Yo tambien… Yo… mas, 1001 diferencias hombre-mujer
190 pages
Español

Vous pourrez modifier la taille du texte de cet ouvrage

Yo tambien… Yo… mas, 1001 diferencias hombre-mujer

-

Obtenez un accès à la bibliothèque pour le consulter en ligne
En savoir plus
190 pages
Español

Vous pourrez modifier la taille du texte de cet ouvrage

Obtenez un accès à la bibliothèque pour le consulter en ligne
En savoir plus

Description

Yo también Yo más Las parejas se llevan mal. El porcentaje de divorcios sobrepasa ampliamente el 50%, principalmente si se consideran las parejas que viven en unión libre. ¿Por qué? Porque el hombre no conoce a la mujer y porque la mujer no conoce al hombre. También, porque los dos imaginan que son semejantes y que, por eso mismo, tienen las mismas expectativas, las mismas prioridades en la vida y creen que el otro puede comprenderlos. Este nuevo libro de Yvon Dallaire nos presenta, en frases cortas, esas pequeñas diferencias que van levantando lentamente un muro de incomprensión entre dos seres que, en un principio, se amaban apasionadamente y querían vivir un amor eterno (con excepción del 15% de parejas felices). ¿Cuál es su objetivo? Que uno conozca mejor al otro para que se comprendan y se amen aún más durante mucho tiempo. Un libro instructivo, divertido, a veces incisivo, pero sobre todo verdadero. Es necesario que se lea en pareja.

Sujets

Informations

Publié par
Date de parution 16 septembre 2011
Nombre de lectures 20
EAN13 9782981753144
Langue Español

Informations légales : prix de location à la page 0,0027€. Cette information est donnée uniquement à titre indicatif conformément à la législation en vigueur.

