
EAN13 9788431552787
Langue Español

Informations légales : prix de location à la page 0,0247€. Cette information est donnée uniquement à titre indicatif conformément à la législation en vigueur.

Exrait

Paracelso
médico-alquimista
Patrick Rivière





PARACELSO
médico-alquimista
A pesar de haber puesto el máximo cuidado en la redacción de esta obra, el autor o el editor no pueden en modo alguno responsabilizarse por las informaciones (fórmulas, recetas, técnicas, etc.) vertidas en el texto. Se aconseja, en el caso de problemas específicos —a menudo únicos— de cada lector en particular, que se consulte con una persona cualificada para obtener las informaciones más completas, más exactas y lo más actualizadas posible. DE VECCHI EDICIONES, S. A.


© De Vecchi Ediciones, S. A. 2012
Avda. Diagonal, 519-521 08029 Barcelona
Depósito Legal: B. 15.007-2012
ISBN: 978-84-315-5278-7


Editorial De Vecchi, S. A. de C. V.
Nogal, 16 Col. Sta. María Ribera
06400 Delegación Cuauhtémoc
México


Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o trasmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin permiso escrito de DE VECCHI EDICIONES.
Al «alma» del Rebis, cuyo destino no sabría ser otro que el de las alas que yacen en la tierra...
Años de juventud e iniciación


T eofrasto (el futuro Paracelso ) nació el día 10 de noviembre de 1493, en Einsiedeln, una población suiza de la región de Zúrich, en la ruta de los peregrinajes del Etzel. Fue el único hijo de Elsa Oschner y de Wilhelm von Hohenheim, descendiente de los ilustres Bombasto de Suabia que eran originarios de Hohenheim, cerca de Stuttgart.
Lo bautizaron con este nombre en recuerdo del pensador griego que fue discípulo y amigo de Aristóteles, Teofrasto Tyrtamos de Ereso, un físico especialista en las propiedades medicinales de las plantas y de los minerales por el que sentía una admiración sin límites el padre de Teofrasto, el doctor von Hohenheim, el cual ejercía la profesión de médico y al mismo tiempo se dedicaba al estudio de la química antigua, es decir, la alquimia .
Debido a las guerras suabas, el doctor von Hohenheim tuvo que trasladarse en el año 1502 con su familia a Villach, en la región minera de Carintia. Allí, además del tiempo que dedicaba a la actividad médica, se convirtió en instructor de la Escuela de minas, y también fue allí donde comenzó a ejercer gran influencia en el destino de su hijo, al hacerle descubrir cada día las maravillas de la Naturaleza.
Su madre, empleada en el convento de Nuestra Señora de la Ermita y gran piadosa, se encargó de inculcarle una fe inquebrantable en Dios, una fe que Teofrasto manifestó a lo largo de toda su vida.
Por desgracia, perdió a su madre muy pronto, cuando era todavía muy niño. A causa de su naturaleza débil y su propensión al raquitismo, el padre se ocupó de él muy atentamente, prodigándole cuidados constantes. Se ocupó también de forma admirable de su educación, uniendo lo útil con lo agradable; el doctor von Hohenheim visitaba a menudo a sus pacientes acompañado de su hijo, lo que permitía a este último sacar provecho de los beneficios que la vida al aire libre supone para la salud. Los largos paseos a los que estaba acostumbrado desde su más tierna infancia lo habían llevado por encima del Etzel, más allá de las poblaciones que se encontraban a orillas del lago de Zúrich. De esta forma, el joven Teofrasto entró muy pronto en contacto con la Naturaleza, a la que más tarde llenó de alabanzas, calificándola de gran laboratorio y exaltando de ella su propia luz , superior a la del sol. Pero por aquel entonces se conformaba con aprender de las páginas de su gran libro, que su padre ojeaba con gran delicia haciéndole descubrir las virtudes curativas de las plantas que se encontraban por los prados y los bosques cercanos al Sihl, en el que se sucedían por turnos, según los periodos de floración, prímulas, gencianas, salvia, ranúnculos, manzanilla, cólquico, angélica, adormidera, belladona, datura, dedalera, achicoria y toronjil. Por otro lado, los libros mágicos de esa época otorgaban propiedades especialmente mágicas a algunas de estas plantas; con toda seguridad, estos conocimientos impresionaron al niño, que de la mano del doctor asistía ya maravillado al milagro de la Naturaleza.
Padre e hijo también debieron recorrer a menudo los antiguos bosques de alerces que jalonaban la ruta de Bleiberg, en las pendientes de Dobratsch, para observar los minerales en sus diversos aspectos y las transformaciones que experimentan después de su extracción. Por otra parte, Paracelso evocará más adelante el gran interés suscitado por estas minas, cuya indeleble huella permanecería en el corazón de su memoria:

