Sexo y sentimientos. Versión para mujeres
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Description

El amor, el amor, el amor... No hay nada más complicado y más natural. De hecho, cada persona tiene su visión del sexo y de los sentimientos. Los desengaños amorosos, los tropiezos o los malentendidos en la cama responden a menudo a la simple ignorancia de nuestro propio funcionamiento o del funcionamiento del otro.

Sujets

Informations

Publié par
Date de parution 15 juillet 2016
Nombre de lectures 1
EAN13 9781683251545
Langue Español

Informations légales : prix de location à la page 0,0300€. Cette information est donnée uniquement à titre indicatif conformément à la législation en vigueur.

Exrait

Dr. Sylvain Mimoun y Rica Étienne



Sexo y sentimientos
Versión para mujeres





EDITORIAL DE VECCHI
A pesar de haber puesto el máximo cuidado en la redacción de esta obra, el autor o el editor no pueden en modo alguno responsabilizarse por las informaciones (fórmulas, recetas, técnicas, etc.) vertidas en el texto. Se aconseja, en el caso de problemas específicos —a menudo únicos— de cada lector en particular, que se consulte con una persona cualificada para obtener las informaciones más completas, más exactas y lo más actualizadas posible. EDITORIAL DE VECCHI, S. A. U.
Obra publicada bajo la dirección de Mahaut-Mathilde Nobécourt.
Traducción de Montserrat Foz Casals.
Ilustraciones de Philippe Savary.
Título original: Sexe & Sentiments. Version femme.
© Éditions Albin Michel, S. A. - París 2004
© Editorial De Vecchi, S. A. 2016
© [2016] Confidential Concepts International Ltd., Ireland
Subsidiary company of Confidential Concepts Inc, USA
ISBN: 978-1-68325-154-5
El Código Penal vigente dispone: «Será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años o de multa de seis a veinticuatro meses quien, con ánimo de lucro y en perjuicio de tercero, reproduzca, plagie, distribuya o comunique públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la autorización de los titulares de los correspondientes derechos de propiedad intelectual o de sus cesionarios. La misma pena se impondrá a quien intencionadamente importe, exporte o almacene ejemplares de dichas obras o producciones o ejecuciones sin la referida autorización». (Artículo 270)
Índice
Prefacio
Prólogo a la edición española
1 Un poco de delicadeza en un mundo de brutos
La noche americana
Diferentes pero muy complementarios
Hombres: instrucciones de uso para mujeres
→   Los hombres necesitan sentirse seguros
→   Los hombres interiorizan sus emociones
→   A los h ombres les gusta llevar las riendas
→   Los hombres prefieren la acción antes que los grandes discursos
→   A los hombres les gusta separar las cosas
→   Los ho mbres arquean el lomo
→   A los hombres les encanta tener razón
→   Los hombres priorizan el fondo antes que la forma
→   A los hombres les asusta decir «te qui ero»
→   A los hombres les gusta mostrarse viriles
→   Los hombres «siempre están preparados»
→   A los hombres les entristece que la mujer rechace sus proposic iones sexuales
→   Los hombres hacen el amor para desahogarse
→   Los hombres hacen el amor para querer
2 ¿La pareja se inventa?
¿Aún existe el mito del príncipe azul?
→   El mito y sus matices
→   La parte correspondiente a Freud
Una no se enamora por casualidad
→   Todo excepto papá
→   Mi media naranja
→   Porque era él, porque era yo
El sueño del amor romántico
El nac imiento de la pareja
La pareja de enamorados
3 ¿Soy normal?
La obsesión de los senos
Un sexo misterioso
Aparición de estrías
La obsesión por la celulitis
La pesadilla de los pelos
El tormento del olor
4 El acto sexual: antes, durante, después
El orgasmo paso a paso
→   Fase de excitación
→   Fase de meseta
→   Fase de orgasmo
→   Fase de resolución
Mujeres y hombres, ¿qué diferencias hay durante el sexo?
→   Desde un punto de vista fisiológico
→   Desde un punto de vista psicológico
¿Cómo se llega al séptimo cielo?
→   Físicamente, el placer se obtiene mediante la estimulación directa de las zonas erógenas
→   ¿Y el famoso punto G?
Las posturas para amar
→   Postura clásica llamada del misionero
→   Postura de Andrómaco
→   Postura del perro
→   Postura lateral
→   Hacer el amor sentados
→   Hacer el amor de pie
La masturbación o estimulación clitoriana
La penetración anal o sodomía
La bisexualidad
La homosexualidad
Desviaciones sexuales
5 Trastornos sexuales
Trastornos del deseo y del placer
→   ¿Por qué esta indiferencia sexual?
→   Maneras de salir del círculo
Dolor durante el acto sexual
→   Todas las razones para sentir dolor
→   La penetración imposible
6 Contracepción, ganas de tener un hijo
Para las chicas jóvenes y las solteras
Para las parejas de largo recorri do
→   La píldora
→   El parche y el anillo de hormonas
Para las que quieren tener hijos más adelante
Para las mamás y las d e más de 40
Para las que dan el pecho o rozan la menopausia
Para las nostálgicas o las kamikazes
Cuando el método «ha fallado»
→   Anticonceptivos del día después
→   Interrupción voluntaria del embarazo
7 Mujer, madre, amante
Quiero un hijo, pero tarda en llegar
Primera consulta y chequeos
Una carrera de obstáculos
Nueve meses... y la pareja vacila
→   El sexo en globo
→   El parto y el papá
→   Cuando el niño nace
→   Una familia formidable
¿Las madres solas tienen vida privada?
La distancia correcta con la familia
Las «buenas amigas»
Su pandilla
8 Enfermedades de mujeres
Los senos y sus problemas
→   Senos dolorosos
→   Bultos en los senos
→   Miedo al cáncer
La vulva, la vagina y sus problemas
→   Escozor vaginal
→   Liquen (escleroatrófico)
→   Descenso de órganos
La vejiga y sus problemas
→   Escozor al orinar
→   Pérdidas de orina
El útero y sus problemas
→   El tema de la regla
→   Miedo al cáncer de cuello del útero
Los ovarios y sus problemas
→   Ovulaciones dolorosas
→   Ovarios dolorosos
→   El miedo al cáncer de ovario
9 ETS, sida: ¿cómo protegerse?
La sexualidad a la sombra de las ETS
→   ETS en la pareja. ¿Traición en el horizonte?
¿Se deben tratar todas las ETS?
Las ETS detectables
→   Tricomonas
→   Micosis
→   Condilomas
→   Gonorrea
→   Herpes genital
→   Sífilis
→   Ladillas
Las ETS ocultas
→   Infecciones por micoplasmas y chlamydia
→   Hepatitis B
→   Sida
Epílogo
Anexo a la edición española
Direcciones e información útil
Bibliograf ía
Agradecimientos
Índice de preguntas
Índice de recuadros
Notas
Prefacio
El presente libro trata de las relaciones entre hombres y mujeres en todos sus aspectos (sexuales, psicológicos, culturales y sociológicos) y sus efectos psicosomáticos. Asimismo, pretende esclarecer los sentimientos de los hombres y llevarlos hasta el corazón de las mujeres, así como ordenar los de las mujeres y hacerlos llegar al de los hombres. Por último, intenta preservar el hilo tenue de la relación y del diálogo entre ambos, lo cual no es ningún lujo en los tiempos que corren, con un índice de divorcios que aumenta inexorablemente (tres veces más que en los años setenta).
Se puede leer este libro en el orden que se quiera y pasar de un tema a otro en función de lo que nos preocupe en cada momento. Los capítulos son independientes entre sí y dentro de un mismo capítulo las preguntas también lo son.
Precisamente, estas preguntas han sido seleccionadas entre las dudas planteadas por varias pacientes en la consulta médica, así como entre cuestiones formuladas por escrito en congresos abiertos al público general y en algunos chats en Internet, con las ventajas propias del anonimato, que permite formular todo tipo de preguntas: las más ingenuas, las más íntimas, las más crudas y a veces las más dolorosas.
Tanto Sexo y sentimientos. Versión mujer como Sexo y sentimientos. Versión hombre se complementan de forma ideal y no sólo para satisfacción del editor. Sólo los dos primeros capítulos dedicados a la pareja presentan similitudes, aunque con ciertos matices, como es lógico. Los demás tratan sobre las especificidades de cada sexo y ponen de relieve los puntos comunes y los diferentes enfoques inherentes al hecho biológico o a la psicología femenina o masculina. Las mujeres que lean la versión masculina comprenderán por qué los hombres sólo piensan en «eso» y por qué suelen valorarse en función de su pene. A la inversa, los hombres que lean la versión femenina comprenderán por qué para ellas el acto sexual es la culminación de una comunicación y de una complicidad imprescindibles antes de entregarse al otro.
Finalmente, esta obra es un pequeño tratado práctico de ginecología en el que la psicología y la sexualidad ocupan un lugar preponderante. Está dirigida a mujeres que gozan de buena salud y que se preguntan sobre su funcionamiento, así como a mujeres que sufren enfermedades ginecológicas, que tienen problemas sexuales o cuyo compañero los sufre, con las repercusiones que ya conocemos sobre la relación de pareja. También ofrece los tratamientos más recientes y los enfoques terapéuticos más innovadores o más eficaces, así como aquellos de los que debemos desconfiar.
Rica Étienne y Sylvain Mimoun
Prólogo a la edición española
Sexo y sentimientos. Versión Mujer, del Dr. Sylvain Mimoun y Rica Étienne es una obra actual que nos desliza por los derroteros de la sexualidad, donde se incluye su consideración sentimental, su análisis sociológico o su consejo sanitario y se ofrecen los pormenores de un ejercicio sexual sano y con precaución.
Los autores abordan con extrema delicadeza y un lenguaje sumamente cuidado aquellas inhibiciones que, en ocasiones, rodean el ejercicio de la sexualidad, desde las restricciones legales que imperan en algunos Estados de Estados Unidos a las morales, pasando por las sujetas a la religión o a aquellas otras limitaciones propias de una prevención necesaria.
Sin embargo, lo más apasionante de Sexo y sentimientos. Versión Mujer es la polivalencia de la exposición de este libro, que supone un resumen de todos los conocimientos que tenemos en la actualidad sobre sexualidad sin olvidar el detalle de las distintas posturas para practicar el sexo, analizando sus ventajas y desventajas y considerando las estadísticas sobre sus preferencias o comentando las costumbres sexuales más tradicionales.
Asimismo, el libro es muy válido para los que quieran aprender más sobre sexo, ya que el capítulo dedicado a las diferentes zonas erógenas nos advierte con detalle e ilustraciones sobre la sensibilidad de las mismas.
Los autores tampoco olvidan el apartado ginecológico, tanto respecto a la anatomía como a la explicación con detalle de las distintas patologías propias de las mujeres, ya sean de sus órganos sexuales o de la vejiga urinaria. Además, las explicaciones son claras y útiles en todo momento.
El estilo expositivo en forma de ensayo es muy esclarecedor, pero todos sabemos que es difícil mantener la atención un largo tiempo si nos sabe a estudio lo que leemos, por la propia profundidad de la información, aunque esta nos interese. Los que escribimos conocemos las dificultades que entraña conseguir una buena síntesis. Por este motivo, se ha descubierto una nueva fórmula con la que se salpica el ensayo con pequeñas historias o casos clínicos que amenizan la lectura, cambian el tono y prosiguen con el tratamiento profundo de la sexualidad sin topar con el cansancio.
A pesar de que, como es lógico, la información se basa en generalidades, se advierte de su peligrosidad, puesto que la individualidad es una regla universal porque se apoya en los grados que nunca hay que olvidar en cualquier definición o tendencia. Hay mujeres muy femeninas, las hay que no lo son tanto y otras, francamente masculinas. Y, desde luego, no hay una masculinidad universal, como escribe Élisabeth Badinter, o como citan los propios autores de la presente obra «no existe una masculinidad universal, sino numerosas masculinidades, igual que existen diversas feminidades. Las categorías binarias son peligrosas porque eclipsan la complejidad de la realidad en beneficio de esquemas simplistas y limitados».
Dr. Enric Ripoll Espiau
Ginecólogo
1 Un poco de delicadeza en un mundo de brutos

