Auguste Rodin

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Heredero de los preceptos de la Antigüedad y de Bernini, Auguste Rodin (1840 - 1917) recibió una innegable influencia de Miguel Ángel, en particular, por su obra Los esclavos. Y como Miguel Ángel, Rodin gozó de fama y fortuna (doctor honoris causa y miembro de la Legión de Honor, entre otras), aunque ciertos escándalos y controversias mancharon su reputación: sus esculturas de Víctor Hugo y de Balzac fueron rechazadas y El beso fue considerada demasiado erótica.
Sin embargo, a pesar de tener muchas amantes y de haberse encaprichado con su estudiante Camille Claudel, quien esculpía el cuerpo femenino mejor que nadie, pleno de realismo y sensualidad, Rodin sigue siendo uno de los artistas más determinantes en la escultura del siglo XX.
“Venus y Eva son palabras demasiado simples para describir la belleza de la mujer”. (Rodin)
Este libro revela la vida de Rodin, a través del estudio de sus obras más famosas, como Las puertas del infierno, El pensador y El beso.

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Date de parution 01 juillet 2011
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EAN13 9781780420868
Langue Español

Informations légales : prix de location à la page 0,0018€. Cette information est donnée uniquement à titre indicatif conformément à la législation en vigueur.

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Rainer María Rilke
Auguste
RODINAutor: Rainer Maria Rilke
Traducción al español: Julio Paredes
Edición en español: Mireya Fonseca Leal
Diseñado por:
Baseline Co Ltd
127-129A Nguyen Hue Boulevard
rdFiditourist Building, 3 floor
District 1, Ho Chi Minh City
Vietnam
© Confidential Concepts, Worldwide, USA
© Sirrocco, London, UK (English version)
ISBN : 978-1-78042-086-8
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o
Adaptada sin autorización del propietario de los derechos
de autor, en todo el mundo. A menos que se especifique lo
contrario, los derechos de reproducción de las obras aquí
impresas permanecen con los respectivos fotógrafos.Contenido
5 El tributo del poeta a un gran escultor
91 El caminante (Conferencia de 1907)
139 Rodin privado
153 Biografía
115566 Índice de ilustracionesEl tributo del poeta a
un gran escultor6.“Los escritores trabajan con palabras, los escultores con acciones”
Pomponius Gauricus, De Sculptura (circa 1504)
El héroe es aquel que permanece inalterablemente centrado
— Emerson
odin era un solitario antes de ser famoso. Y la fama, cuando le llegó, lo convirtió en
alguien aún más solitario, pues, finalmente, la fama no es más que la sumatoria deR todos los malentendidos que se congregan alrededor de un nombre nuevo. Existen
muchos de estos alrededor de Rodin, y aclararlos sería una labor larga, ardua e innecesaria.
Rodean el nombre, aunque no a la obra, que sobrepasa de lejos la resonancia del nombre, y que
se ha convertido en algo sin nombre, como no tiene nombre una gran llanura, o el mar, que
probablemente reciba un nombre en un mapa, en los libros y entre la gente, pero que en
realidad es sólo inmensidad, movimiento y profundidad.
La obra de la que hablamos aquí ha estado creciendo durante años. Crece cada día como un
bosque, sin perder nunca una hora. Al pasar por entre sus incontables manifestaciones,
quedamos sometidos por la riqueza de descubrimientos e invención, y no podemos evitar
maravillarnos ante el par de manos del que ha nacido este mundo. Recordamos lo pequeñas
que son las manos de los hombres, de lo pronto que se cansan y del poco tiempo que se les da
para crear. Anhelamos ver estas manos, que han vivido la existencia de cientos de manos, de
una nación de manos que se han levantado antes del amanecer para enfrentar el largo camino
de su obra. Nos preguntamos a quién pertenecen estas manos. ¿Quién es este hombre?
Es un hombre viejo. Y su vida es una de aquellas que se resisten a convertirse en una historia.
Esta vida comenzó y ahora continúa, pasando a una venerable edad; casi nos parece como si
esta vida ha sucedido cientos de años atrás. No sabemos nada de ella. Debió de haber existido
algún tipo de infancia, una infancia en la pobreza; oscura, aguda, incierta. Y quizás esta infancia
aún pertenezca a esta vida. Después de todo, como afirmó alguna vez San Agustín, ¿dónde
pudo haber ido? Quizás aún posea todas sus horas pasadas, las horas de anticipación y
desolación, las horas de desesperación y las largas horas de necesidad.
Esta es una vida que no ha perdido nada, una vida que acumula incluso mientras pasa.