En Bleiberg se puede encontrar un maravilloso mineral de plomo que abastece a Alemania, Panonia y Turquía, desde Italia a Hutenberg; hay mineral de hierro que contiene un acero excelente y muchos minerales de alumbre, así como vitriolo muy concentrado, mineral de oro y mineral de cinc, un metal raro y que no se encuentra en ningún otro lugar de Europa. Hay también un excelente cinabrio que contiene mercurio y otros metales, pero no me es posible mencionarlos todos. Así pues, las montañas de Carintia son como un cofre que, al abrirlo con una llave, revelara preciosos tesoros.
(Crónica de Carintia)

Estas minas pertenecían a la famosa familia de los Fugger de Augsburgo, que habían fundado la Escuela de minas en la cual el doctor von Hohenheim enseñaba a los capataces las particularidades de la química metalúrgica.
Teofrasto seguía también a su padre en esos menesteres y asistía a los cursos que impartía, aunque se trataba de cursos para adultos. Es necesario aclarar que su padre realizaba un gran número de experimentos en el pequeño laboratorio que había construido en su residencia, en el número 18 de la plaza del mercado, en Villach, y que por lo tanto el niño estaba familiarizado desde muy pequeño con algunos rudimentos de la química antigua. Indudablemente, es fácil adivinar cierta predestinación en el futuro Paracelso.
Muy pronto llegó el momento en que el niño tenía que recibir la educación que correspondía a su edad. Entonces su padre decidió enviarlo a la famosa escuela de los benedictinos del monasterio de San Andrés, en Lavantha, en la que el joven cumplió con sus deberes religiosos. La instrucción religiosa que recibió animó su creencia en un Dios de amor trascendental, principio único del origen de todo, pero también en un Dios profundamente inherente a la Naturaleza y, como consecuencia, al hombre. La vida interior y espiritual del joven Teofrasto se desarrolló, por lo tanto, muy temprano. El encuentro con el obispo Eberhard Baumgertner, que también era alquimista, contribuyó a ello con toda seguridad, sobre todo porque el obispo practicaba la alquimia en los laboratorios de los Fugger.
No debemos olvidar que Wilhelm von Hohenheim era invitado igualmente con bastante frecuencia a practicar la alquimia, a veces en presencia de su hijo, que asistía maravillado a la magia del crisol al rojo vivo en un fuego de fusión que separaba el metal de los materiales inútiles. A continuación se realizaban los múltiples juegos de manos y operaciones secretas que participaban en lo que se podría considerar como una auténtica transmutación de la materia.
Seguramente, Teofrasto realizó allí su aprendizaje de alquimista, rematando los conocimientos adquiridos en la escuela minera de Hutenberg sobre el arte de la transformación de los minerales en metales y la observación del crecimiento de los minerales en el interior de la explotación minera de los Fugger. Sin duda, ya participaba en la dura labor de los mineros. La vocación alquimista tuvo que nacer por entonces en el futuro Paracelso.
Muy pronto, el joven Teofrasto mostró un carácter turbulento pero ávido de conocimientos, en el que ya se podían percibir los inicios de una fuerte personalidad. Seguramente, su carácter era en parte producto de la genética, pues su abuelo paterno estuvo dotado de una especial valentía, salpicada de fogosidad y de ímpetu. En efecto, George Bombasto von Hohenheim, caballero de la orden de San Juan, se había ilustrado acompañando a su soberano Eberhard el Piadoso durante un periplo aventurero en Palestina. Además, era un verdadero caballero andante, y actuó como caballero solitario en más de una ocasión. Tomó partido en contra de la dieta del Imperio mostrando su desacuerdo con vehemencia, así era el abuelo del futuro Paracelso: individualista, vengativo, incluso violento si lo creía necesario. El niño tenía de dónde sacar ese temperamento impetuoso que manifestaba sin vergüenza y que caracterizaría su tormentoso destino...
Sin embargo, esto no mancillaba de ningún modo sus preocupaciones místicas, alimentadas por sus preceptores eclesiásticos (que, como ya hemos visto, no eran personas corrientes), a las que podemos imaginar que se añadieron los conocimientos ocultos de un prestigioso abad de Sponheim, Johannes Trithemius, el abad Tritheim. Se dice que este dirigió una sociedad secreta de herméticos a la que parece ser que perteneció el joven Teofrasto. Se estudiaba, de forma paralela a los misterios de la Madre Naturaleza, los numerosos secretos disimulados detrás de las parábolas y las alegorías de las Sagradas Escrituras, a las que evidentemente el abad otorgaba una importancia primordial. El joven Paracelso heredaría sus preciosos conocimientos de tendencia pansófica o universalista.
Llegó después el tiempo de los estudios oficiales propiamente dichos. Teofrasto estudió desde los 14 años, como estudiante nómada, en las universidades europeas de mejor reputación. En efecto, este tipo de enseñanza era el más adecuado para formarse una opinión, puesto que entre las universidades existían divergencias de opiniones y aparecían a menudo fuertes controversias en materia de conocimientos médicos. Sin embargo, tras sus estudios superiores en la escuela de Basilea, obtuvo su diploma de bachiller en Viena (el humanista Joachim Viadam era su rector). Después decidió ir a Italia, y en el año 1513 se inscribió en la Universidad de Ferrara, de la que saldría en 1516 con el diploma de doctor en Medicina, Doctor in utraque medicina , siguiendo la fórmula utilizada en el norte de Italia.
Teofrasto von Hohenheim se había convertido en Paracelsus unos años antes, en Basilea, donde existía la costumbre entre los estudiantes de helenizar o latinizar su nombre, como Erasmus o Frobenius, por ejemplo; aunque es posible que el origen de este nombre se encuentre en su padre, que quizás consideró que su hijo era más sabio que Celsus, un famoso médico romano de la Antigüedad, nacido en el siglo de Augusto y calificado como Cicerón de la Medicina por la pureza de su estilo al describir, en su obra De arte medica , aproximadamente doscientas cincuenta plantas con sus propiedades y aplicaciones terapéuticas, acompañadas de un tratado sobre higiene médica. Es posible también que el seudónimo Paracelso tenga su origen en el propio patronímico de Hohenheim, que significa «el traslado de la morada o del hogar a las nubes espirituales».