La noche americana
En Estados Unidos, no se juega con el amor y todavía menos con el sexo. Como prueba de ello se encuentra la lista increíble, insólita y a veces surrealista de lo que prohíbe la ley en algunos Estados. Por fortuna, estas leyes sólo se aplican excepcionalmente, salvo cuando los infractores mantienen relaciones en lugares públicos o con menores. [1]
Desde 1999, está prohibido vender consoladores y otros juguetes sexuales en Alabama. El vendedor se expone a un año de trabajos forzados y a diez mil dólares de multa. En Georgia es peor: vender o utilizar objetos sexuales es ilegal.
Las leyes antisodomía se observan en varios Estados, como Pensilvania, y no sólo contra los homosexuales o los que negocian con animales...
La felación también está castigada. Si una pareja mantiene relaciones orales en la intimidad, está infringiendo las leyes de Maryland y de Pensilvania, salvo si están casados. En Louisiana o en el Estado de Washington esta excepción desaparece, porque incluso estando casados está penado. En Virginia, una mujer puede negarse a masturbar a su marido y a hacerle una felación, dado que se considera «delito».
La fornicación tampoco es totalmente legal en Florida, Minnesota o Georgia, ya que, en principio, implica mantener relaciones sexuales con una persona casada, aunque puede aplicarse a las parejas de hecho.
La zoofilia es ilegal en la mayoría de los Estados, y resulta divertido comprobar que en esta práctica se incluye el sexo con aves, peces y animales de caza. [2]
En Estados Unidos, el amor ha perdido su aire festivo. Algunas revistas aconsejan a sus lectores hacer firmar un consentimiento a las chicas que conozcan una noche, por si al día siguiente a estas se les ocurriera denunciarlos por violación. Algunas universidades preconizan el «contrato sexual», donde se explicita lo que ambas partes admiten como juegos amorosos. Los profesores reciben a sus alumnos dejando la puerta abierta, por si a algún estudiante contrariado se le ocurriera denunciarlos por acoso sexual. Cuando las extranjeras que llegan a un campus americano todavía no han dado diez pasos, ya les han dado una lista completa con las asociaciones a las que deben dirigirse en caso de acoso o violación. Incluso la mirada levanta sospechas. Los hombres no se atreven a mirar con insistencia a una mujer, porque pueden verse sometidos al oprobio general, incluso a la denuncia judicial. El feminismo radical americano no es ajeno a esta «judicialización» de la sexualidad. Como explica la filósofa Élisabeth Badinter en Fausse route (Mal camino), un mordaz y valiente análisis de la evolución del feminismo y de las relaciones entre hombres y mujeres: «[Según las feministas americanas radicales] las mujeres son una clase oprimida, y la sexualidad es la raíz de esta opresión. La dominación masculina se basa en su poder para tratar a las mujeres como objetos sexuales. Este poder, que se remonta hasta el origen de la especie, probablemente se inició con la violación. [...] El veredicto resulta inapelable: se debe obligar a los hombres a cambiar su sexualidad. Y para ello, se deben modificar las leyes y recurrir a los tribunales». [3]
Afortunadamente, no todas las feministas son tan extremistas, no todas preconizan la separación de ambos sexos o la transformación del hombre y de su sexualidad. La mayoría, al contrario, defiende el acercamiento y una mejor convivencia, siempre y cuando los hombres acepten compartir sus privilegios y participar de manera equitativa en las tareas del hogar. Es evidente que queda mucho por hacer.
Siempre se dice que Europa lleva diez años de retraso con respecto a Estados Unidos. Así pues, ¿cabe la posibilidad de que las relaciones amorosas se degranden hasta ese punto? ¿Sería posible que hombres y mujeres se perdieran por el camino? Podemos partir del hecho de que las feministas han hecho mucho por las mujeres, y que muchos de los reajustes eran esenciales, justos y equitativos. Pero, por una vez, pongámonos en la piel de los hombres y adoptemos su punto de vista (en la versión destinada a los hombres, [4] también nos pondremos en la piel de las mujeres para explicar y defender el punto de vista femenino).
Algunas nuevas leyes europeas o experiencias locales son para preocuparlos: la ampliación del delito de violación o de acoso sexual (con la obligación para los hombres de demostrar que no son culpables), la penalización de los clientes de la prostitución, etc. En sólo dos generaciones, han visto cómo su imperio se derrumbaba en el ámbito social e íntimo, hasta el punto de que algunos temen convertirse en «hombres objeto» (una pesadilla...). De hecho, en el amor también se han puesto en peligro todos los equilibrios. Con la doble arma de la contracepción y de la interrupción voluntaria del embarazo, las mujeres han adquirido el derecho de decidir sobre su maternidad. Y, gracias al trabajo y su independencia económica, han podido plantearse el divorcio o la separación. Aparte de esto, sus enormes exigencias han generado una gran ansiedad en su alter ego masculino. Ahora demandan un hombre fuerte, pero no demasiado «macho»; un hombre tierno, pero que no sea un pelele; un hombre que las haga reír, pero sin exceso; un seductor, pero que no las ponga celosas; un hombre que las respete y que las excite; que les dé seguridad, pero que las sorprenda. En pocas palabras, quieren seguridad y sentimiento, confianza y reciprocidad, con una buena dosis de humor y sensibilidad; es decir, la cuadratura del círculo. Y otras reclaman incluso el derecho a la estabilidad –con un marido al que quieran– y a la pasión –con un amante elegido por ellas; en suma, una vida como la de los hombres. Todavía son pocas, pero ¿quién dice que en la próxima generación no los habrán alcanzado?
Todo ello quizá explica la reacción vengativa de algunos machos heridos en su amor propio. ¿Quieren igualdad? Pues la tendrán. Que empujen el carrito de la compra solas, que se abran la puerta ellas mismas, que se las apañen sin hombres, ya que incluso pretenden tener hijos solas (mediante inseminación) y se compran sex toys (juguetes sexuales) sin complejos ni remordimientos.
Esta avalancha de cambios, comprendida, admitida, y considerada normal por ellos, los hace temblar y con razón. En este torbellino, los hombres se sienten desconcertados, un poco atrapados, casi perdidos. Sobre todo, son conscientes de algo que los perturba: se han convertido en el «eslabón débil» de la cadena. ¿Por qué? Porque siguen funcionando como siempre, a base de amor y admiración. Necesitan que las mujeres los hagan sentirse seguros y los pongan en un pedestal. Al menos, cuando llevaban el salario a casa y mantenían a la tribu, tenían la ilusión de ser héroes. Cuando las separaban de sus familias para casarse con ellas, eran príncipes azules. Pero ahora, ¿qué lugar ocupan? ¿Qué papel juegan que la mujer no desempeñe también?
Cada cual debe encontrar los puntos fuertes de su sexo. La diferencia constituye el motor del deseo y su abolición amenaza la libido e incluso el amor. Élisabeth Badinter cita en su libro este ejemplo caricaturesco pero verídico: en el entorno alternativo de Berlín o en Suecia, algunas feministas enseñan a los niños a orinar sentados en el inodoro para que no lo ensucien todo: hacerlo de pie se considera vulgar y provocador. Esta práctica no es nada divertida, pues algunos hombres la consideran una amenaza de aniquilación. Una más...
No quieren seguir siendo considerados como el sospechoso número uno, ni como criminales en potencia. Les gustaría poder expresar lo que sienten, siempre y cuando respeten a su compañera. Si muestran su admiración ante una mujer con la que se cruzan, no significa que sean patanes ni pervertidos. Si declaran su deseo o sus ganas de hacer el amor, no significa que sean animales libidinosos. Si tienen erecciones, es su naturaleza, y son incontrolables. Si las mujeres no se conciencian de esta realidad, los hombres corren el riesgo de ir allí donde nadie quería llegar: hacia una sexualidad higienista (por la pulsión) con profesionales o hacia aventuras de un día y una sexualidad conyugal muy limitada; es decir, hacia una disociación de sexo y sentimientos.
Las propias feministas americanas, al tener hijos varones, se plantearon la cuestión del lugar que les debían dejar, de la educación que debían transmitirles. [5] Mientras tenían delante a sus compañeros, por no llamarles adversarios, luchaban por la igualdad paso a paso; pero, al llegar los hijos varones, la afectividad entra en escena y también la idea de equidad. Niñas y niños deben recibir una educación específica, según su naturaleza y necesidades. Esto significa que no todos requieren la misma educación unisex y sería una injusticia no darse cuenta de la riqueza de ambos extremos. Ver solamente una representación, un solo perfil, constituiría un empobrecimiento del mundo y representaría la negación de la diversidad y de la riqueza de cada cual.
Diferentes pero muy complementarios
Por curiosidad, podríamos hacer un pequeño inventario de las diferencias habituales entre hombres y mujeres, naturalmente, con precaución. No todas las mujeres reaccionan del mismo modo, ni todos los hombres, afortunadamente. No existen reglas universales ni leyes psicológicas grabadas en piedra. Las mujeres pueden tener comportamientos supuestamente «masculinos» y a la inversa. El sentido de la responsabilidad, la agresividad, la violencia, el poder o la dominación no son en absoluto privilegio de los hombres, como tampoco la pasividad, la comprensión, la ternura, la amabilidad o la benevolencia lo son de las mujeres. Debemos renunciar a una visión angélica de las mujeres y a una diabolización de los hombres. Como escribe Élisabeth Badinter: «No existe una masculinidad universal, sino numerosas masculinidades, igual que existen diversas feminidades. Las categorías binarias son peligrosas porque eclipsan la complejidad de la realidad en beneficio de esquemas simplistas y limitados». [6] Mensaje recibido... Sin embargo, pensamos que la feminidad, aunque no se resuma en la maternidad –ni de lejos– conlleva comportamientos específicos. La psicóloga Yolande Mayanobe [7] está convencida de ello; por eso, empieza sus clases pidiendo a sus estudiantes que respondan espontáneamente a la pregunta «¿Quién soy yo?», con lo que normalmente comprueba que: «Los hombres se definen a través de lo que hacen, su profesión, el deporte que practican, los estudios que realizan, los proyectos... Las mujeres dicen su nombre, hablan de su situación familiar (esposa, madre de tantos niños, hija mayor, hija menor) y después se describen por su carácter (sensible, enérgico) o por su estado de ánimo (enamorada, feliz), algo que los hombres no escriben nunca. La mujer se refiere a su manera de ser y a la afectividad, mientras que el hombre se refiere a lo que hace y se siente hombre porque actúa».
Otra «diferencia de estilo» esencial, apuntada en esta ocasión por estudios de psicobiología, es que desde la más tierna edad se establecen unos modos de comunicación muy diferentes entre niñas y niños. Las primeras tienen un lenguaje «colaborativo» y los segundos un lenguaje de «confrontación», según expresa el psiquiatra Alain Braconnier. [8] Cuando hablan, las chicas utilizan fórmulas que expresan su acuerdo y marcan pausas para dejar hablar a los demás. Buscan un doble efecto: ser agradables y sociables, defendiendo al mismo tiempo su punto de vista enérgicamente. Los chicos interrumpen y reclaman más a su interlocutor, intentan dirigir el intercambio, quieren controlar la charla y, por encima de todo, afirmarse. En la adolescencia, y después en la edad adulta, estas diferencias siguen manifestándose a pesar de la fuerte atracción por el sexo opuesto.
La principal diferencia entre ambos sexos corresponde a la palabra (y a su uso) y de esta derivan todas las demás. Las mujeres viven más en el ámbito afectivo y en el intercambio de emociones, mientras que los hombres en la acción y el intercambio de información. Ellas se muestran atentas y sociables, ellos necesitan afirmarse y convencer, sobre todo en presencia de otros hombres, porque en ese caso se trata de proteger su estatus de «macho dominante».
En caso de conflicto, ellas se niegan a todo, incluso a hacer el amor, o bien explotan y expresan vehementemente sus emociones. Frente a esto, los hombres tienden a tomar distancia y no manifiestan sus sentimientos, porque sería una muestra de debilidad. De ahí la escalada simétrica en el silencio, la cólera e, incluso, la violencia. En el mejor de los casos, la crisis permitirá poner encima de la mesa lo que no funciona y reconciliarse después. En el peor de los casos, provocará resentimiento, alejamiento o ruptura.
Las emociones femeninas y masculinas suelen declararse de manera diferente, y querer ignorarlo puede provocar una catástrofe. Por el contrario, es posible apoyarse en ese hecho y utilizarlo como trampolín para comunicarse y para amarse, de ahí el interés de delimitar mejor estas diferencias.
« Julieta se va de compras en coche con Romeo. Él aparca sin problemas delante de la tienda. Se acerca otro coche, la conductora realiza un aparcamiento perfecto y Julieta dice a Romeo: «¿Has visto que dominio?» Él, molesto, suelta: «¿Por qué lo dices? ¿Acaso yo no sé aparcar bien?» Y ella responde: «No, cariño, simplemente quería decir que ella había aparcado bien, nada más». El tono sube y el conflicto toma proporciones exageradas. Julieta se enfurruña y se jura a sí misma que a partir de ahora «nanay del peluquín», y que más vale que Romeo se porte bien. Quince días después, Julieta sigue enfadada con Romeo, que le está haciendo reproches continuamente. Julieta consulta con su ginecólogo porque, en su opinión, su pareja está al borde de un ataque de nervios. Desde esta escena sin importancia no puede hacer el amor y el deseo se ha esfumado, debido a sus quejas permanentes y al rencor acumulado.