Exrait

Del mismo autor
En ediciones Opción Salud
www.optionsante.com
Mi Amor, Háblame…
Diez reglas para lograr un hombre hable
• • • • •
Preparándose
La trilogía de las parejas felices.
El hombre es una mujer especializada en ciertas funciones vitales.
El hombre es el mejor amigo de la mujer.
Índice
Prefacio: ¿Por qué el título de este libro?
Introducción: El sexo opuesto
Capítulo 1: Un poco de historia
Capítulo 2: Cuestión de anatomía
Capítulo 3: Infancia y adolescencia
Capítulo 4: ¿En qué piensan el hombre y la mujer?
Capítulo 5: La personalidad del hombre y de la mujer
Capítulo 6: La comunicación hombre-mujer
Capítulo 7: La vida emotiva del hombre y de la mujer
Capítulo 8: El hombre y la mujer enamorados
Capítulo 9: La vida sexual del hombre y de la mujer
Capítulo 10: Papá y mamá
Capítulo 11: La vida profesional
Capítulo 12: Las diferencias paradójicas
Capítulo 13: Las enfermedades femeninas y masculinas
Capítulo 14: La mujer y el hombre insanos
Capítulo 15: La mujer y el hombre sanos
Capítulo 16: La pareja desequilibrada
Capítulo 17: Las parejas felices
Conclusión: ¿Estamos hechos para vivir juntos?
Bibliografía
Agradecimientos
¿Por qué el título de este libro?
Yo también... Yo... más. Al escuchar a hombres y mujeres que discutían entre sí, tuve la idea de dar ese título al libro. Cuando varias mujeres se reúnen, generalmente hablan de lo que han vivido y sobre todo de su experiencia íntima y dentro de una relación; a veces, también hablan de su vida profesional. Las mujeres intercambian sus estados de ánimo y con frecuencia lo hacen al mismo tiempo : “¡Eh! Yo también, justamente eso me sucede.” o “Sí, yo pienso lo mismo.” “El mío también es así.” Las mujeres se confirman y se consuelan una a la otra en sus relatos y, al parecer, les agrada bastante esa manera de comunicar.
Cuando varios hombres charlan juntos, por lo general hablan de lo que han hecho y de sus hazañas; en pocas ocasiones comentan sus malas experiencias o sus sentimientos y, como en una subasta, van apostando cada vez más. “Eso no es nada, si me hubieras visto el otro día”, “La mejor experiencia de mi vida, fue cuando...” Además mencionan : “El enorme salmón que pesqué”, “El rendimiento de mi nuevo automóvil”, “La victoria de mi equipo gracias al gol que metí”, “El súper negocio que acabo de hacer” “Los encantos de mi última conquista”, “La manera en que yo dirigiría al mundo...”, Los hombres se comparan unos con otros y, al parecer, les encanta esta manera de comunicarse.
Las dificultades de comunicación surgen cuando la mujer quiere dialogar con el hombre, que adora discutir y, en ese momento, se crea una brecha de incomprensión. Este libro pretende llenar esa brecha, y ayudar a los hombres y a las mujeres a superar sus dificultades para vivir en total armonía.
Introducción
El sexo opuesto
El hombre y la mujer son iguales y... casi semejantes. De hecho, somos más idénticos que diferentes. Podríamos comparar al hombre y a la mujer con dos programas de procesamiento de texto con particularidades específicas. Nuestras semejanzas representan un 97.83% de nuestra naturaleza humana: hombres y mujeres tienen dos piernas, dos brazos, un cuerpo, una cabeza, y sus vidas giran en torno a las mismas dimensiones: personal, de relacionamiento, profesional y familiar. Sus necesidades son prácticamente las mismas: sobrevivir, amar y ser amado, desarrollarse y reproducirse, y también sus miedos. Además sus cerebros tienen las mismas estructuras.
Los hombres y las mujeres son semejantes, aunque también son diferentes. Ni peores, ni mejores, solamente diferentes. ¿Acaso se nos ocurriría, en pleno siglo XXI, declarar que existe una raza superior a otra? ¿Entonces, por qué intentarlo cuando hablamos de sexos? Quizás por una simple mala intención política para obtener poder.
Sin embargo, esas diferencias entre hombre y mujer, aunque mínimas, siempre se hacen presentes y, principalmente, en los momentos en los que menos deberían. Aunque se esté consciente de ello, no siempre es fácil percibirlas y, en especial, pasarlas por alto. A lo largo de toda conversación entre hombre y mujer, el malentendido está al acecho de cualquier chispa para causar una explosión, el conflicto se esconde detrás de cada palabra y de cada entonación.
Los amantes están sentados sobre un barril de pólvora, los padres se encuentran bajo una constante tensión y los profesionistas se vigilan uno al otro... No obstante, como lo menciona tan acertadamente Gabrielle Rolland 1 : “Aceptar la diferencia, es aceptar al otro, aunque también es aceptarse a sí mismo”.
Entonces, ¿De dónde proviene esta diferencia del 2.17%? ¿De la cultura? ¿Acaso se deberá a las condiciones en que fuimos educados, según lo afirma la psicología llamada «culturalista» que siempre pretende “psicologizar todo”? No, el origen de esta diferencia reside en nuestra naturaleza humana, en nuestro código genético y en nuestros atavismos. Todos los seres humanos comparten veintitrés pares de cromosomas; veintidós pares son idénticos y solamente uno, el par sexual, es diferente. El código genético de la mujer está formado por dos X y el del hombre por un X y un Y.
Varias especies vivas son unisexuales y cada individuo realiza las mismas tareas que todos los demás miembros de la especie. Otras especies son bisexuales y, en ese sentido, los dos miembros de dichas especies comparten ciertas tareas; algunas de éstas son intercambiables, otras son inmutables (por ejemplo, el embarazo). Otras formas de vida poseen tres, cuatro o hasta cinco formas sexuales. En esos casos, la distribución de las tareas es muy especializada y algo rígida: la abeja reina solamente puede reproducirse, el zángano tan sólo fertilizar a la abeja reina, y las obreras y los soldados sólo trabajar o defender la colmena. Muy pocas especies son hermafroditas 2 .