EL ABAD TRITHEIM

El abad Tritheim, hermético y ocultista de renombre, maestro y amigo del famoso pintor Alberto Durero y del notable médico, filósofo y alquimista Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim, supo dar una perfecta definición del Espíritu de la Naturaleza:

«El arte de la magia divina reside en la facultad de percibir la esencia de las cosas en la luz de la Naturaleza (Luz astral) y en el empleo del poder del alma y del espíritu, para poder producir cosas materiales obtenidas del universo invisible, y en estas operaciones lo que está Arriba y lo que está Abajo tienen que estar reunidos y obligados a actuar de forma armoniosa. El Espíritu de la Naturaleza (la Luz astral) es una unidad que crea y constituye todas las cosas y que, al actuar con la colaboración del hombre, puede producir cosas maravillosas.
»Estos procesos se llevan a cabo conforme a la ley. Aprenderéis a conocer la ley en virtud de la cual estas cosas se realizan, si aprendéis a conoceros a vosotros mismos. La conoceréis gracias al poder del espíritu que reside en vosotros y os conformaréis uniendo vuestro espíritu con la esencia que se desprende de vosotros. Si queréis tener éxito en esta tarea, será necesario conocer la forma de separar el alma astral que se encuentra en vosotros y hacerla tangible; después de eso, la sustancia del alma aparecerá visible y tangible, hecha objetiva a través de la potencia del espíritu».

Esforzándose en permitir al adepto el acceso a una especie de saber universal a través del dominio de los símbolos que reflejan los mecanismos de la Naturaleza, el abad Tritheim aparecía como un ilustre representante de la tradición cabalística que va de Ramón Llull a Giovanni Pico della Mirandola y a Giordano Bruno, pasando por Heinrich Cornelius Agrippa.
El autor de Poligrafía y Escritura Cabalística Universal , de la Estenografía y de las Siete Causas segundas , luchaba contra la falsa magia sublevándose contra el ocultismo descarriado, y se esforzaba por iniciar a sus alumnos en la escritura secreta y sagrada de los alquimistas que habían encontrado la Gran Obra (la piedra filosofal). Desgraciadamente, muchos de estos escritos fueron destruidos u ocultados bajo la presión constante de la Santa Sede.