Esta historia verdadera ilustra a la perfección el desfase que puede producirse en las discusiones entre un hombre y una mujer. En el fondo, ¿qué pasó entre los dos en ese preciso momento de su historia? ¿Un simple aparcamiento es el que ha provocado esta espiral ascendente de conflictos? No, es posible que las cosas no dichas, la falta de comprensión y la frustración mutua se hayan ido acumulando poco a poco. El episodio del coche es la gota que colma el vaso. Sin embargo, se añade otro elemento importante: la diferencia en cómo se relacionan ambos sexos. Julieta, enfática como muchas mujeres, expresa simplemente su admiración ante otra conductora, porque seguramente no se siente capaz de aparcar tan bien como ella. No tiene nada que ver con Romeo, pero él no lo entiende así. El viejo demonio masculino que dormita en él se ha despertado. Está convenido de que ella lo cuestiona, lo juzga, lo compara y lo desacredita. Enseguida piensa: «Si dice esto, es porque cree que no estoy a la altura». Y esta idea es insoportable para todo hombre «que se precie».
Pongamos otra situación. Romeo vuelve del trabajo, se echa en el sofá y se queda callado. Le da vueltas a sus pensamientos en un rincón, lo que irrita enormemente a Julieta. Esta vez, es ella la que se siente herida en su amor propio. Está convencida de que, si no le habla, es porque ella no existe para él, porque está enfadado con ella, porque la encuentra menos seductora o, quizá incluso, porque está pensando en otra mujer. Le gustaría dialogar, comprender, tranquilizarse, calmarlo... ¿Y qué recibe a cambio? Ni una sonrisa ni una palabra amable, nada de nada.
Romeo está bastante lejos de imaginar los pensamientos desagradables que inundan la cabeza de su Dulcinea. Sólo necesita una cámara de descompresión para recargar las pilas, sólo quiere un poco de tranquilidad. ¿Por qué entonces ella se le echa encima? Él no ha hecho nada ni ha dicho nada, ni una sola palabra, y ella se enfada como una histérica delante de él pidiéndole explicaciones. Es otra gran fuente de incomprensión entre ambos sexos: cuando algo va mal, las mujeres generalmente necesitan hablar, mientras que los hombres prefieren bajar la cabeza y esperar a que todo vaya mejor.
Hombres: instrucciones de uso para mujeres
Un vez más, por una cuestión práctica, diremos que «los» hombres hacen y «las» mujeres son..., pero evidentemente no hay nada establecido ni definitivo: algunos hombres tienen la fibra femenina muy desarrollada y algunas mujeres «llevan los pantalones»; por ello, es difícil reconocernos en todos los casos. En esta lectura, el humor es la mejor defensa contra la caricatura.
→   Los hombres necesitan sentirse seguros
Para ellos, lo que está en juego es la obsesión de estar a la altura, de ser capaces, realmente viriles. Se evalúan permanentemente, de forma consciente o inconsciente, en el campo sexual y en otros.
Todo ello responde de forma clara a una «materialidad» capital, a una evidencia natural: tienen un sexo externo, visible, elocuente, un sexo que resume sus emociones, muy integrado en su esquema corporal y mental. Cuando todo va bien, consiguen tener una erección, y, cuando las cosas van mal, es imposible. Son así de naturales. Desde pequeños, han tenido que aceptar la mirada de los otros chicos, se han medido, comparado y observado con ellos. Las mujeres, que tienen un sexo oculto, íntimo, misterioso, están muy lejos de este tipo de lógica e incluso de reto.
→   Los hombres interiorizan sus emociones
En ellos, «todo» se ve. Por lo tanto, es esencial ocultar los afectos para protegerlos mejor, lo cual no significa que no los tengan. Cuando «se cuelgan» por alguien se sienten débiles, vulnerables, expuestos y vergonzosos, lo que no está muy acorde con su idea de la virilidad. Imaginan que su credibilidad pasa por un dominio absoluto de las emociones. Incluso las hormonas tienen algo que ver, al menos un poco. La testosterona (hormona masculina) inhibe la secreción de las lágrimas. Las mujeres muestran más fácilmente su alegría, su placer, su pena y su cólera. Es su manera de exteriorizarse. No se sienten cuestionadas por el hecho de haber llorado. Una vez aliviadas y descargadas de sus tensiones, pueden incluso sonreír y pasar a otra cosa.
→   A los hombres les gusta llevar las riendas
Siempre se topan con el famoso problema de ser suficientemente capaces. Cuando tienen un problema, le dan vueltas hasta que encuentran la solución. Se sumergen en el periódico, ven la televisión y, durante este tiempo, el obstáculo se deja de lado o se salva. Del mismo modo, pocas veces preguntan el camino cuando están perdidos con el coche: para llegar a eso tienen que estar realmente en un estado avanzado de desesperación. Llevan mal el hecho de recibir órdenes y no les gustan los consejos iterativos.
Las mujeres, sin embargo, tienden a considerar a su compañero como a un niño al que deben educar. Tienen ganas de transformarlo y modelarlo a su imagen. Desgraciadamente, nadie cambia bajo presión, más bien sucede lo contrario. Así, antes que reprochar, es mejor proponer positivamente lo que esperamos del otro, sin que parezca que le estamos dando lecciones o, todavía peor, órdenes. De este modo, la pastilla cuesta menos de tragar.
→   Los hombres prefieren la acción antes que los grandes discursos
Antes que perderse en explicaciones o en grandes conversaciones filosóficas, muchos se sienten más cómodos en lo concreto. Exagerando un poco, podríamos decir que ellos actúan y, cuando se expresan, es para informar y no para intercambiar opiniones ni para tejer un vínculo afectivo ni mostrar sus emociones. Se sienten más bien torpes con las palabras, con peor dominio del lenguaje. Además, basta con verlos al teléfono: normalmente terminan rápido. Se limitan a decir «está bien» o «está mal» allí donde una mujer mostraría una atención activa y empática salpicada de consejos y opiniones de todo tipo.
Los hombres que han sido psicoanalizados alguna vez saben hablar mejor de sus emociones y, en general, están más predispuestos al «diálogo emocional». Otros también hablan, los amantes de la cháchara o los intelectuales prolijos y brillantes, aunque estos utilizan el lenguaje más para brillar intelectualmente o seducir que para transmitir emociones.
→   A los hombres les gusta separar las cosas
Normalmente, no les gusta hablar de lo que viven fuera de casa (en el trabajo, con los amigos, etc.). ¿Por egoísmo? No necesariamente. A menudo, más bien, quieren proteger a su compañera y evitarle las preocupaciones o incluso los problemas insuperables que atraviesan. A veces, también protegen su jardín secreto, aquello que les da sensación de libertad y de que al menos siguen controlando una parte de su vida. A otros les cuesta mucho comprender que en la relación de una pareja estable es saludable mostrar un poco más su afectividad, así como desvelar las claves de sus intereses y de sus emociones para construir una relación cómplice y no perder de vista al otro.
→   Los hombres arquean el lomo
En caso de conflicto, prefieren retirarse de puntillas y esperar a que pase, antes que dialogar, porque les cuesta hablar de lo que sienten. Incluso pueden utilizar subterfugios para evitar la discusión por miedo a que se vuelva a envenenar la situación. A partir de un detalle que les parece inexacto, ya no oyen nada de lo que el otro tiene que decir o siente, y lo rechazan todo en bloque. Por ello, si no queremos perderlos en el camino o darles la oportunidad de interrumpir la discusión, es mejor no exagerar demasiado para dar más peso a la demostración. Si afirmamos que llega una hora tarde, en lugar de quince minutos, o que nunca hace ningún esfuerzo, cuando hace una semana que empezó a pintar el piso, dirá lisa y llanamente que estamos dramatizando como siempre y considerará nulo y sin valor todo lo demás. Un único consejo: conviene mantenerse lo más cerca posible de la realidad para ser tomadas en serio.
→   A los hombres les encanta tener razón
«Tienes razón» o peor aún «Me he equivocado» son dos frases malditas excluidas de su vocabulario. Se trata de una verdadera confesión de impotencia, en toda la acepción del término. Cuando las mujeres se equivocan, se retractan más fácilmente. No se sienten ni más pequeñas ni menos valoradas por esta actitud. Al contrario, se sienten «grandes» por ser capaces de hacerlo y consideran que el mundo iría mejor si los hombres hicieran lo mismo.
Entonces, ¿cómo actuar? En una situación de pareja estable, es mejor arreglar la situación que saldar las cuentas. La mejor solución es no entrar en una relación de fuerza, porque ellos quieren ganar; evitar abordar el problema frontalmente; hacer preguntas más que lanzar afirmaciones tajantes, y mostrarse flexible. Si no se sienten agredidos, los hombres sentirán menos el riesgo de perder. La solución más astuta es hacerles creer que deciden ellos cuando en realidad quizá los hayamos manipulado un poco. O bien, antes de lanzarles un reproche, mencionar una de sus cualidades: «Seguro que tu gran capacidad de comprensión te permitirá entender que necesito hablar con el corazón...».
→   Los hombres priorizan el fondo antes que la forma
Pueden invitar a amigos a casa sin preocuparse de saber si todo está ordenado, si la nevera está llena, si su compañera ha tenido tiempo de ponerse un vestido bonito o de arreglarse. Para ellos, lo que cuenta es pasar una buena noche juntos, importa poco que las flores estén marchitas o que no haya postre. El fondo prima sobre la forma, lo cual es una gran herejía para las mujeres, que dan la misma importancia a una cosa que a otra. Cuando ellas se disponen a recibir visitas, no sólo ponen los platos pequeños dentro de los grandes, sino que cuidan la presentación de la mesa, la sala de estar, la casa y su vestimenta. Todos los detalles cuentan como si formaran parte de sí mismas o del ambiente de fiesta.
→   A los hombres les asusta decir «te quiero»
Detestan pronunciar esta frase mágica porque sí, porque entonces se sienten atrapados, comprometidos, atados. Imaginan que no podrán volver a dar marcha atrás. Para los más jóvenes, encantados de vivir en pandilla, esto equivale a bajar las armas, a entregarse desnudo, como si perdieran todo su orgullo delante de las «tías». Como si expresar sus sentimientos fuera una prueba de debilidad y de enternecimiento; es decir, lo contrario de ser un tipo duro, un hombre de verdad, un tatuado. Para las mujeres que apuestan por lo afectivo y las relaciones personales, «te quiero» es la llave maestra imprescindible, la palabra tierna que significa «eres tú y ninguna más», aunque, en el fondo, presientan que no siempre es cierto. Les gustan las palabras de amor y los cumplidos: forman parte de la puesta en escena sentimental o erótica, algo así como si se montara un bonito decorado para ellas.
→   A los hombres les gusta mostrarse viriles
Se sienten seguros al ver que «funcionan» y al demostrarlo mecánica y emocionalmente. Les gusta que su pareja admire su capacidad de reacción y su disponibilidad. Sus erecciones los tranquilizan, incluso sin hacer el amor. Además, no se trata de que siempre piensen en ello, sino que simplemente quieren comprobar o demostrar su virilidad y asegurarse de que su pareja está orgullosa de ellos. Las mujeres están muy lejos de estas consideraciones automáticas y metafísicas. Si su hombre se les acerca, con el sexo erecto y duro, lo toman como una evidencia. Creen que se las considera como un objeto sexual y rechazan cualquier forma de complicidad íntima (como cuando ellos les tocan el trasero) si no la piden y no se sienten disponibles. Deben explicarles a los hombres lo que las altera, sin que por ello les estén reprochando sus erecciones espontáneas.
→   Los hombres «siempre están preparados»
El hecho biológico hace que no estén sometidos de forma cíclica a las hormonas, de manera que no están cansados en ciertos momentos del ciclo o en ciertos periodos de su existencia (embarazo, parto, lactancia, regla, menopausia). Su índice de testosterona es relativamente estable y disminuye muy progresivamente con la edad. Así pues, tienen un deseo relativamente constante. Por otro lado, tienen una sexualidad espacial, en la que la vista y la imaginación juegan un papel determinante. El simple hecho de que las mujeres lleven menos ropa (en primavera, en la playa o en una película) contribuye a aumentar su libido. Para mantener la distancia, las mujeres deben ofrecer un mayor funcionamiento emocional (muy enamoradas, muy excitadas por la novedad o por una nueva situación, etc.).
→   A los hombres les entristece que la mujer rechace sus proposiciones sexuales
Cuando realmente tienen ganas de hacer el amor, se pueden sentir completamente rechazados si se les dice que no. Es como si su pene fuera un compendio de todo su ser. Se sienten heridos, humillados, abandonados y, lo peor de todo, responsables de no estar a la altura, una vez más. Les cuesta atenerse a los hechos: quizá su compañera está cansada o preocupada. Cuando el rechazo se vuelve sistemático, se sienten miserables y poco valorados. Entonces inician el plan de emergencia: o bien se encierran en su concha para protegerse y pierden todo el interés por la sexualidad o bien, al contrario, van a buscar consuelo fuera, para asegurarse de que no todas las mujeres rechazan sus proposiciones.
→   Los hombres hacen el amor para desahogarse
Para ellos, el sexo es una manera ideal de desconectar. La pulsión pasa por encima de lo afectivo. Tanto si están nerviosos, alterados, inquietos, perturbados, agresivos, enfadados con su compañero de la oficina o con su socio, ven la relación sexual como una manera ideal y agradable de olvidarse, de calmarse, de recuperarse, de recargar pilas, de demostrar que siguen siendo viriles. Las mujeres, por su parte, necesitan lo mejor del mundo (tiempo, relax, disponibilidad) para abandonarse.
→   Los hombres hacen el amor para querer
En caso de fricciones en la pareja, ellos piensan: «No veo por qué debería tener atenciones especiales hacia ella si no quiere hacer el amor». Ellas piensan más bien: «No veo por qué debería hacer el amor con él si no tiene atenciones especiales hacia mí». Ellos se impacientan: «No la he visto en toda la semana, a ver si vamos rápido a la cama». Ellas se indignan: «No le he visto en toda la semana y sólo quiere ir a la cama». Dicho de otro modo, para amar, los hombres necesitan hacer el amor. Para hacer el amor, las mujeres necesitan primero amar. O más exactamente, crear una complicidad, una connivencia amorosa o sexual. Si uno no se esfuerza en ir hacia el otro, la sexualidad puede convertirse en el objeto de todos los conflictos: una fuente de frustración o de dominación para los hombres, un medio de castigo soñado para las mujeres.