Tal vez. En verdad no sabemos nada de esta vida. Sentimos, sin embargo, la certeza que
debe ser así, pues sólo una vida como esta pudo generar tanta riqueza y abundancia. Sólo
una vida en la que todo está presente y vivo, en la que nada se ha perdido en el pasado,
puede permanecer joven y fuerte y elevarse una y otra vez para crear grandes obras. Llegará
el día cuando esta vida tenga una historia, una narración con temas, episodios y detalles.
Serán todos inventados. Alguien hablará de un niño que se olvidaba a menudo de comer
porque parecía más importante tallar cosas en madera con un cuchillo deslustrado.
Hallarán algún encuentro durante los primeros días de este muchacho que pareciera
prometer una grandeza futura, una de aquellas profecías retrospectivas que resultan tan
comunes y conmovedoras. Podría ser quizás las palabras que un monje le dijo a Michel
Colombe hace casi quinientos años :
“Trabaja, pequeño, observa todo lo que puedas, el campanario de St-Pol, y las hermosas
obras de los compañeros, observa, ama a Dios, y serás merecedor de grandes cosas”.
Y se te dará la gracia de grandes cosas. Quizás la intuición le habló al hombre joven en
alguna de sus encrucijadas durante sus primeros días, y en tonos infinitamente mucho más
melodiosos que aquellos salidos de la boca de un monje. Pues era justamente esto lo que
1. Rodin en su estudio perseguía: la gracia de grandes cosas. Estaba el Louvre con sus muchos objetos luminosos de
Fotografía anónima. la Antigüedad, evocando cielos sureños y la proximidad del mar. Y más allá de éste se
Museo Rodin, París. levantaban pesadas cosas de piedra, vestigios de culturas inconcebibles, perdurando hasta
7.8.épocas aún por venir. Esta piedra estaba dormida, y uno tenía la sensación de que se iría a
despertar; es una especie de Juicio Final. Había piedra que no parecía para nada mortal, y
otra que parecía estar en movimiento, gestos que permanecían completamente frescos, como
si se preservaran aquí sólo para entregárselos a un niño de paso. Las obras invisibles,
diminutas, sin nombre y en apariencia superfluas, no estaban menos colmadas de esta fuerza
interna, con esta rica y asombrosa inquietud de vida. Incluso la inmovilidad, donde la
hubiera, consistía en cientos de motivos móviles sostenidos en equilibrio. Había pequeñas
figuras, especialmente animales, moviéndose, estirándose o acurrucándose, e incluso cuando
un pájaro permanecía quieto, uno sabía muy bien que se trataba de un pájaro, pues mientras
el cielo se extendía y lo rodeaba, la envergadura era aparente entre los pliegues más pequeños
de sus alas, que podrían desplegarse hasta un tamaño asombroso.
Y el mismo hecho resultaba cierto
para los animales que se erigían y
posaban en las catedrales, o se
encogían bajo las consolas, doblados
e inclinados y demasiado inertes para
soportar peso. Había perros y
ardillas, gorriones y lagartos,
tortugas, ratas, y culebras. Por lo
menos uno de cada especie.
Estas criaturas parecían haber
sido capturadas en los bosques y en
los caminos, como si la tensión de
vivir entre retoños, flores y hojas de
piedra las hubiera transformado
lentamente en lo que eran ahora, y
continuarían siendo para siempre.
Pero había también animales nacidos
en este mundo de piedra, sin
recuerdos de otra existencia. Habían
estado siempre como en casa en este
mundo erecto, encumbrado,
escarpado. Los esqueletos se
arqueaban sobre estas criaturas
fanáticamente ladeadas. Las bocas
abiertas con los lamentos de los
sordos, pues las campanas cercanas habían destrozado su oído. Algunas se acurrucaban
sobre las balaustradas, como si sólo estuvieran de paso y quisieran simplemente descansar
durante algunos siglos, observando abajo hacia la ciudad creciente. Otras, descendiendo de
2. Las puertas del infierno, 1880-1881 los perros, avanzaban horizontalmente desde el borde del canalón hacia el aire, listas a
(boceto para la composición). escupir agua desde sus fauces hinchadas. Todas estas criaturas se habían adaptado y
Grafito con retoques de pluma y transformado, pero no habían perdido nada de su vitalidad durante el proceso. Por el
tinta, 30.5 x 15.2 cm contrario, vivían de forma más vigorosa y violenta, vivían eternamente la ferviente e
Museo Rodin, París. impetuosa existencia del tiempo que las había engendrado.