Sea como fuere, Paracelso había nacido; este nombre se iba a hacer famoso con el tiempo, y no sólo en la historia de la Medicina, tal como veremos más adelante.
Pero, por ahora, el Paracelso que más nos interesa es el médico, y no podemos dejar de lado la enseñanza didáctica a la que se vio sometido durante sus estudios.
Con Hipócrates, la observación de la Naturaleza se legitimó; con Aristóteles (384-322 a. de C.) aparecieron las bases del método experimental. Galeno, médico griego del siglo II , se basó en las teorías de estos dos predecesores para crear sus obras, que perduraron como principal fuente de saber médico hasta mediados del siglo XVII . Un centenar de sus tratados se han conservado hasta hoy, aunque escribió muchos más. Al preocuparse del valor terapéutico de las drogas vegetales se convirtió en precursor de la farmacopea llamada galénica , que tan de moda estuvo durante siglos.


HIPÓCRATES

Hipócrates (460-377 a. de C.) es el más importante médico de la Antigüedad, considerado en un principio como el padre de la Medicina, era miembro de una familia de médicos, los Asclepíades; fue autor de un Corpus Hippocraticum dedicado al tratamiento de las enfermedades y formado esencialmente por remedios vegetales y regímenes alimentarios a base de frutos y verduras frescas. Puso su empeño en que la Medicina empezara a alejarse de los mitos y de la magia. Sus aforismos y, sobre todo, su famoso juramento , que en la actualidad siguen realizando los médicos recién titulados, lo han inmortalizado.


Fue el primero en conceder gran importancia al estudio de la anatomía, en una época en que nadie hubiera podido dedicarse a la disección de cadáveres. El hecho de observar y curar las heridas de los gladiadores de los que era médico le facilitó seguramente la tarea. Fue el único maestro de anatomía durante doce siglos. Hasta la Edad Media, esta ciencia se enseñó además según la fórmula: «Como afirmó Galeno...». Su obra descansaba sobre bases prácticas y teorías curiosamente trazadas y alejadas del sistema aristotélico. Además, sus opiniones se encontraban frecuentemente en desacuerdo con las de Hipócrates, lo que dio lugar al nacimiento de la frase: «¡Hipócrates dice sí, Galeno dice no!». Su notoriedad fue tal, que cuando los árabes invadieron Europa, Avicena y Averroes se plegaron a su autoridad, aunque le sumaron la originalidad de conocimientos específicamente orientales, expresados en obras como el Canon de la Medicina.



Patio trasero de la casa donde nació Paracelso, en Einsiedeln. A la izquierda, su retrato, y a la derecha, el de su padre


A estas controversias evidentes que avanzaban a buen ritmo, hay que añadir las dificultades de traducción de los manuscritos, del griego al latín, del latín al árabe, y otra vez del árabe al latín, que produjeron, como es de imaginar, numerosos contrasentidos.
Así pues, ante toda esta confusión, Paracelso se encontraba más cómodo con la lectura de los escritos alquímicos y cabalísticos de Roger Bacon o de Johannes Tritheim. Si a esto añadimos su ya conocido inconformismo, no nos resultará difícil imaginar su fuego interior preparándose en silencio, esperando pacientemente para revelarse como un volcán en el momento de la erupción. El momento no tardaría en llegar.
Años de viajes y aprendizaje


E n el tiempo de los estudios universitarios que Paracelso cursó en Italia, principalmente en Ferrara, tuvo que cruzarse en su camino Christophe Clauser, médico de Zúrich, así como con Wolfgang Talhauser, futuro médico de Augsburgo. Fue seguramente alumno del médico y humanista crítico Nicolás Leoniceno (1428-1524); así mismo, debió de seguir los cursos de Johannes Ménard (1462-1536), que se sublevó contra cualquiera de las formas de la medicina astrológica : «La plaga de la astrología es un virus», declaraba de modo concluyente. Por supuesto, ni Avicena ni Hipócrates la defendían, y Pico della Mirandola la acababa de rechazar, sobre todo, porque también la moral cristiana se oponía a su práctica. Pero, ¿en qué consistía exactamente? Es una pregunta que Paracelso se planteó a menudo a lo largo de su obra.
Después de su breve paso como estudiante errante por las universidades de Basilea y Colonia, se dirigió a Montpellier, donde se había hecho famoso el Doctor iluminado , el alquimista Arnaldo de Villanueva, y donde la influencia árabe de la escuela de Bagdad más se dejaba sentir. De allí, Paracelso se dirigió a Italia, primero a Bolonia, luego a Padua y por último a Ferrara, donde obtuvo su diploma de doctor en Medicina, como hemos visto antes.
En lo que se refiere a ese periodo, escribió:

[...] puesto que no quise someterme a las enseñanzas ni a los escritos de estas facultades, viajé más lejos, hasta Granada, y luego hasta Lisboa a través de España [...]
(Libro de la Gran Cirugía)


