La dignidad de la diferencia

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La tragedia del 11-S intensificó el peligro causado por las diferencias religiosas en todo el mundo.



La Dignidad de Diferencia



se basa en si la religión PUEDE Llegar tiene Una Fuerza Para Convertirse en la paz, para reconciliar odios.
Todo ya tiene el argumento de que debemos hacer algo más que buscar valores comunes tiene todas las creencias;
¿Cómo se hace con el modo en que tiene diferencias diferentes?




El monoteísmo sin SIGNIFICA que hay camino en solitario tiene Dios, explicativa, sino que es más que la unicidad que la diversidad CREA.





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EAN13 9788494855122
Langue Español

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LA DIGNIDAD DE LA DIFERENCIA
Cómo evitar el choque de civilizaciones JONATHAN SACKS
Traducción castellana
David Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz David Jiménez-Blanco Unciti
Título original: The Dignity of Difference. How to avoid the clash of civilizations. Translation by arrangement with Louise Greenberg Books Ltd. Originally published by Continuum International Publishing Group, London
© 2013, Jonathan Sacks.
© Nagrela Editores, S.L., 2013 Francisco Gervás, 8 28108 Alcobendas (Madrid) Tel.: 91 662 63 02 Consejo Editorial: Samuel Bengio, Lior Haiat, David Jiménez-Blanco, José Ignacio Jiménez-Blanco, Rubén Lerner, José Whagnon. Traducción: David Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz y David Jiménez-Blanco Unciti Diseño de portada: Susan Guenun Maquetación y Preimpresión: Ignacio Olondo
ISBN: 978-84-942720-1-1 Depósito Legal: M-13732-2013
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación y otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).
Semuel ibn Nagrella (en hebreo Sh’muel ha-Levi ben Yosef han-Nagid; Mérida, Badajoz, 993 -1055) fue un poeta y filósofo sefardí que llegó a ser Visir de Granada y general de sus ejércitos. Llamado por sus contemporáneos Ha-Naguid, el Príncipe, protegió incansablemente la ciencia judía y las escuelas talmúdicas y emprendió una ambiciosa tarea erudita y literaria, especialmente interesada por el talmudismo y la gramática.
PREFACIO A LA EDICIÓN EN ESPAÑOL
EscribíLa dignidad de la diferenciarespuesta a los acontecimientos del 11 como de septiembre de 2001. En mi opinión, el argumento que expuse entonces no ha perdido relevancia.
Los problemas del siglo XXI siguen ahí. Las desigua ldades de renta entre naciones y dentro de cada nación continúan. Los Objetivos de Desarrollo del Milenio propuestos por Naciones Unidas no se están alcanzando. Todavía mueren al año dos millones de niños a causa de la pobreza, de la malnutrición o d e enfermedades evitables. La desigual distribución de la riqueza ha llevado a la gente a perseguir el beneficio a corto plazo a costa de la sostenibilidad a largo plazo, l o cual ha sumido a los Estados Unidos y a Europa en la crisis financiera. Se ha pr oducido un declive en la confianza en líderes e instituciones en todo Occidente. La po lítica internacional, desestabilizada por los ataques sobre las Torres Gemelas y el Pentá gono, no ha recuperado aún su equilibrio.
Y sin embargo las posibilidades son inmensas. Las n uevas tecnologías de la comunicación hacen posible el acceso universal a la información y a la educación de maneras que no habíamos soñado siquiera. Las redes sociales hacen posible movilizar a masas, derrocar tiranías, desnudar inju sticias, aumentar el poder de las protestas y contribuir a llevar la democracia a par tes del mundo que hasta ahora no la conocían. Los avances en el conocimiento y la tecno logía médicas, desde la descodificación del genoma humano a los nuevos desc ubrimientos neurocientíficos, abren la puerta a la curación de enfermedades hered itarias o hasta ahora intratables. Las nuevas fuentes de energía pueden tener un impac to positivo sobre el medio ambiente en todo el mundo. El comercio internaciona l está generando crecimiento en partes del mundo que se encontraban hasta ahora en la pobreza.