Para comunicarse no es necesario hablar
El cuerpo tiene su lenguaje, que refuerza o apoya el de la palabra, pero que también lo traiciona. Las palabras dicen una cosa, pero los gestos afirman otra. El cuerpo se expresa con su vocabulario, su sintaxis, su puntuación e incluso sus lapsus; por ejemplo, el hombre que dice estar abierto al diálogo y dispuesto a escuchar a su compañera, y, al mismo tiempo, se queda inmóvil en su silla, con los brazos cruzados y la cara seria. Un diálogo habitual está formado por un tercio de mensaje verbal y dos tercios de mensajes gestuales, de hecho, existe un millón de códigos y señales corporales. El célebre etólogo Desmond Morris establece las principales señales de seducción: miradas insistentes, roces con las manos, asentimientos de cabeza vigorosos y aprobadores, labios que se ofrecen con una sonrisa, cuerpo presentado sin barreras de protección, miradas rápidas lanzadas hacia el otro para comprobar sus reacciones, ojos muy abiertos y cejas levantadas, juegos de lengua activos, labios húmedos.
Estos gestos, de forma consciente o no, son percibidos perfectamente, aunque no siempre sean bien interpretados. Un pequeño experimento realizado hace algunos años en el Max Planck Institut de Munich puso en evidencia los posibles malentendidos. La psicolingüista Christiane Tramitz, especialista en el estudio del flirteo, enseñó a un grupo de hombres y mujeres un vídeo en el que una actriz cómica encantadora aparecía en un bar, se giraba hacia el espectador y realizaba movimientos sugerentes. Casi al final de la secuencia, cambiaba de actitud y desviaba ostensiblemente la mirada. Los espectadores debían tocar un botón al detectar una «invitación» y al sentirse listos para el «abordaje». El resultado fue que los habituales de las discotecas respondían a la primera, en cuanto ella les lanzaba las primeras miradas zalameras, y no se daban cuenta en absoluto del cambio de actitud. Por su parte, los tímidos reaccionaban más lentamente, pero en el mismo sentido, e interpretaban numerosos detalles como alentadores (la posición oblicua y lánguida del cuello o el hecho de tirar de su vestido); sin embargo, tampoco se daban cuenta del cambio radical de actitud de la actriz. En cambio, el grupo de control femenino que visionó la secuencia no tenía la sensación de que esta estuviera haciendo alguna proposición. Para Christiane Tramitz, las mujeres son más sensibles que los hombres a las señales de rechazo o de repliegue. Según ella, esta sorprendente diferencia de percepción explicaría los malentendidos que pueden producirse entre hombres y mujeres con respecto al lenguaje corporal. Los «machos» ven lo que tienen ganas de ver y tienen la tentación de considerar sus deseos como realidades...
2 ¿La pareja se inventa?