Evidentemente, nuestra especie es bisexual, está compuesta de un hombre y de una mujer. ¿Qué es lo que hace que un hombre sea hombre? ¿Qué es lo que hace que una mujer sea mujer? ¿Cuál es la diferencia entre el cromosoma Y y el X? Aun cuando aceptemos que el sexo femenino es el sexo base de la especie humana, la creación del sexo masculino representa una mejora en la evolución. De hecho, está claro que la bisexualidad representa la mejor estrategia de supervivencia de las especies.
Por lo tanto, lo masculino es diferente de lo femenino, de ahí surge la necesidad que siente el niño de alejarse de su madre y de diferenciarse de ella para convertirse en hombre, con ayuda o no de su padre. En las sociedades llamadas primitivas, los niños se quedaban al cuidado de su madre durante su infancia; después los varoncitos, y sólo ellos, debían pasar una prueba cuando tenían entre 14-15 años, una iniciación que les permitiría æsi acaso sobrevivíanæ ser admitidos en el mundo de los hombres. En aquella época, casi siempre se separaban los sexos y se les asignaban tareas muy precisas, como lo demuestran los estudios antropológicos y arqueológicos. Hoy en día, ya no existen esas iniciaciones y las funciones y tareas sexuales se mezclan cada vez más.
Todavía existen algunos intransigentes 3 que niegan o rechazan (aunque sus argumentos nunca son realmente concretos) las diferencias entre hombre y mujer, para ello presentan al andrógino o a la ginandra como el sexo superior e ideal al que hay que llegar. No olvidemos que andrógino y ginandra son sinónimos de hermafrodita; ahora bien, lo queramos o no, el ser humano es bisexual y dicha bisexualidad sale por todos los poros de su piel y en todos los ámbitos de su vida, porque cada cromosoma X o Y se encuentran en cada célula humana.
El origen de nuestras diferencias también se sitúa en nuestros tres (o seis) millones de años de evolución. El hombre siempre cazando, atento, concentrado en su supervivencia física y en la de los suyos, mostrando su ingenio para atrapar a sus presas, en silencio, ignorando sus sensaciones para poder resistir el frío, el calor y las incomodidades, venciendo sus miedos de ser devorado por los otros depredadores, teniendo que ubicarse para no perderse, estimulando su espíritu de combate junto con los demás hombres, inspeccionando el horizonte y, de esta manera, desarrollando su fuerza física y sus reflejos. Claro está que todo eso condiciona al hombre y queda inscrito en su naturaleza.
La mujer frecuentemente embarazada, viviendo en la caverna con las otras mujeres y niños, teniendo que aprender a cohabitar en un espacio restringido, atenta a cualquier peligro potencial, vigilando el fuego, alimentando a sus hijos incluso a costa de sus reservas corporales, esperando a los cazadores para ayudarles a retomar fuerzas, aterrada ante el menor ruido sospechoso, recolectando todo lo que pudiese ser comestible, probando de todo, consolándose una a la otra, esperando con impaciencia el regreso del hombre y, de esta manera, desarrollando su fuerza emotiva y sus sentidos. Claro está que todo eso condiciona a la mujer y queda inscrito en su naturaleza.
Y todo eso durante tres (o seis) largos millones de años. Por supuesto que nuestras condiciones de vida han evolucionado enormemente desde hace veinte mil años, el momento en el que pasamos del nomadismo al sedentarismo, y sobre todo desde hace cien años cuando pasamos, al menos en los países desarrollados, de ser sociedades agrícolas e industriales a ser sociedades postecnológicas basadas en el intercambio de información. No obstante, la mayoría de nosotros seguimos reaccionando a través de atavismos que datan de la época de las cavernas. Esas cavernas fueron reemplazadas por casas, pero nuestros comportamientos evolucionaron poco. No podemos cambiar la herencia humana (su código genético y su código ADN) así nada más, con 30 años de feminismo, aun cuando éste sea radical. Quizás en el futuro, pero por el momento todavía existen diferencias entre hombre y mujer, como lo comprueban fácilmente todos aquellos æes decir todos nosotrosæ que tienen que interactuar con el otro sexo, llamado sexo opuesto.
Nuestras diferencias sexuales también tienen su origen en la sexualización del cerebro, que se llevó a cabo incluso antes del nacimiento de los pequeños humanos. El cerebro de los niños está impregnado de testosterona, el de las niñas de estrógeno. Esta sexualización hormonal se confirma en la adolescencia, al inicio de la pubertad. Quizá resultaría exagerado decir que todos nuestros comportamientos masculinos o femeninos adultos están predeterminados, pero realmente podemos afirmar que están canalizados en una cierta dirección.
Tampoco hay duda alguna de que esas diferencias puedan estar condicionadas culturalmente. Algunas experiencias han demostrado que el bebé vestido de rosa es “más lindo” y el vestido de azul “más fuerte”, independientemente del sexo del bebé que se haya vestido de esa manera. Algunas de esas diferencias son locales y otras universales; por ejemplo, en la niña se fomenta lo maternal y en el niño la agresividad. Finalmente, poco importan las opiniones, es imposible separar las influencias de la naturaleza de las influencias culturales. Probablemente las diferencias sexuales son el resultado de una influencia combinada de naturaleza y de cultura.
¿Por qué tanto interés en conocer y en aceptar esas diferencias, incluso si ælo repetimos una vez másæ el hombre y la mujer son más semejantes que diferentes? El hombre no viene de Marte ni la mujer de Venus, los dos son terrestres. ¿Para que podría servirnos reconocer y aceptar esas diferencias? ¿Sabía usted que el marroquí eructa después de comer para manifestar su aprobación, que el japonés siempre deja comida en su plato, que para el español la palabra mañana no quiere decir realmente el día de mañana, sino más bien “no ahora”, que para el portugués levantar el dedo pulgar significa lo mismo que levantar el dedo medio, que el griego cena como el francés, muy tarde... si no se conocen esas sutilezas pueden surgir incomprensiones y hasta conflictos. Entonces, si el conocer las diferencias culturales permite mantener relaciones de buen vecino, el conocer, y sobre todo el aceptar las diferencias sexuales podría facilitar la armonía conyugal y profesional, ya que ahora las mujeres trabajan también fuera de casa.