En resumen, vivimos uno de los grandes momentos de cambio en la historia, aún más dramático que los que siguieron a la invención de la imprenta o a la revolución industrial. Hay tantos motivos para el temor como p ara la esperanza. ¿Cuál de ellos prevalecerá?
El argumento de este libro es que eso dependerá del marco de valores que apliquemos a los problemas a los que nos enfrentamo s. Necesitamos un marco ético para una era globalizada. La economía de mercado es un mecanismo muy potente de creación de riqueza pero es menos efectivo para dis tribuirla equitativamente, así que hay que defender la necesidad de justicia social en tre naciones y dentro de cada nación. La dignidad humana depende tanto de la igua ldad de acceso a la educación como de la igualdad de riqueza y poder. Tenemos una responsabilidad no solo hacia nuestra generación sino hacia aquellos que nos han de seguir: de aquí la necesidad de contar con una ética medioambiental, entre otras cosas.
La visión ética que describo aquí es a la vez antig ua y muy contemporánea. Tiene sus orígenes en la Biblia Hebrea o Antiguo Testamen to, así que espero que encuentre cierta comprensión en las mentes de judíos, cristia nos y musulmanes. Pero también he encontrado que los principios que defiendo resue nan con gentes de otras fes y tradiciones así como con humanistas seculares. Esta visión articula de la manera más
fuerte posible el argumento a favor de una responsa bilidad global hacia el bien común de nuestra humanidad compartida.
El argumento más importante que expreso, y el que d a título al libro, es la idea de que las diferencias culturales y religiosas no tien en que llevarnos necesariamente a un choque de civilizaciones sino justo a lo contrario: a un respeto por la diferencia basado en principios sólidos. Como digo más adelante: la v erdad del monoteísmo abrahámico es que la unidad en el cielo crea la diversidad en la tierra. El desafío para una ética religiosa del siglo XXI es ver que alguien que no e stá hecho a mi imagen –cuyo color, credo o cultura son diferentes de los míos– está he cho sin embargo a imagen de Dios.
Al encontrarme en la Zona Cero hace más de diez año s y darme cuenta del poder de la fe religiosa para generar odio y no solo amor , sentí una inmensa necesidad de contar con una nueva manera de pensar acerca de un problema que ha preocupado a la humanidad a lo largo de la historia: cómo relaci onarse con el otro, el extraño, el extranjero, el que no es como yo. El resultado fue este libro. En los años que han transcurrido, me he visto abrumado por la positiva recepción que ha tenido el libro entre personas de muchas religiones diferentes o de ninguna, y en muchos países de todo el mundo.
La dignidad de la diferenciaen parte, un argumento religioso contra el es, extremismo religioso. Pero también es la exploració n de una idea –la idea de pacto constitutivo o alianza– que tiene el poder de inspi rar a diferentes civilizaciones, seculares o religiosas, a cooperar con responsabili dad colectiva por el futuro de la humanidad, utilizando nuestras diferencias como fue nte de esperanza y no de temor.
Así que estoy profundamente agradecido por esta nue va traducción, que hará el argumento accesible a una nueva comunidad de lector es. Creo que el poder de las ideas es mayor que la idea de poder. Si podemos pen sar la manera de alcanzar un futuro más justo y compasivo, entonces podremos emp ezar a dar los pasos prácticos que nos llevarán hasta allí. Así que espero que las páginas que siguen, ofrecidas con humildad y amor, inspiren al lector a ver las difer encias entre grupos como nuestra mayor fuerza, y no como nuestra más profunda debili dad. Nos vemos aumentados, y no amenazados, por la diversidad. Esa es una verdad espiritual que puede transformar a creyentes y no creyentes, ayudándonos a construir juntos un mundo con más benevolencia y menos conflicto.