Clase de puntuación
Añada la puntuación en la frase siguiente:
« Woman without her man is nothing »
«Woman, without her man, is nothing.»
(La mujer, sin su hombre, no es nada)
«Woman ! without her, man is nothing!»
(¡Mujer! Sin ella, el hombre no es nada)
La pareja constituye el grupo más pequeño posible, con un denominador común e intereses compartidos, porque las comunidades religiosas o de pensamiento, las familias políticas o las tribus formadas por varias generaciones han fracasado o casi. Por ello, la pareja se ha convertido en algo extraordinariamente importante y frágil. Carga con todas las expectativas y todos los sueños, y se ve amenazada por todas las imperfecciones. Como escribe el psiquiatra y psicoanalista Serge Hefez: «Acomodarse en la pareja se ha vuelto difícil. Es un espacio en constante movimiento, amenazado desde dentro por la individualidad de cada miembro y desde fuera por los modelos». [9]
Su fragilidad es patente, porque se trata de ser «libres juntos». [10] Queremos realizarnos, conservar nuestra independencia, pero vivir en pareja, porque el amor existe y la pareja aporta seguridad. Pero, ¿cómo sentirse realmente responsable de una historia que se construye entre varias personas? Si va mal, es culpa nuestra , no mía . Siguiendo con este razonamiento, el otro es el que debe hacer todo lo posible para salvar la relación. Ante la pareja, cada cual es consciente de sus derechos y un poco menos de sus deberes. El credo es: «Si funciona bien, me quedo; si no funciona tan bien, voy a ver a otro lado». En cierto modo, la pareja se habría convertido en un bien de consumo como los demás...
Las uniones de nuestros padres y abuelos estaban lejos de ser idílicas. No siempre escogían a sus parejas, había matrimonios de conveniencia y aguantaban hasta el final, porque tenía que ser así. La moral social quedaba resumida a una necesidad de estabilidad por la paz de la sociedad y de los hogares, y para transmitir los bienes sin obstáculos. La fidelidad, erigida como principio, facilitaba la herencia a los hijos legítimos. El amor era la guinda del pastel, ya que lo que primaba era la razón social, familiar o económica. A partir de aquí, la gente aprendía a quererse y a veces funcionaba.
Las parejas de hoy gozan de una libertad infinitamente mayor. Reclaman menos la estabilidad que la calidad de las relaciones y permanecen juntas porque lo desean. Esta libertad, que constituye una fuerza para algunos, parece ser una debilidad para otros. Al menor rasguño en el contrato, ante la menor pérdida de interés o de deseo, cada cual coge sus bártulos y se va a otra parte.
El modelo parental tenía sus imperfecciones y sus límites, al igual que el modelo actual tiene otros. Así pues, se debe buscar el equilibrio entre ambos extremos, pero se impone un precio: el del tiempo y de la duración. La pareja se construye entre dos personas a lo largo de un lento proceso salpicado de crisis y de avances.
¿Aún existe el mito del príncipe azul?
Esta no es precisamente la época de las princesas encerradas en su torre de marfil, ni de las mujeres pasivas y sumisas a la espera de que un hombre venga a salvarlas y a colmar sus deseos.
Entonces, ¿las mujeres siguen esperando a su príncipe azul? ¿Funcionan a partir del modelo maternal? Creo que podríamos dudarlo. Sin embargo, en el propio país del feminismo y de la Estatua de la Libertad, las princesas siguen casándose de blanco, con una limusina a modo de carroza y toda la parafernalia, y películas como Titanic o Pretty Woman siguen emocionando y siendo éxitos de taquilla.
El príncipe no ha muerto, continúa siendo un salvador. Pero ¿a quién salva? Salva a una mujer, cuyas aspiraciones se han mofado de ella; salva a una mujer que sueña con dejar el nido de sus padres para poder ser ella misma, encontrar al hombre cómplice y protector, (re)hacer su vida o, simplemente, compartir sus aspiraciones. El príncipe sigue salvando todavía sus deseos, obstaculizados por las prohibiciones, los tabúes y la educación recibida. Para entendernos, este príncipe esperado no tiene nada de héroe ñoño y anticuado, y la mujer que sueña con él tampoco es víctima de desfasados quebraderos de cabeza, sólo espera a un hombre de verdad que la quiera, que le dé seguridad en sí misma y la ayude a profundizar en sus inquietudes o llegar hasta el fondo de estas. Y para ser del todo correctos, no es la única que espera, porque él también sueña con la mujer ideal, aquella cuya mirada pueda convertirlo en un hombre excepcional.
→   El mito y sus matices
El mito del príncipe azul se articula alrededor de la noción de príncipe encantador; es decir, seductor, amable, galán, pero también hechicero y cautivador. El príncipe lanza un hechizo como si echara una maldición y el destino actúa... El mito es, en este sentido, un verdadero rito iniciático, porque la mujer alcanzará su destino y se superará; del mismo modo, también lo es para el hombre, porque le concederá la virtud de ser un hechicero y un salvador.
→   La parte correspondiente a Freud
Si el mito sigue existiendo con tanta fuerza, también se debe al célebre complejo de Edipo, descrito por primera vez por Sigmund Freud. En psicoanálisis, complejo no significa enfermedad física, sino conflicto psíquico. Este aparece en la infancia, entre los 3 y los 7 años. Se trata de un drama interpretado por tres personajes: el padre, la madre y la hija o el hijo «enamorado» del progenitor del sexo opuesto. Este amor está prohibido, por lo tanto, es imposible. De ahí nace una rivalidad con el padre o la madre, en función de cada caso, y un sufrimiento, pero un sufrimiento necesario para crecer. Sin vivir este primer fracaso, ¿cómo podría cualquier niña desear a otro? Esta insatisfacción y esta frustración, no percibidas de manera consciente, le servirán de acicate en su existencia y le permitirán esperar al famoso príncipe azul. Evidentemente, ninguna adolescente ni adulta conserva un recuerdo preciso de esta historia de amor con su padre, excepto en psicoterapia. Esta amnesia que afecta a todos (chicos y chicas) es necesaria para avanzar en la vida y despegarse de los padres. Sin embargo, deja una huella definitiva más o menos fuerte en cuanto a la elección del compañero amoroso.
Una no se enamora por casualidad
Para enamorarse, las mujeres deben estar libres, tener la mente disponible y a punto para el encuentro. El otro está allí, pronuncia una palabra, hace un gesto, lanza una mirada y el proceso se dispara. ¿Por qué él? Más allá de toda explicación racional, la alquimia opera y toca en lo más profundo de las emociones de cada una. Aunque todo parezca fruto de la casualidad, existe un teatro inconsciente que permitirá el acercamiento. Como decía Freud, haciendo alusión al complejo de Edipo: «Encontrar el objeto sexual (el objeto amado) sólo es, en suma, reencontrarlo». He aquí el resurgimiento de papá y mamá, y también del hijo que hemos sido y que seguimos siendo en el fondo. En el choque amoroso, el otro resuena en la niña que todas llevamos dentro y hace emerger gran cantidad de emociones olvidadas.
El alma gemela puede parecerse al progenitor amado por un rasgo del carácter positivo o negativo (el humor, la entonación de la voz, la autoridad) o por un aspecto físico (anchura de espaldas, sonrisa, cabello). No buscamos realmente la imagen exacta del padre (sería demasiado simple), sino su imagen tal y como la hemos idealizado o imaginado. Para complicarlo todavía más, podemos buscar una «figura paterna» totalmente diferente: el padrino, el tío, el profesor, el hermano mayor adorado o el protagonista de una película que admiramos.
→   Todo excepto papá
La elección del escogido lleva en ocasiones a lo opuesto del padre amado para protegernos de un deseo inconsciente amenazador o para mantenerlo a distancia. Esta situación resulta particularmente evidente en las parejas mixtas desde el punto de vista de la cultura, la religión, la nacionalidad o incluso el estatus social. La persona amada se aleja en lo fundamental del entorno familiar, lo que en ocasiones puede plantear algunos problemas.
« El ejemplo de Safia es elocuente. Es musulmana y nunca ha podido estar con hombres de su propia religión, seguramente demasiado amenazantes por parecerse en exceso a su padre y, por lo tanto, por considerarlos intocables. El paso al acto sexual habría sido vivido como un incesto, por eso, Safia se casa con un cristiano, con lo cual la cuestión deja de plantearse.
Sin embargo, incluso con una elección asumida plenamente, nuestro inconsciente puede atraparnos. Rápidamente, esta joven pierde las ganas de hacer el amor con su marido y, sólo tras una profunda reflexión sobre sí misma, descubre el porqué. Ha interiorizado la «ley del padre» que se oponía a esta boda y ha dejado de tener acceso al placer para castigarse por la trasgresión.
En la pareja, debemos aprender a contar como mínimo hasta cinco: tú, yo, nuestra relación, papá y mamá. Nuestros padres lo resumían con un dicho repleto de sentido común: «Cuando te casas con una mujer, también te casas con su familia». Evidentemente, lo mismo pasa en el caso de un hombre.
→   Mi media naranja
La elección del escogido se construye o se consolida gracias a otros mecanismos psicológicos inconscientes. Podemos sentirnos atraídas por un hombre que nos hace sentir seguras y colma nuestra expectativas. A menudo, las historias de amor empiezan a partir del desamparo. La mujer, el hombre, o incluso ambos se encuentran en un momento de gran vulnerabilidad. El hombre, comportándose como servidor y caballero, no sólo colmará a su Dulcinea, sino que podrá comprobar al mismo tiempo sus propias aptitudes y su autoestima, porque en sus ojos verá admiración y amor. Esta imagen de espejo basta para engrandecer a cualquiera y de ahí emerge la pasión consoladora y reparadora.
→   Porque era él, porque era yo
A menudo queremos a una persona opuesta a nosotros y, de repente, le atribuimos todas las virtudes. Este otro, complementario, es la parte soñada de nosotros mismos. Tiene todo lo que nosotros no tenemos, hace lo que nos asusta, ve la botella medio llena cuando nosotros la vemos medio vacía. Y, si nos escoge, es porque nos lo merecemos, ¿no? La dificultad, cuando se es tan diferente, es que lo que al principio permite el «anclaje», con el tiempo puede transformarse en una bomba de efecto retardado. No es sistemático pero es un riesgo.
« Maya se sentía atraída por el perfil sensato y estabilizador de Paul, se sentía segura con su lado tierno, pero al cabo de algunos meses se ahogaba en su prisión dorada. Paul prefería las bandejas de comida preparada delante de la tele que la discoteca o las salidas con amigos.
« Marie estaba fascinada por Fabien, un artista lleno de fantasía, pero sus extravagancias le hacían vivir en un clima de perpetua inseguridad. A la larga, acabó lamentando que no fuera un poco más casero.
El sueño del amor romántico
Escuchando a las parejas, a menudo se ve resurgir la nostalgia de la relación de los primeros tiempos. La pareja se niega a abandonar esta fase extraordinaria de despertar y de revelación.
La terapia consiste en aceptar y comprender que hay otra realidad que forma parte del paso iniciático y que, en esta maduración, la pareja crece. Debe aprender a renunciar a aspectos pasados de su historia para construirse de otro modo. Se trata de un verdadero trabajo de duelo y de renovación. Después de la fase de idealización necesaria, se debe evolucionar hacia una relación constructiva de comunicación y de comunión. Esto significa pasar del príncipe azul al compañero auténtico, con su amor y sus debilidades.
El nacimiento de la pareja
Cada pareja deberá superar al menos tres etapas para construirse, salpicadas de crisis casi anunciadas.
Etapa número uno: la fusión. «Pienso como tú», «Adivino tus pensamientos», «Nos comprendemos sin necesidad de hablar»... La complicidad es total. Está tan bien que nos encontramos casi en la época idílica en la que estábamos en simbiosis con nuestra madre. La ecuación de la pareja se resume en 1 + 1 = 1. El Yo queda abolido en beneficio del Nosotros. Vivimos como siameses, salimos como siameses, no hacemos nada sin el otro... a veces hasta la asfixia. Es la ilusión fundadora de la vida en pareja. Finalmente estamos convencidos de haber encontrado a nuestro doble.
Etapa número dos: la diferenciación. Cada uno respira, vuelve a su sitio y a ser uno mismo de nuevo. Somos capaces de hablar en nombre propio y de afirmar nuestros gustos. La pareja cambia de ecuación: 1 + 1 = 3 (tú, yo y nuestra relación). Cuando ese paso no es sincrónico, estalla la primera crisis. El otro vive la diferenciación de su compañero como un rechazo o un abandono. Si no se supera la crisis, llega la separación.
Etapa número tres: la exploración de uno mismo y de sus límites. Cada uno querrá vivir ciertas cosas en pareja y otras en solitario. Es el momento de salir con las amigas, de recuperar actividades abandonadas, de tener eventuales amantes para poner a prueba los sentimientos y comprobar nuestro poder de seducción. El pulso está alrededor del poder y de saber quién gana al otro. De nuevo, el peligro de perderse es importante. Si la pareja dialoga poco, las frustraciones y los silencios se acumulan... como una gran bonanza antes de la tormenta.
Sólo después de superar con éxito estos primeros periodos, la pareja alcanza su verdadera madurez. La proximidad se prefiere a la fusión, porque es menos destructora. Cada cual se acepta con sus deseos, sus prioridades, pero también con sus bloqueos y sus defensas. Y cada cual decide con total conocimiento de causa lo que le parece aceptable y necesario poner en el saco común para que la pareja siga funcionando. No contentos con pagar el alquiler juntos, queremos construir una verdadera historia, porque de lo contrario no vivimos en pareja, simplemente compartimos piso. El proceso de acercamiento implica amor, atención y negociación, sin por ello tener que tolerar compromisos inaceptables. Con el paso del tiempo, si todo va bien, la pareja consigue una verdadera conexión. Los niños han crecido o han dejado el nido, los retos profesionales ya se han superado. La distancia permite ofrecer más de uno mismo y también volverse más hacia los demás.
Algunos enamorados atraviesan estas etapas paso a paso, mano con mano; otros terminan dejándolo. Unos fracasan la primera vez y triunfan a la segunda. Otros inventan cada vez nuevas reglas para vivir en pareja. Es así como un encuentro banal se transforma en una historia de amor eterna o en fiasco lamentable. No hay reglas, no hay duración normal, no hay receta para triunfar. «Un paso hacia delante, un paso hacia atrás, un paso al lado, las parejas no dejan de bailar una especie de tango para decidir lo que desean compartir y lo que guardan para su vida personal: sus esfuerzos profesionales, deportivos o amistosos», explica Serge Hefez. «La distancia correcta se determina después de una negociación implícita y feroz, porque pone en juego cuestiones existenciales sumamente importantes. En realidad, los primeros meses, incluso los primeros años de la vida en pareja se destinan a regular esta distancia que evoluciona y fluctúa con la vida, y que nunca es la misma para ambos miembros de la pareja».
El psiquiatra Boris Cyrulnik decía: «Cuando nos enamoramos, caemos rendidos ante la persona amada, y, cuando nos levantamos, ya estamos atados». Esta fórmula es más optimista: «Cuando nos enamoramos, caemos rendidos ante la persona amada, y, cuando nos levantamos, ya estamos unidos».