Por ejemplo, las mujeres podrían dejar de creer que el hombre siempre quiere controlar o tener la última palabra si ellas se dieran cuenta de que el hombre tan solo quiere saber quién dirige la situación en ese momento, con la finalidad de utilizar mejor su tiempo y su energía: ser el líder o ponerse al servicio del otro. Los hombres podrían dejar de creer que las mujeres complican todo o que critican todo el tiempo, si entendieran realmente que la mujer busca al mismo tiempo: relación, comunicación, colaboración e intensidad, y que por esa razón ella quiere saber lo que él quiere o lo que él siente y que ella pueda expresarle sus estados de ánimo.
Ahora bien, existen más diferencias entre los hombres y las mujeres que entre las culturas. El macho quebequense se parece más al viril francés, al cowboy estadounidense y al samurai japonés que a la “feminazista 4 ” quebequense quien se parece más a la sensual francesa, a la furia americana o a la geisha asiática. Contrario a lo que se cree, los hombres y las mujeres no hablan, en lo absoluto, el mismo idioma, aunque lo usen. No obstante, los terapeutas los convencen de que la comunicación es necesaria para la felicidad conyugal. Los hombres y las mujeres se hablan e intentan comunicar, pero el problema es que no se entienden porque no dicen o no oyen la misma cosa. “¡Te amo!” dice el hombre. “Yo también” responde la mujer. ¿Realmente se dijeron lo mismo? ¿En verdad expresaron el mismo sentimiento? ¿O el mismo deseo? Si es sí, por qué cuando el hombre empieza a acariciarla, la mujer reacciona diciéndole “¿Me amas a mí o solamente mi cuerpo?” .
Las diferencias que se han mencionado a lo largo de este libro, no son totalmente negras o blancas. Por otra parte, ninguna de las características descritas es exclusivamente masculina o femenina; esos rasgos son más bien prioritariamente masculinos o femeninos. En ocasiones, algunos hombres se encontrarán del lado femenino; a veces, algunas mujeres se encontrarán dentro de la descripción de lo masculino. Con frecuencia, dichas diferencias no son más que una cuestión de intensidad. Aquí también se aplica la ley del 80-20, por ejemplo, se sabe que el 80% de las demandas de conversación en una pareja, corresponde a las mujeres, que el 80% de los dependientes emotivos son, en realidad, dependientes emotivas y que el 80% de los padres que se dedican a fondo a la educación de sus hijos y al cuidado de los demás, son mujeres; pero también encontramos en todo esto el 20% de hombres. Mientras tanto, el 80% de los hombres prefiere amar en silencio y el 80% de ellos busca defender la integridad de su territorio o se dedica más a su trabajo o a sus proyectos personales, pero también encontramos un cierto porcentaje de mujeres que manifiesta estas tendencias.
A menudo, la cultura viene a contrariar la expresión natural de la masculinidad o de la feminidad o, por lo menos, la vuelve problemática. Algunos hombres y algunas mujeres también han integrado bien las diferencias entre hombre y mujer, y pueden adaptarse fácilmente cuando se relacionan con otros hombres u otras mujeres; pero eso no significa que esas personas sean andróginos o ginandras, simplemente aprendieron a hablar dos idiomas, han integrado perfectamente su masculinidad o su feminidad y se dispusieron a escuchar atenta y respetuosamente al sexo llamado opuesto y, sobre todo, complementario.
Por lo mismo, ningún lector o lectora se encontrará todo el tiempo a la izquierda (lado femenino) o a la derecha (lado masculino) de este libro. Pero que esto no contraríe a los investigadores de andrógino o de ginandra, el mejor representante del principio masculino sigue siendo el hombre, incluso si algunas mujeres, sobre todo las que han sido educadas en un mundo exclusivamente masculino, puedan ubicarse más dentro de la descripción de la masculinidad. Y que esto no contraríe tampoco a las feministas radicales, la mejor representante del principio femenino sigue siendo la mujer, incluso si algunos hombres, sobre todo los que fueron educados en un mundo exclusivamente femenino, puedan ubicarse más dentro de la descripción de la feminidad.
Es probable que usted encuentre ciertas características un tanto reprensibles del otro sexo, pero éstas son generalmente positivas para el sexo en cuestión. Por ejemplo, las mujeres pueden lamentar el espíritu de competencia del hombre, pero es esta competencia la que lleva a los hombres a sobrepasar y a alcanzar las cumbres más altas; ya sea el Everest, los deportes extremos, el hecho de ser Primer Ministro, o bien, llegar muy pronto hasta Marte. Para los hombres pueden resultar molestos los “excesivos cuidados” de las mujeres, pero así es como ellas tejen lazos, como ellas entienden a sus semejantes (incluyéndolo a usted), como ellas se vuelven psicólogas y aprenden a cuidar a los demás.
Todo lo que se presenta a continuación no está basado en estereotipos o prejuicios sexistas, sino en los resultados de investigaciones científicas en neuropsicología, en psicología diferencial de los sexos y en antropología. Todo lo que sigue ha sido probado científicamente y se ha experimentado de manera empírica por la mayoría de los hombres y de las mujeres que no escucharon al otro, en lo más mínimo. Las reacciones son femeninas o masculinas y esas diferencias se confirman en las investigaciones acerca de las hormonas, el escáner, las imágenes por resonancia magnética (IRM), los análisis sanguíneos, la disección de cerebros de cadáveres, la observación de las consecuencias de los traumas cerebrales y de las malformaciones genéticas (síndrome de Klinefelter o de Turner 5 , el estudio de los hermafroditas y de los transexuales. El desciframiento actual de nuestro ADN también tiende a probar lo bien fundamentado de las tendencias masculinas y femeninas.