Pero, mientras tanto, sus viajes iniciáticos le habían llevado hasta el Tirol, a trabajar en las minas y en los laboratorios de los Fueger, en Schwaz, para perfeccionar su conocimiento de los minerales, su extracción y su posterior tratamiento. Allí, Paracelso se incorporó al trabajo abrumador de obreros y mineros. Muy pronto, Segismundo Fueger se hizo amigo suyo y lo integró en su grupo de alquimistas, junto a los que pudo realizar todo tipo de experiencias y de manipulaciones.
Tras utilizar hornos, crisoles, retortas y otros utensilios, y después de muchas calcinaciones, destilaciones, sublimaciones, fermentaciones, putrefacciones, licuaciones, etc., Paracelso adquirió tales conocimientos, experiencia y dominio, que decidió comenzar la redacción de un tratado titulado La Archidoxia Mágica . Sobre ello escribió lo siguiente:

La alquimia que deshonran y prostituyen sólo tiene un obje tivo: extraer la quintaesencia de las cosas, preparar los arcanos, las tinturas, los elixires capaces de devolver al hombre la salud que ha perdido.
La alquimia no consiste en hacer oro y plata; su objetivo es producir las esencias soberanas y emplearlas luego para curar las enfermedades.

A pesar de la práctica coincidencia de apellidos, esta familia Fueger no estaba emparentada con los Fugger que poseían minas en Bleiberg, pero entre sus miembros se contaban los condes Fügen del Tirol, cuyas minas estaban situadas cerca de Innsbruck.
Su permanencia en Schwaz, aunque resultó muy prolífica, sólo duró en realidad diez meses; después, Paracelso tomó su bastón de peregrino y decidió recorrer toda Europa en busca de nuevos conocimientos. Más adelante, escribiría:

Un doctor tiene que ser un viajero, puesto que es necesario investigar el mundo. Las experiencias no son suficientes. La experiencia tiene que verificar lo que puede ser aceptado y lo que no. El Saber es la experiencia.

En pleno auge del Renacimiento, en el momento en que Lutero presentaba un centenar de tesis que marcaban el inicio de la Reforma, Paracelso retomaba su camino, al principio por la península Ibérica, donde se volvió a impregnar de la influencia de la Medicina árabe; después viajó por Portugal, y desde Lisboa se embarcó hacia Inglaterra siguiendo las huellas que el monje alquimista Roger Bacon había ido dejando aquí y allá, y que por aquel entonces se consi deraban ya reliquias, debido a que su visión de la Naturaleza había caído en desuso. Las minas de estaño de Cornualles y las minas de plomo de Cumberland no pudieron dejar indiferente a Paracelso.
Al saber que se había declarado una lucha violenta en los Países Bajos y que la guerra estaba a punto de estallar —nos encontramos en el año 1519—, decidió entonces abandonar Gran Bretaña para dirigirse al frente y ponerse al servicio de la armada holandesa, que le nombró cirujano barbero (según la expresión usual en aquella época), es decir, médico militar, tal como lo deja entender su Libro de hospital . En el frente dispuso de múltiples ocasiones para curar a los heridos, practicando el arte de la cirugía que había aprendido en la Facultad pero que también había visto ejercer a su padre tantas veces durante su infancia. En esta situación, la experiencia clínica estaba revestida de todo su valor. A propósito de esto escribiría más adelante: «Los enfermos deberían ser los libros del médico».
Así pues, sin ninguna razón partidista, Paracelso acompañó diversas armadas al campo de batalla, donde encontró la forma más segura de practicar la Medicina y la cirugía mientras enriquecía sus conocimientos gracias a la profusión de nuevas experiencias curativas, la mayoría de las veces en condiciones extremas.
En el año 1520 se marchó a Escandinavia, donde la guerra de Dinamarca estaba causando estragos. Estuvo presente en el cerco de Estocolmo como cirujano militar a las órdenes del rey Cristián II.
Después se dirigió a los Balcanes y se detuvo en Zeugg, al sur de Rijeka, en Croacia; hasta embarcar hacia Venecia en el año 1522, donde se puso al servicio de la República de Venecia, que se oponía en aquella época al emperador Carlos I de España, también como cirujano militar. Esta situación, totalmente inaceptable para un médico corriente, se convertía en algo normal en un hombre con el temple de Paracelso. Participó, del lado de los venecianos, en la batalla por la defensa de la isla de Rodas contra Solimán II el Magnífico, que mantenía sitiados a los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén (a esta orden había pertenecido su abuelo).
A pesar de todos los esfuerzos por recuperar el control de la isla, Rodas cayó en manos de los turcos aquel mismo año. Paracelso se dirigió entonces a los Balcanes, pasando por Dalmacia y Croacia; luego viajo por Valaquia, la misteriosa Transilvania, Hungría, Prusia, Polonia y Lituania hasta llegar a Rusia; durante este largo periplo convivió con los tártaros, lo que le permitió familiarizarse con la vida nómada.
El rigor del clima de las estepas supuso para él una dura prueba, pero no le impidió, ni mucho menos, ayudar a las comunidades errantes con las que caminaba, ofreciendo de buena gana sus servicios como médico mientras iba ganando cada vez más experiencia y eficacia. La urgencia de sus intervenciones en los campos de batalla le había aportado la experiencia necesaria.
Una vez en Rusia, Paracelso hizo el camino en compañía de los cosacos hasta Moscú, donde conoció a un príncipe tártaro con el que decidió viajar a Constantinopla. Allí permaneció durante varios meses en casa de un famoso oculista que, además, era nigromante, y que le enseñó muchos secretos del esoterismo turco y árabe.
Todos estos conocimientos ocultos se fueron añadiendo a los que había obtenido junto al abad Tritheim y sus otros maestros del pensamiento sobre la Cábala , la alquimia y la Magia , aunque en sus encuentros clarividentes y sus enriquecedores viajes siempre se esforzó por eliminar cuidadosamente la parte de superstición que contenían estas ciencias.
Después de esta primera serie de viajes iniciáticos, su personalidad, que llevaba mucho tiempo evolucionando, alcanzó la madurez. En su Cuarto Libro de las Defensas escribió:

Las universidades no lo enseñan todo, en absoluto; es necesario que el médico busque las prostitutas, los bohemios, las tribus errantes, los bandoleros y todas las personas al margen de la ley, y que se informe en sus casas. Tenemos que descubrir, por nosotros mismos, lo que sirve a la ciencia, viajar, vivir numerosas aventuras y retener lo que puede ser útil durante el camino.

Aunque se pretendía que Paracelso estuvo en el Extremo Oriente y quizás incluso en Egipto o en Etiopía, su testimonio invalidó por completo esta información: «Yo no he visitado ni Asia ni África, digan lo que digan». Y la justificación de sus numerosos viajes figura en las siguientes líneas:

Mis viajes me han permitido desarrollarme: ningún hombre se convierte en maestro en su casa, y no es detrás de la sartén donde encontrará a quien le instruya. Porque el conocimiento no está encerrado, sino que se aprende en el mundo entero. Es necesario ir en su busca y capturarlo allí donde se encuentre.
Las enfermedades vagan por toda la tierra, no se quedan en el mismo lugar. Si un hombre desea conocerlas, es necesario que vague él también. Los viajes instruyen más que la inmovilidad en el hogar. Un doctor tiene que ser también un alquimista. Así pues, es necesario que vea a la Madre Naturaleza allí donde ella prodiga sus minerales, y puesto que la montaña no viene a él, es necesario que él vaya a la montaña.
¿Cómo puede observar un alquimista el trabajo de la Naturaleza si no se encuentra allí donde yacen los minerales? ¿Se me reprocha el hecho de haber descubierto los minerales, de haber encontrado su espíritu y su corazón, de haber guardado atentamente su conocimiento para poder separar la materia pura de los minerales? ¿Cuántas privaciones he tenido que sufrir para conseguirlo?
¿Por qué la reina de Saba llegó de orillas lejanas para escuchar la sabiduría de Salomón? Pues porque la sabiduría es un don de Dios, y este sólo la concede a los que la buscan con esfuerzo. Es verdad que los que la buscan poseen menos que aquellos que no lo intentan. Los médicos que se quedan en su casa llevan ropas de seda y cadenas de oro; los que viajan, prácticamente no pueden pagar ni siquiera lo que vale un blusón. Los que se quedan en casa se alimentan con perdices, los que viajan en busca de la ciencia, comen sopa de leche.
Como dice Juvenal, no tienen posesiones pero saben que «el único viajero feliz es el que no posee nada».
Considero que, para mí, es más un honor que una vergüenza haber realizado todos mis viajes con tan pocos gastos. Y confirmo que esto es cierto en lo relativo a la Naturaleza: todos aquellos que deseen penetrarla tienen que pisotear los libros con sus propios pies. La escritura se aprende a través de las letras. La Naturaleza, a través de las distintas comarcas, puesto que cada una de ellas representa uno de sus libros. Así es el Codex Naturae , cuyas páginas tiene que hojear el hombre.