Cifras sobre la pareja
Matrimonio
Hoy en día nos casamos casi como a finales del siglo xviii . La edad del primer matrimonio no deja de aumentar: cinco años más en veinte años. Los hombres, de media, se casan hacia los 30 años y las mujeres hacia los 28. El 85 % de las parejas que viven bajo el mismo techo están casadas. El 70 % de los hombres se casan con una mujer más joven que ellos. A los 35 años, más del 25 % de las mujeres todavía no se ha casado, una proporción que se ha duplicado en los últimos diez años.
Unión libre
Representa el 15 % de las parejas, que en 2000 representaba 4,8 millones de personas. El 90 % de ellas conviven antes de contraer matrimonio.
Parejas «a distancia»
Según una encuesta del INED (1997), el 16 % de las parejas dicen no vivir bajo el mismo techo de forma continuada, al menos al principio de su vida en común. El 1 % de las parejas casadas y el 8 % de las que no lo están persisten y firman. Lo de cada uno en su casa ha existido siempre.
Divorcio
El número de divorcios se ha cuadriplicado desde 1960. En ciudades grandes, se cuenta un divorcio por cada dos bodas, y uno cada tres bodas en otras zonas. El 18 % se produce antes de los cinco años de matrimonio, el 33 % después de quince años. Dos tercios de las parejas que se separan tienen hijos. Las mujeres se separan de media a los 37 años y los hombres a los 40.
Fuente: Francoscopie 2003, Editorial Larousse.


