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Lula y Otros gladiadores

De
250 pages
¿Como reunir en la misma obra Lula, Tarzán y Robin de los Bosques? De la política al cine. Cine político. Política cinematográfica. El mundo es un espectáculo. De Río de Janeiro a Hollywood, pasando por Gaza, análisis de un espectador advertido de los sueños y realidades de nuestros sociedades. Pintura de la escena sociopolítica de Brasil, crónicas de novedades o pepitas inolvidables del séptimo arte, cruces y paralelos improbables: el inimitable Sergio Berrocal nos ofrece el sucesor de Otro güisqui con más cine y Ultimo vuelo para Manaus. El amor inagotable del periodista por el cinema y sus reflexiones sobre el mundo buscan un novel eco dentro de su última selección.
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Sergio Berrocal Lula y otros gladiadores
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Las dos fotos de Lula
Tengo dos fotos que para mí que le he conocido marcan el antes y después de Lula, Presidente de Brasil. La prime-ra la tomó el fotoperiodista Tony Berrocal hacia 1998 en el angosto despacho que sus correligionarios de izquierdas le prestaban en la planta baja del Congreso, en Brasilia. La capital federal brasileña es pura luz y trapecio sin redes. Los edificios han sido concebidos para gozar de lo que aquel páramo tenía de salvaje cuando todavía no lo habi-taban más que serpientes y pequeños roedores, que les servían de comida. Entras en una de las salas principales de Itamaraty, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, y te encuentras suspendido en el vacío. La mirada se pierde para siempre en un horizonte que no dice su nombre. En el Congreso, maravilloso edificio neoyorquino am-parado por una taza y su platillo, símbolo de lo que el café ha significado siempre en este país, ocurre otro tanto. Hay que ser retorcido para meterse en la planta baja, sótano de infinita tristeza, donde oyes el rumor del agua que circula en el exterior sin que el sol te haga una visita inopinada. Lula, el hombre que ha demostrado que se puede ser un perdedor y que un día te cambia la suerte (tres veces, tres, había perdido la elección presidencial), estaba sentado en un sillón de plástico arrinconado en un despacho que pro-bablemente no se usaba para nada. Estaba vacío y no tenía alma. En la ciudad mágica por excelencia, era la primera vez que entraba en una pieza donde los espíritus no podían vivir. Lula se dejó caer en el sillón como las piedras que arrojábamos a los peces de Itamaraty en espera de que
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comenzase la ritual conferencia de prensa con algún pájaro de peso internacional que se había equivocado de avión y no se había quedado en Río de Janeiro. Brasilia es la prima solterona de ese Río del que fluye la alegría nada más abres la ventana o pones un pie en la calle. El inspirador de Brasilia, el presidente algo comunista Juscelino Kubitchek, quiso someter a los cuerpos gober-nantes del Estado a una cura de humildad y de absoluta nostalgia de la alegría. Brasilia es la austeridad bella, de belleza impresionante pero inalcanzable. Río es la mulata dicharachera que busca la fiesta a toda costa. En la capital federal, los diputados, senadores, jueces y otros caciques del poder tienen que acudir a lugares muy precisos para que les dejen reir. Brasilia es el Escorial. Tanto que cuan-do llega el viernes por la noche, al menos así eran las cosas hasta que me fui de allí a finales de 1999, la mayoría de los cargos oficiales abarrotaban los aviones rumbo a Río o a Sao Paulo. A los políticos no les apasiona la vir-gen brasiliense. Metido en aquel despacho de paredes de caoba que ocultaban a su manera la eterna derrota de la izquierda brasileña, en un país donde no gobernaban más que los ricos, le ví angustiada, con las mejillas sumergidas en al-gún recuerdo poco agradable de la infancia. Tiene ojos muertos, como los de un enorme pez que unos días antes habíamos compartido en el restaurante del lago, donde como presidente de la Associacao de Impresa Internacio-nal le había invitado a cenar, una de esas cenas en las que los políticos se desabrochan el alma para jolgorio de los periodistas que les acechan detrás de sus platos. Bebimos vino chileno y él sonrió alguna vez pero muy fugazmente. Sabía, todavía no había vencido en ninguna elección pre-sidencial pese a haberlo intentado tres veces, que los corresponsales extranjeros querían oír al perdedor de siempre.
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