Se diga lo que se diga, los hombres y las mujeres son desesperadamente diferentes en ciertos aspectos de su ser y ¡qué bueno!. De esa manera, podemos sentir deseo por la diferencia y complementarnos gracias a esas diferencias. No porque cada ser humano sea una mitad que deba encontrar necesariamente su otra mitad (como dicen muchos, su alma gemela) para tener una existencia plena y sentirse finalmente feliz. No, porque las investigaciones demuestran que las parejas felices están formadas de dos seres autónomos, responsables de ellos mismos, libres y felices (ya sea que vivan solos o en pareja). Cada ser humano es un todo en sí mismo.
El feminismo, legítimo en sus reivindicaciones, se equivoca cuando se trata de diferencias, o bien, minimiza esas diferencias para hacernos creer que las mujeres pueden hacer tanto, si no es que más que los hombres. O también acentúa esas diferencias para hacernos pensar que los hombres son el lado sombrío de la humanidad y que las mujeres son el lado luminoso. Esas feministas están estúpidamente convencidas de que eran semejantes a los hombres y que lograron convencer a algunos, quienes, para agradarles, se volvieron “rosas”, renunciando de esa manera a su masculinidad, y alejando a las mujeres que al estar frente a ellos solamente se sienten atraídas por verdaderos hombres, hombres fuertes 6 .
Durante tres (o seis) millones de años, nadie puso en duda los diferentes papeles sexuales de los hombres y de las mujeres. Posteriormente, alrededor de los años 50, surgió la psicología culturalista que, después de la psicología conductual, afirmó que todo era una cuestión de condicionamiento y que el ser humano era maleable. El feminismo lo tomó como su caballo de batalla para hacer que avanzara su premisa de igualdad-similitud-paridad. Se trata de dar al niño la estimulación correcta para hacer de él lo que uno quiera: muñecas a los niños, camiones a las niñas y ¡ya estuvo! Aparece una nueva raza humana. En nuestros días, nos corresponde reconocer los errores de ese paradigma: los hombres y las mujeres están limitados en cuanto a los cambios que puedan sufrir; los hombres no pueden aprender a “ser maternales” con sus hijos, al igual que las mujeres no pueden volverse los modelos de identificación de los varoncitos sin ocasionar un severo conflicto de identidad de los mismos. Los padres sólo pueden “ser paternales” y las madres sólo pueden servir de modelo de identificación para sus hijas. Sólo lo semejante puede confirmar lo semejante.
Además, como dice Joe Tanenbaum,
“El hombre y la mujer confunden constantemente igualdad y similitud. Para la mujer, que el hombre la trate de igual a igual, significa que él la trate de la misma manera en que la trataría otra mujer. Pero cuando los hombres tratan verdaderamente a las mujeres de igual a igual, ellas se sienten insultadas, ya que no quieren que las traten de la misma manera en que un hombre trataría a otro.” 7
El sexismo no siempre está ahí donde lo vemos. Así es que, aunque corro el riesgo de que me consideren retrógrado, macho o falócrata o, peor aún, misógino, aquí presento lo que ha demostrado la nueva y científica psicología diferencial de los sexos. Espero que esta información puedan hacer desaparecer la gran confusión que existe en torno a la identidad sexual, femenina o masculina, permitiendo así una mejor armonía en nuestros hogares. Poco importan los comentarios, no hay ningún sexismo, ni antifeminismo alguno en los temas siguientes; no hay más que hechos, hechos y más hechos, todos científicamente probados. No hay que ver aquí ningún juicio de valor o de tentativa de normalización, sólo tendencias diferentes.
¡Diviértase mucho! Pero nunca olvide que todos somos seres humanos... casi idénticos.
Nota al lector. Para aprovechar al máximo el contenido de este libro, necesita leer la frase en la página de la izquierda (lado femenino) y después la de la página de la derecha (lado masculino). Excepto en el capítulo 17 que aborda el tema de Las parejas felices.
1 En el prólogo del libro de Adrienne Mendell, Trabajar con los hombres, InterÉditions, París, 1997, 208 p.
2 Para un análisis más profundo de las sexualidades, consulte el primer capítulo de mi libro Hombre y confiar en serlo.
3 Entre otras cosas, Philippe Turchet debutó con su libro Por qué los hombres caminan a la izquierda de las mujeres? Que muestra un ataque iracundo contra los resultados de las investigaciones en psicología diferencial de los sexos, diciendo que si los hombres y las mujeres se dejan es a causa de un "síndrome de amor", y no a causa de sus diferencias. Ahora bien, si los hombres y las mujeres no fueran diferentes, la mayoría de los hombres no tendría una tendencia natural a caminar a la izquierda de las mujeres cuando se enamoran y se encuentran atrapados por este síndrome.Turchet nunca hubiera podido demostrar su tesis, puesto que los hombres y las mujeres irían indiferentemente a la izquierda o a la derecha, enamorados o no; o todos y todas pretenderían caminar a la izquierda o a la derecha. Ironías de la suerte, su libro me permitió confirmar y añadir algunas diferencias.
4 Neologismo cada vez más utilizado para describir a la feminista radical o integrista.
5 El síndrome de Klinefelter se manifiesta por la presencia de un cromosoma 3e (XXX o XYY) y el de Turner por la ausencia del cromosoma 2 e (XO). Debe tenerse en cuenta que YYY y YO son imposibilidades biológicas.
6 Es sorprendente constatar hasta qué punto las feministas radicales atraen a los machos.
7 Tanenbaum, Joe, Descubrir nuestras diferencias, p. 40.
Capítulo 1
Un poco de historia
La especie humana posee una historia que se remonta de tres a seis millones de años. Durante el 99% de dicha historia, la supervivencia del Homo Sapiens se basa en la cacería y la recolección. Anteriormente, el ser humano se comportaba como cualquier especie animal. En nuestros días, el hombre quiere ser y se hace llamar “civilizado”.
Desde el inicio de los tiempos, la especie humana ha sido matriarcal.

