La Voz del Alma

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La Voz del Alma constituye el séptimo tomo de las entrevistas que Yvonne Trubert concedi? al Libro de Invitación à la Vida, revista de esta asociación epónima. A trarés de temas como el trabajo de la tierra, el Padre, el sueño, el Antiguo Testamento, “Amaros los unos a los otros”, las prisiones, los defectos y las virtudes, Yvonne Trubert nos propose emprender el camino de la transformaci?n interior. (Ouvrage en espagnol).
Publié le : lundi 15 février 2016
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EAN13 : 9782140002199
Nombre de pages : 134
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solamente lo hemos reprogramado sino que lo hemos vuelto eIciente.
enseñanzas de Cristo. Hablar de amor no es suIciente, debemos vivirlo,
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La Voz del Alma
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Yvonne Trubert
La Voz del Alma
Crónicas de una invitación
Tomo 7
ESPAGNOL
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/D 9R] GHO $OPD Crónicas de una Invitación a la Vida 7RPR 
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PREFACIOYvonne Trubert me pide que haga uso de mi pluma en un momento en el que el integrismo agrede incesantemente la ortodoxia de los cristianos que aman tanto a su Iglesia, la Iglesia de Cristo, como a su libertadpara poder expresar lo que es importante para ellos,porque creen en el Espíritu en nombre del cual han sido bautizados. 1 La primera vez que oí hablar de Invitación a la Vida (IVI) fue dentro de un contexto de boca a boca, malicioso y furtivo. Algunas mujeres que yo conocía encontraban en esta asociación su salud espiritual, pero ellas no me habían explicado nada. Desde entonces - fue en 1994, me parece -, me decidí a informarme porque cada vez que interrogaba a alguno de mis colegas sobre el tema, me llegaban las mismas opiniones negativas, incluso aún cuando ninguno de esos sacerdotes podía haberse hecho una idea de Invitación a la Vida mediante un enfoque de su realidad concreta.Gracias a una serie de coincidencias en las que pude ver la mano de Dios, fui a Sevilla, en donde durante cinco días viví verdaderamente la vida de más de cien miembros de la familia de IVI. Y cinco días es un tiempo suficientemente amplio para poder percibir el equilibrio o la intolerancia de un grupo humano. Sevilla, a pesar de la belleza de sus monumentos, que no tuvimos tiempo de visitar, y a pesar de la perfecta organización de nuestro viaje, perdió para nosotros la parte esencial de su encanto con esa lluvia y ese frío que no nos abandonaron, más aún cuando nos alojábamos en tiendas de campaña. Sin embargo, durante esos días fui seducido por la acogida que recibí, tan sencilla como calurosa, por la calidad de las conferencias, que abordaban temas de actualidad como la violencia de los jóvenes, uno de los temas tratados esos días. La traducción simultánea en cinco idiomas representaba la
1 Para Invitación a la Vida e IVI, leer los Anexos de este libro, página 122.
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diversidad del origen de los participantes y la apertura al mundo de Invitación a la Vida. Además, cuando me dijeron que todas las mañanas se rezaba el rosario en grupo a las 6.30am, me agregué. Asimismo, me propusieron celebrar misa con un sacerdote alemán. Naturalmente, acepté, apreciando la calidad y la numerosa participación espontánea de los congresistas pero, sin advertir ninguna demostración intempestiva de fervor particular. Me fui de Sevilla, a donde había ido a título personal, con el sentimiento de que IVI, no sólo no estaba marcada por ningún tipo de sectarismo, sino que esta asociación aportaba a sus miembros un enriquecimiento espiritual incontestable, en un clima de verdadera fraternidad. De vuelta a París, no recibí ninguna solicitud para hacerme miembro de la asociación, pero cada vez que tuve la ocasión, participé en una u otra reunión, en las que siempre se rezaba el rosario, todos, más de cien personas. La calidad de esta oración en grupo me impresionó profundamente. Un día en el que a ambos nos fue posible encontrarnos, Yvonne Trubert me recibió en su casa durante largo rato. Muy pronto, hallé en ella todo lo mejor que se puede encontrar en muchos cristianos que viven en unión permanente con Dios sin hablar de ello, o sólo un poco. En cualquier caso, puedo decir que siempre me despedía de Yvonne con un gran sentimiento de paz. No era la imagen de ella que me habían trasladado los chismorreos de los pasillos. Hacer un prefacio a un escrito de Yvonne Trubert se convirtió en algo muy sencillo para mí, aún cuando no poseyese competencia particular para ello, solamente ofrecerle este gesto como un agradecimiento por mi participación en el coloquio de Sevilla. Yvonne, en las páginas que me dio a leer, aborda temas muy diversos que sentimos que le interesan porque ha meditado sobre ellos y los ha abordadoin situen viajes y peregrinaciones con IVI. Helos aquí: El Trabajo de la Tierra; el Padre; El Sueño; El Antiguo Testamento; « Amaros los unos a los otros »; Las Prisiones; Símbolos y Leyendas; Defectos y Virtudes.