Paracelso volvió a Villach en el año 1524; allí volvió a ver a su padre y a vivir en la casa de este durante varios meses, hasta que llegó el verano y se marchó a Salzburgo, tal como cuenta en uno de sus escritos dedicado a la Virgen María. Tenía la intención de instalarse en esta ciudad, tal como demuestra el conjunto de bienes personales que dejó allí cuando se fue de forma precipitada al año siguiente.
Pero algo alteró sus planes. Se había comprometido en una lucha social organizada por los mineros y los campesinos contra el poder del lugar, y habían estallado algunos disturbios bastante graves. El comportamiento de Paracelso en Salzburgo demuestra bastante bien su carácter: en nombre de los principios morales y espirituales, no dudaba en comprometerse en la lucha social contra la injusticia que iba encontrando en su camino.
Fue detenido pero escapó por poco a la muerte bárbara que le estaba reservada; huyó sin pedir nada a cambio de la ayuda ofrecida y se dirigió al Danubio, aprovechando para visitar los manantiales curativos de Baden, en Suecia. En la trayectoria de sus viajes se encontraban siempre las zonas mineras y las ciudades que tenían aguas termales, porque eran los lugares donde se revelaban las maravillas de la Naturaleza.
En 1526 volvió a Württemberg y se estableció durante algún tiempo en Tubinga, donde practicó la Medicina y la cirugía rodeado de un buen número de estudiantes. Luego se marchó a Friburgo de Brisgovia, porque en esta ciudad había una universidad. Durante el viaje, encontró el modo de prodigar sus cuidados a la abadesa de Rottenminster.
Debido a la hostilidad con que le recibieron a su llegada, abandonó muy pronto Friburgo y se dirigió a Estrasburgo, que todavía no tenía universidad aunque el proyecto acababa de plantearse. En esta ciudad podía ejercer al mismo tiempo la Medicina y la cirugía; sin embargo, allí se encontró con la virulenta oposición de un feroz partidario de Galeno, Vendélinius y, además, con el cirujano Wendelin Hock, con el que entabló una controversia de tipo anatómico que perjudicó considerablemente sus esperanzas de hacer carrera en Estrasburgo. A pesar de todo, el tiempo que estuvo en la ciudad realizó de forma cotidiana numerosas curaciones que, para algunos, tenían algo de milagrosas.
Durante el verano del año 1526 se trasladó a Basilea, donde Johannes Froben, un gran amigo del filósofo humanista Erasmo, lo había llamado para que lo curase de una mala fractura del pie derecho. Antes de su llegada, se había previsto incluso la amputación del miembro pero, al cabo de unas semanas, Froben estaba totalmente curado y pudo volver a su actividad como impresor y editor.
Durante su estancia en Basilea Paracelso entabló relación con el huésped de Froben, el gran Erasmo en persona, al que diagnosticó gota, cálculos renales y litiasis biliar. Tiempo después, Erasmo le envió una carta en la que le demostraba una gran confianza en su ciencia:

Es absolutamente razonable, oh físico por quien Dios da la salud del cuerpo, desear la salud eterna a tu alma... Sufro dolores en el hígado pero no soy capaz de adivinar la causa; desde hace muchos años, sé que mis riñones están enfermos. La tercera enfermedad no la entiendo suficientemente pero, sin duda alguna, es muy seria. Si existe alguna solución cítrica que pueda aligerar el dolor, te ruego que me la comuniques... No puedo ofrecerte unos honorarios equivalentes a tu ciencia, pero sí la gratitud infinita. Tú has devuelto del país de las sombras a Frobenius (Froben), que es mi alter ego, y si consigues curarme a mí, habrás curado a dos seres que no son más que uno...

Por descontado, Paracelso consiguió curar al famoso humanista, y Erasmo le mostró su gratitud consiguiendo que el Senado de Basilea lo llamase a finales del año 1526 para ofrecerle un puesto en la universidad. Su nominación se hizo efectiva gracias a la intervención de un tal Hussgen en marzo del año 1527. Se trataba de un amigo de los reformadores de Estrasburgo, con los cuales simpatizaba Paracelso.
Hussgen se beneficiaba de una gran influencia ante el alcalde y el ayuntamiento, de mayoría protestante, algo que no ocurría en la universidad. Aunque era un ferviente católico, Paracelso compartía las preocupaciones sociales y progresistas de los reformadores, que veían en él al Lutero de la Medicina , por ser poseedor de métodos originales extremadamente eficaces. Es importante señalar que también sus detractores de confesión católica utilizaban esta expresión, pero con un carácter fuertemente peyorativo. A esta crítica acerba, Paracelso replicaba de la siguiente forma:

Los enemigos de Lutero son, en gran medida, fanáticos, bribones, santurrones y trapaceros. ¿Por qué me llamáis el Lutero de la Medicina? Sé que con este nombre no intentáis honrarme, puesto que despreciáis a Lutero. Pero yo no conozco a muchos enemigos de Lutero, sólo a aquellos cuyos bajos instintos están en conflicto con su Reforma. Aquellos a cuyas arcas hace daño son sus enemigos. Dejo a Lutero la tarea de defender lo que dice, de la misma forma que yo soy responsable de mis propias palabras. Todos los que son enemigos de Lutero se merecen mi desprecio.

Por otro lado, no podemos olvidar que la Academia no había sido consultada acerca de su nominación, lo que le valió las peores quejas por parte de sus miembros. En consecuencia, las autoridades académicas no tardaron en manifestar su hostilidad hacia Paracelso, que escribió al respecto:

Consideran que no poseo ninguna capacidad ni el derecho de dar clases sin su ciencia y su consentimiento, y destacan que explico mi método de la Medicina de una forma inusitada y que, como consecuencia de ello, no sabría instruir en grandes clases.

Además, nuestro Lutero de la Medicina no había dudado en extender por toda la ciudad de Basilea una proclamación pública:

Así pues, ¿quién ignora que la mayoría de los médicos de nuestro tiempo han fracasado en su misión de la forma más vergonzosa, haciendo correr los mayores riesgos a sus enfermos? Han seguido y defendido, con un pedantismo extremo, las sentencias de Hipócrates, de Galeno y de Avicena, como si estas hubieran salido del trípode de Apolo junto a otros tantos oráculos, y como si no fuera posible alejarse de ellas ni un ápice. Apoyándose en estas autoridades se forman, cuando así lo quieren los dioses, doctores en Medicina imbuidos de su título, pero no médicos... Como invitado de las autoridades de Basilea, que me ofrecen un trato generoso, enseñaré durante dos horas al día Medicina práctica y teórica; y me aplicaré, con el mayor celo posible y para que mis oyentes saquen el mayor provecho de ello, a exponer el contenido de algunos manuales de Medicina y de cirugía escritos por mí mismo. No se trata de libros —como los que utilizan otros— que copian a Hipócrates o no sé a quién, sino de manuales que he redactado basándome en mi propia experiencia, puesto que la experiencia es nuestra suprema maestra de escuela, y en mi propio trabajo. Así pues, serán la experiencia y la razón y no las autoridades las que me dirijan cuando quiera demostrar algo.
Que Dios nos guíe y podamos trabajar con tal ahínco que nuestros esfuerzos por avanzar en el arte de la curación tengan éxito.

Durante su clase inaugural en la universidad afirmó:

Los lazos de mis zapatos encierran más sabiduría que Galeno y Avicena juntos, y mi barba tiene más experiencia que toda su Academia...

Unas semanas después de la publicación de su Manifiesto y de su primera clase, aprovechando el albor oto de los estudiantes con oca sión de la celebración de San Juan (el 24 de junio de 1527), Paracelso procedió a un auto de fe con el Canon de Avicena: lo arrojó a las llamas gritando:

Quémate en el fuego de San Juan para que todos los infortunios desaparezcan en el aire con tu humo.

¡Fue la apoteosis! Su inspiración, al servicio de su anticonformismo, expresaba sin compromiso y con vehemencia toda la originalidad de su obra. El gran Laboratorio es el de la Naturaleza, y él exhortaba de esta forma a sus estudiantes para que la comprendieran:

Salid a la Naturaleza cubierta por una única bóveda, donde los apotecarios son los valles, los prados, las montañas y los bosques, que nos ofrecen las provisiones para nuestras farmacias.

Respecto a las virtudes de una eventual panacea , declaraba:

Sería como si se montaran todos los caballos con la misma silla de montar: se obtendría más mal que bien.

Siguiendo con la redacción de su Archidoxia Mágica , durante sus exposiciones insistía constantemente en la lenta maduración de las preparaciones:

Es el hombre el que se convierte en artista, el que prepara el cuerpo y lo convierte en lo que es mediante su ciencia. Su obra lo completa. Pero la preparación tiene que ser la Exaltatio Paroxismi porque, en caso contrario, el resultado es nulo y el cuerpo es tan inútil como si aún fuera parte del barro.

Paracelso no se conformó con revolucionar la Medicina de forma edificante; además, daba sus clases en alemán, algo que no se había hecho

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