Antes, la mujer tenía todo el poder, pues ella daba la vida.

Antes, la mujer recolectaba.
Ahora, ella va a la tienda de abarrotes.

Antes, la supervivencia de la mujer dependía de su relación con un hombre.

Antes, la mujer aislada no podía sobrevivir.
Ahora, ella es la que se divorcia.

Antes, la mujer aseguraba el bienestar doméstico.
Eso no ha cambiado.

Antes, la mujer daba prioridad al contacto humano.
Eso no ha cambiado.
El patriarca nació con el deseo de asegurar su paternidad

Al hombre le llevó tiempo descubrir la potencia de su semen.

Antes, el hombre cazaba para sobrevivir.
Ahora, la caza es un pasatiempo.

Antes, la supervivencia del hombre dependía de su relación con los demás hombres.

Antes, el hombre cazaba a menudo solo. Ahora, le es más difícil soportar la soledad.

Antes, el hombre aseguraba la subsistencia de su familia.
Sigue siendo su prioridad.

Antes, el hombre daba prioridad a la realización de sus objetivos. Eso no ha cambiado.
Antes, la mujer se ocupaba de la casa. Ahora, se ocupa de todo.

Antes, la mujer recolectaba.
Ahora, compra.

Antes, la mujer admiraba lo que el hombre hacía por ella. Ahora, toma su lugar.

Antes, la mujer no hablaba de emociones con un hombre.

Ahora, ella espera que él le dé seguridad emotiva.

Antes, la mujer se confiaba a sus amigas. Ahora, quiere que también el hombre la comprenda.

Antes, la mujer no sentía una necesidad tan grande de comunicarse con el hombre.
Antes, el hombre salía a cazar.
Ahora, va a la fábrica o a la oficina.

Antes, el hombre traía alimento.
Ahora, trae dinero.