Jonathan Sacks
Febrero de 2013
NOTA SOBRE LA PRESENTE TRADUCCIÓN
Traducir y publicar en castellanoLa dignidad de la diferencia2013 obliga a en constatar una paradoja. El libro trata de ideas int emporales como la moralidad, la fe, la diversidad o el respeto y la responsabilidad que de bemos tener hacia los demás y hacia el mundo; pero al mismo tiempo, y de manera e sencial, trata de la plasmación de esas ideas intemporales en cada momento presente , y en particular en el convulso panorama global actual. Apareció en primer lugar co mo respuesta a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Es inevitable por ello en contrar trazos del momento en el que el original inglés fue publicado, en 2002. Esos rastros pueden verse en las referencias a regímenes políticos concretos (el Afg anistán de los talibanes o el Irak de Sadam Husein), en las estadísticas de pobreza y des arrollo que se citan, o en las geografías de conflicto que se enumeran en varios c apítulos.
Tal vez llame la atención también constatar, en las discusiones sobre los efectos de la tecnología e internet sobre nuestras vidas, l a ausencia de menciones al fenómeno de las redes sociales, desconocido aún en aquel momento. O, de manera más preocupante, leer al comienzo del capítulo 2 la descripción de dos escenarios alternativos para el mundo en 2020 y pensar, cuando ha transcurrido ya más de la mitad del tiempo que faltaba al formularlos, a cuál de ellos nos estamos acercando más.
Sea como fuere, el anclaje esencial del libro en id eas profundas y eternas permanece inalterado. Si acaso, creemos que la evol ución reciente del mundo hace que el mensaje central del libro haya ganado urgenc ia y no haya perdido un ápice de su vigencia, como dice el autor en la introducción a la presente edición. Confiamos en que el lector hispanohablante de 2013 lo vea así ta mbién.
Los traductores
LA DIGNIDAD DE LA DIFERENCIA
Capítulo 1
PRÓLOGO
Cuando el Santísimo creó al primer hombre, le tomó de la mano y le guió por todos los árboles del Jardín del Edén y le dijo: «C ontempla mis obras y lo bellas y espléndidas que son. Todo lo que he creado, lo he c reado para ti. Ten cuidado, por tanto, de no destruir mi mundo, porque si lo de struyes no habrá nadie que repare lo que has destruido».
(Midrash,Ecclesiastes Rabbah)
En enero del año 2002 me encontré en la Zona Cero d e Nueva York, el lugar donde había tenido lugar la destrucción del World Trade C enter el 11 de septiembre del 2001. Junto a mí se encontraban representantes religiosos procedentes de todo el orbe, reunidos con motivo de su participación en el Foro Económico Mundial, cuya sede se había movido desde Davos (Suiza) a Nueva York, en u n gesto de solidaridad con una ciudad que había sufrido tal trauma y tan grandes p érdidas. El Arzobispo de Canterbury rezó una oración, al igual que un imán m usulmán. Un gurú hindú recitó una meditación mientras rociaba el sitio con pétalos de rosas y agua bendita del Ganges. El Rabino Principal de Israel leyó una reflexión qu e había escrito para la ocasión. Otro rabino rezó el kaddish, la oración funeraria tradic ional de los judíos. Fue un raro momento de fraternidad ante los efectos del inmenso poder destructivo del hombre. Me encontré dando vueltas en mi cabeza al contraste que había entre el fervor religioso de los secuestradores y el no menos inten so deseo de paz de los líderes religiosos que allí estaban. La yuxtaposición del b ien y el mal, de la armonía y el conflicto, de la paz mundial y la guerra santa, me pareció una metáfora adecuada del siglo que acabábamos de empezar. Los hombres nos he mos adueñado de poderes fatídicos. Podemos curar y dañar, arreglar o destru ir a una escala inimaginable para generaciones previas. Nunca ha habido tanto en jueg o, y tenemos que elegir.