Al observar esta pintura, uno sentía que estas criaturas no habían resultado por un capricho,
3. Tercera maqueta para o por un simple intento juguetón por encontrar formas nuevas e inusuales. Habían nacido por
Las puertas del infierno, 1880. necesidad. Temerosos del juicio invisible de una fe severa, sus creadores habían buscado refugio
Yeso, 111.5 x 75 x 30 cm en estas formas visibles, huyendo de la incertidumbre hacia esta materialización. Aun en la
Museo Rodin, París. búsqueda del rostro de Dios, estos artistas ya no intentaron demostrar su devoción creando en
9.su imagen enormemente distante, sino más bien llevando todo su temor y pobreza hasta su
casa, poniendo toda su modestia y sus humildes gestos en sus manos y en su corazón. Esto era
mejor que pintar, pues la pintura era también una ilusión, una hermosa y artificiosa decepción.
Anhelaban algo más significativo, algo más sencillo. Y entonces así surgió la extraña escultura
de las catedrales, esta sagrada procesión de las bestias de la aflicción.
Cuando miramos atrás desde la escultura de la Edad Media hasta la Antigüedad, y desde ahí
hasta los orígenes del tiempo, ¿no parecería que el alma humana no hubiera anhelado siempre,
y particularmente en momentos decisivos, fueran apacibles o penosos, por un arte que ofreciera
más que palabra e imagen, más que parábolas y apariencias; por la sencilla ejecución de sus
deseos o ansiedades en las cosas? La última gran época de la escultura fue el Renacimiento. Fue
una época en la que la vida experimentaba una renovación, cuando el misterioso rostro de la
humanidad fue descubierto de nuevo; un tiempo cuando los grandes gestos fueron posibles.
¿Y ahora? ¿Es posible que haya llegado otra época que demanda esta forma de expresión,
una época que exige una interpretación fuerte y perspicaz de aquello que desafía la
articulación, de aquello que era confuso y enigmático? Las artes, en efecto, parecen estar
llevando a cabo una especie de renovación, animada por un gran entusiasmo y expectación.
¿Quizás fue simplemente este arte, esta escultura que aún persiste en las sombras de su gran
pasado, el que ha sido llamado para descubrir lo que las otras artes anhelaban y buscaban
a tientas? Sin duda, este arte podía venir en ayuda de una época atormentada por conflictos
que eran casi invisibles. Su lenguaje era el cuerpo, pero ¿cuándo fue la última vez que fue
visto este cuerpo? Quedó enterrado bajo capas y capas de despojo, renovado perpetuamente
por los últimos estilos. Pero debajo de esta corteza protectora, el alma madura estaba
cambiando de cuerpo, incluso mientras trabajaba sin descanso en el rostro humano. El
cuerpo había sido transformado. Si lo descubriéramos ahora, probablemente tendría mil
expresiones para todo aquello sin nombre y nuevo que hubiera cobrado vida entretanto,
para aquellos antiguos secretos que emergen del subconsciente como extraños dioses
fluviales, elevando sus cabezas goteantes del torrente de sangre. Este cuerpo no sería menos
hermoso que aquel de la Antigüedad. En efecto, sólo podría ser incluso más hermoso, pues
la vida lo ha sostenido en sus manos por más de dos siglos, moldeándolo, escuchándolo, y
cincelándolo día y noche. Los pintores soñaron con este cuerpo, lo adornaron con luces y
lo insuflaron con el crepúsculo. Se aproximaron a éste con ternura y hechizos de todo tipo,
lo acariciaron como al pétalo de una flor y se dejaron llevar en él como en una ola. Pero la
escultura, a la que pertenecía este cuerpo, aún no lo sabía.
Había aquí una labor tan grande como el mundo. Y al hombre a quien fue encargada
era desconocido, sus manos buscando ciegamente por pan. Está complemente solo, y si
hubiera sido un verdadero soñador, hubiera soñado profunda y hermosamente, hubiera
soñado algo que nadie más hubiera comprendido, alguno de aquellos sueños interminables
en los que la vida pasa como un día. Pero este hombre joven, que se encontraba en ese
momento trabajando en la fábrica de Sèvres, era un soñador cuyo sueño pasaba a sus manos,
y empezaría de inmediato a realizarlo. Tenía cierta idea de cómo empezar; una calma interna
le enseñó el camino de la sabiduría. Su profunda armonía con la naturaleza era evidente 4. Las puertas del infierno,
incluso en aquel periodo, esta armonía tan bien descrita por el poeta Georges Rodenbach, 1880-1917.
quien llama sencillamente a Rodin una fuerza de la naturaleza. Bronce, 635 x 400 x 85 cm.
De hecho, Rodin está poseído por una paciencia tan profunda que casi lo convierte en Museo Rodin, París.
alguien anónimo; una reservada y sensible serenidad que recuerda la paciencia y la bondad
de la naturaleza, que empieza casi sin nada sólo para recorrer el largo camino hacia la 5. Los ciudadanos de Calais,
abundancia en una solemnidad silenciosa. De la misma forma, Rodin no era lo 1884-1886.
suficientemente presuntuoso como para crear árboles. Empezó con la semilla, tan bajo Yeso, 233.1 x 245 x 1 77 cm.
tierra como fuera. Y esta semilla creció hacia abajo, hundiendo sus raíces en la tierra, Museo Rodin, París.