Antes, el hombre no se inmiscuía en ciertas funciones femeninas.
Ahora, se encuentra obligado a hacerlo.

Antes, el hombre no hablaba de trabajo con la mujer.

Ahora, él debe aprender a trabajar con ella.

Antes, el hombre se sentía útil aportando la supervivencia.
Ahora, su mujer es autónoma.

Antes, el hombre cazaba en silencio. Ahora, se le acusa de no comunicar.
Antes, la mujer presentía el peligro. Ahora, se imagina escenarios de catástrofe.

La cocina es una actividad estrictamente femenina en 158 sociedades y estrictamente masculina en 5 sociedades.

Antes, la mujer sola se ocupaba de los hijos. Ahora, quiere compartir esta tarea.

Antes, la mujer se encerraba en las realidades inmediatas. Nada ha cambiado.

Antes, la mujer era poliandra. Ahora quiere ser monógama.

Antes, la mujer estaba demasiado ocupada para meditar. Ahora, se ocupa de su desarrollo personal.

La mujer de las cavernas compartía los hombres disponibles.
Antes, el hombre afrontaba el peligro. Ahora, posee unos AK-47
y un arsenal atómico.

La caza es una actividad estrictamente masculina en 166 de 169 sociedades. Nunca se considera estrictamente femenina.

Antes el hombre no se ocupaba más que de él. Ahora, debe aprender a ser padre.

Antes, el hombre se orientaba hacia el avance técnico. Nada ha cambiado.

Antes, el hombre era polígamo
Ahora, impone la monogamia.

Mientras que cazaba, el hombre tenía tiempo para sentarse a reflexionar. Se convirtió en inventor.

El hombre de las cavernas distribuía equitativamente su semen.
Antes, la mujer era el “sexo débil”. Ahora, es el sexo de base.

En la época romana, la esperanza de vida de la mujer era de 30 años. Ahora es de 82 años. Mañana será de 120 años.
Antes, el hombre era el “sexo fuerte”. Ahora, es el sexo especializado.

En la época romana, la esperanza de vida del hombre era de 30 años. Ahora es de 78 años. Mañana será de 110 años.
Capítulo 2
Cuestión de anatomía
El hombre produce testosterona, más testosterona y siempre testosterona. Él es igual a él mismo. La mujer produce estrógenos al principio, testosterona durante la ovulación y progesterona hasta sus menstruaciones. ¿Quién dijo que la mujer era cambiante?
La mujer es el sexo fundamental.

Las mujeres llevan en su seno a los bebés.

La mujer produce aproximadamente 400 óvulos en toda su vida.

Cada óvulo representa un tesoro genético.

Los dos hemisferios del cerebro de la mujer son iguales.

Los centros racional y emocional del cerebro de la mujer están en permanente conexión.

El cerebro de la mujer es más denso.

El cuerpo calloso es 40 % más grande que el del hombre.

El cerebro de la mujer puede interpretar dos cosas a la vez.
El hombre es el sexo especializado.

Los hombres son cazadores-proveedores.

El hombre produce, en su vida, más de 2 500 000 000 000 espermatozoides.

Por su gran número, cada espermatozoide tiene poca importancia.

El hemisferio izquierdo está más desarrollado en el hombre.

El centro racional del cerebro del hombre está más desarrollado que el centro emocional.

El cerebro del hombre es más grande.

El hipotálamo es hasta 5 veces más grande que el de la mujer.

El cerebro del hombre sólo puede hacer una cosa a la vez.
El cerebro de la mujer funciona de manera global.

El cerebro de la mujer tiene un acceso más fácil a todos sus recursos.

En descanso, el cerebro de la mujer muestra un 90 % de actividad eléctrica.

El cerebro de la mujer ve el collar.

Las gónadas (ovarios) están situadas dentro del cuerpo.

La progesterona es un catabolizante.

La progesterona parece estar relacionada con la expresión.

La mujer posee glándulas de Bartolín.

El clítoris es un pene atrofiado.
El cerebro del hombre funciona de forma especializada y estructurada.

El cerebro del hombre funciona en compartimientos.

En descanso, el cerebro del hombre muestra un 30% de actividad eléctrica.

El cerebro del hombre ve las perlas.

Las gónadas (testículos) emigran hacia fuera del cuerpo.

La testosterona es un anabolizante.

La testosterona parece estar relacionada con el control.

El hombre posee glándulas de Cowper.

El pene es un clítoris hipertrofiado.
Los órganos genitales de la mujer son receptivos.

Los desarrollos físico y psicológico están acelerados en la niña.

La niña alcanza su madurez sexual aproximadamente a los 12.5 años y se vuelve fértil.

El cuerpo de la mujer está formado de 23% de músculos.