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Debemos buscar la coherencia que existe entre estos temas en la vida, tal y como la ha vivido Yvonne Trubert, con la sutileza de su inteligencia femenina y con su inmensa capacidad para amar, en cada uno de nosotros, todos nuestros recursos humanos y espirituales. Por todo ello me gusta este libro sencillo, claro, escrito en nombre de la gloria de Dios, de Cristo, del amor. Sea cual sea el tema, una y otra vez aparece el amor: el amor a la Tierra, a la naturaleza, al reino animal, amar al hombre, amarse los unos a los otros, y amarse a uno mismo. Y las tres llaves esenciales: primero, la oración, a través de la cual podemos vencer nuestros propios problemas, y que nos vivifica; después, la armonización; finalmente, las vibraciones. A través de numerosos ejemplos en todo el mundo, traspasamos las fronteras, las separaciones. El hombre debe unirse a Dios, su Padre, para crear una sociedad nueva con hombres nuevos. De ahí la importancia de la educación de los niños y del papel que desempeñan el padre y la madre, en el amor. Yvonne Trubert da una vida nueva a las palabras de Cristo. Gracias, querida Yvonne. François du Plessis, sacerdote de Saint-Sulpice
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Capítulo 1 – El Trabajo de la Tierra Basta con que nos remontemos al Antiguo Testamento para constatar que la Tierra, el hombre y el reino animal siempre han vivido en armonía los unos con los otros. Durante milenios, el hombre ha subsistido y se ha alimentado gracias a la Tierra pero respetándola. ¿Por qué cuando nos referimos a ella utilizamos el término Madre Tierra? Año tras año, en cada estación, la Tierra nos ofrece, independientemente del lugar en donde nos encontremos, sus inagotables tesoros a cambio de una condición: que la amemos. Durante miles de años, el hombre cohabitó con los animales que formaban parte de la cohorte humana. No existía ningún tipo de separación entre ellos. El hombre evolucionó en compañía del reino animal, llegando incluso a aventajarle para que éste se pusiese a su disposición. Juntos, ambos llevaron a cabo una labor conjunta con la Tierra. En las regiones más remotas del mundo, en las grutas, el hombre grabó todo esto en la piedra. El campesino no domesticó al caballo desde el principio de los tiempos, hubo que esperar hasta mucho más tarde para que éste acompañase al hombre a realizar su trabajo. Comprendamos la labor que el campesino lleva a cabo en su tierra: la pisotea, se la patea, la ama. Los que viven en la ciudad no son capaces de hacer este trabajo porque no conocen la tierra. Apenas la rozan, no se mezclan con ella. Saltan de una piedra a otra, evitan los charcos, sortean el barro. El campesino no tiene miedo. Forma un todo con ella, se hunde en la tierra, cohabita con ella sin importarle las estaciones del año. Siempre han existido los cultivos, la naturaleza. No hemos llegado al siglo XX sin que hayan tenido lugar algunas mutaciones en los cereales como, por ejemplo, el trigo, la avena, el centeno, la cebada, el trigo sarraceno. Estas transformaciones se han ido dando a lo largo de los siglos porque algunas simientes se fueron mezclando. En la actualidad
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existen unos trigos más generosos, con menos paja y más espiga gracias a un trabajo de laboratorio. Antes, el campesino, solo, evaluaba la calidad de sus semillas para el año siguiente. Sabía seleccionar el buen trigo. Pensando avanzar, hemos retrocedido. Hoy en día constatamos el empobrecimiento de la tierra, tan rica en su estado natural. La Tierra sigue regalándonos unos productos extraordinarias pero, ¡a qué precio! Le echamos fertilizantes químicos para que las producciones agrarias crezcan con sorprendente rapidez. Pero, ¿qué ha pasado con el sabor, con la calidad? ¿Qué vitaminas tienen hoy las frutas? ¡En verdad, muy pocas! Sembramos la tierra con unos productos que ella no puede digerir. La tierra los asimila durante un cierto tiempo pero después vemos los excesos que todo ello origina, por ejemplo, en los desagües, en las algas en países como, por ejemplo, Holanda, o en el trabajo tan aterrador que hemos visto en Inglaterra… Con esos residuos infiltrados en la tierra, el agua ensucia los ríos, los afluentes de otros ríos y, también, los ríos que desembocan en el mar. Llevamos cincuenta años enriqueciendo la tierra para que se beneficien los grandes laboratorios y, de esta manera, la hemos empobrecido. Ya no sabemos cómo respetarla ni cómo amarla. Tenemos que darle tiempo. Cuando estuvimos en Colombia, vimos campos de coliflores y de cebollas a casi 4.000 metros de altitud, en unas montañas escarpadas. Los indios de esos lugares nunca permanecen en el mismo sitio. La tierra no les pertenece. Al cabo de siete años se van. Dejan atrás los jardines, los campos tal y como están, y nadie tiene derecho a tomar el relevo. Abandonan sus hogares. En esos lugares los campesinos respetan la tierra. Tras cultivarla y después de proporcionarles durante siete años su trabajo, sus semillas, sus alimentos, sus frutos, pues bien, el campesino considera que la tierra tiene que descansar. Comprendamos el amor que estas personas sienten por la tierra. ¡Ahí arriba no hay agua! Escalan las montañas como las cabras. Suben el agua hasta ahí transportándola sobre la espalda con una valentía extraordinaria, y riegan sus cultivos.
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