10.11.12.13.14.anclándose antes de que el primer pequeño retoño comenzara a brotar. Esto tomó tiempo
y después mucho más tiempo. Y cuando los escasos amigos a su alrededor lo incitaban y
puyaban, Rodin respondía:”Uno no debe nunca precipitarse”.
Entonces estalló la guerra franco-prusiana y Rodin salió hacia Bruselas, donde trabajaría en
lo que los días le ofrecieran. Diseñó algunas figuras para casas privadas y varias para los grupos
en el edificio de la bolsa de valores, y después creó las cuatro grandes figuras para las esquinas
del monumento al Mayor Loos en el Parc d’Anvers. Llevaría a cabo estas comisiones
concienzudamente, sin dar lugar a ninguna de las expresiones de su creciente individualidad.
Su desarrollo personal avanzó paralelo a estos trabajos, relegado a los descansos y las tardes, y
continuaba principalmente durante la solitaria quietud de las noches. Soportaría durante años
esta división de su energía. Poseía la energía de aquellos sobre quienes aguarda una gran obra,
la silenciosa resistencia de aquellos a quienes el mundo necesita.
Mientras trabajaba en la bolsa de valores de Bruselas, debió haber sentido que ya no
existían construcciones hechas para soportar obras de piedra como lo habían sido las
catedrales, aquellos inmensos imanes de la escultura del pasado. Las obras de escultura ahora
se levantaban solitarias, así como las pinturas permanecen solas; pero a diferencia de las
imágenes creadas sobre los caballetes, una escultura no requería de una pared. Ni siquiera
requería de un techo. Era simplemente algo que podía sostenerse por sí mismo, y resultaba
provechoso proveerlo con la esencia de alguna cosa, frente a la que uno pudiera caminar
alrededor y observarla desde todos los costados. Y aún así tendría que ser algo que se
distinguiera de alguna forma de todas las otras cosas, las cosas comunes, las cosas que
cualquiera pudiera agarrar. Tendría que convertirse en algo hasta cierto grado intocable,
sacrosanto, lejos de la influencia del azar. Y al tiempo, en cuyo contexto se levantara
solitario y resplandeciente, como el rostro de un visionario. Necesitaría de un lugar seguro
propio, elegido de la manera más atenta, pues debería formar parte de la sutil permanencia
del espacio y sus grandes leyes. Debería acomodarse al aire que lo rodea como un nicho,
proveyéndolo de seguridad y estabilidad, y con una sublimidad que viene de su sencilla
existencia, y no de su significación.
Rodin sabía muy bien que el elemento esencial de su trabajo se encontraba en la
meticulosa comprensión del cuerpo humano. Exploró su superficie, buscando lentamente,
hasta cuando una mano se extendió para encontrarse con él, y la naturaleza de este gesto
externo determinaba y al mismo tiempo expresaba las fuerza internas del cuerpo. Entre más
avanzaba en este remoto sendero, más se alejaba el azar, y una ley conducía a la otra. Y al
final esta superficie se convirtió en el tema de su estudio. Consistió de encuentros infinitos
entre las cosas y la luz, y muy pronto resultó evidente que cada uno de estos encuentros era
distinto y todos eran extraordinarios. En algún momento la luz parecía ser absorbida, en
otro, la luz y las cosas parecían saludarse con cautela, y más adelante volvían a cruzarse de
nuevo como extraños. Hubo encuentros que parecían interminables, otros en los que no
parecía suceder nada, pero nunca hubo uno en el que no hubiera vida y movimiento.
Fue ahí entonces cuando Rodin descubrió el elemento fundamental de su arte y, como
resultó ser, el germen de su mundo. Sería el plano –un plano de diversas extensiones y
acentuaciones, pero siempre exactamente definido– desde el cual todo llegaría a realizarse.
Desde ese momento en adelante, el plano fue el material de su arte, la fuente de todos sus
esfuerzos, de su vigilancia y pasión. Su arte no se basó en una gran idea, sino más bien en la
fuerza de una humilde y concienzuda ejecución, en algo realizable, en la habilidad. No existía
en él la arrogancia. Se entregó con devoción a esta modesta y difícil belleza, a la que podía
6. Los ciudadanos de Calais, 1889. contemplar, emplazar y juzgar. El resto, la grandeza, sólo vendría cuando todo lo demás
Bronce, 233.1 x 245 x 203 cm. estuviera terminado, así como los animales van a beber cuando la noche ha concluido y ya no
Museo Rodin, París. hay cosas extrañas en el bosque.
15.16.