El cuerpo de la mujer está formado de 25 % de tejido adiposo.

El tejido adiposo se concentra en la pelvis de la mujer.

La adolescente gana un 20 % de masa grasosa y un 20 % de músculos.

La mujer posee “grasa blanda” y “grasa dura”.
Los órganos genitales del hombre son intrusivos.

Comparado con la niña, el niño nace prematuramente y se desarrolla más lentamente.

El niño alcanza su madurez sexual aproximadamente a los 14.5 años y se vuelve orgásmico.

El cuerpo del hombre está Mormado de 40 % de músculos.

El cuerpo del hombre está formado de 15 % de tejido adiposo.

El tejido adiposo se concentra en el vientre del hombre.

El adolescente gana un 15 % de masa grasosa y un 45 % de músculos.

El hombre pierde peso más rápidamente, incluso en reposo.
La mujer tiene los brazos más encorvados y la pelvis más ancha.

El oído, el olfato y el gusto están más desarrollados en la mujer.

La mujer distingue el azul marino, el malva, el turquesa…

La visión de la mujer posee un gran ángulo.

La temperatura corporal de la mujer varía de 2 a 3 grados.

Los músculos de la mujer son lisos.

Los sueños de las mujeres son amistosos y llenos de otras mujeres.

El estrógeno exacerba el olfato.

La presión arterial de la mujer aumenta cuando el hombre se evade.
El hombre tiene los brazos más largos y los hombros más anchos.

Solamente la agudeza visual diurna está más desarrollada en el hombre.

El hombre ve el azul.

La visión del hombre posee un lente de largo alcance.

La temperatura corporal del hombre se mantiene estable en 37° C.

Los músculos del hombre son estriados.

Cuando el hombre sueña con una mujer, generalmente el contexto es sexual.

La testosterona disminuye el olfato.

La presión arterial del hombre aumenta cuando hay una confrontación emotiva.
Los labios de la mujer son más grandes que los del hombre.

El centro del habla está localizado en los dos hemisferios, en la mujer.

La duración total de sueño profundo es de 70 minutos/noche, en la mujer.

El estrógeno aumenta las capacidades de locución.

La mujer puede escuchar y hablar al mismo tiempo.

La mujer siempre tiene los cinco sentidos alerta.

La mujer prefiere lo dulce.

La mano de la mujer muestra más destreza.

El mentón de la mujer es más vertical.
Las fosas nasales del hombre son más grandes que las de la mujer.

El centro del habla está situado en el hemisferio izquierdo, en el hombre.

La duración total de sueño profundo es de 40 minutos/noche, en el hombre.

La testosterona aumenta el deseo sexual.

El hombre no puede escuchar y hablar al mismo tiempo.

El hombre siempre sabe qué terreno pisa.

El hombre prefiere lo salado y lo amargo.

El dedo pulgar del hombre es de 10 a 20 veces más fuerte.

La mandíbula del hombre es más ancha.
La piel de la mujer se maltrata fácilmente.

La mujer se arruga más pronto.

Hay más mujeres diestras.

El estrógeno trae consigo la alegría de vivir y el optimismo.

La progesterona vuelve a la mujer tierna y protectora.

El síndrome premenstrual deja un sentimiento de vacío.

Las hormonas LH y FSH son cíclicas en la mujer.

La mujer posee más serotonina.

La sexualidad de la mujer es cíclica.
El hombre tiene la piel más gruesa.

El hombre pierde el cabello más pronto.

Los zurdos son excelentes en matemáticas.

La testosterona estimula el espíritu de competencia.

La testosterona vuelve al hombre valiente y luchador.

La testosterona ha asegurado la supervivencia de la especie.

Las hormonas LH y FSH son constantes en el hombre.

El hombre posee más dopamina.

El hombre más alto que el promedio tiene más actividad sexual.
La libido de la mujer alcanza su apogeo entre los 28 y 45 años.

La mujer produce progesterona en cantidades industriales.

El centro de la emoción en la mujer está difundido y repartido en los dos hemisferios.

La retención sexual es una característica fisiológica femenina natural.

La mujer no tiene ningún límite sexual fisiológico.

Al estar sentimentalmente plena, la mujer se vuelve sexualmente vulnerable.

Existe una correlación entre el síndrome premenstrual y la expresión de sentimientos negativos.
La libido del hombre alcanza su apogeo entre los 15 y 28 años.

El hombre produce de 5 a 25 veces más testosterona que la mujer.

  • Accueil Accueil
  • Univers Univers
  • Ebooks Ebooks
  • Livres audio Livres audio
  • Presse Presse
  • BD BD
  • Documents Documents