Los jóvenes siempre tan románticos
La cifra es escandalosa. El 87 % de las adolescentes o de las jóvenes de 15-24 años encuestadas en el sitio www.maman-solo.com sueñan con encontrar (y conservar) al hombre de su vida. El porcentaje correspondiente a sus semejantes mayores (de 25-34 años), es todavía mayor: 94 % (quizá porque todavía no lo han encontrado). Pero la verdadera sorpresa la proporcionan los chicos, todavía más románticos: el 94 % sueña con su mujer ideal, y cuanto mayores son, más la esperan. Finalmente, los hombres han terminado confesándolo.
La pareja de enamorados
¿Cómo transformar una bella historia de amor en relación duradera?
Si existiera la receta, se sabría. Sería como dar la receta de un best seller a un escritor. Es el secreto de toda una vida, difícil de encontrar en los libros o en la experiencia de los demás. Cada cual tiene su propia historia. En cambio, sí que sabemos lo que no hay que hacer. Hay cuatro conductas que son especialmente perjudiciales para la pareja y que a la larga pueden llevar a la ruptura: [11] la crítica permanente, el ensimismamiento, el desprecio y la actitud defensiva.
Sin ninguna pretensión, he aquí algunas pistas de reflexión sobre las pequeñas cosas que hacen la vida en pareja más dulce.
Amar es tener objetivos en común. Para avanzar, debemos adaptar nuestro paso al del otro, sin acelerar ni frenar, porque de lo contrario uno de los dos termina tropezando y la pareja termina sufriéndolo.
Si lo que el otro pide es imprescindible para él y a nosotros no nos resulta insoportable, debemos aceptarlo. Es reconocer que su manera de ver la vida es igual de respetable que la nuestra. ¿Quién podría construir una historia sobre la idea de que él siempre tiene razón y ella no?
Es importante mantener el vínculo, interesándonos por la vida (o la opinión) del otro. Nos casamos a los 20 o a los 30, pero veinte años después, ¿qué podemos tener todavía en común si no nos hemos contado las cosas? Algunas parejas terminan hablándose exclusivamente de manera administrativa («¿Has pensado en los papeles de la Seguridad Social?»), manteniendo al otro al margen de sus sentimientos. La intimidad se forja alrededor de cosas muy simples: el trabajo, los niños, pero también los amigos, los debates de ideas, los deseos, las dudas y los miedos.
Incluso, en caso de producirse alguna situación tensa, es importante, ante los demás, valorar al compañero. Todos salimos ganando: ayudarle a brillar en la pareja, en la familia o en la sociedad es hacer que se sienta seguro, confiado, pleno y menos agresivo. Es decir, es mostrarle que sigue siendo un príncipe azul.
Los hombres, igual que las mujeres, necesitan que se reconozca su carácter único. Es fundamental decirnos que, para el otro, no nos parecemos a nadie y que somos irreemplazables.
Para que la rutina no se apodere de la vida en pareja, hay que ser creativo. Si el chico repite todos los días a su chica que tiene los ojos más bonitos del mundo, terminará por cansarse de que la quieran sólo por sus bonitos ojos. Por su parte, la chica no deberá creer que tiene el futuro asegurado por el hecho de tener los ojos más bellos del mundo. Si no hace el esfuerzo de seguir seduciéndolo, él también terminará por no prestarle atención.
La ilusión sería creer que se deben compartir todos los secretos y hacerlo todo juntos, pero es necesario aceptar la parte de misterio del otro, puesto que también tiene derecho a tener pensamientos íntimos y una vida propia que le permita cargar las pilas en otra parte.
La falta de amor pasajera no es ninguna catástrofe. Es incluso inevitable con el tiempo. La impaciencia de nuestra época termina por hacernos confundir los momentos neutros de una relación con conflictos o fracasos.