Este es un libro sobre la globalización, sobre los desafíos que plantea, sobre las cosas buenas que trae, el sufrimiento que causa y l a resistencia y el resentimiento que genera. Se han escrito muchos libros sobre el nuevo panorama global emergente, pero 1 demasiados pocos sobre las cuestiones morales y éti cas que lleva aparejadas. Sin embargo, tales cuestiones se cuentan entre las más importantes que debemos abordar si queremos realzar la dignidad humana, mejorar las posibilidades de paz y evitar el choque de civilizaciones que predijo Samuel Hunting ton. Ocurren cosas malas cuando el ritmo de cambio supera a nuestra capacidad de ca mbiar, cuando los eventos se suceden más rápidos que nuestra capacidad de entend erlos. Es entonces cuando sentimos la pérdida del control sobre nuestras vida s. La ansiedad causa miedo, el miedo lleva a la ira, la ira genera violencia, y la violencia –cuando se combina con armas de destrucción masiva– se convierte en una re alidad mortal. El antídoto más poderoso contra la violencia es eldiálogo, expresar nuestros miedos, escuchar los miedos de otros, y en este compartir de vulnerabili dades descubrir un germen de esperanza. He intentado aportar una voz judía a lo que debe suponer un diálogo
global, ya que todos tenemos algo en juego en el fu turo, y todos nuestros futuros se entrelazan inexorablemente.
Este libro, sin embargo, no está dirigido sólo a ju díos, y tampoco se limita a tratar temas religiosos convencionales. Demasiado a menudo en el mundo actual los grupos hablan consigo mismos, no unos con otros: los judío s con judíos, los cristianos con otros cristianos, los musulmanes con musulmanes, lo s líderes económicos con los economistas y los que protestan con otros miembros de su mismo grupo. La proliferación de canales de comunicación –correo el ectrónico, internet, periódicos online, y miles de canales de televisión por cable o digitales– significa que ya nunca nos dirigimos al mundo en general. Ahora podemos di fundir información solamente a aquellos grupos que nos interesa alcanzar. Aquellos días en los que personas con distintas opiniones se veían obligadas a compartir los mismos canales, y por lo tanto a discutir y razonar con sus oponentes, se han esfuma do. Hoy en día podemos dirigirnos a aquellos que comparten nuestra opinión y filtrar y eliminar las opiniones diferentes. Aquellos que quieren dar a conocer sus opiniones má s ampliamente lo hacen de formas que capten la atención de los medios de comu nicación, normalmente mediante algún tipo de violencia o protesta, creando un even to que pueda plasmarse en una imagen dramática, en un titular o en escenas de con frontación. Las noticias televisivas, en particular, con su notoria incapaci dad de mantener la atención del espectador de manera prolongada, no pueden ser el s ustituto de un debate racional y de un diálogo serio entre opiniones contrarias. El diálogo, el auténtico pulso de la política en democracia, se está muriendo, y con él nuestras posibilidades de alcanzar la paz civil, y más aún global.
Si, por ejemplo, nuestro pequeño grupo de líderes r eligiosos se hubiese roto y enfrentado, probablemente eso sí habría salido en l as noticias. El reunirnos, como lo hicimos, en una armonía sombría y reflexiva, no fue suficiente para captar la atención. Una de las ideas más importantes de John Rawls, fil ósofo político de Harvard, es la de 2 la «razón pública», el proceso mediante el cual las personas involucra das en el debate político usan un lenguaje y una lógica acces ibles a todo el mundo para que –en las palabras del profeta Isaías– «razonemos juntos» . La idea de razonar juntos sufrió un golpe fatal en el siglo XX con el colapso del le nguaje moral, la desaparición del uso de la palabra «debería» y su sustitución por las de «quiero», «elijo» y «siento». Las obligaciones pueden ser objeto de debate. Los «dese os», las «elecciones» y los «sentimientos» solo pueden verse satisfechos o frus trados. La televisión, con su énfasis en lo visual, crea una cultura de ver en lu gar de escuchar: una imagen vale más que mil palabras. Las imágenes evocan emociones . No generan, por sí mismas, entendimiento. El resultado es que la protesta más visual, la voz más indignada y el eslogan más extremista se imponen. Si la confrontac ión es noticia y la conciliación no, desarrollaremos una cultura de la confrontación. Es to es destructivo para aquellas cosas de las que depende nuestro futuro: nuestra ca pacidad de comprender y de ser comprendidos por personas cuyas creencias, credos, valores e intereses están reñidos con los nuestros y con quienes por lo tanto debemos hablar y a quienes debemos escuchar. Al exponer una perspectiva judía acerca d e un asunto que nos concierne a todos, estoy aceptando un compromiso con ese razona miento público. Cuando la imagen visual habla más fuerte que la calmada vocec ita de la razón y la moderación, ocurren acontecimientos como los del 11 de septiemb re de 2001, y habrá otros similares.