Preguntas formuladas


Sobre el gran amor
♦   ¿Se debe vivir a cualquier precio el amor con mayúsculas?
¿Por qué? ¿En virtud de qué modelo único? ¿Y por qué este modelo en lugar de otro? La mayoría de l as mujeres, es cierto, se sienten realizadas en pareja, con la maternidad y la familia, pero otras se sienten profundamente felices y plenas con los éxitos profesionales, deportivos, místicos o humanitarios. Sus disposiciones naturales pueden expresarse de diversas maneras: lo importante es no dejarlas escondidas dentro de nosotras mismas sin explotarlas. ¿Cómo saber dónde se encuentra nuestro verdadero potencial? Lo sabemos cuando nos sentimos satisfechas profundamente con nuestra vida, y no de forma imagi naria en función de la opinión de la sociedad sobre el papel de las mujeres.
♦   ¿Cómo es la «mujer ideal» para los hombres?
Algunos son capaces de describirla con todo detalle. Otros están convencidos de que cualquier mujer podría serlo, con la condición de que les gustara, aunque algunos suelen buscar inconscientemente el mismo tipo de compañera. No necesariamente la rubia de ojos azules, o la morena con curvas, sino la Dulcinea que los haga sentirse seguros: aquella a la que le enseñarán todo o le ofrecerán todo (quizá porque necesitan que los admiren); la que le parezca un pajarito frágil (quizá porque las mujeres los asustan o quieren protegerlas); la que tome todas las decisiones en la pareja (quizá porque la vida los asusta o dudan de sus propias capacidades). Algunos elegirán a una compañera que se parezca a su madre o todo lo contrario; en cualquier caso, ella siempre será su punto de referencia. Será una mujer fatal, sentimental, santa o puta, o todo ello a la vez según el momento. En algunas parejas antiguas, además, la referencia es explícita: se llaman «papá» y «mamá» entre sí. Esto dice mucho de los términos de la relación.
Sobre las crisis de pareja
♦   Se habla de las crisis de los tres, los siete o los diez años. ¿Existen realmente?
Más o menos, sin tomar las cifras al pie de la letra. Es sabido, por ejemplo, que los divorcios aumentan en el cuarto año, lo cual correspondería a los citados tres años. También se conoce que muchas parejas se separan con el nacimiento del primer hijo, es decir, bastante pronto en la relación. También se sabe que la media de divorcios se sitúa alrededor de los catorce años de matrimonio, lo cual supone que los conflictos aparecen algunos años antes, el tiempo de poner en marcha todo el procedimiento de divorcio. De hecho, las crisis aparecen con cada cambio de situación, positivo o negativo: traslado, nuevo trabajo, promoción, proyectos, desempleo, nacimiento de un hijo, re encuentro, etc.
♦   ¿Se puede cambiar al otro?
Si uno de los miembros de la pareja evoluciona y cambia su actitud, el otro también cambiará automáticamente de forma milagrosa. Es el mismo principio que en las terapias de pareja llamadas terapias sistémicas.
« Por ejemplo, podemos hacer referencia a la historia de Louise, que erraba de consulta en consulta con dolores de barriga y malestar. Su marido era alcohólico y, cada vez que volvía a casa, la pareja discutía acaloradamente y se pasaban la pelota uno a otro. Hasta que un día, gracias a los consejos de un médico más observador que otros, Louise entendió que, para que se produjera un cambio, debía abandonar las actitudes represivas o moralizadoras y explotar otra vía. De este modo, dejó de preocuparse por el número de botellas que su marido consumía, dejó de lanzarle reproches y de ajustarle siempre las cuentas, y finalmente le declaró el amor que sentía por él. Su cambio de actitud resultó sorprendente. Al cabo de unos días, él le regaló flores y, a continuación, se sucedieron varias reacciones en cadena, gracias a las cuales ambos empezaron a ser más optimistas. Seis meses después, el marido dejó de beber; así pues, el cambio de actitud de ella también produjo un cambio en él.
♦   ¿Las peleas conyugales indican que la pareja va mal?
No necesariamente, incluso a veces es lo contrario. Las crisis son realmente saludables cuando permiten volver a colocar el reloj en hora y renegociar el contrato. Hay que seguir ciertas normas para co nseguirlo.
Por ejemplo, en lugar de expresar la propia frustración y los reproches, conviene formular peticiones y destacar lo que nos gusta del otro para que la complicidad vaya por delante en todo momento. «Me gusta tu modo de ser tierno y cariñoso... lo echo un poco de menos» (en lugar de «¿Por qué nunca eres tierno ni cariñoso?»). En el primer caso, reconocemos lo que ha sido, aunque de manera breve. En el segundo caso, estamos lamentándonos y negamos la existencia de esos momentos.
También podemos hablar de nosotros en lugar de acusar al otro: «En este momento estoy muy sensible, necesito que me apoyes» en lugar de «Me agredes, eres absolutamente insoportable, inútil, egoísta, etc.».
Finalmente, en lugar de cargar contra el adversario y nadie más, sería más justo cuestionar la relación que hemos construido ambos, porque de esa forma nos mostramos corresponsables. El principio básico de la terapia de pareja consiste en trabajar sobre la relación enferma y no sobre las personas.
♦   ¿Por qué solemos reproducir los mismos errores con parejas distintas?, o ¿por qué los hombres que quiero no están nunca por mí?
No es tanto que el comportamiento sea repetitivo, sino que la causa es siempre la misma. Podemos pensar: «Era demasiado agobia nte, demasiado celoso, demasiado esto o aquello, así que lo dejé porque me decepcionó. Y con el siguiente, lo mismo, de modo que me fui». Si nos quedamos con esta explicación, era «demasiado o no demasiado»... nos desviamos de lo importante. El punto común en todos estos fracasos repetitivos soy yo. Lo interesante de la psicoterapia es que permite comprender lo que empuja a cada cual a buscar esa seguridad. ¿Por qué una mujer elegiría siempre a un hombre que bebe, le pega o la engaña? ¿Acaso sólo tiene esta referencia para identificarse con la pareja de sus padres? ¿Acaso no se atreve a hacerlo mejor y a tener éxito allí donde ellos fracasaron? ¿Es para colmar el pánico de ser abandonada? ¿Quizá piensa que podrá cambiarle o curarle? Cada una tiene sus razones inconscientes.
♦   ¿Por qué es tan difícil vivir una relación duradera?
Algunas mujeres permanecen ancladas en el primer estadio de fusión de la pareja. Para conservar la ilusión del doble maravilloso, van de pareja en pareja (siempre el mismo tipo de hombres), sin encontr ar nunca al compañero ideal, conforme a la imagen soñada. Necesariamente, llega un momento en que el sueño se rompe, en general al cabo de uno o dos años, cuando la pasión deja sitio a los sentimientos un poco más tibios. Es la ley del todo o nada. En lugar de soportar algunas decepciones y de superar este necesario conflicto amoroso, estas mujeres se niegan a enfrentarse con el día a día. En Estados Unidos, se les llama serial lovers.
Esta posible explicación psicológica se enmarca en un contexto social más general. Hoy en día, cada vez más gente e incluso «especialistas» consideran que es difícil establecer una pareja duradera, debido a la mayor esperanza de vida, a las facilidades para los encuentros, a la ausencia de tabúes, a la liberación sexual, al propio espíritu de «consumo sexual», etc. Del otro lado del Atlántico, la socióloga Sandy Burchsted [12] considera que actualmente es normal casarse varias veces: un primer matrimonio (icebreaker marriage) para probar, que termina fatal debido a las decepciones; un segundo matrimonio (parenting marriage) para ser padres y criar a los hijos; un tercer matrimonio (self marriage) para realizarse uno mismo y pasarlo bien, y un último matrimonio (soulmate connection marriage), para la complicidad espiritual y la colaboración en igualdad.
En Europa, es cierto que cada vez hay más parejas que se casan por segunda o incluso por tercera vez. ¿Esto nos debe hacer pensar que la pareja única está abocada a la extinción, y sobre todo, que es lógico que al cabo de algunos años no quede nada que compartir debido a la rutina y a la falta de deseo? Las personas convencidas de que para que haya deseo tiene que haber novedad tienen una visión consumista. Y es cierto que el consumo mata la emoción. En cambio, si la pareja se basa en la complicidad, los sueños compartidos, las historias que se cuentan, el sosiego de la presencia del otro, cierta dosis de tolerancia, incluso una capacidad de aceptar la frustración, los vínculos subsisten más allá de la pérdida pasajera de interés o de libido. Todo esto tiene más que ver con el ser que con el hacer. La emoción compartida permite ser de otra manera. La pareja acepta implícitamente las dudas, los huecos, los altibajos, es decir, la idea de construirse con el tiempo. Estas parejas extraterrestres todavía existen.
♦   ¿Por qué a los hombres les cuesta tanto romper?
Las mujeres saben perfectamente que a los hombres les falta valor en caso de ruptura. Si no llaman después de una noche de amor, tiene un pase; pero, si después de varios años de vida en común, se esfuman c on un banal «se acabó», esto sí que no tiene pase. Sin explicaciones, nos sentimos negadas por completo, no podemos superar el duelo de una relación interrumpida de forma tan brusca.
Entonces, ¿por qué actúan así? ¿Son cobardes, cabrones, egoístas, aprovechados? A veces sí, pero no siempre. Olivier dejó a la mujer de la que estaba enamorado después de varios años con un simple mensaje en el móvil: «No nos veremos más». Nunca se atreverá a confesarle la razón a la cara para no herirla. Muchos hombres prefieren actuar antes que hablar, un poco como los niños hiperactivos que liberan su ansiedad a través de la acción. Esta dificultad con la palabra y la predisposición a la acción tienen otra consecuencia: que muchos de ellos hagan todo lo posible para que los abandonen antes que asumir el fracaso de la pareja o cargar con el papel de malo. Se vuelven agresivos, provocadores o, al contrario, mudos, ausentes, enrevesados, huidizos. Así, en caso de conflicto en la pareja, tres de cada cuatro mujeres es la que pide el divorcio.
Los psiquiatras ofrecen otra explicación con relación al eterno complejo de Edipo: la ruptura con las mujeres les remite a la separación de su «primer objeto de amor», su madre, de ahí la dificultad que tienen a la hora de romper.

¿Por qué nos separamos ?
Las razones propuestas por la socióloga Irène Théry en Le démariage [13] (La separación) son:
En el caso de las mujeres
—   Dificultades relacionadas con la indiferencia, los intereses divergentes, los insultos, los problemas sexuales y el carácter del otro: 21 % de los casos
—   Adulterio: 15 %
—   Nacimiento de un hijo: 15 %
—   Golpes, violencia física: 13 %
—   Problemas profesionales: 7 %
—   Enfermedad o accidente: 6 %
—   Sin crisis concreta (o «cristalizador»): 5 %
—   La familia (falta de entendimiento con la familia del otro, con la propia familia, conflictos entre ambas familias): 4 %
—   Varios (alcoholismo, abandono del domicilio, etc.): 14 %
En el caso de los hombres
—   Dificultades de la pareja: 21 %
—   Sin crisis concreta: 17 %
—   Adulterio: 16 %
—   Trabajo: 8 %
—   Nacimiento de un hijo: 8 %
—   Familia: 7 %
—   Enfermedad o accidente: 6 %
—   Aba

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