* * *
Mi argumentación se desarrollará en dos vertientes. En primer lugar, la economía y la política de la globalización tienen una ineludib le dimensión moral. Su objetivo debe ser ensalzar la dignidad humana, no ponerla en duda . Los mercados sirven a aquellos que pagan, pero ¿qué pasa con los que no pueden pag ar? La política se ocupa de los equilibrios de poder, pero ¿qué pasa con los que no tienen poder alguno? Los sistemas económicos crean problemas que no pueden s er resueltos solo a través de la economía. La política crea dilemas que no pueden se r resueltos mediante simples cálculos políticos. No hay manera de eludir los gra ndes problemas morales, y si los ignoramos, la experiencia histórica sugiere que reg resarán en forma de indignación, de resentimiento y de una ardiente sensación de injust icia, que convertirá a nuestro ya de por si frágil orden en algo aún más precario.
En segundo lugar, las comunidades religiosas tienen ya una gran responsabilidad. Contra todo pronóstico, las religiones han emergido en el siglo XX como fuerzas clave de una era globalizada. En toda Latinoamérica, en e l África subsahariana, en Filipinas, en Corea y en China ha habido un renacer arrasador del protestantismo evangélico. Todos los países musulmanes, desde el norte de Áfri ca hasta el Sudeste Asiático, así como las comunidades musulmanas de todo el mundo, h an experimentado un aumento de la religiosidad islámica. La iglesia cat ólica, que acoge ya a unos 800 millones de fieles, participó activamente en la caí da del comunismo en Europa Central y del Este (este hecho alarmó tanto a China que una publicación oficial decía en 1992: «Si China no quiere ver repetidos estos acontecimie ntos en su país, debe matar al 3 bebé ahora que todavía está en la cuna»). En las zonas de conflicto de todo el mundo –Irlanda del Norte, los Balcanes, Chechenia, Tayiki stán, Oriente Próximo, Sudán, Sri Lanka, India, Cachemira, Timor Oriental– las religi ones están en primera línea del conflicto, recordándonos la ácida observación de Jo nathan Swift de que «tenemos suficiente religión para odiarnos los unos a los ot ros, pero no la suficiente como para amarnos los unos a los otros».
La religión puede ser una fuente de discordia. Tamb ién puede ser una forma de resolución de conflictos. Estamos acostumbrados a l o primero, lo segundo no se utiliza lo suficiente. Sin embargo, es en esta acepción inu tilizada donde debe residir, si es que debe residir en algún lado, la esperanza de cre ar una solidaridad humana lo suficientemente fuerte como para permitirnos soport ar las tensiones que nos esperan. Las grandes religiones deben convertirse ya en una fuerza activa tanto a favor de la paz como de la justicia y la compasión en las que s e basa aquella. Esto requerirá gran coraje, y puede ser que algo más aún: una cándida a dmisión de que, ahora más que nunca, tenemos que buscar –cada fe a su manera– una forma de vivir con aquellos que no comparten nuestra fe, y de admitir su integr idad. ¿Podemos crear espacio para la diferencia? ¿Podemos escuchar la voz de Dios en una lengua o en una cultura distintas de la nuestra? ¿Podemos ver la presencia de Dios en la cara de un desconocido? La religión ya no es marginal para la política internacional. Después de un largo período en el que ha estado eclipsada, ha resurgido con una fuerza inmensa y a veces destructiva. Esto es lo que subyacía a una reunión altamente inusual –mi primer encuentro con la globalización– que tuvo lug ar al comienzo del nuevo milenio.
* * *
El 28 de agosto del año 2000, más de dos mil lídere s religiosos se reunieron en el edificio de la ONU en Nueva York. Era una imagen as ombrosa. Podían verse túnicas azafrán de monjes tibetanos, vestiduras grises de s acerdotes sintoístas japoneses, sufíes con sus gorros característicos, sijs con tur bantes, togas negras de imanes